¿Qué sucede cuando un matrimonio comienza como un acuerdo y termina convirtiéndose en el único lugar al que ambos desean pertenecer?
Nyssa Johnson está dispuesta a sacrificarlo todo por su familia, incluso sus propios sueños. Cedric Vellane tiene dinero, poder y una vida sin compromisos, pero está a punto de perder a la única persona que siempre ha estado a su lado: su abuela.
Un matrimonio por contrato parece ser la solución perfecta para ambos. Ella obtendrá la estabilidad que necesita y él cumplirá el último deseo de Eleanor.
Sin amor, sin obligaciones y con una fecha de vencimiento.
Pero entre besos fingidos, discusiones y sentimientos inesperados, las reglas comienzan a desmoronarse.
Y cuando el contrato termine, tendrán que descubrir si lo que los une es suficiente para elegirse sin ninguna obligación.
Porque fingir un matrimonio es fácil. Lo difícil es dejar ir a quien nunca planeaste amar.
Él la dejó marchar porque creyó que no tenía derecho a pedirle que se quedara. Ella se fue creyendo que él nunca la había elegido. Ninguno imaginó que, al separarse, también estaban dejando atrás una parte de sí mismos.
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La única salida
Nyssa llevaba toda la tarde pensando en la propuesta de Cedric Vellane.
No era una decisión que hubiera imaginado tomar alguna vez, pero tampoco podía darse el lujo de rechazarla sin tener otra alternativa.
Un matrimonio por contrato.
Un año como máximo. Habitaciones separadas, ninguna obligación íntima y una suma de dinero que le permitiría pagar las deudas, atender a su madre y darle a Ale una vida más tranquila.
No iba a enamorarse de Cedric. Ni siquiera era su tipo de hombre. Demasiado arrogante, demasiado seguro de sí mismo, demasiado acostumbrado a conseguir lo que quería.
Ella no buscaba un príncipe ni un marido del que enamorarse.
Solo quería vivir en paz.
Y, por primera vez en mucho tiempo, tener la posibilidad de dormir sin preocuparse por el dinero del día siguiente.
Sin embargo, todavía no había firmado nada.
El problema era que el tiempo se había terminado.
Dos días.
Eso era lo que le había dado el prestamista.
Y esa tarde, cuando escuchó los golpes violentos contra la puerta de su pequeño apartamento, supo que había venido a cobrar.
—¡Nyssa! ¡Abre la maldita puerta!
Se quedó inmóvil durante un segundo.
Ale estaba sentado en el suelo de la sala, dibujando sobre unas hojas viejas. Levantó la cabeza, asustado por los gritos.
—¿Quién es?
Nyssa se acercó a él y se agachó rápidamente.
—Escúchame, cariño. Necesito que hagas algo por mí.
—¿Qué pasa?
—Ve a tu habitación y mete en tu mochila la ropa que puedas. También tu cepillo de dientes, tu osito y el dibujo que hiciste ayer. Solo esas cosas, ¿sí?
Ale frunció el ceño.
—¿Nos vamos a algún lado?
—Sí, pero necesito que seas muy valiente y que hagas exactamente lo que te diga.
El niño la miró con sus grandes ojos, intentando comprender.
—¿Mamá también viene?
La pregunta le apretó el corazón.
—Ahora no, mi amor. Después te lo explicaré.
Nyssa le acarició la cabeza y lo besó en la frente.
—Cuando termines, vas a salir por la escalera de emergencia. Baja despacito y no te detengas a hablar con nadie. Yo voy a encontrarte abajo.
—¿Y tú?
—Voy detrás de ti.
No era la respuesta que quería darle, pero tampoco podía explicarle que unos hombres estaban a punto de entrar en su casa.
Otro golpe sacudió la puerta.
—¡Se acabó el tiempo, niña!
Nyssa se incorporó y caminó hacia la entrada. Antes de abrir la puerta de la habitación de Ale, se volvió hacia él.
—Confía en mí.
Ale asintió.
Ella esperó hasta verlo desaparecer en el pasillo y entonces respiró hondo.
No tenía dinero para pagarles. Tampoco tenía tiempo para buscarlo.
Pero no iba a permitir que esos hombres se acercaran a su hermano.
Abrió la puerta apenas unos centímetros.
El prestamista estaba allí, acompañado por los mismos tres hombres de la última vez.
—Mira quién decidió aparecer —dijo él, sonriendo sin humor—. ¿Trajiste mi dinero?
—Necesito un poco más de tiempo.
La sonrisa desapareció de su rostro.
—Te di cuarenta y ocho horas.
—Lo sé, pero estoy intentando conseguirlo.
—¿Intentando? —repitió, dando un paso hacia ella—. ¿Crees que puedes jugar conmigo?
Nyssa retrocedió, pero uno de los hombres empujó la puerta y entró en el apartamento.
Los otros dos lo siguieron.
—No tienen derecho a entrar aquí —protestó ella.
—Y tú no tienes derecho a quedarte con mi dinero.
—Voy a pagarles.
—Ya no me interesa lo que prometas.
El prestamista la sujetó del brazo.
Nyssa intentó soltarse.
—¡Suélteme!
—Deja de hacerte la difícil.
El miedo le subió por la garganta cuando otro hombre se interpuso entre ella y la salida.
Por un instante, volvió a sentir la misma parálisis de aquella tarde en la calle. Los rostros de los hombres, sus miradas y la certeza de que nadie iba a llegar a tiempo.
Pero entonces recordó a Ale.
No podía quedarse allí.
No podía permitir que la encontraran con él.
—¿Dónde está tu hermanito? —preguntó el prestamista, mirando alrededor—. ¿También vamos a tener que esperar a que aparezca el dinero por arte de magia?
Nyssa sintió que la sangre se le helaba.
—No lo metan en esto.
—Entonces paga.
Ella dejó de forcejear durante un segundo, fingiendo que se rendía.
—Está bien. Voy a buscar algo. Pero necesito que me suelte.
El hombre aflojó apenas los dedos.
Fue suficiente.
Nyssa giró el cuerpo con todas sus fuerzas, le clavó el tacón sobre el pie y aprovechó su maldición para apartarse. Uno de los otros intentó agarrarla, pero ella se escabulló entre él y la pared.
Corrió hacia la puerta.
—¡Atrápenla!
Escuchó pasos detrás de ella, pero no se detuvo. Salió al pasillo, bajó los escalones de dos en dos y llegó hasta la puerta de emergencia.
La abrió de golpe.
—¡Ale!
Su hermano estaba unos escalones más abajo, abrazado a su mochila. Tenía los ojos llenos de lágrimas, pero había obedecido.
Nyssa sintió que las piernas casi le fallaban de alivio.
—Ven aquí, mi amor.
Ale subió los últimos escalones y ella lo tomó en brazos, colgándose la mochila del hombro.
—¿Qué está pasando? —preguntó él, aferrándose a su cuello.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—Todavía no lo sé.
Y esa era la verdad.
No tenía un destino, no tenía dinero suficiente y no podía regresar a su apartamento mientras aquellos hombres estuvieran allí.
Pero tenía a Ale.
Con eso tendría que bastar por el momento.
Bajó hasta la planta baja y salió del edificio por la puerta trasera. El aire frío le golpeó el rostro. Miró a ambos lados antes de alejarse rápidamente de la entrada.
No sabía si los hombres la habían seguido por las escaleras o si todavía estaban en el apartamento, pero no iba a esperar para averiguarlo.
Acomodó a Ale en sus brazos y echó a andar.
—Tengo miedo —susurró el niño contra su hombro.
Nyssa lo abrazó con más fuerza.
—Yo también, cariño.
Nunca le mentía sobre eso.
—Pero estoy contigo. No voy a soltarte.
Caminó varias calles sin detenerse, hasta que el dolor en las piernas y el peso de su hermano la obligaron a bajar el ritmo. Solo entonces se permitió mirar hacia atrás.
Nadie parecía seguirlos.
Aun así, no se sintió a salvo.
Había dejado atrás su casa, la ropa que no había podido guardar, los pocos objetos que poseía y la vida precaria que tanto esfuerzo le había costado sostener.
Y su madre seguía en el hospital.
Nyssa apretó los labios para no llorar delante de Ale.
No podía llevarlo allí sin un plan. Tampoco tenía a quién acudir a esas horas sin tener que explicar por qué habían escapado de su propia casa.
Entonces recordó una tarjeta guardada en el bolsillo interior de su bolso.
Cedric Vellane.
La propuesta matrimonial seguía sin firmarse. Ella todavía no había aceptado y él no le debía nada.
Pero había sido el único hombre que le había ofrecido una salida concreta sin exigirle su cuerpo a cambio.
Nyssa se detuvo frente a una tienda cerrada y sacó el teléfono con las manos temblorosas.
Ale seguía abrazado a su cuello.
—¿Vas a llamar a alguien?
Ella miró el número que había guardado después de su reunión.
—Sí, mi amor.
Marcó antes de que el miedo pudiera convencerla de lo contrario.
Cedric respondió al tercer tono.
—¿Nyssa?
Ella cerró los ojos un instante.
—Soy yo. Necesito hablar contigo.
Su voz se quebró al intentar continuar.
Cedric dejó de teclear al otro lado de la línea.
—¿Qué ocurrió?
Nyssa miró a su hermano, que empezaba a quedarse dormido contra su hombro.
—Todavía no he firmado el contrato —dijo, obligándose a mantener la voz firme—. Pero necesito saber si tu propuesta sigue en pie.
Hubo un breve silencio.
—Sí. Sigue en pie.
Ella tragó saliva.
—Entonces quiero aceptar. Pero necesito que me ayudes a encontrar un lugar seguro para mi hermano y para mí esta noche.
Cedric no respondió de inmediato.
Cuando lo hizo, su tono había perdido toda ligereza.
—Dime dónde estás, Nyssa.
Ella le dio la ubicación.
—Voy a buscarte. No te muevas de ahí hasta que vuelva a llamarte.
La comunicación terminó.
Nyssa guardó el teléfono y apoyó la mejilla sobre el cabello de Ale.
No sabía si acababa de tomar la decisión correcta.
Solo sabía que ya no podía seguir intentando resolverlo todo sola.
Y que, por primera vez, estaba a punto de pedir ayuda antes de que fuera demasiado tarde.