Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 21
Aksel Larsson
En el fútbol de élite aprendes a leer las intenciones del rival segundos antes de que ejecuten la jugada. Es una cuestión de postura, de tensión en los hombros, de la forma en que el adversario clava la mirada antes de intentar una barrida sucia. Cuando mi asistente me mostró el mensaje de texto urgente que le llegó desde las oficinas centrales de Mega-Market Prime —notificando que el comité de ética había citado a Elena sin previo aviso—, reconocí esa misma intención de inmediato.
Era una emboscada cobarde.
Apreté los puños con rabia dentro del vestidor. Acababa de silbar el final de la práctica matutina del club; todavía tenía el sudor de la cancha en la frente y el uniforme de entrenamiento puesto. Ni siquiera me tomé el tiempo de pasar por las duchas o cambiarme por un traje. Me quité los tacos de fútbol, me puse los tenis deportivos, me eché la sudadera oficial del equipo sobre los hombros y salí a toda prisa hacia el estacionamiento. La furia que empezó a hervir en mi pecho era algo que no podía esperar a un cambio de vestuario.
Marcus y la directiva habían esperado a que yo estuviera atrapado en el entrenamiento para acorralar a Elena en una sala de juntas, asumiendo que una ingeniera joven, sin padrinos corporativos, se quebraría ante sus trajes caros y sus amenazas de despido.
No sabían con quién se estaban metiendo. Ni con ella, ni conmigo.
—Llama a los representantes del bufete legal —le ordené a mi asistente por el altavoz mientras conducía a velocidad máxima hacia el centro—. Que lleven el contrato original de inversión de la marca, las cláusulas de rescisión unilateral y la auditoría preliminar. Los quiero en el vestíbulo del corporativo en diez minutos.
Cuando el elevador ejecutivo me depositó en el último piso, mis dos abogados ya me esperaban con los maletines listos. Empujé los dos paneles de madera con la palma de la mano, dejando que el impacto resonara en cada rincón del recinto.
El silencio que siguió fue absoluto.
Recorrí la mesa con la mirada. Ahí estaban los directores, congelados con sus estilográficas en la mano, y Marcus, parado cerca de la cabecera con una sonrisa que se le desdibujó del rostro en menos de un segundo. Pero mi atención se fijó de inmediato en el extremo opuesto de la mesa.
Elena estaba sentada ahí, sola, con la espalda completamente recta y los puños apretados sobre la caoba. Se veía pálida, acorralada por una jauría de ejecutivos en trajes oscuros que le doblaban la edad, pero en sus ojos no había derrota; había una dignidad feroz que me encendió la sangre. Ver la injusticia a la que la estaban sometiendo activó en mí un instinto primario de protección.
—Buenas tardes, señores —dije con una voz helada, en tono bajo, pero cargado de una autoridad que hizo que nadie se atreviera a interrumpir—. Siento no haberme cambiado de ropa, pero vine directo de la cancha porque me enteré de su pequeña reunión. Pensé que en la junta anterior les había dejado infinitamente claro cuál era mi postura y los límites que no iban a cruzar. Veo que tienen muy mala memoria.
Caminé a lo largo de la mesa a paso lento, con las manos metidas en los bolsillos de la sudadera del club. Cada uno de mis pasos parecía retumbar en el piso de cristal. Mi presencia física en uniforme deportivo, sumada a la fuerza de mi nombre, convirtió la sala de juntas ejecutiva en un vestidor donde el capitán acaba de entrar a poner orden tras una mala jugada del rival.
—Señor Larsson... —comenzó el presidente del comité de ética, aclarándose la garganta e intentando recuperar la postura—. Esta es una sesión privada del comité directivo para tratar asuntos internos de conducta y—
—Esta es una sesión donde están intentando pisotear a la ingeniera responsable del único proyecto innovador que tiene esta empresa —lo corté en seco, clavando la mirada en él hasta que el hombre bajó los ojos hacia sus papeles—. Y dado que yo soy el inversionista mayoritario que inyectó el capital para que ese laboratorio exista, todo lo que ocurra en esta mesa es de mi absoluto interés. Supuse que tras nuestra primera reunión este tema había quedado zanjado, pero veo que insisten en jugar sucio.
Llegué hasta el extremo donde estaba Elena. Pasé una mano suavemente sobre el respaldo de su silla, un gesto sutil para hacerle saber que ya no estaba sola, que la tormenta había terminado. Sentí cómo ella soltaba un suspiro contenido y la tensión en sus hombros cedía ligeramente.
Giré sobre mis talones para encarar a Marcus, quien intentaba mantener la compostura ajustándose la corbata.
—Escuché perfectamente las acusaciones absurdas que estabas haciendo antes de entrar, Marcus —dije, esbozando una sonrisa fría y desprovista de cualquier calidez—. Hablas de ética, de imagen institucional y de conflicto de intereses. Pero la realidad es que estás aterrorizado. Estás aterrorizado porque una mujer de veintiséis años, con más talento e inteligencia en el dedo meñique que todo tu departamento junto, vino a demostrar que tu gestión ha sido un fracaso obsoleto.
—¡Eso es una falta de respeto! —protestó Marcus, poniéndose rojo de la rabia—. ¡Usted no puede venir en ropa de entrenamiento a amedrentar a la directiva! La señorita Elena ha puesto en riesgo la imagen de la firma y—
—Mi vida personal y la de Elena no son asunto de esta mesa —sentencié, dando un paso al frente que hizo que Marcus retrocediera instintivamente un centímetro—. Pero si quieres hablar de finanzas y de la viabilidad del proyecto, hablemos de números reales.
Hice una seña hacia la puerta. Mi abogado principal avanzó de inmediato y abrió su maletín de piel sobre la mesa, sacando un juego de carpetas con el sello dorado de mi firma legal y arrojándolas frente al presidente del comité.
—Lo que tienen frente a ustedes —explicó mi abogado con voz firme y profesional— es el contrato de asociación estratégica firmado por el señor Larsson. Cláusula novena: rescisión inmediata por interferencia arbitraria en el desarrollo tecnológico del proyecto sustentable.
El silencio en la sala se volvió casi asfixiante. Vi cómo el director de finanzas palidecía al revisar la primera página del documento.
—Se los voy a explicar en términos muy sencillos para que no queden dudas —volví a tomar la palabra, apoyando las dos manos sobre la mesa y mirando a cada uno de los miembros del comité—. Yo no necesito el dinero de Mega-Market Prime para vivir. Mi carrera como futbolista me da la libertad financiera para invertir donde se me da la gana. Si ustedes firman el despido de Elena o frenan la producción del empaque de cáñamo un solo día, retiro absolutamente todas mis acciones, mi capital y el uso de mi imagen comercial de esta cadena de supermercados. Hoy mismo.
Un murmullo de pánico sofocado recorrió la mesa. Los directores se miraron entre sí, aterrorizados ante la sola idea de perder los millones de inversión y el colapso bursátil que provocaría mi salida pública del grupo corporativo.
—Y no solo eso —añadí, inclinándome ligeramente hacia Marcus con una mirada que hizo que el hombre tragara saliva con dificultad—. Si retiro mi capital, la pérdida para esta empresa será multimillonaria. A mí no me afecta en nada; mañana firmaré un contrato con otra corporación que sí sepa valorar el genio técnico de Elena. Pero a ustedes... a ustedes les va a costar la quiebra. Y me voy a asegurar de que los accionistas sepan exactamente que la quiebra fue por culpa de la envidia de su jefe de desarrollo. Ya se los advertí en la junta pasada y no se los voy a repetir una tercera vez.
Marcus abrió la boca para intentar defenderse, pero no le salió ningún sonido. Se había quedado mudo, temblando de rabia e impotencia frente a la mirada severa de sus propios colegas.
El presidente del comité de ética cerró la carpeta de piel de golpe, guardando su estilográfica en el saco con manos temblorosas.
—Creo... creo que hemos actuado con precipitación —declaró el presidente, mirando al resto de los directores, quienes asentieron de inmediato con evidente nerviosismo—. El comité considera que debemos revisar los informes técnicos antes de tomar cualquier decisión apresurada.
—Me parece una excelente idea —respondí con frialdad, incorporándome por completo—. Elena tiene los informes listos. Ella les va a explicar, con datos reales y no con chismes de pasillo, por qué este proyecto es el futuro de su empresa. Y más les vale que presten atención.
Miré a Elena. Su rostro había recuperado el color y en sus ojos brillaba una chispa de orgullo contenido. Me agaché ligeramente hacia ella, lo suficiente para que solo ella pudiera escucharme.
—El terreno es tuyo, ingeniera —le susurré con una sonrisa franca—. Anota el gol.