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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 15: Fuego en la Penumbra: La Noche de las Promesas

La noche que siguió a la desastrosa reunión del consejo cayó sobre el palacio como una mortaja de luto anticipado. Sabiendo que las horas corrían implacables hacia el amanecer y que los centinelas de ambos reinos patrullaban los pasillos con órdenes estrictas, Erik no usó la puerta principal.

​Apareció en los aposentos de Aria a través del balcón de la torre, irrumpiendo desde la penumbra como una sombra impulsada por el deseo desbordado.

​Aria no estaba en la cama. Esperaba de pie junto al fuego de la chimenea, vistiendo tan solo una bata de seda traslúcida de color marfil que dejaba entrever la curva silueteada de sus caderas y la palidez traslúcida de sus hombros. Al escuchar el leve chasquido de la puerta de cristal, se giró.

​No hubo saludos ceremoniales. No hubo vacilaciones.

​Erik cruzó la distancia que los separaba en dos zancadas hambrientas. Sus manos grandes y calientes atraparon el rostro de Aria con una violencia contenida, e inclinó la cabeza para devorar sus labios en un beso salvaje, posesivo y desesperado. Aria ahogó un gemido contra la boca del rey, enredando sus dedos frenéticamente en el cabello azabache de Erik, pegando su cuerpo desnudo bajo la seda contra la dureza metálica de las ropas de él.

​El beso sabía a sal de lágrimas y al fuego abrasador de una pasión reprimida durante días. Erik abrió los labios de la reina con la lengua, explorando cada rincón de su boca con una intensidad erótica que hizo que a Aria se le aflojaran las rodillas. Las manos del monarca del norte bajaron con firmeza por la línea de su columna, desatando el lazo de la bata de seda con un tirón certero y dejando caer la prenda al suelo.

​Aria quedó completamente desnuda ante la luz dorada y vacilante de las brasas.

​Erik ahogó un juramento en la garganta, contemplando la belleza perfecta de su cuerpo: la piel de porcelana iluminada por el fuego, los pechos erguidos que se elevaban al ritmo de su respiración agitada y la curva suave de sus muslos.

​—Eres pura luz, Aria... —susurró Erik con la voz enronquecida por el deseo.

​Sin romper la mirada, el rey se despojó de la casaca, la camisa y las botas, dejando al descubierto su torso ancho, cubierto de músculos firmes y cicatrices de batallas pasadas. Aria extendió sus manos temblorosas y rozó la piel caliente de su pecho, sintiendo el latido desbocado del corazón del hombre que había desafiado a todo un continente por ella. Se inclinó y besó una de las cicatrices cerca de su hombro, sintiendo cómo Erik se estremecía bajo su toque.

​Erik la tomó por la cintura y la levantó en vilo con una facilidad pasmosa. Aria rodeó la cintura del rey con sus muslos, sintiendo la presión abrumadora de la virilidad de él marcándose contra la tela de sus pantalones. Erik la llevó hacia la gran cama real, dejándola caer suavemente sobre las sábanas de raso y acomodándose inmediatamente entre sus piernas abiertas.

​La entrega de esa noche fue un incendio sin freno.

​Erik bajó su boca por el cuello de Aria, mordisqueando con suave crueldad la piel sensible hasta descender a sus pechos. Atrapó uno de los pezones rosados entre sus labios, succionando con una lentitud tortuosa que sacudió a Aria con espasmos de puro placer. La reina arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros musculosos de Erik, dejando escapar gemidos agudos que llenaban la penumbra de la habitación.

​—Erik... por favor... no esperes más —suplicó Aria, sintiendo un vacío abrasador entre sus muslos.

​Erik se posicionó en la entrada de su cuerpo. La miró fijamente a los ojos, con el azul glaciar de sus pupilas dilatado por la lujuria y la devoción más absoluta.

​—Te amo, Aria. Esta noche mi cuerpo y mi alma son tuyos para siempre —susurró él.

​Con un empuje lento, profundo y decidido, se hundió en ella hasta el fondo.

​Aria soltó un grito ahogado de éxtasis, envolviendo sus brazos alrededor del cuello del rey mientras su cuerpo se amoldaba a la plenitud de la penetración. El movimiento de Erik comenzó de forma pausada, un ritmo melódico y constante que saboreaba la estrechez caliente de la reina. Pero a medida que el deseo los consumía, las embestidas se volvieron más rápidas, más fuertes, más desenfrenadas.

​La piel de ambos brillaba de sudor bajo la luz del fuego. El chocar rítmico de sus cuerpos y los jadeos entrecortados resonaban en la estancia. La magia de ambos, desatada por la intensidad del clímax inminente, comenzó a manifestarse en el aire: destellos de escarcha dorada y pequeños diamantes de hielo flotaban alrededor del lecho real, mientras la temperatura de la habitación oscilaba entre un calor sofocante y un frescor de manantial.

​Aria sentía que se ahogaba en una marea de sensaciones líquidas. Las caricias de las manos de Erik en sus caderas la guiaban a través de cada embestida profunda que alcanzaba los rincones más íntimos de su ser. Cuando el orgasmo los alcanzó finalmente, fue un estallido casi místico: Aria gritó el nombre de Erik mientras las paredes del útero se contraían convulsamente alrededor de él, y el rey, liberando un rugido grave desde el pecho, se vació dentro de ella con una fuerza arrolladora.

​Cayeron abrazados sobre los almohadones, con los corazones batiendo como tambores de guerra.

​Erik permaneció unido a ella durante largo rato, besando sus párpados, sus mejillas húmedas de sudor y sus labios hinchados. Recostada sobre su torso, sintiendo el semen cálido de Erik en su interior y la seguridad de su abrazo, Aria cerró los ojos.

​—Pase lo que pase al amanecer —susurró Erik al oído de la reina, acariciándole la cadera desnuda—, hoy me he coronado en el único reino que me importa.

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