Mey nunca imaginó que dejar la ciudad significaría dejar también la vida que conocía. Acostumbrada al ruido de las avenidas, las luces interminables y la rutina acelerada, se vio obligada a empezar de nuevo en un pequeño pueblo rodeado de campos y silencio. Todo allí parecía ajeno… hasta que conoció a Elian.
Arrogante, orgulloso y con una actitud imposible de ignorar, Elian era el tipo de chico que siempre conseguía lo que quería. Desde el primer encuentro, las discusiones entre ambos fueron inevitables. Pero detrás de su mirada desafiante y sus palabras frías, Mey comenzó a descubrir secretos que nadie más veía.
Lo que empezó como un cambio que ella nunca deseó, terminó convirtiéndose en una historia capaz de transformar sus heridas, sus miedos y hasta su forma de amar. Porque a veces, el lugar al que menos quieres ir… termina siendo donde realmente encuentras tu destino.
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Capitulo 6
El aula parecía más ruidosa que de costumbre. Era martes por la mañana, y el profesor de matemáticas había dado instrucciones para que cada grupo continuara con su proyecto mensual. Mey y Elian trabajaban juntos, como se les había asignado la semana anterior. Pero la atención de Mey se desviaba constantemente, como si sus pensamientos flotaran entre números, suspiros y confusión.
—¿Estás segura de que eso da ocho? —preguntó Elian, mirando su hoja con el ceño fruncido.
—Sí… creo que sí —respondió Mey, aunque no estaba del todo convencida. En realidad, ni siquiera había prestado atención al cálculo. Su mente había estado ocupada en otra cosa… o en otra persona.
Guillermo.
Desde que él se acercó por primera vez al grupo, había comenzado a charlar con ella cada vez más. Guillermo no era tan extrovertido como otros chicos del salón, pero cuando hablaba, lo hacía con calma y claridad. Era atento, educado y siempre le preguntaba a Mey si entendía los ejercicios o si necesitaba ayuda. Eso, sumado a su voz suave y sus lentes que le daban un aire misterioso, había despertado en Mey una curiosidad que no lograba ignorar.
—Entonces... sí, da ocho —repitió Mey, dándose cuenta de que Elian la observaba con una mezcla de incredulidad y algo más que no pudo identificar.
—Estás distraída —comentó él, apoyando el lápiz sobre la mesa.
Mey bajó la vista.
—Lo siento, es que... me cuesta concentrarme a veces.
Elian hizo una pausa, cruzando los brazos.
—¿O es que estás esperando que venga Guillermo a salvarte otra vez?
El comentario tomó por sorpresa a Mey. Abrió los ojos, confundida.
—¿Qué? No, claro que no. Él solo fue amable.
—Ah, sí, amable —replicó Elian, fingiendo una sonrisa—. Amable cuando te regala el borrador, cuando te explica los ejercicios, cuando se ríe de tus chistes… ¿ya son novios o solo se están mandando cartitas?
Mey sintió cómo se le encendían las mejillas. No por estar avergonzada con Guillermo, sino porque las palabras de Elian la hirieron. ¿Por qué se burlaba de ella? ¿Por qué le importaba tanto?
—No tienes por qué decir eso —dijo con voz firme—. Guillermo es mi amigo. Y tú... tú estás actuando raro.
Elian bajó la mirada por un segundo, pero enseguida volvió a mirarla con tono desafiante.
—Solo digo lo que todos piensan. Estás embobada por él, ¿no?
Mey no respondió. Cerró su cuaderno con fuerza y se puso de pie, sin decir una palabra. Caminó al otro extremo del aula, con la cabeza baja, mientras Elian se quedaba en su asiento, fingiendo que no le importaba… aunque le importaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Guillermo estaba en su mesa, revisando un libro con fórmulas. Al ver que Mey se acercaba con los ojos algo brillosos, le sonrió.
—¿Todo bien? —le preguntó con tranquilidad.
Ella asintió, intentando sonreír.
—¿Puedo sentarme contigo un rato?
—Claro —respondió él, corriendo su cuaderno para hacerle espacio.
Durante los minutos siguientes, trabajaron juntos en silencio. Guillermo le explicaba con paciencia lo que ella no entendía, y Mey notaba cómo su voz la calmaba. Él no hacía bromas hirientes ni se burlaba. La trataba con una delicadeza que la desarmaba.
—Gracias —dijo Mey después de unos minutos—. Por ser tan... buena onda.
—No hay de qué. Eres lista, solo necesitas tener confianza. Y paciencia contigo misma —agregó con una sonrisa suave.
Ella bajó la mirada y asintió. En ese momento, sin darse cuenta, dibujó una pequeña flor en la esquina de su hoja. No sabía qué significaba ese gesto, pero de alguna manera, sentía que con Guillermo podía florecer.
Al día siguiente, el profesor les pidió que hicieran una exposición rápida sobre el avance del proyecto. Cada grupo debía hablar durante cinco minutos frente a la clase.
Mey se sentía nerviosa. No le gustaba hablar en público, y mucho menos ahora, cuando todos parecían mirarla más de lo habitual, especialmente por los rumores que corrían sobre ella y Guillermo. Rumores que, claramente, habían comenzado con Elian.
—¿Estás lista? —le preguntó Elian, mientras preparaban sus hojas frente al salón.
—Sí, supongo —dijo ella sin mirarlo directamente.
—No te pongas nerviosa —añadió él, esta vez con una voz más tranquila—. Solo... habla como si nadie más estuviera.
Mey lo miró. Por un segundo, vio en sus ojos algo distinto. ¿Remordimiento? ¿Ternura? No estaba segura.
—¿Por qué dijiste esas cosas ayer? —preguntó de pronto.
Elian parpadeó.
—No lo sé. Porque me molestó... verte tan cómoda con Guillermo. Porque... pensé que éramos un buen equipo.
Ella se sorprendió. No esperaba que él hablara tan sinceramente.
—Podemos seguir siéndolo —dijo ella—. Pero no si me haces sentir mal.
Elian bajó la mirada y asintió.
—Lo siento. A veces... no sé cómo decir lo que pienso. Pero intentaré ser mejor compañero. Lo prometo.
Mey le dedicó una pequeña sonrisa. Tal vez, solo tal vez, las cosas podían mejorar.
La exposición fue un éxito moderado. Ambos hablaron con claridad, y aunque Mey se trabó en un par de palabras, logró explicar la parte que le tocaba sin grandes errores. Elian, por su parte, se encargó de resolver en la pizarra una ecuación que impresionó a la clase.
Cuando terminaron, el profesor los felicitó. Mey se sintió orgullosa. No solo por el trabajo, sino porque había enfrentado algo que la asustaba. Y lo había hecho bien.
Al regresar a su asiento, Guillermo la saludó con el pulgar arriba. Mey sonrió ampliamente. Pero al mirar de reojo a Elian, lo notó cabizbajo. Decidió hablar con él más tarde.
Esa tarde, en el pasillo del colegio, Elian la esperó antes de que saliera. Estaba solo, recargado en la pared.
—Oye, Mey.
Ella se detuvo, curiosa.
—¿Sí?
—Solo quería decirte que... me caes bien. De verdad. Aunque a veces no lo parezca. Y no me gusta cuando Guillermo se te acerca porque... no sé, siento que te va a quitar de mí.
Mey sintió que el corazón se le detenía un segundo. Era la primera vez que alguien le decía algo así.
—No tienes que competir con él, Elian. No se trata de eso. Podemos ser amigos los tres.
Él rió levemente.
—No sé si puedo. Pero supongo que lo intentaré.
—Gracias. Porque me agradas tú también, aunque seas un poco insoportable a veces.
Ambos rieron, y por primera vez en días, se sintieron en paz.
Las semanas siguientes pasaron más ligeras. El proyecto se completó a tiempo, y aunque Guillermo y Mey seguían siendo amigos, Elian también encontraba momentos para compartir con ella sin burlas, sin tensión, solo con la risa de dos adolescentes que, sin darse cuenta, estaban aprendiendo a convivir con sentimientos que aún no sabían nombrar.
Y así, en medio de ecuaciones, rumores y nervios adolescentes, Mey comenzaba a entender que la amistad, los celos y el cariño podían entrelazarse de maneras extrañas, pero que con diálogo y honestidad, podían florecer en algo bonito.