Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La receta olvidada
El Olimpo celebraba. Las flores eternas se abrían con más fuerza, el sol brillaba con un brillo dorado y arrogante, y el palacio resonaba con música y risas. Apolo y Afrodita se habían casado. Todos decían que eran la pareja perfecta: el dios del sol y la diosa del amor, luz y belleza unidos para siempre. Nadie mencionaba el espacio vacío junto al trono, ni la flor que faltaba en el jardín. Nadie pronunciaba el nombre de Perséfone.
Meses pasaron, casi un año entero. Afrodita reinaba hermosa y segura, creyendo que su mentira había borrado todo rastro de su hermana. Pero la verdad, como la semilla que cae en la grieta de la piedra, siempre encuentra la forma de salir a la luz.
Una mañana, Apolo despertó con un peso en el pecho que conocía demasiado bien. Una opresión fría, una tos profunda que lo sacudía hasta los huesos: la vieja dolencia, aquella que lo había atormentado durante siglos… y que, hacía casi un año, había desaparecido por completo.
—¡Afrodita! —llamó con voz ronca, luchando contra el dolor—. ¡La medicina!
Ella corrió a su lado, con los ojos llenos de lágrimas rápidas y fingidas.
—¡Mi sol! ¿Qué te pasa? ¡Dime qué necesitas!
—Es lo mismo… lo mismo de antes —jadeó él, sujetándose el pecho—. La infusión que me diste todos los días durante seis meses. La que me curó. Prepárala. Ahora.
Afrodita se quedó petrificada. Sus manos, que acariciaban su frente, se detuvieron. Lo miró, parpadeando, como si no comprendiera las palabras.
—¿La… la infusión? —repitió, con voz insegura—. ¿Cuál… cuál era?
Apolo abrió los ojos de golpe, a pesar del dolor, y la miró fijamente.
—¿Cómo que cuál era? La misma que tomaste de mis manos cada mañana durante medio año. Raíz de sombra, flor de luna, musgo de río profundo. La que me quitó el dolor y me devolvió el aliento. Prepárala.
Afrodita tragó saliva. Sus mejillas perdieron color.
—Yo… yo no recuerdo la receta exacta, Apolo. Eran tantas hierbas… se me mezclaron todas.
El silencio cayó sobre la habitación como una losa. Apolo se incorporó, ignorando el dolor, y su voz, antes suave con ella, se volvió fría y cortante como el hielo.
—¿No recuerdas la receta? ¿La que me diste durante seis meses, día tras día, diciendo que tú misma la preparabas para mí? ¿La que juraste que habías creado tú sola? ¿Y ahora me dices que la has olvidado… o es que no quieres que me salve?
—¡No, claro que quiero que te salves! —gritó ella, asustada por la dureza de su mirada—. ¡Es que… han pasado meses! Se me fue de la cabeza, nada más. ¡Iré a buscarla! ¡La preparo enseguida!
Salió despavorida de la estancia, con el corazón golpeándole desbocado, dejando a Apolo solo en el lecho. La tos lo sacudía de nuevo, el frío volvía a instalarse en sus huesos… y en su mente, una pregunta, pequeña y terrible, empezó a crecer:
¿Y si nunca fue ella?
Recordó entonces: nunca la había visto prepararla. Siempre se la traía ya lista, con una sonrisa y un beso. Cuando él le preguntaba por las hierbas, ella cambiaba de tema. Y aquella vez, cuando la enfermedad desapareció de golpe… ¿no fue justo después de que Perséfone fuera al jardín cada mañana, antes de que él despertara?
El aire se le escapó de los pulmones, y no por la enfermedad, sino por el horror de una verdad que empezaba a abrirse paso entre la niebla de su orgullo.
Afrodita no sabía curar. Nunca supo de hierbas. Nunca se interesó por nada que no fuera su reflejo en el espejo.
Perséfone sí.
Ella, que siempre andaba entre las plantas, que hablaba con las flores, que conocía cada raíz y cada hoja. Ella, a quien él había golpeado, humillado y expulsado… era la única que lo había sanado.
La verdad cayó sobre él como un rayo, y el dolor en su pecho, la tos, la fiebre… todo eso fue nada comparado con el fuego que le quemó el alma al comprender:
La curación… la salvación… todo era de ella. Y yo la envié al infierno.
Golpeó el borde del lecho con el puño con tanta fuerza que la piedra se astilló. Un grito de rabia y desgarro brotó de su garganta, tan terrible que hizo temblar las columnas del palacio.
Afrodita, que escuchó el grito desde el pasillo, se detuvo en seco. Sabía que ya no podía volver atrás. Su mentira se desmoronaba… y el castigo estaba por llegar.