Ella es maltratada por su familia hasta que un golpe en la cabeza cambia su personalidad y saca su lado más despiadado
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Capitulo 10
El salón quedó en silencio.
El emperador miró a mi tío durante unos segundos.
Después dirigió la mirada hacia mí.
—Aine, ¿es cierto lo que dice tu tío?
Bajé la mirada.
Durante unos instantes pensé en todo lo que había ocurrido.
Mi padre nunca había permitido que tuviera contacto con la familia de mi madre.
Me había obligado a obedecerlo.
Y yo había obedecido porque quería ser una buena hija.
Hasta que comprendí que ser obediente no había servido de nada.
—Sí, Su Majestad —respondí.
La emperatriz frunció el ceño.
—¿Tu padre permitió que maltrataran a la hija legítima de su matrimonio con mi mejor amiga?
No respondí.
No hacía falta.
Mi silencio fue suficiente.
El emperador golpeó suavemente el brazo de su trono.
—¿Y dónde vive actualmente?
Mi tío apretó los puños.
—La hicieron vivir en una habitación destinada a guardar leña.
La expresión del emperador cambió.
—¿Qué?
La emperatriz también parecía sorprendida.
—¿En la habitación donde guardan la leña?
Mi tío asintió.
—Sí, Su Majestad.
La emperatriz me miró con tristeza.
—¿Por qué nunca nos lo dijiste, pequeña?
Me quedé en silencio.
—Porque mi padre me prohibió enviar cartas a mi familia materna.
La emperatriz apretó los labios.
El emperador permaneció pensativo.
—Entonces tu padre no solo descuidó sus obligaciones como padre. También permitió que otros ocuparan los bienes que pertenecen legítimamente a su hija.
Mi tío levantó la cabeza.
—Exactamente.
—¿Y qué solicita exactamente?
—Que Aine recupere el control de la mansión y de todos los ingresos que le pertenecen. También quiero que se reconozca oficialmente su derecho sobre las propiedades que dejó mi hermana.
El emperador asintió lentamente.
—Concedido.
Abrí los ojos.
Mi tío también pareció sorprenderse por la rapidez de la respuesta.
—A partir de hoy, Aine tendrá autoridad sobre la administración de la mansión y sus ingresos. Nadie podrá disponer de esos bienes sin su autorización.
La emperatriz sonrió.
—Tu madre habría estado orgullosa de verte defender lo que te pertenece.
Sentí un pequeño nudo en la garganta.
Mi madre.
Durante tantos años había intentado ser una hija perfecta para una familia que nunca me quiso realmente.
Y ahora, por primera vez, alguien estaba diciendo que yo tenía derecho a algo.
—Gracias, Su Majestad —dije mientras hacía una reverencia.
El emperador levantó una mano.
—No me agradezcas todavía.
Lo miré.
—Hay algo más.
Mi corazón dio un pequeño vuelco.
—¿Qué sucede?
El emperador intercambió una mirada con la emperatriz.
—Tu tío también mencionó que existe un asunto relacionado con tu matrimonio.
Me quedé rígida.
Mi mente volvió inmediatamente a Gael.
Mi expresión cambió.
El emperador lo notó.
—Parece que hoy tenemos muchas cosas que resolver.
—Mañana iré personalmente a tu palacio —dijo el príncipe heredero—. Yo mismo leeré el edicto imperial delante de todos.
Lo miré y me sequé las lágrimas falsas que aún tenía en el rostro.
—Muchas gracias, príncipe heredero —dije con una dulce sonrisa.
Él asintió, todavía visiblemente molesto por lo que había ocurrido.
Después de despedirnos, salimos del palacio.
Subí al carruaje junto a mi tío y cerré la puerta.
En cuanto estuvimos fuera de la vista de todos, dejé de fingir.
Sonreí.
Había conseguido exactamente lo que quería.
No solo tendría el control de la mansión.
También tendría autoridad sobre sus ingresos.
Y, a partir del día siguiente, todos tendrían que reconocerlo oficialmente.
Salí del palacio completamente satisfecha.
Por primera vez, sentía que las cosas empezaban a ponerse a mi favor.
Llegué a mi palacio.
Apenas entré, mi padre se acercó y me golpeó.
—¿A dónde fuiste? —preguntó.
No respondió mi pregunta.
En realidad, sabía perfectamente por qué estaba molesto.
Tenía miedo de que hubiera ido a quejarme con la familia de mi madre.
Lo miré fijamente.
—Ya lo verás mañana.
Mi padre frunció el ceño.
No dije nada más.
Después de haberme encerrado en el galpón donde guardaban la leña, no tenía derecho a exigirme explicaciones.
Poco después, Gael llegó.
—¿Estás bien? —preguntó.
Lo miré.
Sabía perfectamente que no había venido porque estuviera preocupado por mí.
—¿A qué viniste? —pregunté.
Él dejó de fingir preocupación y mostró rápidamente sus verdaderas intenciones.
—¿Vas a casarte con el príncipe tirano? —preguntó.
Ahí estaba.
Eso era lo único que le importaba.
No quería saber cómo estaba.
Quería saber si yo iba a ocupar el lugar de mi hermanastra.
—Si acepto, me casaré en su lugar —respondí—. Pero ella tendrá que casarse contigo estos días y ocupar mi lugar.
Gael dio un salto de alegría.
—¡Lo sabía!
Lo miré en silencio.
—No te preocupes —dijo mientras sonreía—. Cuando te cases, iré por ti y también te convertiré en mi esposa.
Solo eran palabras vacías.
Ella sería su esposa legítima.
Y yo sería únicamente una esposa secundaria.
Una concubina.
—No haré ninguna diferencia —insistió—. Tú eres la mujer que amo y nadie ocupará tu lugar.
Después de decir aquello, salió corriendo para preparar todo.
Lo observé marcharse.
No sentí nada.
Ni siquiera dolor.
Mi amor por él había muerto en el momento en que decidió elegir a otra persona sobre mí.
Poco después, escuché la voz de Mane detrás de la puerta de madera.
—¡Señorita!
Corrí hacia ella.
—¿Qué sucedió?
Su voz estaba quebrada.
Estaba llorando y tenía una mejilla lastimada.
—Sucedió algo terrible...
Fruncí el ceño.
—¿Qué pasó?
—Su hermanastra fue a sus aposentos y se llevó el vestido de novia y las joyas que iba a usar.
La miré en silencio.
Aquello ya ni siquiera me importaba.
Después de todo, mi amor por Gael había muerto cuando él eligió a otra persona sobre mí.
—¿Quién te golpeó? —pregunté.
Mane se tocó la mejilla.
—Fueron las siervas de su hermanastra... y ella también estaba allí.
Suspiré.
Sentí que el odio volvía a subir lentamente por mi pecho.
—Tranquila.
Me acerqué a la puerta.
—Voy a vengarte.
Mane negó rápidamente con la cabeza.
—Señorita...
—Por ahora no hagas nada. Quédate tranquila, sin importar lo que hagan.
Ella asintió.
—Sí, señorita.
La habían golpeado por defender mi vestido de novia y mis joyas.
Cerré los ojos.
Ya no importaba el vestido.
Ni las joyas.
Ni siquiera Gael.
Solo quedaba esperar.
Mañana el príncipe heredero vendría personalmente con el edicto imperial.
Entonces todo cambiaría.
Apoyé la frente contra la puerta de madera.
—Por favor, príncipe heredero... encuéntrame —susurré.