Traicionada por quienes más amaba y reducida a la nada, Angie huye de su vida anterior con el corazón roto y sin un centavo. La única mano extendida es la de Roberta, su amiga de toda la vida, que la acoge en su hogar sin hacer preguntas. Allí, Angie conoce al padre de su amiga: Lucian, un hombre imponente, millonario, de mirada profunda y carácter inquebrantable.
Entre ellos surge algo imposible de callar: un deseo abrasador, una conexión que quema cada encuentro, aunque el secreto los condene. Cuando la verdad sale a la luz, la culpa y el miedo la empujan a huir. Pero Lucian no está dispuesto a dejarla ir: la retiene, no como prisionera, sino como la mujer que posee su alma. Ahora Angie deberá elegir: ¿la lealtad que le debe a su amiga, o el deseo que la consume junto al hombre prohibido?
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La primera mirada
La mañana llegó suave, con la luz dorada colándose entre las cortinas y el silencio aún reinando en la casa. Me desperté con la sensación de que todo lo ocurrido la noche anterior había sido un sueño… hasta que recordé sus ojos: oscuros, profundos, fijos en mí como si pudiera leer cada uno de mis pensamientos. Me incorporé despacio, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba solo de recordarlo.
Me arreglé con la ropa que Roberta me había prestado: una blusa suave y unos pantalones cómodos, nada ostentoso, pero limpio y digno. Bajo las escaleras, el aroma a café recién hecho y pan recién horneado me guio hasta el comedor. Allí estaba Roberta, colocando la mesa con una sonrisa radiante, y junto a ella… él.
Lucian estaba de pie frente a la ventana, con la espalda erguida y la mirada puesta en el jardín que se extendía más allá del cristal. Vestía un traje impecable de color azul oscuro que le sentaba a la perfección, resaltando su porte imponente y la seriedad que lo envolvía. Al escuchar mis pasos, se giró lentamente hacia mí, y el aire me faltó de golpe.
—Buenos días, Angie —dijo, y su voz me recorrió entera, como si me acariciara sin tocarme.
—Buenos días —respondí con un hilo de voz, obligándome a sostenerle la mirada.
Roberta se acercó y me tomó del brazo con naturalidad, ajena por completo a la tensión que vibraba entre su padre y yo.
—¿Verdad que es maravilloso que estés aquí? —dijo, radiante—. Papá es quien ha hecho posible todo esto: la casa, el bienestar de la familia… lo admiro más que a nadie. Es un hombre justo, firme, el mejor padre del mundo.
Mientras ella hablaba, yo no podía dejar de observarlo. Había una diferencia enorme entre nosotros: él, dueño de un imperio, maduro, seguro de cada paso que daba; yo, sin un centavo, sin hogar, perdida en una tormenta que no pedí. Y sin embargo, cuando sus ojos se posaron en mí, no vi desprecio ni lástima. Vi algo mucho más peligroso: interés.
Se acercó unos pasos, extendió la mano y yo la tomé casi por instinto. Sus dedos eran cálidos, firmes, y en ese roce breve, eléctrico, sentí algo encenderse en mi interior: una chispa viva, imposible de ignorar. Me sostuvo la mano un instante más de lo necesario, sus ojos clavados en los míos, y supe que él también lo había sentido.
—Espero que descansaras —dijo, sin soltarme del todo—. Que esta casa te sirva de refugio mientras lo necesites.
—Gracias —susurré, retirando la mano con esfuerzo—. No sé cómo agradecerles…
—No tienes que agradecer nada —intervino Roberta, sentándonos a la mesa—. Eres familia para nosotros.
Durante el desayuno, intenté concentrarme en lo que ella decía, en sus planes, en sus risas… pero mi atención volvía una y otra vez hacia Lucian. Él hablaba poco, pero cada palabra tenía peso. Me miraba de vez en cuando, y cuando nuestros ojos se cruzaban, sentía que me desnudaba por dentro. No era solo atracción física; era algo más hondo, una conexión que no debía existir, que me avergonzaba y a la vez me atraía con fuerza imparable.
Roberta me contaba anécdotas de su infancia, de cómo su padre había trabajado el doble para darle todo, de su fortaleza inquebrantable. Y mientras ella hablaba con adoración, yo sentía cómo la culpa empezaba a mezclarse con ese sentimiento prohibido. Ella era mi mejor amiga, la que me había abierto las puertas cuando todos me dieron la espalda… y yo no podía dejar de mirar al hombre que le daba la vida con un deseo que me consumía.
Cuando terminamos de comer, Lucian se levantó y se acercó a mí. Roberta se había adelantado a la cocina, dejándonos solos por un momento.
—Tu mirada te delata, Angie —dijo en voz baja, tan cerca que sentí el calor de su aliento—. Hay algo en ti que intenta ocultar… y yo quiero saber qué es.
Me quedé sin respiración, retrocediendo un paso hasta chocar contra la silla.
—No sé a qué se refiere…
—Sí lo sabes —susurró, levantando una mano sin llegar a tocarme—. Lo sentiste igual que yo. No mientas.
Sus palabras me desarmaron por completo. Quise huir, negarlo, decirle que estaba loco… pero la verdad me atrapó antes de poder hablar. Asentí apenas, con la garganta cerrada, y vi cómo una sombra de sonrisa aparecía en sus labios, breve y peligrosa.
—Nos veremos —dijo, dándome la espalda y marchándose con paso lento, dejándome allí, temblando, con la piel ardiendo y el corazón a mil por hora.
Cuando Roberta regresó, me encontró inmóvil en el mismo sitio.
—¿Todo bien? —preguntó, tocándome el hombro con ternura.
Asentí, forzando una sonrisa que no llegué a sentir.
—Sí… todo bien.
Pero sabía que nada volvería a estar bien. Porque esa chispa encendida en el primer saludo no se apagaría tan fácil. Y yo estaba a punto de jugar con fuego, sin importarme quemarme.