En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.
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9
El latido bajo el esternón
El círculo de ceniza sobre la mesa no se dispersó. Fray Tomás lo contempló durante un tiempo largo, con la boca todavía amarga y el grano latiendo contra los dientes. Cada vez que tragaba, el sabor a hierro quemado le subía hasta la nariz. Se limpió los labios con el dorso de la mano y la mancha negra se extendió un poco más hacia la muñeca.
La Vieja no había movido ni un músculo. Mateo seguía con la cabeza caída, respirando de forma irregular. El dominico se levantó. Las piernas le temblaban. La raíz bajo la piel había alcanzado el hueco de la garganta y una de las ramificaciones ya rozaba la base de la oreja. Cuando se tocaba allí, oía el latido extraño como un eco dentro del cráneo.
Salió de la sala sin mirar atrás. En la plaza el grupo se había reducido todavía más. Los cuerpos que yacían junto al borde del círculo ya no parecían personas. Se habían hundido sobre sí mismos, como si la carne se hubiera vaciado por dentro. De las bocas, narices, oídos e incluso de los ojos abiertos salía un flujo continuo de polvo negro que el viento arrastraba hacia el centro. El círculo había crecido otra vez. Ahora ocupaba casi toda la plaza.
Isabel seguía de pie en el mismo sitio. Ya no miraba el suelo. Miraba el centro del círculo con una expresión que Fray Tomás no había visto antes en ella: una especie de alivio vacío. Al notar su presencia habló sin girar la cabeza.
—Ya no duele. El grano se abrió. Salió solo. Ahora solo queda el nombre. Y el nombre quiere cruzar.
Fray Tomás le puso una mano en el hombro. La sintió caliente y ligera, como si debajo de la ropa hubiera menos cuerpo del que debería.
—No vais a cruzar
repitió, aunque la frase sonó hueca incluso para él.
Isabel sonrió por primera vez desde que se conocían. La sonrisa abrió una grieta en el polvo que le cubría los labios.
—Ya no soy yo quien decide, padre. El círculo me tiene el nombre completo. Solo falta el último paso.
Se soltó con suavidad y dio un paso hacia el borde. Fray Tomás intentó sujetarla. Los dedos se le resbalaron. Isabel cruzó la línea de ceniza sin esfuerzo. Caminó hacia el centro con paso seguro. Cuando llegó al medio se detuvo, levantó la cara hacia el cielo gris y abrió la boca. El polvo negro salió en una columna fina y continua que se elevó hasta perderse en el aire. El cuerpo de Isabel se fue derrumbando poco a poco, como una bolsa que se vacía. Al final solo quedó un montículo de ceniza del tamaño de una persona arrodillada. El viento no lo dispersó. Se quedó allí, compacto, en el corazón del círculo.
Fray Tomás retrocedió hasta chocar con la pared de la iglesia. El latido bajo el esternón se había vuelto más fuerte. Ya no era solo la raíz. Era algo que respiraba dentro de la caja del pecho, lento y profundo, al mismo ritmo que el grano de la lengua.
Don Rodrigo apareció a su lado. El caballero apenas podía mantenerse en pie. La mano derecha era ya una masa negra y agrietada de la que caía polvo sin cesar. La izquierda empezaba a mostrar las mismas manchas.
—Vi cómo cruzaba
dijo con voz casi inaudible.
—La envidié. Ya no siente el ardor. Yo todavía sí. El nombre me está quemando por dentro. Me llama desde el pozo. Me dice que si bajo, el fuego se apaga.
Fray Tomás no contestó. No le quedaban órdenes. Solo el sabor y el latido.
Regresó a la sala de interrogatorios. Mateo había levantado la cabeza. Tenía los ojos completamente grises, sin pupila visible. Al ver al dominico abrió la boca y habló con una voz que no era la suya. Era una superposición de varias voces, algunas infantiles, otras ancianas, todas hablando al mismo tiempo el mismo nombre largo y roto.
La Vieja, por fin, se movió. Extendió una mano huesuda y tocó el brazo de Fray Tomás, justo donde la raíz era más gruesa.
—Está llegando al corazón
dijo con calma.
—Cuando lo toque, dejaréis de luchar. Entonces el círculo os usará para hablar. Será más fácil. Ya no tendréis que fingir que todavía sois el inquisidor.
Fray Tomás apartó el brazo de un manotazo. El contacto le dejó la piel aún más caliente. Salió de nuevo a la plaza. El viento había cesado por completo. La columna de ceniza que había sido Isabel seguía inmóvil en el centro. Alrededor, los pocos que aún permanecían de pie empezaban a inclinarse hacia delante, como si una fuerza invisible los atrajera.
El dominico miró sus propias manos. La derecha estaba casi completamente negra hasta el antebrazo. La izquierda empezaba a mostrar las primeras líneas finas que trepaban desde las yemas. Se llevó los dedos a la boca y presionó el grano. Esta vez no solo lo sintió moverse. Lo sintió crecer. Una punzada aguda le recorrió la lengua hasta la base del cráneo. Escupió. El polvo cayó al suelo y formó otro círculo, más grande que el anterior.
Entonces oyó su nombre. No desde fuera. Desde dentro del pecho. El latido lo pronunció con claridad, sílaba por sílaba, el nombre completo que solo conocían en el convento de Ávila. Fray Tomás se dobló sobre sí mismo, con las manos apretadas contra el esternón. El calor se extendió en oleadas. Por un instante creyó que el pecho se le iba a abrir. Cuando logró enderezarse, la plaza había cambiado otra vez. Ya no quedaba nadie de pie. Todos los cuerpos se habían convertido en montículos de ceniza ordenados alrededor del círculo central. El viento, de pronto, volvió a soplar desde el bosque y empezó a empujar el polvo hacia dentro. Los montículos se deshacían despacio, alimentando el círculo, que crecía con cada soplo.
Fray Tomás caminó hasta el borde. Se detuvo justo antes de cruzar. El grano bajo la lengua latía con tanta fuerza que le hacía temblar la mandíbula. El latido del pecho respondía. Eran el mismo ritmo.
Detrás de él, la puerta de la iglesia se abrió. Mateo salió arrastrando los pies, seguido por la Vieja. El novicio ya no parecía joven. La piel se le había hundido y los ojos grises miraban sin ver. La Vieja se detuvo a su lado y señaló el círculo con un dedo tembloroso.
—Solo falta vos, dominico. Y yo. Cuando los dos crucemos, este valle se completará. Después el círculo buscará otra boca en otro sitio. Así ha sido siempre. Fray Tomás miró el centro. El montículo que había sido Isabel seguía allí, intacto. Por un momento creyó ver la forma de una niña pequeña de pie junto a él, sin pies, con la boca abierta. Parpadeó. Solo quedó la ceniza.
El latido bajo el esternón se volvió doloroso por primera vez. Fray Tomás se llevó las dos manos al pecho y sintió que la raíz se cerraba alrededor del corazón como una mano fría. El nombre completo volvió a sonar dentro de su cabeza, más claro, más urgente. Dio un paso adelante. La ceniza del borde crujió bajo su sandalia. El calor le subió por las piernas. El grano bajo la lengua se abrió.
Y Fray Tomás de Ávila empezó a toser.