¿Qué pasa cuando tu peor enemigo se convierte en el dueño de tus gemidos?
Seis años de rivalidad académica. Dos promedios perfectos compitiendo por el primer lugar de la facultad de ingeniería.
Todo el mundo sabe que Seo-jun (Grupo A) y Min-jae (Grupo B) se odian o eso es lo que creen
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Cortocircuito Estructural
Hyun-woo miró la pantalla de su teléfono con los ojos fijos en el botón de confirmación. Sabía perfectamente que estaba acorralado. Levantó la vista hacia Jun, cuya postura imponente y mirada fría le dejaron claro que no estaba bromeando en absoluto. Con un suspiro cargado de frustración, Hyun-woo presionó la pantalla.
—Listo. Ya está borrado —dijo Hyun-woo, guardando el celular en el bolsillo con las manos todavía temblando ligeramente—. El foro está limpio. No queda rastro de la publicación ni de la base de datos del servidor.
—Excelente —intervino Ji-hoon, revisando su propia tableta para confirmar que el tráfico de la página web de la escuela había regresado a la normalidad—. Desapareció por completo. Bien jugado, equipo.
Hyun-woo tomó su mochila de la mesa de trabajo, acomodándose la correa con urgencia. Ya no quedaba nada de la confianza y superioridad con la que había llegado al sótano. Miró a Min-jae por última vez, una mezcla de arrepentimiento y derrota en sus ojos.
—Esto fue un error, Jae-jae —murmuró Hyun-woo con la voz apagada—. No debí intentar forzar las cosas. Mañana mismo iré a las oficinas de control escolar a tramitar mi baja voluntaria de la facultad. Inventaré que tengo que regresar al norte por un asunto de salud familiar. Mi expediente quedará limpio, pero me largo de aquí. No tiene caso seguir en un lugar donde ya no perteneco.
Nadie dijo una sola palabra mientras Hyun-woo caminaba a paso apresurado hacia la salida del sótano. El sonido de la puerta de metal cerrándose a sus espaldas marcó el fin definitivo de su interferencia en el sistema. El silencio que quedó en el laboratorio subterráneo era denso, pero ya no era un silencio de peligro, sino de pura expectativa. Min-jae soltó una bocanada de aire que no sabía que estaba reteniendo, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a abandonar su cuerpo.
Ji-hoon se cruzó de brazos, apoyándose contra una de las mesas de osciloscopios, y miró alternadamente a Min-jae y luego a Seo-jun, quien finalmente había relajado la tensión de sus hombros.
—Bueno... el virus ha sido eliminado del sistema —dijo Ji-hoon con una sonrisa de lado—. Pero ahora que estamos en confianza, y que literalmente planeamos un operativo de contrainteligencia juntos... ¿alguien me va a explicar formalmente qué demonios está pasando aquí?
Tae-hyun soltó una carcajada ruidosa, dándole un golpe amistoso en la espalda a Jun—. Sí, por favor. Porque yo llevo seis años escuchando a Jun quejarse de que Min-jae es un sabelotodo insoportable, y hoy casi lo veo cometer un homicidio en primer grado porque otro tipo lo tocó.
Seo-jun miró a Min-jae. En sus ojos ya no había secretos, ni fachadas de rivalidad, ni el miedo a ser juzgados. Caminó los dos pasos que los separaban y, frente a las miradas atónitas de sus respectivos mejores amigos, estiró la mano para entrelazar sus dedos con los de Jae, sujetándolo con firmeza.
—Somos novios —declaró Jun con una seguridad absoluta en la voz, mirando a Tae-hyun y luego a Ji-hoon—. Es real. Lo del foro, lo de las ventanas, todo. Llevamos un tiempo viéndonos y hace poco decidimos hacerlo oficial entre nosotros.
Ji-hoon abrió los ojos por completo, aunque una parte de él ya lo sospechaba desde que vio la marca en el laboratorio—. Vaya... la teoría del caos en su máxima expresión. Los dos peores enemigos de la carrera terminaron siendo novios en secreto.
—A mí no me sorprende tanto —admitió Tae-hyun, sonriendo con alivio—. Siempre pensé que tanta obsesión por superarse el uno al otro en las calificaciones tenía que terminar de alguna manera intensa. Me alegra que no se hayan matado y hayan elegido esto.
Tras despedirse de sus amigos, el camino de regreso hacia el edificio de dormitorios compartidos fue inusualmente silencioso. La noche estaba fría y el viento mecía las copas de los árboles del campus, pero entre Jae y Jun se respiraba una atmósfera cargada de una extraña incomodidad. El peso de todo lo que acababa de ocurrir, el miedo real a perderlo todo y el hecho de haber tenido que desnudar sus sentimientos frente a otros los tenía con las emociones a flor de piel.
Caminaban uno al lado del otro, con las manos rozándose apenas, sin atreverse a entrelazar los dedos en el espacio abierto del jardín central. Cuando finalmente cruzaron el umbral de la habitación de Jun y la puerta se cerró con seguro, el silencio pareció volverse insoportable. Jae dejó caer su mochila al suelo con un golpe sordo y se quedó de pie en medio del cuarto, de espaldas a Jun. De pronto, los hombros de Jae comenzaron a temblar.
Jun se acercó con suavidad, colocando sus manos sobre los hombros de Jae, pero en cuanto lo giró para mirarlo de frente, descubrió que Min-jae estaba llorando. Las lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas desastrosamente, rompiendo por completo esa fachada de chico rudo e imperturbable que siempre mostraba en la escuela.
—Jae... —susurró Jun, con el corazón encogiéndosele en el pecho.
—Tuve tanto miedo, Jun —confesó Jae con la voz rota por el llanto, ocultando su rostro en el pecho de Seo-jun—. Pensé que esa maldita foto iba a arruinar tu carrera. Pensé que por mi culpa, por mi pasado, todo lo que nos ha costado llegar hasta aquí en la facultad se iba a ir a la basura. No me importaba yo... me importabas tú.
Jun lo abrazó con una fuerza descomunal, enterrando los dedos en el cabello de Jae, sintiendo cómo sus propias lágrimas también amenazaban con salir por la inmensa descarga de tensión acumulada. Lo apretó contra su cuerpo como si intentara fusionarlo con él, dándole ese refugio que ambos tanto necesitaban.
—Escúchame bien, sabelotodo —dijo Jun, apartándolo apenas un poco para mirarlo fijamente a los ojos mientras le limpiaba las lágrimas con los pulgares—. No vas a volver a cargar con esto tú solo. A partir de hoy, vamos a darlo todo. Nos va a costar, vamos a tener que seguir lidiando con la escuela, pero no me importa. Vamos a proteger lo nuestro con uñas y dientes. Eres mi novio, Jae. Y nadie nos va a volver a amenazar.
Min-jae asintió, hipando levemente, y buscó los labios de Jun en un beso desesperado, salado por las lágrimas, pero cargado de una promesa absoluta de entrega. Se besaron con una ternura y una devoción que rápidamente comenzó a encenderse, transformándose en una necesidad física abrasadora que exigía borrar el trago amargo de la tarde.
Jun sujetó a Jae por los muslos y lo cargó, llevándolo directamente hacia el baño de la habitación sin romper el beso. El espacio de azulejos oscuros y luz tenue se convirtió en su santuario. Jun lo sentó con brusquedad sobre el borde del lavabo, haciendo que un par de vasos de vidrio resonaran contra la pared.
Con movimientos torpes por la urgencia, Jun le arrancó la playera a Jae, dejando expuesto su pecho que subía y bajaba con respiraciones erráticas. Min-jae no se quedó atrás; desabrochó el cinturón de Jun con desesperación, jadeando cuando las manos cálidas de su novio bajaron sus jeans de un solo tirón, dejándolo completamente expuesto y vulnerable en el frío mármol.
—Jun... muéstrame que estás aquí. Haz que me olvide de todo —suplicó Jae, con los ojos oscuros empañados en deseo, abriendo las piernas por completo para recibirlo.
Seo-jun no usó delicadezas esta vez. La necesidad de reclamar lo que era suyo, de borrar cualquier rastro del estrés y del peligro que habían vivido, lo transformó en un animal posesivo. Preparó la entrada de Jae con tres dedos cubiertos de jabón líquido de manera rápida y profunda, arrancándole un gemido agudo que rebotó en las paredes del baño. Sin esperar un segundo más, Jun se posicionó y se hundió en él de una sola estocada brutal y profunda.
—¡Ah! ¡Jun! —gritó Jae, arqueando la espalda por completo, sus manos clavándose con una fuerza salvaje en los hombros desnudos de Jun. El impacto lo llenó por completo, haciéndolo ver estrellas mientras el placer líquido comenzaba a apoderarse de su espina dorsal.
Jun comenzó a embestir con un ritmo rápido, violento e implacable, haciendo que los cuerpos de ambos chocaran ruidosamente contra el espejo del baño, que comenzó a empañarse por el calor y el vapor de sus respiraciones. Cada golpe de Jun era una declaración de propiedad; sus dientes se clavaron de nuevo en el cuello de Jae, justo sobre la marca anterior, haciéndolo sangrar un poco, sellando su piel en un pacto silencioso y carnal.
—Eres mío, Jae. Grábatelo en la maldita cabeza —jadeó Jun contra su oído, incrementando la velocidad de las estocadas mientras su propia erección rozaba contra el vientre bajo de Min-jae—. Nadie más te va a tocar. Nadie más te va a mirar así.
—Sí... ¡ah! ¡Soy tuyo, Jun! ¡Más... dame más! —gimió Min-jae, perdiendo por completo la noción de la realidad, entregándose al dolor y al placer que su novio le estaba provocando. Sus caderas se movían por puro instinto, buscando el fondo de Jun, apretando sus músculos internos alrededor de él con una fuerza que llevó a Jun al límite de su resistencia.
El clímax los alcanzó de manera violenta. Jae se corrió primero con un espasmo que lo hizo temblar de pies a cabeza, manchando el mármol del lavabo mientras un último grito desgarrado salía de sus labios. Segundos después, con tres embestidas brutales que enterraron a Jun hasta la raíz, este soltó un rugido ronco y se vino profundamente dentro de él, llenándolo con su calor en una entrega total que selló la noche.
Se quedaron así durante largos minutos, abrazados bajo la luz tenue del baño, con el agua de la llave goteando y sus respiraciones tratando de estabilizarse. El peligro había pasado, el secreto seguía vivo con sus amigos, pero el sistema entre ellos finalmente había alcanzado su estado más puro y perfecto.