Él la rechazó el mismo día que descubrió que era su compañera destinada. Años después, convertido en Alfa, comprende que perderla fue el peor error de su vida. Pero ella ya no vive en la manada… y un humano ocupa el lugar que él dejó vacío. Ahora tendrá que demostrar que algunas promesas merecen una segunda oportunidad.
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Los cinco inseparables
El sonido de dos golpes sobre la puerta ya se había convertido en parte de la rutina de Mara.
—Ahí está tu despertador —dijo entre risas mientras removía la avena que hervía sobre el fuego.
Alyssa levantó la cabeza de inmediato.
—¡Kaleb!
Bajó de la silla tan rápido que casi tropezó con sus propios pies.
Abrió la puerta con una enorme sonrisa.
—Buenos días.
Kaleb levantó una pequeña cesta de mimbre.
—Mi mamá hizo pan con miel.
Dice que si no desayunas bien, nunca vas a crecer.
Alyssa hizo una mueca.
—Yo sí quiero crecer.
—Pues entonces apúrate.
Hoy vamos al río.
Los ojos de la pequeña se iluminaron.
—¿De verdad?
—Pero solo si terminas el desayuno.
Ella corrió de nuevo hacia la cocina.
Mara soltó una carcajada.
—Nunca pensé que alguien lograría convencerte de comer.
Kaleb sonrió con orgullo.
—Yo tampoco.
⸻
El camino hacia el río atravesaba una parte del bosque donde los árboles dejaban pasar pequeños rayos de sol.
Alyssa caminaba entre Kaleb y Liam.
Liam era el más tranquilo del grupo.
Pensaba antes de hablar.
Observaba antes de actuar.
Muy distinto a Ethan.
—¡El último en llegar es un conejo viejo! —gritó Ethan antes de salir corriendo.
—¡Eso no tiene sentido! —respondió Nora, siguiéndolo.
Kaleb negó divertido.
—Nunca dice cosas con sentido.
Alyssa observó cómo todos corrían.
Todavía no estaba acostumbrada a jugar con otros niños.
Kaleb se dio cuenta.
Sin decir nada, disminuyó el paso hasta caminar a su lado.
—No tienes que correr.
Ella levantó la vista.
—¿No?
—No.
Si tú caminas…
Yo también.
Alyssa sonrió.
Y volvió a tomar su mano.
Era algo que hacía sin pensar.
Como si aquella mano se hubiera convertido en el lugar más seguro del mundo.
⸻
Cuando llegaron al río, Ethan ya estaba completamente empapado.
—¡Había un pez enorme!
—Seguro medía dos metros —respondió Liam con ironía.
—¡Tres!
Nora soltó una carcajada.
—Cada vez crece más.
Kaleb dejó la cesta sobre una roca.
—Vamos a construir un puente.
—¿Con piedras? —preguntó Alyssa.
—Sí.
Pero todos tienen que ayudar.
Durante casi una hora los cinco niños trabajaron juntos.
Buscaban piedras.
Movían troncos pequeños.
Intentaban que el agua no los derribara.
Al final…
El puente apenas medía un metro.
Era torcido.
Inestable.
Y bastante feo.
Pero para ellos…
Era la construcción más importante del bosque.
Ethan levantó los brazos.
—¡Lo logramos!
Kaleb sonrió.
—Ahora nadie puede destruirlo.
Liam observó el puente.
—Conociendo a Ethan…
Durará diez minutos.
—¡Oye!
Todos comenzaron a reír.
Incluso Alyssa.
Una risa clara.
Libre.
Tan diferente a los silencios de sus primeros días.
Kaleb la miró de reojo.
Y sonrió sin darse cuenta.
Mientras los cinco niños reían junto al río, muy lejos de allí, en la frontera norte del territorio, dos figuras observaban la manada desde lo alto de una colina.
—¿Estás seguro de que es ella? —preguntó uno de ellos.
El otro no apartó la vista de las casas ocultas entre los árboles.
—No tengo ninguna duda.
Sacó del bolsillo un pequeño pergamino envejecido.
En él había un dibujo del mismo símbolo que llevaba el colgante de Alyssa.
Lo enrolló nuevamente.
—La encontramos hace semanas.
—Entonces… ¿por qué no la llevamos de vuelta?
El hombre negó lentamente.
—Porque aún es demasiado pequeña.
—No entiendo.
Una sonrisa fría apareció en su rostro.
—Déjala crecer.
Deja que esa manada la quiera.
Que encuentre un hogar.
Que crea que por fin está a salvo.
Cuando llegue el momento…
Perderlo todo será mucho más doloroso.
El viento movió las ramas de los árboles.
Los dos hombres desaparecieron entre la oscuridad.
Sin saberlo…
La cuenta regresiva ya había comenzado.