Una historia diferente, donde el amor y el sobrevivir van de la mano. 🥀
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UNA CIUDAD LIBRE
"No existe un arma más poderosa —ni más dolorosa— que la mentira”.
Podía sentir cómo palpitaba el corazón de mi compañero, tan cerca del mío que parecía querer sincronizarse. Su respiración subía y bajaba en un ritmo suave, y en ocasiones esos movimientos se convertían en pequeños suspiros que me hacían preguntarme qué pasaba por su mente.
Quién iba a pensar que dos personas tan distintas, tan ajenas una de la otra hasta hace nada, terminarían unidas en una situación tan particular, tan peligrosa y tan… íntima.
Intentaba procesar todo al mismo tiempo: el escape, los Bokly riendo sin control, el túnel secreto, este mundo vivo fuera de la ciudad colmena. Un mundo que nos habían ocultado.
Un mundo que nos quitaron. Me dolió. Me hirió profundamente descubrir que allá afuera existía algo tan hermoso, tan lleno de vida, mientras nosotros sobrevivíamos en un cascarón gris creyendo que no había alternativa.
Y entonces pensé en la abuela. Pensé en sus manos envejecidas, en su voz cansada pero dulce, en la manera en que siempre decía que la naturaleza tenía memoria, aunque nos la hubieran arrebatado. Pensé en su cuerpo cansado apagándose lentamente mientras afuera, aquí mismo, había vida suficiente para salvarla. La tristeza me golpeó como una ola. La impotencia me quemó desde adentro. Sentí rabia, una rabia que no había sentido antes.
Si existía un Dios, o algo más allá del cielo… estaba molesta. Molesta por permitir tanto sufrimiento, tantas muertes injustas, tantas vidas que se extinguieron por una sequía que, ahora lo sabía, no era el final del mundo, sino el inicio de una mentira. Apreté los ojos para contener las lágrimas. El vehículo avanzaba, el bosque se abría ante nosotros como si nos invitara a descubrirlo, y aun así yo solo podía pensar en lo que habíamos perdido.
Desperté lentamente dentro del vehículo, aún en movimiento, atravesando un túnel oscuro y opresivo invadido por grietas y rastros de naturaleza. Me incorporé con cuidado para no despertar a Keiren, que dormía profundamente a mi lado, mientras VR15 conducía con la mirada fija al frente. Al salir del túnel, ya de noche, descubrí un entorno completamente distinto a la ciudad muralla: un lugar dominado por árboles enormes y una naturaleza imponente que, aunque intimidante, resultaba extrañamente hermosa.
—¿Dormiste bien, Ámbar? —preguntó el Bokly, como si apenas notara que había despertado.
—Sí, como nunca antes —respondí con una sonrisa—. Oye, ¿falta mucho para llegar?
—No, estamos muy cerca. Despierta a Keiren.
Me acerqué a mi compañero de asiento sin saber muy bien cómo hacerlo. Dudé. Pensé en llamarlo suavemente, quizá tocarlo apenas… pero algo me detenía. Mis manos se acercaban y se alejaban sin decisión. Finalmente suspiré y apoyé la mano sobre su hombro.
—¡Keiren, despierta! ¡Hemos llegado! —gritó VR15 de repente, interrumpiéndome.
Keiren se incorporó de inmediato, sobresaltado, como si algo lo hubiese arrancado de un sueño profundo. Sus ojos permanecieron entrecerrados por unos segundos, luchando por adaptarse a la luz tenue y al entorno desconocido. En ese instante me di cuenta de que mi mano aún descansaba sobre su brazo; la retiré al acto y respiré hondo, intentando disimular la incomodidad que me subía por el pecho.
—Bajen del auto, debemos caminar un poco —ordenó VR15 con su voz metálica, firme, sin espacio para objeciones.
Al descender, el aire frío chocó contra mi piel con una intensidad que me hizo estremecer. No era un frío hostil, sino algo completamente distinto a lo que conocía. En la ciudad, el calor era constante, denso, casi sofocante, como si el ambiente nunca descansara. Esto, en cambio, se sentía vivo, puro, cargado de una energía que me llenó los pulmones y me obligó a inhalar con más profundidad.
—¿Dónde está tu amigo? —preguntó Keiren al robot, ya más despierto, observando alrededor con evidente curiosidad.
Caminé detrás de ellos en silencio, dejando que mis sentidos se empaparan de todo. El cielo se extendía sobre nosotros de forma inmensa y clara, sin la neblina de la ciudad. Estaba cubierto de estrellas, tantas que parecía imposible contarlas, brillando con una intensidad casi hipnótica. Pequeñas nubes flotaban aquí y allá, completando la escena como pinceladas suaves sobre un lienzo oscuro. Por un momento, tuve la sensación de estar frente a una obra de arte perfecta, una que jamás habría podido existir entre el concreto y las luces de donde venía.
—¿Qué tanto miras, Ámbar? —la voz de Keiren me hizo bajar la mirada, sonriendo.
—Miro lo que no existe en nuestra ciudad —respondí—. Miro el mundo. Nuestro mundo. Mi corazón latía con fuerza; la emoción era real, intensa.
—No puedo negar que esto también me emociona —dijo él—, pero estoy preocupado. Dejamos a nuestra familia allá —señaló hacia atrás—. Deben estar buscándonos… y quizá se desquiten con ellos. Bajó la mirada, visiblemente abrumado.
—Yo también tengo miedo —confesé—. Todo pasó tan rápido… y fue por mi culpa. Sentí un dolor punzante en el pecho. Todos dejamos de caminar casi de forma automática, como si nos comunicáramos de alguna forma especial.
—Sí, fue culpa tuya —dijo con seriedad—, pero también mía. Creo que somos un verdadero desastre —añadió, riendo, restándole peso a sus palabras. Agradecí que su mal humor no estuviera presente.
Nos quedamos en silencio, observando el cielo. VR15 parecía concentrado en su dispositivo. Pensé en mi familia, en Axel… en Erian. El comentario de Keiren había dejado una grieta en mi corazón. Solo esperaba que estuvieran bien, que no sufrieran por nuestra ausencia.
—Chicos, ya vienen por nosotros —anunció VR15 detrás de nosotros. Nos giramos al mismo tiempo.
—Sé que todo esto fue repentino —continuó—. No debió pasar así, pero son humanos… y los humanos cometen errores.
—¿Y quién lo dice? —bromeó Keiren—. Tú también te equivocas, robot. Al menos hemos mantenido la calma.
—VR15… —dije con un nudo en la garganta—. ¿Crees que el gran jefe pueda lastimar a nuestra familia? Mis palabras quedaron suspendidas en el aire. Ambos me miraron con expectativa y preocupación.
—No puedo responderte eso —admitió—. Si algo les hubiera pasado, ya lo sabría. Pero no creo que dejen esto así. Van a buscarlos.
—¿Cómo lo sabrías? —pregunté.
—Tengo un informante, un aliado —respondió—. Si algo sale mal, se los diré.
Suspiró.
—Hay cosas que deben saber… cosas que omití —añadió, con un tono casi humano, cargado de culpa. Y en ese momento entendí que, aunque VR15 fuera un Bokly, sentía más que muchos humanos.
No sabía muy bien qué pensar; ni siquiera podía imaginar quién podría venir por nosotros. Mi mente se llenó de preguntas que se atropellaban unas a otras: ¿por qué afuera todo era tan distinto?, ¿cómo podían verse las estrellas de una forma tan diferente?, ¿por qué había personas viviendo fuera de la ciudad muralla? Y, sobre todo, ¿qué estaba omitiendo VR15?
No tuve tiempo de encontrar respuestas. En cuestión de segundos, una luz verde apareció de la nada, brotando desde debajo de la tierra. Se expandió hasta formar un círculo enorme, perfectamente definido. El suelo comenzó a temblar con violencia y perdí el equilibrio por un instante; el corazón me latía con fuerza mientras intentaba mantenerme en pie. Entonces, una cápsula de transporte emergió desde lo profundo, rompiendo la superficie como si la tierra se abriera para dejarla pasar. Su estructura metálica se desplegó y la compuerta se abrió frente a nosotros, invitándonos a entrar.
Accedimos los tres sin decir una sola palabra. No hubo preguntas ni protestas; simplemente seguimos los pasos del Bokly, como si algo invisible nos empujara a avanzar. La puerta se cerró detrás de nosotros con un sonido seco, definitivo, y la cápsula descendió de golpe. Sentí ese vacío incómodo en el estómago, como si mi cuerpo se quedara suspendido en el aire. Por suerte, el trayecto no duró mucho. El movimiento se detuvo de forma abrupta. La luz verde se apagó y quedamos sumidos en la oscuridad. El miedo se apoderó de mí. El encierro me hacía sudar; sentía el calor atrapado, pesado, y pequeñas gotas se formaron en mi frente. Con la mano las retiré rápidamente, intentando evitar que se deslizaran hasta mis ojos. Respiré hondo, aunque el aire parecía escaso.
La compuerta se abrió con un siseo neumático y, de golpe, el mundo se volvió blanco. No era una luz acogedora; era una claridad quirúrgica, agresiva, que me golpeó con la fuerza de un impacto físico. Me obligué a cerrar los ojos con fuerza, pero incluso tras los párpados, la resplandescencia me atravesaba, quemando la oscuridad que había arrastrado desde la ciudad. Cuando la intensidad cedió y mis pupilas lograron ajustarse, el salón se materializó ante mí. Era inmenso, de superficies tan lisas y pulcras que parecían emitir su propia luz. Pero lo que me robó el aliento no fue el espacio, sino la multitud. Había personas. Tantas que mi mente, acostumbrada a los pasillos estrechos de la Colmena, se sintió mareada.
Avanzamos en un silencio que me pesaba en los oídos. Entonces, un hombre mayor se separó del grupo. Me quedé petrificada al verlo. No era su rostro lo que me hipnotizaba, sino su ropa: tenía color. Llevaba una camiseta de un amarillo vibrante y un pantalón violeta profundo. Para mis ojos, educados en cincuenta tonos de gris, aquella combinación era un asalto. Se sentía discordante, casi violenta; dos gritos visuales peleando por mi atención. ¿Cómo podía alguien mezclar tonalidades tan opuestas? Me resultaba extraño, casi desagradable a la vista, y, aun así, no podía dejar de mirar.
En ese salón, el gris había muerto. Había contrastes y texturas que solo habían existido en los susurros de mi abuela. Sentí que mis sentidos llegaban a un punto de ruptura; la emoción acumulada durante años de mediocridad estalló en mi pecho.
Sin pensarlo, mis pies se movieron solos. Corrí, ignorando el protocolo y el miedo, hasta detenerme frente a una mujer de mediana edad. Necesitaba comprobar que no era una alucinación. Necesitaba tocar el color.
—Es hermoso… es tan, tan azul. No puedo creerlo —susurré—. ¿Cómo es que tienen tanto color?
Tomé entre mis manos una parte de su vestido largo, deslizándolo entre mis dedos como si temiera que desapareciera si lo soltaba. La tela era suave, real, vibrante. En ese instante me sentía viva de una forma que jamás había experimentado. El corazón me latía con fuerza y me di cuenta de que ni siquiera estaba parpadeando. Todo era demasiado magnífico, demasiado intenso para apartar la mirada.
—Solo es un vestido viejo —respondió la mujer con una sonrisa amable—. Aquí tenemos muchos. ¿Deseas probarte alguno?
Aún sostenía el vestido, incapaz de soltarlo, como si ese simple gesto me anclara a ese nuevo mundo. —Sí… sí, yo quiero un vestido azul… o rosa —me apresuré a decir, aunque enseguida negué con la cabeza—. No, mejor verde… o quizá rojo. Mi voz temblaba de emoción. No podía decidirme. Todo aquello se sentía irreal, como si estuviera viviendo un sueño del que en cualquier momento podría despertar.
—Luego podrás hacer lo que gustes aquí: ir por vestidos, tacones, maquillaje —intervino el hombre de la combinación extraña—. Pero por ahora, vengan conmigo. Tenemos de qué hablar.