Dos haciendas. Dos familias. Una rivalidad que ha sobrevivido durante generaciones.
Lara Dávila nunca imaginó que el hombre que la observaba a escondidas junto al arroyo terminaría convirtiéndose en el hombre que cambiaría su vida. Mucho menos que, después de golpearlo con una piedra y huir, él juraría encontrarla y hacerla su esposa.
Izan Orellana ha regresado a la hacienda familiar para hacerse cargo del legado de sus padres. Lo último que esperaba era enamorarse a primera vista de la hija de sus eternos enemigos.
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CAPÍTULO 20
Los días comenzaron a transcurrir y, aunque Lara se empeñaba en continuar con su rutina habitual, había algo que se había convertido en parte de sus mañanas y sus noches: los mensajes de Izan Orellana.
El primero llegó a primera hora del día siguiente a su discusión con Selina.
Izan: Buenos días, Lara. Espero que hayas descansado bien. Que tengas un día bonito.
Lara leyó el mensaje mientras desayunaba y frunció el ceño.
—Descarado —murmuró antes de guardar el teléfono.
No respondió. Ni siquiera consideró hacerlo.
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A la mañana siguiente, sin embargo, volvió a recibir otro mensaje.
Izan: Buenos días, preciosa. Espero que hoy los caballos se porten mejor que yo y no te hagan enfadar tanto.
Lara tuvo que contener una sonrisa al leerlo. La familiaridad con la que se dirigía a ella le parecía una insolencia, pero había algo en aquel intento de hacerla reír que resultaba difícil de ignorar.
—Qué hombre tan insoportable —susurró, bloqueando la pantalla.
No contestó.
Y, aun así, al día siguiente volvió a revisar el teléfono apenas despertó.
El mensaje estaba allí.
Izan: Buenos días, Lara. No espero que me respondas, pero quería desearte un día maravilloso.
Aquel detalle la dejó pensativa. Por primera vez, Izan no había intentado provocarla ni había utilizado un apodo cariñoso. Simplemente le había deseado un buen día, sin exigir nada a cambio.
Eso no significaba que lo perdonara por completo, ni que estuviera dispuesta a acercarse a él. Seguía teniendo muy presentes sus motivos para mantenerlo lejos. Sin embargo, empezaba a reconocer que le agradaba saber que alguien pensaba en ella.
Y eso era precisamente lo que más le molestaba.
Los mensajes continuaron llegando durante los días siguientes. Izan le deseaba suerte con el trabajo, le preguntaba si los caballos estaban bien y le enviaba algún comentario divertido sobre su propia jornada. Por las noches, cuando ya debía de estar descansando, aparecía un último mensaje.
Izan: Buenas noches, Lara. Descansa. Ojalá tengas dulces sueños.
Otras veces escribía algo más sencillo.
Izan: Que descanses, preciosa. Mañana será un buen día.
Lara nunca respondía.
Leía cada mensaje en silencio y después dejaba el teléfono a un lado, intentando convencerse de que no le importaba. En más de una ocasión abrió la conversación con la intención de bloquear el número, pero siempre terminaba desistiendo.
No entendía por qué.
Izan era un Orellana. Su familia llevaba generaciones enfrentada a la suya, y ella misma había dejado claro que no quería volver a verlo. Además, no había olvidado el beso que él le robó ni la rabia que sintió al darse cuenta de que había cruzado un límite.
Pero también recordaba su disculpa.
Y, aunque jamás lo admitiría en voz alta, aquellos mensajes comenzaban a formar parte de sus días.
A veces, mientras revisaba los informes de la hacienda, se descubría mirando el teléfono de reojo. Otras, cuando terminaba sus labores al atardecer, se preguntaba si él ya habría escrito.
Lo peor era que, cuando el mensaje llegaba, sentía una pequeña satisfacción que intentaba ocultarse incluso a sí misma.
Le gustaba saber que Izan la tenía presente.
Le gustaba que se acordara de ella al despertar y antes de dormir.
Y, aunque seguía llamándolo loco, ya no podía fingir que su atención le resultaba completamente indiferente.
Aquella noche, mientras se preparaba para acostarse, el teléfono volvió a iluminarse.
Izan: Buenas noches, Lara. Hoy no te he escrito mucho porque supuse que estarías ocupada. Espero que hayas tenido un buen día. Descansa.
Lara leyó el mensaje dos veces.
Sus labios se curvaron ligeramente, pero enseguida borró la sonrisa y dejó el teléfono boca abajo sobre la mesita.
—No significa nada —se dijo.
Sin embargo, antes de apagar la lámpara, volvió a tomarlo para leerlo una vez más.
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A varios kilómetros de allí, Adriel se preparaba para su cita con Selina.
Habían acordado encontrarse aquella noche, pero ninguno quería que sus familias se enteraran. Conocían demasiado bien las consecuencias que podía traer un acercamiento entre ellos, especialmente después del reciente enfrentamiento entre Izan y Lara.
Por eso, Selina había ideado un plan.
Cuando Adriel llegó a las inmediaciones de la hacienda Dávila, no se acercó a la entrada principal. Siguió las indicaciones que ella le había enviado y rodeó parte de la propiedad hasta encontrar un tramo discreto del cercado, apartado de la casa y de los caminos que utilizaban los trabajadores.
Allí lo esperaba Selina.
Llevaba un vestido sencillo, el cabello suelto y una sonrisa que se hizo más amplia al verlo acercarse.
—Por fin —susurró ella—. Empezaba a pensar que te habías perdido.
Adriel sonrió.
—Con las indicaciones que me diste, habría tenido que esforzarme mucho para perderme.
—No te confíes. Si hubieras tomado el camino equivocado, habrías terminado frente a los establos y algún trabajador te habría visto.
—¿Y eso habría sido tan terrible?
Selina lo miró con incredulidad.
—¿Quieres que mi padre te encuentre paseando por su propiedad a escondidas? ¿Después de lo que pasó con tu primo?
—Ahora que lo dices, quizá no sea la mejor idea.
—¡Adriel!
Él soltó una carcajada y levantó las manos en señal de rendición.
—Está bien. Me comportaré.
Selina se acercó a él y ambos emprendieron el paseo por un sendero que bordeaba los terrenos de la hacienda. La noche era agradable, y el aire fresco traía consigo el olor de la hierba húmeda y la tierra. A lo lejos se escuchaban algunos caballos moviéndose en los establos, mientras las luces de la casa apenas se distinguían entre los árboles.
Por un momento, ninguno habló. No porque se sintieran incómodos, sino porque ambos parecían disfrutar de la compañía del otro.
Fue Adriel quien rompió el silencio.
—Debo admitir que no imaginaba que nuestra primera cita consistiría en entrar a escondidas a esta hacienda.
Selina soltó una risita.
—Yo tampoco imaginaba que terminaría organizando encuentros secretos con un Nájera.
—¿Te arrepientes?
Ella se detuvo y lo miró directamente a los ojos.
—Ni un poquito.
La respuesta borró cualquier rastro de broma del rostro de Adriel. La observó durante unos segundos, sorprendido por la sinceridad de sus palabras.
—Me alegra escucharlo —confesó.
Continuaron caminando, esta vez un poco más cerca. Sus manos se rozaron accidentalmente y Selina sintió un cosquilleo que intentó disimular. Adriel también lo notó, pero no hizo ningún movimiento para tomarla de la mano. Prefería darle tiempo para sentirse cómoda.
—¿Siempre eres tan tranquilo? —preguntó ella.
—No. Solo intento causar una buena impresión.
—¿Y si te digo que ya me caías bien antes de esta cita?
Adriel sonrió.
—Entonces tendré que esforzarme para que te guste todavía más.
Selina se rio y le dio un pequeño empujón en el brazo.
—Eres un presumido.
—Y tú sigues caminando conmigo.
—Quizá porque todavía no he encontrado el camino de regreso.
—Claro. Debe de ser eso.
Ambos rieron, y la conversación continuó con una naturalidad que los sorprendió. Hablaron de sus gustos y de las cosas que esperaban hacer en el futuro. Por primera vez, la disputa entre sus familias parecía algo lejano, incapaz de interferir en aquel pequeño espacio que estaban construyendo juntos.
Al llegar a una zona desde la que se distinguía el arroyo que dividía ambas haciendas, Selina se detuvo.
—Es curioso —comentó—. Nuestras familias llevan años peleando por este lugar y nosotros estamos aquí, disfrutando de una caminata.
Adriel miró el agua durante unos segundos.
—Quizá algún día entiendan que no tenemos por qué repetir los mismos errores.
Selina volvió el rostro hacia él.
—Ojalá.
Sus miradas se encontraron y, por un instante, ninguno pareció tener prisa por continuar.
Adriel extendió la mano lentamente, dejándole la oportunidad de rechazar el gesto. Selina miró su mano y después su rostro antes de entrelazar sus dedos con los de él.
La sonrisa de Adriel fue inmediata.
—¿Eso significa que puedo invitarte a una segunda cita?
—Depende —respondió ella, fingiendo pensarlo—. ¿La próxima vez también tendré que organizar una operación secreta?
—Si hace falta, estoy dispuesto a correr el riesgo.
—Entonces puede que lo considere.
Adriel se rio y apretó suavemente su mano.
Siguieron caminando bajo la luz de la luna, sin saber cuánto tiempo podrían mantener sus encuentros en secreto ni qué sucedería cuando sus familias descubrieran lo que estaba naciendo entre ellos.