César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.
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Capítulo 11: Traición en compás de espera
El regreso a su país después de la gira por México fue extraño. César esperaba sentir alivio al pisar tierra conocida, pero lo que sintió fue una especie de vacío, como si hubiera dejado algo en el aire sobre el océano y no supiera qué era. El aeropuerto estaba lleno de fans que gritaban su nombre, sostenían carteles con corazones y le tendían cosas para firmar. Sonrió, saludó, se dejó fotografiar. Era un robot con pilas nuevas.
Pero las pilas se le estaban agotando.
Mauricio lo recibió en la salida con un abrazo que olía a tabaco y a colonia barata. “Bienvenido, estrella. La gira fue un éxito. Las cifras de reproducción en México se dispararon. Ya estamos negociando Colombia.”
César asintió sin escuchar. En el viaje de regreso al apartamento, mirando por la ventanilla del auto, vio los barrios pobres por los que pasaba la carretera. Vio a una mujer colgando ropa en un tendedero de metal oxidado. Vio a un niño jugando con una llanta en un terreno baldío. Vio a un hombre cargando bultos en una carretilla. Todos ellos podrían haber sido su madre, su hermano, él mismo antes de la fama.
“¿En qué piensas?”, preguntó Mauricio, notando su silencio.
“En nada”, mintió César.
Llegó al apartamento y lo primero que hizo fue llamar a Laura. Ella atendió al segundo tono, como si hubiera estado esperando junto al teléfono.
“¿Llegaste bien, hijo?”
“Sí, mamá. Todo bien.”
“¿Comiste?”
“Sí.”
“¿Descansaste en el avión?”
“Un poco.”
Hubo una pausa. Luego Laura dijo algo que heló la sangre de César: “Milo se fue de casa”.
El mundo se detuvo. “¿Qué?”
“Se fue hace tres días. Dijo que ya no soportaba vivir aquí, que tú tenías todo y nosotros nada, que él también quería probar suerte en la ciudad. Se llevó una mochila con ropa y se fue. No sabemos dónde está.”
César sintió que el suelo se abría. Milo. Su hermano de catorce años, con su lengua afilada y su resentimiento a flor de piel. Milo, que siempre había sido el más difícil, el más rebelde, el más parecido a su padre ausente. Milo se había ido.
“¿Han llamado a la policía?”, preguntó, con la voz rota.
“Sí, pero dicen que tiene que pasar más tiempo para hacer la denuncia. Que los adolescentes se van y vuelven. Que no se preocupen.”
“¿Que no se preocupen?”, repitió César, indignado. “Mamá, voy para allá ahora mismo.”
“No, hijo. Tú tienes tu trabajo. Yo me encargo.”
“¡No!, mamá. Es mi hermano. Voy para allá.”
Colgó y llamó a Mauricio. Le explicó la situación con la voz entrecortada. Mauricio escuchó en silencio. Cuando César terminó, dijo: “No puedes ir”.
“¿Cómo que no puedo ir?”
“Mañana tienes una entrevista en la radio nacional. Es la más importante del mes. Si cancelas, pierdes credibilidad. Y si vas a El Rincón, los periodistas te van a seguir. Van a tomar fotos de tu casa, de tu madre, de la ventana rota. Van a hacer un circo con la desaparición de tu hermano. ¿Eso es lo que quieres?”
César apretó los puños con tanta fuerza que las uñas le marcaron las palmas. “Mi hermano está perdido, Mauricio. No me importa la maldita entrevista.”
“Pues debería importarte. Porque si pierdes la fama, no vas a tener dinero para ayudar a tu familia. Y si no tienes dinero, tu hermano, cuando aparezca, seguirá viviendo en El Rincón. Piensa, César. No tomes decisiones con el estómago.”
César quería gritar, quería romper el teléfono, quería viajar a El Rincón aunque tuviera que caminar. Pero las palabras de Mauricio, por más frías que fueran, tenían un retorcido sentido común. Sin dinero, no podía ayudar a nadie. Sin fama, no tenía dinero. Y sin la entrevista, la fama se esfumaba.
“La hago”, dijo, con una voz que no era la suya. “Pero después de la entrevista, voy a buscar a mi hermano.”
“Trato hecho”, respondió Mauricio. Y César supo que había perdido otra batalla.
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La entrevista fue una farsa. El conductor, un hombre de sonrisa fácil y dientes blanqueados, le preguntó sobre México, sobre las fans, sobre sus planes. César respondía con frases hechas mientras su cabeza estaba en otra parte: en Milo, en la mochila con ropa, en las calles frías de la ciudad donde su hermano podría estar durmiendo en ese momento.
“César, ¿te pasa algo? Te veo distraído”, dijo el conductor.
“No, nada. Solo cansancio del viaje.”
Mintió. Volvió a mentir. Y la mentira salió tan natural que le dio miedo.
Al terminar la entrevista, corrió a la salida del estudio. Mauricio lo detuvo en la puerta. “Espera. Tengo una noticia. Apareció Milo.”
César sintió que el corazón le daba un vuelco. “¿Dónde? ¿Está bien?”
“Está en una comisaría en la periferia. Lo encontraron durmiendo en una parada de autobús. Ya llamaron a tu madre. Está bien, solo asustado y con hambre.”
“Voy por él.”
“No. Ya mandé a Ramiro. Él lo lleva a casa de tu madre. Tú no puedes aparecer allí. Los periodistas ya están husmeando. Si ven al hermano del famoso César Mora en una comisaría, el titular se vende solo.”
César quiso pelear, pero las fuerzas lo abandonaron. Se apoyó en la pared y cerró los ojos. “¿Por qué me haces esto, Mauricio? ¿Por qué no me dejas ser hermano?”
Mauricio se acercó y le puso una mano en el hombro. “Porque tú ya no eres solo un hermano, César. Eres un producto. Los productos no tienen familia. Los productos tienen imagen. Lo siento, pero así es esto.”
Esa noche, César no durmió. Se quedó despierto mirando el techo blanco, con el teléfono en la mano. Laura le mandó un mensaje: “Milo ya está en casa. Está bien. No te preocupes. Te quiere, aunque no lo diga”.
César leyó el mensaje diez veces. Luego escribió una respuesta: “Dile que lo quiero. Y que voy a sacarlos de allí. Pronto. Se lo prometo”.
Pero mientras apretaba el botón de enviar, supo que las promesas, en su nueva vida, valían menos que el papel en el que había firmado su contrato.
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Al día siguiente, Ramiro lo buscó en el estudio. No para trabajar, sino para hablar. Se sentaron en la sala de espera vacía, con dos tazas de café que nadie bebió.
“Mira, César, yo no soy de los que se meten en vidas ajenas. Pero lo que hizo Mauricio ayer, con lo de tu hermano, estuvo mal. Y no es la primera vez.”
César levantó la vista. “¿Qué quieres decir?”
Ramiro suspiró. “Mauricio no es solo tu productor. Es tu carcelero. Y no me refiero a las cláusulas del contrato. Me refiero a que te aísla, te controla, te hace creer que sin él no eres nada. Eso no es management. Eso es manipulación.”
“¿Por qué me dices esto ahora?”
“Porque alguien tiene que decírtelo. Y porque me voy de Melodía Records. Renuncio la semana que viene. No soporto más ver cómo trata a los artistas. Tú eres el tercero al que le hace lo mismo.”
César sintió un nudo en la garganta. “¿Y qué puedo hacer?”
Ramiro lo miró a los ojos. “Por ahora, nada. El contrato te ata. Pero puedes prepararte. Documenta todo. Guarda correos, mensajes, grabaciones. Cuando llegue el momento, necesitarás pruebas. Y necesitarás a alguien de confianza.”
“¿Y tú? ¿Puedo confiar en ti?”
Ramiro sonrió, pero era una sonrisa triste. “No soy un santo, César. Pero odio a los abusadores. Y Mauricio es uno de los peores que he conocido. Así que sí, puedes confiar en mí. Pero con cuidado. En este negocio, hasta las buenas personas tienen precio.”
César asintió. Agarró su café, aunque ya estaba frío, y se lo bebió de un trago. En su cabeza, una idea empezaba a germinar: la misma idea que había tenido en el baño del hotel en México. La idea de la fuga.
Pero la fuga requería un plan. Y los planes, en la jaula de terciopelo, se tejen con hilos de paciencia y riesgo.