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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 8

El calor de su abrazo se quedó profundamente grabado en mi piel, incluso después de que me separé suavemente de su pecho. Me limpié con rapidez una lágrima rebelde que me corría por la mejilla, sintiéndome de pronto un poco apenada por haberme desmoronado de esa forma tan vulnerable frente a él. Sin embargo, Aksel no hizo absolutamente nada que me hiciera sentir tonta o fuera de lugar. Al contrario, bajó la cabeza para buscar mi mirada con una seriedad azul tan comprensiva, tan humana, que el frío cortante de la noche pareció desaparecer de la banca por completo.

​—Lamento haber soltado todo esto así de golpe —murmuré, jalando los bordes de mi chamarra ligera para cubrirme un poco—. De verdad, no quería abrumarte con mis problemas personales. Sé que tienes suficientes cosas en la cabeza.

​—Elena, ya te lo dije una vez en el taller: tú no me abrumas —respondió él al instante, rompiendo la solemnidad del momento con una de sus sonrisas carismáticas y cálidas que tanto me gustaban—. Al contrario. Me alegra mucho que hayas tenido el valor de elegir tu propia felicidad.

Muy poca gente en este mundo se atreve a frenar un tren en movimiento cuando sabe perfectamente que va directo al descarrilamiento. Hiciste lo correcto, no lo dudes ni un segundo.

​Nos quedamos platicando en esa misma banca de madera un buen rato más, pero el rumbo de la conversación cambió por completo; ya no fue triste ni pesada. Aksel, con esa ligereza tan natural y magnética que poseía, se encargó de aligerar el ambiente. Comenzó a hacerme preguntas sobre mis planes ahora que mis vacaciones estaban por terminar, y terminamos riéndonos a carcajadas de lo caótico y demandante que iba a ser el próximo lote de pruebas del proyecto de cáñamo con Martínez encima de nosotros. Escucharlo hablar y ver sus gestos relajados en la quietud del parque me hizo darme cuenta de algo increíble: el nudo asfixiante que llevaba días apretándome el pecho se había disuelto por completo.

​Finalmente, el frío de la madrugada empezó a calar en serio, colándose entre las ramas de los árboles. Me froté los brazos por encima de la chamarra de forma inconsciente y Aksel lo notó al segundo. Se puso de pie de un solo salto, estirando su imponente y enorme figura frente a mí.

​—Bueno, ingeniera estrella, es hora de regresarte a tu base antes de que te congeles por completo en esta banca —dijo, metiéndose las manos en los bolsillos de su sudadera negra—. Vamos, ponte de pie, te acompaño.

​—No es necesario, de verdad —protesté por puro instinto de pena, levantándome también—. Vivo aquí a la vuelta, a duras penas son tres cuadras. No te desvíes de tu camino.

​—Qué enorme coincidencia, porque yo también vivo a unas cuantas cuadras de aquí —replicó él, arqueando una ceja con una chispa de diversión que me hizo sonreír—. Así que, técnicamente, vamos en la misma dirección exacta. Además, no hay forma de que deje que camines sola por la calle a estas horas de la madrugada. Anda, muévete.

​Caminamos uno al lado del otro por las banquetas vacías, iluminadas de forma intermitente por las farolas públicas. La ciudad a esa hora estaba sumida en un silencio absoluto, una paz que solo se rompía por el sonido acompasado de nuestros pasos sobre el pavimento. Me conmovió notar cómo Aksel adaptaba su zancada larga y atlética a mi paso mucho más corto y pausado, manteniendo una cercanía física sumamente cómoda que me hacía sentir extrañamente segura, como si nada malo pudiera tocarme mientras él estuviera a mi lado.

​Durante esas tres cuadras, la plática fluyó sin el menor esfuerzo. Bromeamos sobre los vecinos ruidosos de la zona y nos reímos imaginando el lunes por la mañana, cuando tuviéramos que volver a ponernos nuestras "máscaras corporativas" de jefe imponente y empleada eficiente dentro de la tienda, fingiendo que no habíamos pasado la noche entera en un parque.

​Cuando por fin llegamos a la entrada de mi edificio, me detuve junto a la puerta de hierro y me giré para verlo de frente. Bajo la luz amarillenta del porche público, sus ojos azules se veían increíblemente claros, fijos en mí.

​—Gracias por escucharme hoy, Aksel —le dije con total sinceridad, mirándolo a los ojos—. Y gracias por la caminata. De verdad me hacía muchísima falta todo esto.

​—No tienes absolutamente nada que agradecer, Elena —contestó en voz baja, dándome una última mirada profunda, de esas que tenían el poder de ponerme los nervios de punta pero de una forma jodidamente linda—. Ahora entra y descansa lo que queda de la noche. Te veo el lunes en el taller. Necesito a mi mejor mente al cien por ciento y bien despejada.

​—Ahí estaré, puntual —sonreí de lado.

​Me di la vuelta, deslicé la llave en la cerradura y entré al edificio. Mientras subía los escalones hacia mi departamento, escuchando el eco de mis propios pasos, me di cuenta de una cosa: aunque el desastre con mi familia y los reclamos de Carlos seguían esperando intactos del otro lado de mi puerta, por primera vez en meses ya no sentía miedo. Había caminado de regreso a casa en medio de la penumbra de la noche, pero por dentro, todo se sentía muchísimo más brillante.

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