⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Desayuno a la carta
La luz del sol de la primera mañana del encierro se filtraba a través de las cortinas de la habitación principal. El aire olía a sábanas limpias, a sudor y al perfume denso de Liam, que seguía profundamente dormido a mi lado, con un brazo pesado y posesivo cruzado sobre mi cintura, atrapándome contra su pecho desnudo.
Miré el techo blanco de la habitación de mis padres. Durante toda mi vida, este espacio había representado el orden, las reglas estrictas, la disciplina familiar y la fachada perfecta que estaba obligada a mantener. Despertar aquí, con el cuerpo adolorido de la noche anterior y en la cama matrimonial de quienes me habían criado con tanta rigidez, se sentía como el acto de rebeldía más grande y oscuro que había cometido jamás.
Me deslicé con cuidado milimétrico fuera de la cama para no despertarlo, me puse una camisa suya que me quedaba enorme y caminé descalza por el pasillo. La casa estaba completamente silenciosa.
Minutos después, cuando el aroma a café recién hecho comenzó a flotar en el aire, sentí unos brazos duros rodearme por la espalda y una barbilla apoyarse pesadamente en mi hombro.
-Te mueves demasiado para haber terminado destruida a las cuatro de la mañana, Zoé -roncó Liam junto a mi oído, con la voz áspera y profunda del sueño, mientras dejaba un beso húmedo y perezoso en la curva de mi cuello.
-Estaba pensando, Black... -le respondí, girándome lentamente entre sus brazos para quedar frente a él, con una sonrisa torcida y peligrosa dibujada en los labios-. Todavía hay lugares en esta casa que guardan demasiadas apariencias.
Liam arqueó una ceja oscura, interesado de inmediato, mientras sus manos se deslizaban con naturalidad por debajo de la tela de la camisa para aferrar mis caderas.
-¿Ah, sí? ¿Qué tienes en mente, nena?
Me acerqué a su oído y le susurré las palabras exactas, deslizando los dedos por el borde de su mandíbula.
-El comedor. Quiero que me folles sobre la larga mesa del comedor. Esa misma maldita mesa donde cada domingo nos sentábamos a fingir ser dos seres impecables, educados y perfectos pero que se deseaban en secreto. Quiero romper todas las reglas exactamente ahí.
Una chispa de pura locura y aprobación brilló en las pupilas oscuras de Liam. Su agarre en mi cintura se volvió dolorosamente firme.
-Me leíste la mente, Zoé -murmuró con una sonrisa cazadora antes de devorarme la boca en un beso hambriento que no dio tregua.
Sin esperar nada más, me levantó en vilo con facilidad, obligándome a envolver su cintura con mis piernas mientras me llevaba a zancadas fuera de la cocina. En cuestión de segundos, estábamos en el comedor. Los rayos del sol de la mañana atravesaban el ventanal, iluminando la larga mesa de madera pulida que tantas cenas familiares había presenciado.
Liam no tuvo miramientos. Me depositó de espaldas sobre la superficie lisa de la mesa, apartando de un manotazo un centro de mesa decorativo que cayó al suelo con un estrépito sordo de cristal roto, al diablo con los adornos y con las buenas costumbres.
Me inmovilizó el cuerpo con el suyo, apoyando las manos a ambos lados de mi cabeza mientras sus ojos negros me devoraban con una voracidad absoluta.
-Despídete de la buena niña que vivía aquí, Black -le reté con la voz temblorosa de excitación, abriéndome a él sin reservas.
Liam soltó un gruñido gutural y, con movimientos febriles y desesperados, destrozó lo poco que quedaba de nuestra cordura, convirtiendo el comedor familiar en el altar definitivo de nuestra destrucción mutua.
El impacto sobre la madera pulida me arrancó un susurro agudo que rebotó contra las paredes de la habitación vacía. La superficie de la mesa estaba fría, un contraste brutal con el calor abrasador que desprendían nuestros cuerpos, pero esa diferencia térmica duró exactamente un segundo, el tiempo que tardó Liam en cubrirme por completo con su peso.
-¿Extrañabas jugar a ser la hija perfecta, Zoé? -me siseó al oído, con una risa oscura y vibra sádica retumbando en su pecho, mientras me inmovilizaba las muñecas contra la madera con una sola mano-. Porque te juro que cuando tus padres regresen y se sienten aquí, van a sentir el eco de cada grito tuyo.
Esa imagen mental -la idea de mis padres cenando inocentemente sobre el mismo lugar exacto donde estábamos follando- fue una descarga de adrenalina pura que me hizo arquear la espalda con violencia.
-Eres un maldito enfermo, Black... -le contesté con la respiración rota, riendo entre dientes mientras le clavaba las uñas en los hombros, incitándolo a no tener compasión.
-Y tú no puedes vivir sin esta enfermedad -me devolvió el golpe con una sonrisa torcida, antes de embestirme con una fuerza implacable.
El ritmo sobre la mesa se volvió una locura desatada. El pesado mueble de caoba crujió rítmicamente contra el suelo de parquet con cada estocada, un sonido escandaloso que en cualquier otro momento nos habría hecho entrar en pánico, pero que ahora solo servía como la banda sonora perfecta de nuestra rebelión.
Para subir la apuesta y añadirle un toque aún más perverso al juego, Liam detuvo el movimiento por un segundo, me agarró de los muslos y me obligó a sentarme completamente erguida sobre la mesa, dejándome a su merced a plena luz del día, expuesta ante el ventanal que daba a la calle solitaria.
-A ver, demuéstrame qué tan obediente sabes ser cuando te mando, nena -me retó, soltándome las muñecas para agarrarme de la barbilla con fuerza, obligándome a sostenerle la mirada mientras él retomaba el control desde abajo, empalándome con una precisión tan rítmica y profunda que me hizo perder el hilo de mis propios pensamientos.
-¡Mierda, Liam...! -grité su nombre sin importarme si los vecinos del otro lado de la calle podían oír un eco a través del cristal.
La sensación de vulnerabilidad, combinada con la falta total de reglas y el juego de dominación absoluta, hizo que el clímax me estallara en el pecho de golpe. Mi cuerpo entero se contrajo en espasmos violentos sobre la madera, apretándome a él con tanta fuerza que Liam soltó un rugido ronco y se rindió al abismo conmigo, vaciándose en una descarga feroz que nos dejó a ambos jadeando, desparramados sobre la mesa como dos muñecos rotos después de la tormenta.
El silencio que siguió al eco de nuestros jadeos en el comedor duró exactamente lo que tardé en recuperar la capacidad de llenar mis pulmones de aire. Sin embargo, la tensión hiperactiva que nos mantenía unidos no tenía la menor intención de apagarse.
Me quedé tendida boca arriba sobre la larga mesa de caoba, con las piernas todavía colgando a los costados de la cintura de Liam y la camisa desabrochada. Él seguía entre mis piernas, apoyado sobre los codos, mirándome con esa mezcla de suficiencia y posesividad absoluta que caracterizaba cada una de sus facciones.
Con un movimiento lento, Liam estiró el brazo hacia un lado, rescatando de milagro la cafetera que habíamos dejado olvidada en la encimera antes de desatar el caos. Se sirvió media taza de café frío en una taza limpia, me la ofreció a la altura de los labios con una ceja alzada y una sonrisa de medio lado, y soltó con total naturalidad:
-Tienes que admitir, Zoé, que este desayuno supera por mucho al pan tostado con mantequilla que solías comer aquí los martes por la mañana.
Casi escupo el primer sorbo de café cuando me lo dio a probar.
-Eres un imbécil, Black -le solté entre una risa incrédula y sin aliento, empujándole el hombro con la poca fuerza que me quedaba en los brazos-. ¿Qué clase de psicópata interrumpe una sesión así para ofrecer cafeína como si estuviéramos en una cafetería de la esquina?
-Un psicópata que necesita que recargues energías, porque la semana apenas empieza y te juro que no pienso dejarte salir de esta casa con capacidad de caminar recta -respondió él sin apartar la vista de mí, con un brillo tan oscuro y divertido en los ojos que me recorrió un escalofrío delicioso por la espina dorsal.
Dejó la taza en el borde de la mesa con un golpe seco y me arrastró de nuevo hacia él, atrapándome en un beso que sabía a café y a una urgencia renovada.
-A ver si es cierto, Black -lo reté, deslizándome de la mesa para quedar de pie frente a él mientras me ajustaba la camisa con una lentitud deliberada-. Pero si vamos a jugar a destruir las reglas de mis padres, te toca encargarte del desastre. Rompiste el centro de mesa.
Liam soltó una carcajada ronca, un sonido grave y magnético que rara vez le regalaba a alguien ,y me levantó en vilo otra vez, esta vez hacia la cocina, mientras el eco de nuestra complicidad sádica llenaba cada rincón de la casa vacía.