Entre los secretos de un pasado enterrado que la marcó para siempre y las manipulaciones de una élite dispuesta a devorarla, Ángela deberá descubrir si es capaz de romper los hilos de su propia dinastía antes de que la obliguen a vender el resto de su vida al mejor postor.
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Encuentro inesperado
...CAPÍTULO 12...
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...ANGELA SALLES ...
El aire cálido y húmedo de Harbour Island nos envolvió en cuanto pusimos un pie fuera del aeródromo, impregnado con ese olor a sal y vegetación tropical que me hizo relajar los hombros de inmediato. Sin embargo, la burbuja de paz duró exactamente lo que tardamos en llegar a la recepción del exclusivo resort.
El vestíbulo era impresionante: techos altos de madera exótica, ventiladores coloniales girando con pereza y ventanales inmensos que daban directo a la famosa playa de arena rosa, donde a lo lejos ya se alcanzaba a escuchar la música de la fiesta privada de Sarah. El problema era que, en el mostrador principal, las cosas no estaban saliendo según lo planeado.
—¡A ver, escúchame bien! —la voz de Sarah resonó en todo el lugar, perdiendo la paciencia mientras golpeaba suavemente la tableta contra el mostrador de mármol—. Reservé la villa presidencial y tres suites VIP con seis meses de anticipación para mi equipo de campaña. No me importa si hubo un error en su sistema de satélite; no voy a mandar a mis diseñadores a un hotel secundario en la otra punta de la isla. Resuélvelo ya.
La recepcionista, una chica caribeña que parecía a punto de romper a llorar, tecleaba frenéticamente en la computadora, pidiendo disculpas en un inglés atropellado. Julian y Liam intentaban mediar de fondo, pero Sarah estaba en su modo de empresaria implacable y no iba a ceder ni un milímetro.
Sintiéndome un poco abrumada por el drama del equipaje y el cansancio del vuelo, decidí dar un paso atrás para dejarlos resolver el caos. Me giré sobre mis talones, dispuesta a caminar hacia los sillones de mimbre de la entrada para esperar en paz, pero no alcancé a dar ni dos pasos.
Impacté de lleno contra un muro de piedra.
El choque fue lo suficientemente fuerte como para hacerme tambalear sobre mis sandalias. Mi bolso de mano resbaló de mi hombro y estuve a punto de irme al suelo, pero antes de que la gravedad hiciera lo suyo, dos manos grandes, firmes y cálidas me sujetaron por los antebrazos con una fuerza descomunal, estabilizándome en un segundo.
—Cuidado —dijo una voz.
Una voz profunda, densa, con un timbre grave que me vibró directo en el pecho y me obligó a levantar la vista de golpe, con una disculpa lista en los labios. Pero las palabras se me atoraron en la garganta.
El mundo a mi alrededor pareció perder el sonido. La pelea de Sarah con la recepcionista, el murmullo de las olas, el ruido de los empleados... todo se desvaneció.
Frente a mí estaba Asher Collins.
Me quedé completamente estática, con el corazón dándole un vuelco violento dentro de las costillas. Habían pasado años desde la última vez que nos habíamos visto, y el chico que yo recordaba en mi memoria había desaparecido por completo. El Asher que me sostenía en ese momento era un hombre en toda la extensión de la palabra. Estaba sumamente fornido, sus hombros eran el doble de anchos de lo que recordaba bajo una camisa de lino entreabierta, y su rostro había madurado de una forma casi ridícula: las facciones eran más duras, marcadas, y el sutil rastro de una barba de un par de días le enmarcaba la mandíbula, dándole un aire salvaje, maduro y, siendo honesta, jodidamente guapo.
Sus ojos, grisáceos y penetrantes, me recorrieron el rostro con la misma velocidad y el mismo impacto con el que yo lo miraba a él. Vi cómo sus cejas se juntaban ligeramente y cómo el agarre en mis brazos se tensaba un poco más.
Ninguno de los dos dijo nada durante unos segundos que parecieron eternos. Estábamos ahí, congelados en medio de la recepción de un hotel paradisíaco, asimilando el shock de encontrarnos de frente en el lugar menos esperado del planeta, después de tanto tiempo
—¿De verdad eres tú, Ángela? —la voz de Asher rompió el silencio, sonando profunda, un poco ronca, cargada de una incredulidad que reflejaba exactamente lo que yo estaba sintiendo.
Sus manos me soltaron los brazos despacio, pero sus ojos no se apartaron de los míos ni un solo segundo. Sentí una ráfaga de calor subirme por el cuello.
—¿Quién más podría ser? —respondí, intentando sonar casual, pero el ligero temblor en mi voz delató lo nerviosa que me había puesto tenerlo tan cerca. Me acomodé el bolso sobre el hombro solo para tener algo que hacer con las manos.
Asher dejó escapar una sonrisa de medio lado, una que hizo que el rastro de barba en su mandíbula se marcara más. Me recorrió con la mirada de arriba abajo, sin ningún tipo de disimulo.
—Te ves hermosa —soltó, con una honestidad tan directa que me descolocó—. No nos veíamos hace años.
—Sí... muchos años —asentí, sintiendo el peso del tiempo flotando entre los dos. El chico del pasado se había convertido en un hombre imponente—. Pero, hey... ¿cómo estás? ¿Qué has hecho de tu vida?
Asher metió las manos en los bolsillos de su pantalón, relajando la postura, y me miró con una intensidad que me aceleró el pulso.
—Muy bien, la verdad. He estado...
—¡Listo, mi amor!
Una voz femenina, cantarína y perfectamente modulada cortó la frase de Asher en el aire. Desde el pasillo de los salones privados apareció una chica pelinegra, de piel clara y unos ojos verdes impactantes que resaltaban de inmediato. Era innegablemente linda, vestía un vestido playero de seda y se movía con una seguridad absoluta.
Caminó directo hacia Asher y, con total naturalidad, le apoyó una mano en el antebrazo.
—Ya le dije a tu madre que la iremos a ver en algunas semanas y que le enviamos un obsequio que le llegará en unos días... —la chica se detuvo en seco al notar mi presencia. Sus ojos verdes me barrieron con curiosidad—¡Ah, hola! ¿Interrumpo algo?
El estómago se me contrajo de una forma extraña que no quise analizar.
Asher carraspeó ligeramente, rompiendo la tensión del momento, y se giró hacia ella, aunque su mirada volvió a mí casi de inmediato.
—No, para nada —dijo él, manteniendo la compostura—. Verónica, ella es Ángela, una vieja amiga de Los Ángeles. Ángela, ella es Verónica, mi novia.
Una extraña y punzante incomodidad se instaló entre los tres en un segundo. Me quedé estática, forzando una sonrisa cortés mientras intentaba procesar el golpe interno. Miré a Asher y noté que él también se había tensado; la mandíbula se le apretó sutilmente y desvió la mirada por una milésima de segundo, visiblemente incómodo por la situación y por la forma tan abrupta en la que el pasado y el presente se habían chocado de frente.
—Un placer, Ángela —dijo Verónica, rompiendo el hielo con amabilidad. Estiró su mano hacia mí, luciendo una sonrisa perfecta que no hacía más que resaltar sus ojos verdes—. Asher me ha contado algunas cosas de sus años en Los Ángeles. Qué increíble coincidencia encontrarse por aquí.
—El placer es mío, Verónica —respondí, estrechando su mano con la mayor naturalidad que pude fingir. Mis dedos estaban fríos—. Sí, es... una coincidencia enorme. El mundo es muy pequeño, definitivamente.
Yo no sabía dónde meter las manos y Asher parecía estar calculando cada movimiento para no empeorar el ambiente. Haber salido huyendo de las garras de Max y de la frialdad de mi madre para terminar estrellándome de frente con el chico que alguna vez significó algo, ahora convertido en un hombre espectacular y, para colmo, comprometido en una relación perfecta, era un giro de guion que mi cerebro agotado apenas podía procesar.
—¿Y tú qué haces por aquí, Ángela? ¿Vacaciones? —preguntó Verónica, rompiendo la tensión mientras se pegaba un poco más al brazo de Asher.
—Algo así —intervino la voz de Sarah, quien apareció salvadoramente detrás de mí tras terminar su pelea en el mostrador—. Estamos celebrando el éxito de mi marca. Hola, soy Sarah. Y a ti te conozco... ¿Asher, verdad? Dios, estás cambiadísimo.
Asher asintió con una sonrisa tensa, saludando a Sarah con la cabeza, mientras yo aprovechaba el momento para respirar hondo y tratar de recuperar la compostura que se me había escapado.
Sarah miró a Verónica y luego a Asher, y supe exactamente el momento en que su mente brillante y manipuladora empezó a trabajar. Ella sabía perfectamente quién era Asher, recordaba cada detalle de lo que había significado para mí y, sobre todo, sabía el nivel de desastre emocional del que yo venía huyendo en Londres. En lugar de sacarme de la incomodidad, Sarah vio una oportunidad perfecta para inyectarle drama a la noche.
—Pero qué maravilla encontrarlos aquí —dijo Sarah, entrelazando sus manos con una sonrisa de portada de revista—. De hecho, como ya había mencionado, Ángela y yo estamos celebrando el lanzamiento global de mi marca. Tenemos cerrado todo el club de playa privado del resort esta noche. Va a ser la fiesta del año en las Bahamas.
Verónica abrió un poco más sus ojos verdes, visiblemente interesada.
—¿El lanzamiento de cosméticos que está en tendencia en todas las redes? ¡No lo puedo creer! Vi los videos del evento en Londres hoy en la mañana.
—Ese mismo —aseguró Sarah, inflando el pecho con orgullo antes de lanzar el dardo—. Y como Asher y Ángela tienen tanta historia y llevan años sin verse, no les voy a aceptar un no por respuesta. Tienen que venir a la fiesta de celebración esta noche con nosotros. Habrá champaña de la buena, la mejor música de la isla y un ambiente espectacular. ¿Qué dicen?
Miré a Sarah de reojo, queriendo asesinarla con la mirada. El ambiente ya era lo suficientemente espeso como para encima pasar la noche entera viendo a Asher del brazo de otra mujer. El estómago se me hizo un nudo.
—Sarah, no sé si ellos tengan otros planes... —intervine rápidamente, intentando salvarme del desastre—. Seguro están cansados del viaje o quieren una cena más privada...
—Para nada —lo cortó Verónica, emocionada, antes de que Asher pudiera abrir la boca. Se giró hacia él, tomándolo del brazo—. Mi amor, tenemos que ir. La cena con los directores es mañana, hoy tenemos la noche libre y sería increíble celebrar con tu vieja amiga. Aparte, muero por ver los productos de Sarah de cerca. ¿Vamos, sí?
Asher se quedó callado un segundo. Sus ojos se clavaron en los míos, fijos, intensos, como intentando descifrar qué estaba pensando yo detrás de mi máscara de frialdad. Había un brillo de desafío en su mirada, un picante que me hizo tragar saliva.
Una sonrisa lenta y de medio lado se dibujó en sus labios, sin romper el contacto visual conmigo.
—Si a Ángela no le molesta que le robemos un poco de atención en su noche de celebración... por nosotros encantados —soltó Asher, con esa voz grave que me erizó la piel—. Nos daría mucho gusto ir.
—¡Perfecto! —aplaudió Sarah, saboreando el caos inminente—. Los vemos a las diez en la playa. Vayan guapos, aunque veo que eso no les cuesta nada.
Verónica sonrió, despidiéndose con un gesto elegante, y arrastró a Asher hacia los ascensores.
Antes de girar el pasillo, Asher miró hacia atrás por encima de su hombro, sosteniéndome la mirada una última vez con una intensidad que me dejó sin aliento.
En cuanto estuvieron fuera de vista, me giré hacia Sarah, con la sangre hirviéndome.
—¡¿Te volviste completamente loca?! —le siseé, apretando los puños—. ¡Vengo huyendo de un colapso con Max y tú metes al lobo en el corral! ¡Tiene novia, Sarah! Y está malditamente guapo, lo que lo hace diez veces peor.
Sarah soltó una carcajada y me tomó del brazo, guiándome finalmente hacia nuestra villa.
—Ay, por favor, Ángela. Te dije que necesitabas explorar nuevos horizontes y salir de tu burbuja menopáusica. Mira el lado positivo: esto va a estar mil veces mejor que Harbour Island. El drama te sienta bien, Salles. Ahora muévete, que tenemos que buscarte un vestido que haga que a tu "viejo amigo" se le olvide por completo el nombre de la pelinegra.