Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.
¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?
Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗
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CAPÍTULO 11: La Grieta en el Espejo
El sol de la mañana se coló por las rendijas de la madera, dibujando líneas doradas en el suelo del salón. Kaeil fue el primero en despertar, con el cuello rígido por haber dormido sentado en el porche, apoyado contra Jessica. Ella seguía dormida, su cabeza en su hombro, la respiración acompasada.
No se atrevió a moverse. No quería romper aquel momento.
Pero el momento se rompió solo cuando el móvil vibró en su bolsillo. Un solo golpe seco, como un latido. Kaeil lo sacó con cuidado para no despertar a Jessica y miró la pantalla.
Mensaje de Kane. Cifrado.
"Necesito veros. Hay problemas. El periódico ha recibido amenazas. Alguien sabe lo que estamos preparando. Tenemos que adelantar la publicación. Reunión urgente. Lugar: Iglesia de San Mateo, Harpers Ferry. Hoy a las 18:00. Venid solos."
—¿Qué dice?
La voz de Jessica, recién despierta, ronca. Kaeil se volvió y le mostró el mensaje. Ella lo leyó en silencio, frunciendo el ceño.
—No me gusta.
—¿Por qué?
—Demasiado repentino. Demasiado específico. Y Harpers Ferry está a dos horas de aquí, pero es un pueblo pequeño, con poca cobertura. Fácil para una emboscada.
—¿Crees que Kane nos ha traicionado?
—No lo sé. Pero no podemos permitirnos confiar ciegamente.
Se levantaron y entraron en la casa. Mateo ya estaba despierto, preparando café en un fuego de leña. Elena daba de comer a Daniel con una papilla de cereales enlatados.
—Buenos días —dijo Mateo, pero al ver sus expresiones se detuvo—. ¿Qué pasa?
Kaeil explicó la situación. Mateo escuchó en silencio, luego negó con la cabeza.
—Yo no voy.
—Nadie te pide que vayas —dijo Jessica—. Vosotros os quedáis aquí. Kaeil y yo iremos.
—¿Solo vosotros dos? —Elena los miró con preocupación—. ¿Y si es una trampa?
—Si es una trampa, prefiero que caigamos nosotros solos —respondió Jessica con frialdad—. Si algo nos pasa, vosotros tenéis que sobrevivir para contar la historia. Kaeil os dejará los archivos.
—No —dijo Kaeil—. Los archivos van conmigo. Si nos matan, se pierden.
—Por eso mismo tienes que quedarte aquí.
—Jessica, sin los archivos no tenemos nada. Kane lo sabe. Si vamos sin ellos, ¿qué le ofrecemos?
Ella lo miró fijamente. Luego asintió, a regañadientes.
—De acuerdo. Los llevas. Pero si las cosas se ponen feas, los destruyes. No pueden caer en sus manos.
—Lo haré.
Mateo se levantó y se acercó a ellos. Por primera vez, Kaeil vio en sus ojos algo parecido a la admiración.
—Sois muy valientes —dijo—. O muy tontos. No sé.
—Un poco de ambas —sonrió Jessica—. Ahora, escuchad. Nosotros nos vamos. Vosotros no os mováis de aquí. Hemos dejado suficiente comida para una semana. Si en tres días no hemos vuelto ni contactado, cogéis la camioneta y os vais a Canadá. Cruzad la frontera por un paso no oficial y buscad a este hombre.
Sacó un papel del bolsillo y escribió un nombre y un teléfono.
—Es un traficante de personas. Le pagué hace años para sacar a unos periodistas de Siria. Es de fiar, si le pagas bien. Dile que vas de mi parte.
Mateo guardó el papel.
—Volved —dijo—. Volved, por favor.
—Lo intentaremos.
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El viaje a Harpers Ferry fue tenso. Jessica condujo la mayor parte del tiempo, con los ojos fijos en la carretera y la mano cerca de la pistola. Kaeil iba a su lado, el portátil en la mochila, pegado al pecho como un escudo.
—¿Crees que llegaremos vivos a esta noche? —preguntó en un momento.
—No lo sé. Pero si no llegamos, habrá valido la pena intentarlo.
—Eres muy filosófica para ser una asesina.
—Sobrevivir te da tiempo para pensar.
Llegaron a Harpers Ferry a media tarde. Era un pueblo pintoresco, con casas de estilo victoriano y calles empedradas, situado en la confluencia de los ríos Potomac y Shenandoah. La iglesia de San Mateo estaba en una colina, rodeada de árboles y con vistas al río.
—Demasiado aislado —murmuró Jessica, observando desde el coche—. Demasiados escondites.
—¿Entramos?
—Esperamos. Hasta la hora justa.
Dieron vueltas por el pueblo, vigilando, buscando signos de algo extraño. Coches aparcados con gente dentro, hombres con auriculares, movimientos sospechosos. No vieron nada, pero eso no significaba nada.
A las seis menos cinco, aparcaron a dos manzanas de la iglesia y se acercaron a pie. Jessica iba delante, Kaeil detrás, la mano en la mochila, sudando a pesar del fresco atardecer.
La iglesia estaba vacía. O eso parecía. Entraron por la puerta principal, una pesada estructura de madera tallada, y se encontraron en una nave silenciosa, con bancos de madera, un altar al fondo y vitrales que filtraban la luz del ocaso.
—Kane —llamó Jessica en voz baja.
—Aquí.
La voz venía de detrás del altar. Kane apareció, solo, con las manos en alto.
—Tranquila —dijo—. He venido solo.
—¿Por qué tanta urgencia?
—Porque me están siguiendo. Desde que empecé a moverme para publicar la historia, tengo a gente detrás. No sé si son del gobierno o de Crawford, pero están ahí. He tenido que cambiar de piso, de teléfono, de todo.
—¿Y la publicación?
—Mañana. A primera hora. Pero necesito la entrevista con Mateo. Necesito su testimonio grabado. Sin eso, los archivos son solo documentos. Con su voz, son una bomba.
Jessica lo miró largamente. Luego asintió.
—Te llevaremos con él. Pero si esto es una trampa...
—Lo sé. Me matarás. Me lo has dejado claro.
Kaeil intervino.
—¿Cómo sabemos que no te han obligado a venir aquí para tendernos una trampa?
Kane sonrió con amargura.
—No lo sabéis. Tendréis que confiar en mí.
En ese momento, el primer disparo rompió el silencio.
Kaeil sintió el impacto antes de oírlo: un golpe seco en la mochila, un empujón que lo lanzó al suelo. El portátil. La bala había dado en el portátil.
—¡Cúbrete! —gritó Jessica, desenfundando y disparando hacia la entrada.
Más disparos. Los vitrales estallaron en mil pedazos. Kane corrió a refugiarse detrás de un pilar. Kaeil gateó como pudo, arrastrándose entre los bancos, mientras las balas levantaban astillas de madera a su alrededor.
—¡Son muchos! —gritó Kane—. ¡Por la puerta trasera!
Jessica lo cubrió mientras corrían hacia la sacristía. Kaeil la siguió, tropezando, con la mochila hecha jirones pero aún colgada al hombro. El portátil, su preciado portátil, tenía un agujero humeante.
Salieron por la puerta trasera a un pequeño cementerio. Tumbas antiguas, lápidas inclinadas, y al fondo, el bosque.
—¡Al bosque! —ordenó Jessica.
Corrieron entre las tumbas mientras los disparos seguían. Kaeil oyó un gemido a su espalda. Kane había caído.
—¡Kane! —gritó.
—¡Seguid! —respondió el periodista, con la voz entrecortada—. ¡Seguid, yo los detengo!
Jessica dudó un instante, luego agarró a Kaeil del brazo y lo arrastró hacia los árboles. Detrás, los disparos se intensificaron, luego se apagaron.
Cuando por fin se detuvieron, jadeando, escondidos entre la maleza, Kaeil miró hacia atrás. No se veía nada. Solo el cementerio, las tumbas, y el silencio.
—Kane —susurró.
—Está muerto —dijo Jessica con frialdad—. O lo estará pronto. Vámonos.
—No podemos dejarle...
—Podemos y debemos. Si volvemos, morimos. Él sabía lo que hacía.
Kaeil sintió un nudo en el estómago. Pero obedeció.
Caminaron durante horas, alejándose del pueblo, internándose en las montañas. Cuando por fin encontraron un camino secundario, ya había anochecido. Una gasolinera solitaria, un teléfono público.
Jessica llamó a Mateo.
—Tenemos que irnos —dijo—. Ha sido una trampa. Kane ha muerto. Recoged lo esencial y preparaos para salir. Estaremos ahí en dos horas.
Colgó y miró a Kaeil.
—¿El portátil?
—Inservible. La bala lo atravesó. Los archivos... no sé si se han salvado.
Jessica cerró los ojos un momento. Luego asintió.
—Tenías copias, ¿no?
—En la nube. Pero si pueden rastrear la conexión...
—No importa. Vamos a por Mateo y nos largamos. Luego ya veremos.
Kaeil la miró. A pesar de todo, a pesar del miedo, de la muerte, de la incertidumbre, ella seguía en pie. Firme. Decidida.
—Eres increíble —dijo.
—Ya lo sé —respondió ella, y por un instante, una sombra de sonrisa cruzó sus labios.
Luego reanudaron la marcha, hacia el coche, hacia el refugio, hacia lo que fuera que les esperaba.
En el cielo, las estrellas brillaban indiferentes. Y en algún lugar, muy lejos, el senador Crawford brindaba con champán, seguro de su victoria.
Pero no sabía que los muertos a veces vuelven. Y que la verdad, como las balas, siempre encuentra su blanco.