La Joven Amante del Lycano
Clara solo tenía dieciocho años cuando conoció al hombre que cambiaría su destino.
Sebastián era siete años mayor, atractivo, elegante y dueño de un encanto imposible de ignorar. Todo en él parecía perfecto: su sonrisa, sus atenciones y la forma en que la hacía sentir la única mujer del mundo.
Lo que Clara no sabía era que, desde el primer día, él le ocultaba el secreto más importante de su vida.
Mientras ella se enamora perdidamente, Sebastián observa, calcula y nunca deja nada al azar. Para él, perder a Clara no es una opción. Y cuando descubre cuál es la única cosa capaz de alejarla para siempre, decide adelantarse a su destino... aunque tenga que atarla a él de la forma más irreversible.
Pero Sebastián no es un hombre cualquiera.
Es un lycano.
Y cuando un lycano decide que alguien le pertenece, no acepta un "no" como respuesta.
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Creando a la amante perfecta
Los últimos días en París no estuvieron marcados por lo que Sebastián le pedía a Clara.
Estuvieron marcados por lo que Clara empezó a negarse a sí misma.
Fue un martes por la mañana. Desayunaban en un café cerca del hotel.
Clara miró la vitrina de los pasteles. Un *éclair* de chocolate la llamaba. Lo había querido desde que entró. Iba a señalarlo cuando Sebastián dejó su taza de café en la mesa.
—Ayer noté que te sientes más ligera cuando desayunas fruta —dijo él, con esa voz suave, casi casual—. Me gusta cómo te queda la ropa cuando no estás pesada.
Clara miró el *éclair*.
Después miró a Sebastián.
Bajó la mano.
—Creo que mejor unas fresas —le dijo al mesero.
Sebastián le sonrió. No dijo nada más. No hizo falta.
Clara se comió las fresas. Estaban ácidas. Pero cada vez que levantaba la vista y veía la mirada de aprobación de Sebastián, el sabor amargo desaparecía.
Esa fue la primera grieta.
La primera vez que Clara editó un deseo propio para encajar en el molde de él.
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Después vinieron más.
El miércoles, caminando por Montmartre, a Clara le dolían los pies. Los zapatos nuevos le habían sacado una ampolla en el talón. Cada paso era un pinchazo agudo.
Sebastián caminaba a su lado, con paso firme, señalando las fachadas de los edificios.
—¿Quieres que nos sentemos? —preguntó él, sin mirarla.
Clara lo miró. Vio la impaciencia leve en su mandíbula. Vio que él quería seguir. Vio que detenerse sería un estorbo.
El dolor en el pie palpitaba.
Pero el miedo a decepcionarlo palpitaba más fuerte.
—No, estoy bien —dijo Clara, forzando una sonrisa—. Me encanta caminar contigo.
Sebastián le apretó la cintura.
—Esa es mi chica.
Clara siguió caminando. Cojeando un poco por dentro. Sangrando un poco dentro del zapato.
Pero sonriendo.
Porque él estaba feliz. Y si él estaba feliz, ella también.
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En la habitación, el cambio fue aún más profundo.
Ya no era solo obedecer. Era anticipar.
La quinta noche, Clara estaba exhausta. El cuerpo le pesaba. La piel le ardía por el roce de las sábanas. Solo quería cerrar los ojos y dormir.
Sebastián se acercó. Le acarició la cadera.
—Clara.
Ella abrió los ojos. Vio el deseo en la mirada de él.
La antigua Clara, la chica de Riverside, habría dicho: *Sebastián, por favor, hoy no. Estoy muy cansada.*
La nueva Clara sintió el pánico de decir que no.
El pánico de que él se alejara. De que él se aburriera. De que él buscara en otra parte lo que ella no le daba.
Así que Clara ignoró el cansancio. Ignoró el ardor.
Se giró hacia él.
Le pasó los brazos por el cuello.
Y le sonrió.
—Muéstrame —susurró.
Sebastián la miró.
Y en sus ojos, Clara vio el brillo de la victoria.
No la victoria de él.
La de ella.
Porque había logrado complacerlo. Porque había logrado ser exactamente lo que él necesitaba.
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Sebastián no necesitaba decir *te estoy entrenando*.
No necesitaba repetir *eres la amante ideal*.
Solo tenía que sentarse en el sillón de la habitación y verla moverse.
Verla servirse el vino sin preguntarle si quería.
Verla usar el perfume que él le compró en lugar del que ella trajo de casa.
Verla callar cuando tenía una opinión distinta, asintiendo con la cabeza, guardándose las palabras para no romper la armonía.
La arcilla se había endurecido.
Y tenía la forma exacta de las manos de Sebastián.
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Cuando el viaje terminó, la chica que subió al avión ya no era la que había bajado de él una semana atrás.
Esa chica hacía preguntas.
Esa chica tenía gustos propios.
Esa chica existía, en parte, para sí misma.
La Clara que aterrizó en su país era un satélite.
Y su órbita, su centro de gravedad, su única razón de movimiento, era Sebastián.
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En el auto, camino a Riverside, Sebastián le tomó la mano.
—Nos veremos el primer día de clases. Trae tus cosas. Te llevaré a cenar para festejar.
—Claro, Sebastián. Lo que tú digas.
Sebastián la atrajo hacia él.
La besó. Un beso profundo, posesivo, que no dejaba espacio para el aire.
Estaban en la parte trasera del auto. El chófer miraba al frente.
Clara no se tensó. No se ruborizó. No miró de reojo para ver si alguien los veía a través de los cristales tintados.
Simplemente se entregó.
Con la pasión desenfrenada de quien sabe que su valor reside en mantener esa llama encendida.
Hizo lo que él quiso. Como él quiso.
Y cuando terminó, mientras Sebastián la ayudaba a abotonarse la blusa, le acarició la mejilla.
—Mi pequeña Clara. Quién diría que eras tan fogosa.
Clara bajó la mirada. Un leve rubor, el último resquicio de la niña que fue, le encendió las mejillas.
—No digas eso, Sebastián. Suena extraño.
Sebastián rió.
—¿Qué tiene de malo? Eres mi mujer. Y nadie puede hacerte daño.
Clara lo miró a los ojos. Buscando la verdad. Buscando el fondo.
—¿En serio me amas, Sebastián?
—Claro, mi pequeña Clara. Claro.
Y eso bastó.
Porque Clara ya no necesitaba pruebas. Solo necesitaba que él lo dijera.
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El coche se detuvo a una cuadra de su casa.
—Baja aquí —dijo él—. Nuestros padres son tradicionales. No entenderían esto todavía. Pero cuando vayas a la universidad, seremos libres. Podremos pasar todo el tiempo juntos.
Era una condición.
Era un secreto.
Era una sombra.
La antigua Clara habría fruncido el ceño. Habría preguntado por qué. Habría sentido la injusticia de esconderse.
La nueva Clara asintió.
Sin un pero.
Sin una duda.
Porque si Sebastián decía que era por su bien, era por su bien. Sebastián siempre velaba por ella.
—Te voy a extrañar —dijo él.
—Yo también a ti.
Clara bajó del auto.
Se quedó en la acera. Mirando cómo el coche gris se alejaba y doblaba la esquina, hasta desaparecer.
Se tocó el lobo de plata en el cuello.
Estaba frío contra su piel. Pero le pesaba. Le pesaba como una cadena de oro.
Clara caminó hacia su casa con una sonrisa tranquila.
Ya no pensaba en Riverside.
Ya no pensaba en la universidad.
Ya no pensaba en sus padres.
Ya no pensaba en el futuro.
Solo pensaba en una cosa.
¿Cuántas horas faltaban para volver a verlo?
Clara lleva 57 capítulos intentando descubrir dónde diablos está, y ahora resulta que está enamorada del licántropo que la secuestró. 😭
Pero le prometo algo: Sebastián todavía no ha mostrado todo lo que esconde. 👀
Y después de este comentario… me parece que usted va a querer matarme cuando lleguemos a los próximos capítulos. 😂🐺
Gracias por leer y por preocuparse tanto por Clara ❤️.