Carla, una noche luego de escapar de las garras de su acosador jefe se encuentra con un vagabundo en la calle, este le suplica algo de comer y en su corazón algo se mueve. Un gesto de bondad desatara una pasión desmedida sin saber que el hombre que ella conoció esa noche en realidad no es otro que el jefe más temido de la mafia y que él ya tiene una mujer esperandolo. El sueño de la felicidad y de una familia tiembla al despertar los recuerdos de él ¿Todo fue una ilusión? No puede ser verdad, mis hijos son la prueba de que nuestro amor existió. De mendigo a jefe de la mafia. ¿Podra el amor ganarle al deber y la venganza?
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Golpe sorpresa.
Pov Salvador:
Yo era el hombre más poderoso de la ciudad. Alguien a quien las gentes le tenían miedo y respeto a partes iguales. El rey de la noche, aquel a quien dijera lo contrario pagaría con su vida la osadía de contradecir mi palabra.
Lo tenía todo, una lujosa mansión sobre la colina más alta, donde las ventanas miraban a toda la ciudad como si fuera mi dominio personal. Un garaje con autos para cada día de la semana. Las mujeres que quisiera, y cuantas quisiera; cuerpos que se ofrecían sin preguntas, voces que gemían al compás de mis deseos. Pero tener tanto significa también tener enemigos en cada rincón oscuro… incluso más cerca de lo que cualquiera podría imaginar.
–Salvador… ya llegaron los socios.– La voz de mi asistente cortó los dulces gemidos de la dama de esta noche, que tenía mi piel entre sus labios y sus manos perdidas en mi espalda.
–¿No ves que estoy ocupado ahora mismo?– gruñí entre dientes, apretando sus cabellos entre mis dedos hasta hacerle entender que era hora de terminar. Esa zorra, tan ansiosa como siempre, se aseguró de no dejar ni una sola gota antes de separarse de mí.
–Acaba de una vez, Salvador. Esto es importante… y luego puedes seguir con tu diversión.–
Su tono era insistente, casi insolente. Pero lo conocía bien; solo hablaba así cuando el asunto realmente lo ameritaba.
–¿Lo escuchaste, preciosa?– le dije a la mujer, acariciándole la mejilla con el dorso de mi mano. –Me vas a esperar hasta que termine de trabajar. Después… seguimos donde nos quedamos.
Ella asintió, con la respiración aún agitada y un brillo travieso en los ojos que prometía placeres posteriores. Después de todo, negocios y placer no deben mezclarse… aunque en esta casa todo está permitido. Todos merecemos un momento de relajo después de trabajar tanto para mantener el orden en este mundo tan cruel.
Bajé las escaleras de mármol hasta la sala principal, donde ya veía las caras nuevas esperándome. Socios extranjeros que buscaban alianza… y mercancía de calidad. En mi sillón de cuero negro esperaba un anciano con rostro curtido por el sol y los años, adornado con anillos de oro y plata en cada dedo.
–Señor Salvatore… es un honor conocerlo en persona.
Su voz era rasposa, como si hubiera pasado años hablando con polvo en la garganta. Me estrechó la mano con fuerza excesiva, como si quisiera medir mi fortaleza con solo ese contacto.
–El mismo digo, señor Muscari.– Mi mirada se desvió de él hacia las tres mujeres que estaban detrás, tan hermosas como inaccesibles a simple vista. Vestidas con telas finas que dejaban entrever curvas perfectas, ojos oscuros que parecían leer el alma. –Veo que no ha venido solo.
–Son un humilde obsequio, si lo quiere recibir, claro está.– Sonrió con una mueca que no inspiraba confianza, moviendo una mano en señal para que se acercaran.
Así sí da placer trabajar, pensé mientras me sentaba en mi sillón y las tres se acercaron lentamente, una a cada lado y otra frente a mí. Sus manos rozaron mi piel con suavidad, sus ojos se clavaron en mí como si supieran todos mis secretos. Pude apreciar de cerca sus atributos, cuerpos cuidados al extremo, rostros que parecían sacados de un cuadro antiguo, pero con una sensualidad moderna que prendía fuego en mi interior.
–Basta con las muestras, Muscari.– Dije con firmeza, separándome ligeramente de ellas. –Dígame qué clase de negocios quiere hacer conmigo.
–Ya sabe de lo que hablamos, mercancía de primera calidad, embarques directos todos los meses… una ruta exclusiva, únicamente para mí, a través del océano.
La palabra «océano» hizo que mi ceño se frunciera. Habíamos trabajado siempre con rutas terrestres o aéreas; el mar era un territorio desconocido, lleno de riesgos que no estaba dispuesto a correr a la ligera.
–¿Océano? Eso hará que los pedidos se atrasen relativamente. Además, los controles en los puertos son cada vez más estrictos.
–Pero es más seguro, señor Salvatore. Yo tengo mi propia guardia costera, hombres a quienes puedo confiar ciegamente. Ya he tenido problemas con los embarques aéreos… créame, esta opción es más efectiva y sin dolores de cabeza.
El viejo zorro movió una maleta de cuero sobre la mesa de roble, abriéndola de un jalón para dejar ver el dinero que contenía, billetes apilados con precisión, hasta el borde, brillando bajo la luz de los focos. Un monto enorme, innegablemente tentador.
–¿Por qué en efectivo? Contar esta cantidad es un dolor de cabeza, y además… deja huellas si no se maneja bien.
–¿Cuántos años tiene usted, señor Salvatore?–
La pregunta cayó como un hacha en medio de la sala. Sentí cómo la sangre se me iba a la cabeza, cómo mi mano se cerró en un puño tan fuerte que mis nudillos quedaron blancos. El viejo lo notó de inmediato, porque su expresión cambió de segura a nerviosa en un instante.
–Perdóname… no fue mi intención ser grosero. Pero con tantos controles fiscales y la policía metiendo sus narices más de la cuenta, lo más efectivo es esto. Nada de transferencias, nada de cuentas bancarias… no quedan huellas de nada.
Algo que me molestaba más que cualquier cosa en el mundo era que alguien pusiera en duda mi eficiencia debido a mi edad. A estos viejos les encanta presumir de sabiduría acumulada, sin saber que yo llevo la cabeza de este negocio desde los veinticuatro años. He enfrentado más peligros en cuatro años que ellos en cuatro décadas, he tomado decisiones que han hecho crecer nuestro imperio hasta límites que nadie imaginaba posible.
–No me agrada que tengas a la policía encima, Muscari. Eso significa que haces mal tu trabajo. No es mi problema, claro está… pero si todavía quiere hacer negocios conmigo, podría acceder solo si los barcos van bajo mi nombre. Todos los documentos, todas las autorizaciones… a tú nombre.
Mi mano derecha se inclinó hacia mí, acercándose hasta susurrar al oído con voz baja pero clara:
–Salvador, no seas tan terco. Este es un buen negocio, el tipo de oportunidad que solo llega una vez en la vida. Podemos expandirnos más allá de la ciudad, hasta otros países…
Yo no le tengo miedo a nada ni a nadie. No dejaré que un viejo que acabo de conocer me diga cómo manejar mis asuntos, mi trabajo, mi imperio. Mi mirada se volvió helada cuando la volví hacia Muscari.
–La oferta es esta, barcos a su nombre, o no hay trato. ¿Acepta o lo rechaza?
El anciano dudó, mirando a sus hombres que estaban en las esquinas de la sala, luego volviendo la vista a la maleta llena de dinero. Parecía estar calculando los riesgos, pesando cada palabra que había salido de mi boca. Finalmente, asintió con un gesto lento y resignado.
–Acepto sus condiciones, señor Salvatore. Solo espero que comprenda los riesgos que trae su soberbia.
–Siempre asumo las consecuencias de mis palabras.– Declaró parándome de un salto, dispuesto a abandonar la sala y dejarlo con sus pensamientos.
Pero antes de llegar a la puerta, sentí los pasos firmes de mi amigo siguiéndome muy de cerca.
–Salvador, no seas así. Esta es una excelente oportunidad para expandir el negocio… para dejar tu marca en este mundo de verdad.
–¿Y eso le da derecho a ese desgraciado a faltarme el respeto en mi propia casa?– Grité, girándome bruscamente hasta que nuestras caras estuvieron a centímetros de distancia. –Agradece que no le volé la cabeza en ese preciso momento en que se atrevió a preguntarme mi edad. Nadie se mete conmigo así, ni siquiera tú.
–Viejo, todos aquí sabemos que eres uno de los mejores jefes que ha tenido este negocio, a pesar de tu edad. Al único que le molesta es a ti mismo. Estás en la flor de la juventud, tienes el mundo en tus manos…
No pude aguantar más. Mi puño se estrelló contra la pared de madera con un sonido seco y resonante, dejando mi marca, un hoyo irregular, con astillas saliendo por todos lados, en la superficie. Ese gesto fue suficiente para que por fin cerrara esa boca que tenía.
Mi nombre es Salvador Toluchi. Actualmente tengo veintiocho años. En este negocio, la juventud se declara como debilidad, porque todos los capos que llegaron a ser grandes tienen detrás años y años de experiencia. Pero es inevitable que un joven llegue a la cabeza… más cuando la vida en este mundo no es larga. La muerte acecha en cada esquina, y solo los más fuertes, o los más audaces, logran sobrevivir.
Luego de esa discusión, me encerré en mi cuarto con mis tres obsequios. Al menos ese viejo zorro tiene buen gusto a la hora de ofrecer mujeres, cuerpos que sabían cómo hacer olvidar los problemas, manos que acariciaban hasta hacer desaparecer la ira, labios que susurraban palabras de consuelo en medio del caos. Esa noche, me entregué al placer como nunca antes, tratando de borrar la sensación de ira que me quemaba por dentro.
Una semana después, el primer embarque estaba listo para zarpar. No confiaba en los planes de Muscari, así que decidí ir personalmente a supervisar que todo estuviera en orden. La noche envolvía cada rincón de ese viejo galpón en desuso, ubicado en la orilla del río que desembocaba en el océano. El olor a óxido y moho lo envolvía todo, mezclándose con el aroma salado del agua. Camine con pasos firmes por los pasillos oscuros, revisando cada caja, cada empaque, cada detalle que pudiera salir mal.
Llegué hasta el final del galpón, donde estaba la última caja, la más importante, la que contenía el cargamento más valioso, cuando escuché un sonido detrás de mí. No tuve tiempo de girarme completamente cuando un golpe fuerte y contundente me alcanzó en la nuca. El mundo dio vueltas alrededor mío, me sentí mareado, débil, pero no caí inconsciente. Con todas mis fuerzas, logré sacar mi pistola del portafuera y girarme para disparar… pero fue en vano.
Cuatro hombres más aparecieron de la oscuridad, vestidos de negro, rostros cubiertos por pasamontañas. Me golpearon con porras, con puños, con pies. Cada impacto era un fuego que recorría mi cuerpo, cada golpe hacía que la visión se me nublara más y más. En cierto punto, creo que me declararon muerto, escuché voces diciendo que ya no movía un músculo, que la operación había sido un éxito. Sentí como movían mi cuerpo al maletero del auto, cómo el aire frío del océano azotaba mi rostro ensangrentado.
Yo sé que esa noche morí… o al menos una parte de mí lo hizo. La parte que creía tener el control de todo, la parte que confiaba en sus propios poderes, la parte que pensó que nadie se atrevería a traicionarlo. Ese Salvador Toluchi murió bajo los golpes de sus enemigos, en medio de un galpón oloroso a muerte.