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El Pecado De Hades

El Pecado De Hades

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Traiciones y engaños / Hades
Popularitas:339
Nilai: 5
nombre de autor: Luna de Tinta

Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.

Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.

Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.

NovelToon tiene autorización de Luna de Tinta para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA REINA ENTRE LOS MORTALES

El amanecer llegó acompañado de una extraña inquietud.

Hades se encontraba en el salón principal de su palacio, escuchando el informe de uno de sus servidores, cuando comprendió que llevaba varios minutos sin prestar atención.

—Mi señor, ¿desea que repita la última parte?

Hades levantó la mirada.

—No será necesario.

El servidor vaciló.

—Con todo respeto, mi señor, no parece haber escuchado una sola palabra.

—¿Ahora también cuestionas mi capacidad para escuchar?

—Jamás me atrevería.

El silencio que siguió fue suficiente para que el servidor inclinara la cabeza y se retirara.

Hades suspiró.

No era culpa de aquel hombre. El problema era que su mente había decidido regresar una y otra vez al mismo lugar.

Una calle mortal.

Una casa pequeña.

Una joven de ojos expresivos que había tenido la audacia de llamarlo insoportable y, después, confesar que quería volver a verlo.

Hades apoyó los dedos sobre el brazo de su trono.

—Esto es ridículo.

Había gobernado el inframundo durante siglos sin permitir que ninguna distracción interfiriera en sus responsabilidades. Ahora, en cambio, se descubría contando las horas que faltaban para abandonar su reino.

No podía continuar así.

Alison era una mortal. Tenía una vida propia, preocupaciones que él apenas comenzaba a comprender y sueños que no incluían a un dios del inframundo.

Debía mantener cierta distancia.

Eso era lo sensato.

Lo correcto.

Lo que cualquier dios con un mínimo de juicio habría hecho.

Hades se levantó.

—Preparad todo. Tengo que salir.

El servidor, que todavía no se había alejado demasiado, se volvió.

—¿Al mundo mortal, mi señor?

Hades lo miró fijamente.

—¿Acaso hay otro lugar al que pueda referirme?

—No, mi señor.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

El servidor bajó la cabeza.

Hades atravesó las puertas del palacio sin añadir nada más.

Había tomado una decisión.

Iba a ver a Alison.

Y después de verla, intentaría convencerse de que podía marcharse sin desear regresar.

Por alguna razón, aquella última parte le parecía la más difícil.

 

En el Olimpo, Perséfone se preparaba para abandonar su palacio.

No había informado a Hades de sus intenciones. Tampoco tenía previsto hacerlo.

No necesitaba que su esposo conociera cada uno de sus movimientos, especialmente cuando él mismo había comenzado a ocultarle los suyos.

Frente a un espejo de plata, contempló su reflejo.

Era la reina del inframundo, una diosa cuya presencia podía despertar admiración y temor. No acostumbraba a descender al mundo mortal sin una razón importante.

Y, sin embargo, allí estaba, preparándose para visitar a una muchacha cuyo mayor delito parecía ser haber conseguido la atención de su esposo.

—Alison Benet —murmuró.

El nombre le resultaba insignificante.

Eso la irritaba todavía más.

Perséfone había esperado encontrar una mujer ambiciosa, alguien que conociera la identidad de Hades y tratara de aprovecharse de su poder. Una mortal que buscara riquezas, protección o la posibilidad de convertirse en algo más que una simple humana.

Pero los informes no indicaban nada de eso.

Alison no parecía tener relación alguna con los dioses.

No había pronunciado el nombre de Hades en ningún templo, ni buscado la compañía de sacerdotes, ni intentado acercarse a los lugares sagrados.

Simplemente había conocido a su esposo.

Y él había decidido quedarse.

Perséfone cerró los ojos un instante.

—Quiero verla con mis propios ojos.

Una luz tenue recorrió su cuerpo. Su vestido divino desapareció bajo una apariencia mortal, y las joyas que identificaban su rango se desvanecieron.

Cuando volvió a abrir los ojos, solo quedaba una mujer de belleza serena, vestida con sencillez.

Nadie que la encontrara en la calle podría reconocer a la reina de los muertos.

Eso era exactamente lo que necesitaba.

Perséfone atravesó el umbral entre los mundos sin mirar atrás.

 

Alison estaba intentando decidir qué hacer con su mañana cuando alguien llamó a la puerta.

Dejó el libro sobre la mesa y se apresuró a abrir.

Pero no encontró a Hades al otro lado.

La mujer que esperaba frente a ella tenía una presencia difícil de ignorar. No era únicamente su belleza, sino la manera en que observaba el entorno, como si estuviera acostumbrada a que todo ocurriera según sus deseos.

—Buenos días —saludó la desconocida—. Disculpa que te moleste.

Alison la miró con curiosidad.

—Buenos días. ¿Necesita algo?

La mujer esbozó una sonrisa cuidadosamente amable.

—Estoy buscando una dirección. Me dijeron que quizá alguien de esta calle pudiera ayudarme.

—Depende de la dirección. No soy precisamente un mapa con piernas, pero podemos intentarlo.

Perséfone sintió una irritación inmediata ante la ligereza de la joven.

No porque fuera ofensiva.

Sino porque parecía completamente ajena a la importancia de la persona que tenía delante.

—Me han hablado de una plaza con una fuente —dijo—. ¿Está lejos de aquí?

Alison señaló hacia el final de la calle.

—No mucho. Siga recto y gire en la esquina. Es difícil perderse, a menos que tenga un talento especial para hacerlo.

La desconocida sonrió un poco más.

—¿Sueles ir por allí?

—Bastante.

—¿Y acostumbras a encontrarte con muchas personas?

Alison entrecerró los ojos.

—¿Está buscando la plaza o haciendo una encuesta?

Perséfone se quedó inmóvil durante una fracción de segundo.

Después soltó una pequeña risa.

—Perdona. No quería incomodarte.

—No pasa nada. Es que últimamente todo el mundo parece tener demasiadas preguntas.

—¿Últimamente?

Alison se arrepintió de haberlo mencionado.

No tenía ninguna razón para contarle su vida a una desconocida.

—Nada importante. Cosas mías.

Perséfone estudió su rostro con discreción.

La muchacha era bonita, aunque no de una manera que explicara por sí sola la conducta de Hades. Tenía una expresión vivaz, una mirada curiosa y una naturalidad que contrastaba con la solemnidad de los dioses.

No parecía estar intentando impresionar a nadie.

Ni siquiera a ella.

—Gracias por tu ayuda —dijo Perséfone.

—De nada.

Alison comenzó a cerrar la puerta, pero la mujer volvió a hablar.

—Una última pregunta. ¿Cómo te llamas?

La joven dudó.

—Alison. Alison Benet.

Por un instante, Perséfone sintió que algo se tensaba en su interior.

No era una revelación divina ni una señal del destino. Era, simplemente, la confirmación de que estaba frente a la mujer que había estado buscando.

Alison Benet.

La mortal por la que Hades abandonaba su reino.

Perséfone mantuvo la sonrisa.

—Encantada de conocerte, Alison.

—Igualmente.

La puerta se cerró.

Perséfone permaneció frente a ella, inmóvil.

Había imaginado muchas cosas durante el viaje. Había pensado en amenazas, mentiras y planes para apartar a aquella mujer de su esposo.

Pero después de verla, su inquietud no disminuyó.

Aumentó.

Porque Alison no tenía el aspecto de alguien que quisiera robarle nada a nadie.

Y eso hacía mucho más difícil comprender por qué Hades parecía dispuesto a entregarle tanto.

 

Cuando Hades llegó a la plaza, encontró a Alison sentada junto a la fuente.

Ella levantó la cabeza al escuchar sus pasos.

—Vaya. Si no es el hombre que parece haber perdido una discusión con la vida.

Hades se llevó una mano al pecho.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. ¿Has venido a arruinarme la tranquilidad?

—Había pensado invitarte a caminar.

Alison fingió considerar la propuesta.

—No sé. ¿Tienes alguna cualidad que pueda convencerme?

—Soy excelente caminando.

—Impresionante.

—Y puedo permanecer en silencio durante largos períodos.

—Eso sí que no me lo creo.

Hades sonrió.

Alison cerró el libro y se levantó.

—Está bien. Vamos antes de que cambie de opinión.

Comenzaron a caminar por una calle menos concurrida, donde pequeños puestos ofrecían frutas, telas y objetos hechos a mano. Alison se detenía de vez en cuando para observar alguna cosa, y Hades terminaba acompañándola aunque no comprendiera qué podía tener de interesante una cesta de flores o una colección de pequeñas figuras de madera.

—¿No tienes nada que hacer? —preguntó ella.

—¿A qué te refieres?

—Siempre estás aquí cuando nos encontramos. ¿No trabajas? ¿No tienes responsabilidades? ¿No hay alguien en alguna parte esperando que hagas algo importante?

Hades la miró de reojo.

—Tengo responsabilidades.

—¿Y?

—Y algunas pueden esperar.

Alison se detuvo.

—Eso es peligroso.

—¿Qué cosa?

—Empezar a descuidar tus obligaciones por pasar tiempo con alguien.

Hades sintió que la frase le atravesaba el pecho con una precisión incómoda.

—¿Te molestaría que lo hiciera?

Ella abrió los ojos.

—No he dicho eso.

—Entonces, ¿qué has querido decir?

Alison apartó la mirada.

—Que no quiero que un día decidas que todo esto ha sido un error porque dejaste algo importante de lado.

Hades no respondió de inmediato.

Era la primera vez que Alison hablaba de su relación como algo que podía terminar.

No eran amantes. Ni siquiera se habían besado.

Pero había una posibilidad entre ellos, frágil y todavía sin nombre, que ambos parecían temer romper.

—No eres un error, Alison —dijo finalmente.

Ella volvió a mirarlo.

Hades sostuvo su mirada, sin añadir una promesa que todavía no sabía cómo cumplir.

Alison sonrió débilmente.

—Bien. Porque sería bastante desagradable descubrir que soy el peor error de un hombre con una cara tan dramática.

Él dejó escapar una risa.

—No tienes remedio.

—Y, aun así, sigues viniendo a buscarme.

Hades no encontró una respuesta que pudiera decir en voz alta.

Así que continuó caminando a su lado.

 

Perséfone los observaba desde el otro extremo de la calle.

Había seguido a Alison después de abandonar su casa y se había mantenido a una distancia prudente. Ahora comprendía por qué su esposo no había regresado al inframundo tan pronto como acostumbraba.

Hades estaba diferente.

No era solo que sonriera. Los dioses podían sonreír por cortesía, diversión o simple conveniencia.

Era la manera en que escuchaba a Alison.

La atención que le prestaba cuando ella hablaba. La paciencia con la que esperaba mientras se detenía frente a un puesto. La naturalidad con la que adaptaba sus pasos a los de una mortal.

Perséfone conocía aquel rostro desde hacía mucho tiempo.

Nunca lo había visto así.

Sintió que algo oscuro se movía bajo su calma.

—¿Qué te ha hecho? —susurró.

Alison dijo algo que Perséfone no alcanzó a escuchar.

Hades inclinó la cabeza para acercarse a ella y escuchar mejor.

La joven soltó una carcajada.

Y él sonrió como si aquel sonido hubiera sido un regalo.

Perséfone apartó la mirada.

No podía soportarlo.

No porque aquella mortal fuera más hermosa que ella, ni porque poseyera un poder que los dioses desconocieran.

Sino porque estaba recibiendo algo que Perséfone nunca había conseguido obtener de Hades de aquella manera.

Su atención voluntaria.

Su alegría.

Una parte de él que no parecía pertenecerle a su reino, ni a sus obligaciones, ni siquiera a su propia voluntad.

Perséfone apretó los dedos.

—Esto no puede continuar.

Sin embargo, no se acercó a ellos.

Todavía no.

Necesitaba comprender qué estaba ocurriendo antes de actuar.

Y, por primera vez en mucho tiempo, la reina del inframundo descubrió que no tenía todas las respuestas.

 

Al atardecer, Hades y Alison llegaron a un pequeño puente de piedra que cruzaba un arroyo.

Alison se apoyó en la barandilla y contempló el agua.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti? —preguntó de pronto.

Hades la miró con cautela.

—Tengo la impresión de que esta pregunta es una trampa.

—Lo es, pero puedes responder.

Él fingió reflexionar.

—Mi extraordinaria belleza.

Alison soltó una carcajada.

—¡Por favor! Tu modestia es admirable.

—¿Entonces no es eso?

—No.

—Mi inteligencia, quizá.

—Tampoco.

—Empiezo a preocuparme.

Ella sonrió y después se volvió hacia el agua.

—Me gusta que no me digas lo que quiero escuchar solo para hacerme feliz.

Hades guardó silencio.

—No siempre me cuentas todo —continuó Alison—. Y a veces siento que hay algo que quieres decirme, pero todavía no puedes. No me gusta, pero prefiero eso a que me inventes una historia bonita para mantenerme tranquila.

Él la observó con una seriedad distinta.

—¿Y si algún día descubres que hay cosas sobre mí que no puedes comprender?

Alison se encogió de hombros.

—Entonces tendré que decidir qué hacer con ellas.

—¿Y si te asustan?

Ella lo miró directamente.

—Tener miedo no significa que debas salir corriendo.

Las palabras quedaron entre ambos.

Hades sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire de la tarde.

Por un instante, creyó escuchar un murmullo distante. Algo parecido a una voz que pronunciaba su nombre desde un lugar enterrado bajo incontables años de oscuridad.

Parpadeó.

El sonido desapareció.

Alison frunció el ceño.

—¿Estás bien?

Hades volvió a mirarla.

—Sí.

Ella no pareció convencida.

—Tienes esa cara otra vez.

—¿Qué cara?

—La de alguien que acaba de recordar que tiene una deuda enorme.

Hades sonrió con esfuerzo.

—Tal vez algún día te cuente por qué.

Alison lo estudió durante unos segundos.

—Espero que ese día llegue antes de que me salgan canas.

—Lo intentaré.

Ella volvió a contemplar el arroyo.

Hades permaneció a su lado, luchando contra la sensación de que algo había cambiado sin que él pudiera identificarlo.

No sabía que, a pocos pasos de allí, una diosa había escuchado parte de su conversación.

Ni que Perséfone había visto el instante exacto en que Alison lo miró sin miedo.

Aquella confianza, tan sencilla y tan peligrosa, terminó de convencerla de que no podía seguir esperando.

 

Cuando Hades acompañó a Alison hasta su casa, la noche ya había caído.

Se detuvieron frente a la puerta.

—Hoy has estado más callado de lo habitual —dijo ella.

—¿Eso es posible?

—No te emociones. Sigues hablando demasiado cuando te da por hacerte el interesante.

Hades sonrió.

Alison pareció satisfecha de haber conseguido arrancarle aquella expresión una vez más.

—Gracias por el paseo —añadió.

—Gracias a ti por acompañarme.

Ella lo miró con curiosidad.

—¿Por qué dices eso como si te hubiera hecho un favor enorme?

Porque lo has hecho, pensó él.

Porque cada hora contigo me recuerda que existe algo más allá de mis obligaciones. Porque cuando estoy a tu lado, por primera vez en siglos, no siento que esté esperando el final de algo.

Pero solo dijo:

—Porque quería pasar tiempo contigo.

Alison bajó los ojos, escondiendo una sonrisa.

—Buenas noches, Hades.

—Buenas noches, Alison.

Ella entró en casa.

Hades esperó hasta que la puerta se cerró antes de marcharse.

No vio la figura que lo observaba desde la oscuridad de la calle.

Perséfone había permanecido allí, inmóvil, durante los últimos minutos.

Ahora tenía la certeza de que su esposo no estaba jugando con aquella mortal.

Lo que todavía no comprendía era hasta dónde estaba dispuesto a llegar por ella.

Perséfone levantó la mirada hacia la casa de Alison.

—Disfruta de estos días, pequeña mortal —susurró—. Todavía no sabes en qué te estás metiendo.

Después desapareció entre las sombras.

Y, sin que ninguno de los dos lo supiera, el primer paso hacia la tragedia ya había sido dado.

Porque Hades comenzaba a encontrar un hogar en el mundo de los mortales.

Y Perséfone acababa de decidir que no permitiría que lo encontrara en los brazos de otra mujer.

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