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Amor A Destiempo

Amor A Destiempo

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Posesivo
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Ariane Blackrose

México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del

NovelToon tiene autorización de Ariane Blackrose para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16:Bajo otro nombre

El rumor llegó al campamento antes del mediodía.

No en una carta.

No por un mensajero conocido.

Llegó como llegaban casi todas las cosas peligrosas: de boca en boca.

Un arriero había escuchado algo en una cantina. Otro hombre lo había repetido en un pueblo cercano. Después apareció el dato que hizo que Sombra dejara de considerarlo simple chisme.

Gustavo Conde estaba preguntando por él.

No por los revolucionarios.

Por él.

Por Sombra.

Y al mismo tiempo estaban moviéndose armas sin registro por los alrededores de la Hacienda De la Vega.

—¿Cuántas? —preguntó Sombra.

El hombre frente a él negó con la cabeza.

—No lo sé. Dicen que cajas. Entraron de noche.

Rafael permanecía apoyado contra uno de los postes de la carpa.

—¿Rifles?

—Eso dicen.

—¿Quién los vio?

—Un carretero. Jura que eran armas.

Sombra guardó silencio.

Rafael lo observó.

—Puede estar mintiendo.

—Puede.

—O exagerando.

—También.

—O puede que Gustavo esté armándose hasta los dientes.

Sombra levantó los ojos.

—Eso es lo que voy a averiguar.

Rafael se enderezó.

—¿Cómo?

Sombra no respondió.

Rafael lo conocía demasiado.

—No.

Sombra comenzó a recoger el mapa.

—Ni siquiera sabes qué voy a hacer.

—Precisamente porque te conozco sé qué vas a hacer.

—Entonces ahórrame la explicación.

—Sombra.

—No voy a mandar a un hombre a averiguar algo que necesito ver yo mismo.

Rafael soltó una maldición por lo bajo.

—¿Y qué pretendes? ¿Llegar vestido de negro y tocar la puerta?

Sombra lo miró.

—No soy idiota.

—Últimamente tengo mis dudas.

Sombra ignoró el comentario.

—La hacienda está contratando manos adicionales.

Rafael frunció el ceño.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque pregunté.

—¿Cuándo?

—Ayer.

Rafael lo miró fijamente.

Después sonrió despacio.

—Mira qué preparado venía el asunto.

—Cállate.

—¿Y casualmente es la hacienda donde vive cierta...

—Rafael.

La advertencia fue suficiente.

Rafael levantó las manos.

—Está bien.

Sombra se puso de pie.

—Voy a entrar, mirar y salir.

—¿Solo?

—Sí.

—Eso es una estupidez.

—Eso es más discreto.

Rafael se acercó.

—Si Conde está preguntando específicamente por ti, puede que tenga una descripción.

—No tiene mi cara.

—Eso esperas.

Sombra se detuvo.

Rafael tenía razón.

La identidad de Sombra se mantenía protegida precisamente porque jamás había permitido que su nombre real, procedencia o vínculos personales circularan más de lo necesario.

—Entonces habrá que asegurarse de que tampoco vea a Sombra —respondió.

 

El hombre que salió del campamento aquella tarde no parecía comandante de nada.

El negro había desaparecido.

También el sombrero que acostumbraba llevar.

El arete de cruz quedó guardado.

Sombra llevaba una camisa de algodón gastada, pantalones polvorientos, botas envejecidas y un sombrero de palma maltratado que ocultaba buena parte de su cabello negro.

Había ensuciado deliberadamente las manos y el rostro con tierra.

No podía hacer desaparecer sus cicatrices.

Pero podía conseguir que nadie tuviera razones para mirarlas demasiado.

Rafael dio una vuelta a su alrededor.

—Qué feo te ves.

Sombra ajustó una cuerda alrededor de una pequeña bolsa.

—Gracias.

—Pareces hombre honrado.

—Eso sí fue insulto.

Rafael soltó una carcajada.

Mariel apareció detrás.

Se detuvo.

—¿Adónde va?

—A trabajar —respondió Rafael.

Mariel miró a Sombra.

Después a Rafael.

—¿Trabajar?

—Dice que descubrió su vocación.

Sombra tomó las riendas del caballo.

—No le hagas caso.

Mariel entrecerró los ojos.

—Vas a la hacienda.

Sombra no respondió.

No hacía falta.

Mariel cruzó los brazos.

—¿Por las armas?

—Sí.

—¿Solamente por las armas?

Rafael tosió.

Sombra lo fulminó con la mirada.

—Por las armas.

Mariel sonrió.

—Claro.

—No voy a verla.

La frase salió demasiado rápido.

Mariel levantó ambas cejas.

Rafael empezó a reír.

Sombra cerró los ojos.

—No dije que fueras a verla —contestó Mariel.

Silencio.

—Váyanse al demonio los dos.

Montó.

Rafael rio todavía más.

—¡Buen día de trabajo, compañero!

Sombra levantó una mano sin volverse.

No era precisamente un saludo amable.

 

Llegó a los alrededores de la Hacienda De la Vega horas después.

No tomó el acceso principal.

Dejó el caballo bastante lejos y continuó a pie hasta mezclarse con otros hombres que buscaban trabajo temporal.

Aquella hacienda ya le resultaba conocida desde fuera. Tiempo atrás la había vigilado junto a sus hombres y había comprobado lo bien protegida que estaba.

Pero verla desde dentro era distinto.

Muros altos.

Patios.

Establos.

Almacenes.

Trabajadores entrando y saliendo.

Guardias.

Demasiados guardias para una hacienda que supuestamente había recuperado a la hija del patrón y vuelto a la normalidad.

Sombra bajó la cabeza.

Un capataz pasó frente a los hombres.

—¿Tú?

Sombra levantó la mirada.

—Sí, señor.

—¿Sabes trabajar con caballos?

—Lo suficiente.

—¿Lo suficiente cuánto?

—Para que no me tiren y para saber cuándo un animal está mal herrado.

El capataz lo estudió.

—¿De dónde vienes?

—Del norte.

—Eso no es un lugar.

Sombra sonrió apenas.

—Para un hombre sin tierra, cualquier parte lo es.

El capataz soltó un resoplido.

—Establos.

Sombra asintió.

—Sí, señor.

Entró.

Sin mirar hacia la casa principal.

No había ido por Amalia.

Se repitió aquello una vez.

Luego otra.

Y una tercera cuando pasó lo bastante cerca de la casa como para distinguir las ventanas del segundo piso.

No levantó la vista.

 

Amalia llevaba toda la mañana irritada.

Su madre había enviado nuevamente a dos criadas para revisar los vestidos que viajarían a Ciudad de México.

Amalia las había dejado trabajar.

No porque aceptara.

Simplemente había descubierto que discutir cada hora era agotador.

Bajó al patio buscando aire.

Llevaba un vestido sencillo de día. El cabello negro, largo, estaba parcialmente recogido para apartarlo del rostro.

—Señorita Amalia.

Ella se volvió.

Una criada venía detrás.

—Su madre pregunta si desea acompañarla después del almuerzo. Quiere revisar unas telas.

—¿Para qué?

La muchacha vaciló.

Amalia ya sabía la respuesta.

—Para la boda.

—Claro.

Respiró profundamente.

—Dile que después del almuerzo hablaré con ella.

—Sí, señorita.

Amalia continuó caminando.

Necesitaba salir de la casa.

Los establos siempre habían sido uno de los pocos lugares donde nadie esperaba que permaneciera sentada sonriendo.

Cruzó el patio.

 

Sombra llevaba casi una hora trabajando.

Y escuchando.

Principalmente escuchando.

Dos hombres habían mencionado una entrega.

Otro habló de cajas que no debían quedarse en el almacén principal.

Nadie decía «armas».

Eso era precisamente lo sospechoso.

Sombra estaba ajustando una correa cuando escuchó voces detrás del establo.

Se agachó junto al caballo.

—El señor Conde quiere todo preparado antes del viaje.

—¿Cuándo?

—Pronto.

—¿Y las cajas?

—Esta noche.

Sombra dejó de mover las manos.

—¿Todas?

—No. Las otras llegan mañana.

Una pausa.

—¿Y para qué quiere tantas?

—No preguntes.

Sombra esperó.

Los pasos comenzaron a alejarse.

Entonces escuchó algo más.

—Conde también sigue preguntando por ese tal Sombra.

Sombra levantó lentamente la cabeza.

—¿Para qué?

—Dicen que quiere encontrarlo.

—¿Y después?

El otro hombre rio.

—Eso ya puedes imaginarlo.

Los pasos desaparecieron.

Sombra permaneció agachado.

Así que el rumor era cierto.

Gustavo lo estaba buscando.

Y las armas existían.

Necesitaba averiguar dónde las guardaban.

Nada más.

Después saldría.

 

Amalia entró a los establos sin avisar.

—Lucero.

Una yegua levantó inmediatamente la cabeza.

Amalia sonrió.

—Al menos tú no quieres casarme con nadie.

El animal resopló.

—Gracias.

Se acercó.

—Eres la única criatura sensata de esta casa.

—No creo que pueda responderle.

Amalia se quedó inmóvil.

La voz había llegado desde el otro extremo.

Una voz masculina.

Grave.

Conocida.

Imposible.

El corazón le dio un golpe.

Giró.

Un trabajador estaba de espaldas, levantando una montura.

Camisa gastada.

Sombrero de palma.

Ropa cubierta de polvo.

Amalia frunció el ceño.

No.

Era absurdo.

Entonces el hombre se enderezó.

Giró apenas el rostro.

Y Amalia vio sus ojos.

Ámbar.

El aire abandonó sus pulmones.

—...

Sombra también se quedó inmóvil.

Durante un instante ninguno reaccionó.

La sorpresa en el rostro de él fue tan auténtica que Amalia comprendió inmediatamente una cosa:

No había ido a buscarla.

Eso, extrañamente, dolió un poco.

Y al mismo tiempo hizo que encontrarlo allí resultara todavía más intenso.

—¿Qué...?

Sombra cruzó el espacio entre ambos en pocos pasos.

—No diga mi nombre.

Amalia cerró la boca.

Él miró hacia la entrada.

Nadie.

Volvió a ella.

Amalia lo recorrió con la mirada.

La ropa.

El sombrero.

La suciedad.

La ausencia de negro.

Y entonces notó algo más.

Su oreja.

—Te quitaste la cruz.

Sombra la miró como si aquella fuera la observación menos importante posible.

—Amalia.

Su nombre.

Dicho en voz baja.

Después de tantos días.

Ella sintió que todo lo que había estado intentando ordenar dentro de sí volvía a desacomodarse.

—¿Qué haces aquí?

—Trabajando.

Amalia lo miró.

Sombra sostuvo la expresión seria.

—¿Trabajando?

—Sí.

—Tú.

—Yo.

—¿Aquí?

—Eso parece.

Amalia entrecerró los ojos.

—Mientes fatal.

—Y usted pregunta demasiado.

Ella se quedó quieta.

—Otra vez «usted».

—Estamos en su hacienda.

—Y tú estás vestido como trabajador.

—Precisamente.

Amalia comenzó a comprender.

Bajó la voz.

—¿Estás espiando?

Sombra no respondió.

—Estás espiando.

—Hable más bajo.

—¡Dios mío!

Sombra dio un paso hacia ella.

—Amalia.

Ella calló.

Estaban demasiado cerca.

Lo notaron al mismo tiempo.

Durante unos segundos desaparecieron el establo, la hacienda, Gustavo, Ciudad de México y las armas.

Solo quedó aquella distancia mínima.

La misma que habían aprendido a temer.

Amalia bajó la mirada.

Sombra también.

Ninguno se movió.

—No viniste a verme —dijo ella finalmente.

No había reproche.

O intentó que no lo hubiera.

Sombra tardó un segundo.

—No.

Amalia asintió.

—Entiendo.

Intentó apartarse.

Sombra habló antes.

—No sabía que estaría aquí.

Ella lo miró.

—Eso ya lo entendí.

—No era lo que quería decir.

—Entonces dilo bien.

Sombra apretó la mandíbula.

Amalia esperó.

Él miró hacia la entrada otra vez.

—No puedo estar aquí hablando con usted.

—Entonces vete.

—Eso intento.

—Pues no parece.

Sombra volvió los ojos hacia ella.

Amalia sintió una satisfacción pequeña y mezquina al verlo perder por un instante aquella serenidad irritante.

—Sigues siendo insoportable —murmuró él.

Ella casi sonrió.

—Y tú sigues aquí.

Eso lo dejó sin respuesta.

Pasos.

Sombra reaccionó inmediatamente.

Tomó una herramienta y se alejó de ella.

Amalia se volvió hacia Lucero.

Un trabajador entró.

—Señorita De la Vega.

—Buenos días.

El hombre miró a Sombra.

—¿Ya terminaste con esa montura?

Sombra mantuvo la cabeza baja.

—Sí, señor.

—Entonces llévala al otro establo.

—Ahora mismo.

Amalia no lo miró.

No podía.

Sombra levantó la montura y pasó junto a ella.

Sin detenerse.

Sin rozarla.

Como un desconocido.

Pero cuando quedó a su altura murmuró apenas:

—No debería estar aquí.

Amalia continuó acariciando a la yegua.

—Es mi casa.

Sombra siguió caminando.

—No hablaba de usted.

Amalia levantó los ojos.

Él ya había salido.

 

Sombra llegó al almacén antes del anochecer.

Encontró las cajas.

No necesitó abrirlas todas.

Una bastó.

Rifles.

Municiones.

Más de la que cualquier hacienda necesitaba para defenderse de ladrones.

Cerró la tapa.

Ahora tenía lo que había ido a buscar.

Debía marcharse.

Esa noche.

Sin volver a pasar cerca de la casa.

Sin buscarla.

Sin cometer estupideces.

Salió del almacén.

Desde el patio alcanzó a ver el segundo piso.

Una ventana estaba abierta.

Sombra desvió la mirada inmediatamente.

Continuó caminando.

Había dado apenas cuatro pasos cuando una voz llegó desde la galería.

—Amalia.

Sombra se detuvo.

No por el nombre.

Por la voz masculina que lo había pronunciado.

Se mantuvo de espaldas.

—Gustavo —respondió ella.

Sombra cerró lentamente una mano.

No miró.

No debía.

—Su padre me dijo que estaba aquí afuera.

—Pues ya me encontró.

—Quería hablar con usted sobre el viaje.

Silencio.

—Otra vez Ciudad de México.

—Es nuestro futuro.

Sombra levantó ligeramente la cabeza.

—Su futuro —corrigió Amalia.

Algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Sombra.

Duró muy poco.

—Con el tiempo comprenderá —dijo Gustavo.

Sombra comenzó a caminar nuevamente.

No podía quedarse.

Ya tenía la información.

Las armas.

Los rumores.

Gustavo buscándolo.

Eso era lo importante.

Amalia no formaba parte de aquella misión.

No aquella tarde.

No debía.

Y sin embargo, mientras cruzaba el patio vestido como un hombre que no era, comprendió algo que lo irritó profundamente.

Había entrado a la Hacienda De la Vega buscando respuestas sobre Gustavo Conde.

Las había encontrado.

Pero la única cosa que realmente había conseguido sacarlo de equilibrio no estaba dentro de aquellas cajas.

Había sido encontrarse unos ojos azules en un establo cuando no estaba preparado para verlos.

 

Desde la galería, Amalia vio pasar al trabajador.

No volvió la cabeza.

No hizo nada que pudiera delatarlo.

Gustavo continuaba hablando.

—Podríamos partir antes de lo previsto.

Amalia dejó de mirar hacia el patio.

—¿Antes?

—Sí.

—¿Cuánto antes?

—En unos días.

La presión en su pecho aumentó.

Gustavo siguió hablando sobre la capital.

Amalia apenas lo escuchaba.

Porque, detrás de sus palabras, todavía tenía otra voz atrapada en la cabeza.

No hablaba de usted.

Miró discretamente hacia el patio otra vez.

Sombra ya no estaba.

Y por primera vez desde que había regresado a casa, la distancia entre ellos había desaparecido durante unos minutos.

No porque alguno hubiera ido a buscar al otro.

No porque hubieran concertado una cita.

No porque Sombra hubiera roto su palabra y acudido a verla.

Había sido peor.

Mucho peor.

El azar los había puesto frente a frente.

Y ahora Amalia sabía que Sombra podía aparecer a unos cuantos pasos de ella cuando menos lo esperaba.

Mientras Sombra, alejándose de la hacienda con información suficiente para confirmar sus sospechas, descubría exactamente lo mismo:

Evitar a Amalia era sencillo cuando ella estaba a kilómetros de distancia.

Tenerla enfrente...

era otra cosa.

1
Carolina A²V
sino lo haces a tiempo te la robas 🤭🤭🤭
🍷𝑨𝒓𝒚 ֮ϐׁᥣׁׅ֪ɑׁׅᝯׁ֒ƙׁׅ( ၴႅ: ajajajajjaja eso es tener huevos
total 1 replies
Carolina A²V
casi te gana el subconsciente 😊🤭
Carolina A²V
no rubia 🤭
Carolina A²V
otra vez podría ☝🏼
Carolina A²V
se ha dicho suponen
Carolina A²V
Lo sabemos 🫤
Carolina A²V
que fastidio con ese hombre 🫤😒
Carolina A²V
exacto 🤭🤭🤭
Carolina A²V
déjalo así por ahora 🤔
Carolina A²V
no alcanza la vida 🤔
Carolina A²V
se ven lindos
Carolina A²V
no te lo dirá pero sabes que si lo es 🤔😊🤭
Carolina A²V
mentiroso 😊
Carolina A²V
La estabas espiando 😊🤭
Carolina A²V
ayyy Joel por favor a quien quieres engañar 🤔🤨
Carolina A²V
pero ese idiota te gusta 😊🤭🤭
Carolina A²V
te tardaste 😁😂🤣
Carolina A²V
que paso Sombra se te pegaron los zapatos 😂🤣🤣
Carolina A²V
estás celoso 😊😁
Carolina A²V
apareció Sombra 😊😁
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