Él fue su primer amor. Ella fue quien arruinó su sueño. Años después, se reencuentran en la universidad y la guerra entre ellos está lejos de haber terminado. Lo que ninguno esperaba era que detrás del odio siguieran existiendo sentimientos imposibles de olvidar.
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La curita
—Te prometo que voy a sobrevivir.
—Cállate.
—Solo es mi nariz.
—Ethan.
—Sí, doctora.
Bella le lanzó una mirada que hizo reír a varios de los niños cercanos.
Después del golpe, había llevado a Ethan hasta una de las bancas cercanas para revisarlo.
Por suerte el disco no había causado una lesión seria.
Dolor.
Un poco de inflamación.
Mucho orgullo herido.
Pero nada más.
—Bueno.
Bella terminó de limpiar el pequeño corte.
—No fue tan grave.
—Lo dice la persona que no recibió un disco en la cara.
—Punto válido.
Uno de los niños apareció a su lado.
Mateo.
El nieto de Marta.
—¿Está herido?
—Un poquito.
—Entonces necesita una curita.
Bella sonrió.
—Tienes razón.
Abrió el botiquín.
Y comenzó a buscar.
Hasta encontrar las favoritas de los pequeños.
Curitas de animalitos.
—No.
Dijo Ethan inmediatamente.
—Sí.
—Bella.
—Sí.
—No.
—Sí.
Cinco segundos después tenía una curita con un pingüino sobre la nariz.
Los niños aplaudieron.
—Mi dignidad acaba de morir.
—Tu dignidad sobrevivirá.
—No lo hará.
Mateo observó la herida.
Luego a Bella.
—Falta algo.
—¿Qué?
Preguntó Ethan.
—El beso mágico.
Bella soltó una carcajada.
Porque muchos de los niños tenían la misma costumbre.
Cuando se lastimaban, ella les daba un pequeño beso sobre la frente o cerca de la herida.
Nada especial.
Solo una forma cariñosa de calmarlos.
—Mateo…
—Siempre funciona.
—No siempre.
—Sí funciona.
—No.
—Sí.
Los otros niños comenzaron a apoyar la idea.
—¡Sí!
—¡El beso mágico!
—¡Funciona!
Ethan se estaba riendo tanto que ya ni protestaba.
—Bueno.
Bella suspiró teatralmente.
—Solo porque ustedes lo piden.
Se inclinó.
Y dio un pequeño beso sobre la frente de Ethan.
Los niños celebraron como si hubieran ganado una final.
—¡Ahora está curado!
—¡Funciona!
—¡Lo sabía!
Ethan se llevó una mano al pecho.
—Me siento mejor inmediatamente.
—Mentiroso.
—Pero un mentiroso feliz.
A varios metros de distancia.
Scott observó toda la escena.
Y sintió que algo dentro de él se rompía.
—No.
Murmuró.
—¿Qué?
Preguntó uno de sus compañeros.
—Nada.
Mentira.
Absoluta mentira.
Porque acababa de ver a Bella besar a Ethan.
Sí.
Era inocente.
Sí.
Había sido por los niños.
Sí.
Lo sabía.
No importaba.
Le molestó igual.
Muchísimo.
—Hermano…
Su compañero siguió la dirección de su mirada.
—Oh.
Scott decidió volver al entrenamiento.
Porque claramente necesitaba distraerse.
Mala decisión.
Muy mala decisión.
Tomó el palo.
Recibió un pase.
Giró demasiado rápido.
Y…
¡PUM!
—¡AU!
El palo chocó directamente contra su propia pierna.
Todo el equipo quedó en silencio.
—¿Acabas de golpearte solo?
—No.
—Scott.
—No.
—Te vimos.
—No cuenta.
Las risas comenzaron inmediatamente.
Y empeoraron cuando Scott terminó cojeando ligeramente hacia la banca.
—¿Necesitas una curita de pingüino?
—Muérete.
—¿Un beso mágico?
—Voy a expulsarlos del equipo.
—No eres el entrenador.
—Detalles.
Mientras tanto, Bella había escuchado el golpe.
Levantó la vista.
Y encontró a Scott sentado en una banca.
Sujetándose la pierna.
—¿Se lastimó?
Preguntó.
—Se golpeó solo.
Respondió uno de los jugadores.
Los niños comenzaron a reír.
Bella también.
Y por primera vez en días, Scott vio algo que le gustó demasiado.
La risa de Bella.
Porque estaba dirigida a él.
Y aunque debería haberlo irritado…
No pudo evitar sonreír un poco.
Lo cual era un problema completamente distinto.