Valentina Serrano creció creyendo que su familia era la de los Córdova — un hogar lleno de amor, risas y abrazos. A los veintidós años descubre que fue abandonada al nacer por los Serrano, una de las familias más poderosas de Puerto Almería, que la enviaron lejos para criar a otra niña en su lugar.
Obligada a regresar a la ciudad que la rechazó, Valentina se encuentra con una madre que no la reconoce, un padre que solo ve peones, y una "hermana" que la odia con cada fibra de su ser. Lo único que le pertenece es un cuarto diminuto, húmedo y oscuro al final de un pasillo.
Pero Valentina no es una víctima. Es una genio de la tecnología, una mente brillante que no necesita el apellido de nadie para brillar. Lo que no esperaba era cruzarse con Sebastián Montero.
Sebastián es el CEO del Grupo Cenit, el hombre más poderoso — y más frío — de Puerto Almería. Nadie se atreve a mirarlo a los ojos. Nadie, excepto ella.
Lo que Valentina no sabe es que Sebastián lleva cuatro años obsesionado con ella. La vio una vez, sola, con un pastelito en la mano mientras todos celebraban a otra persona, y desde entonces no ha podido sacarla de su cabeza.
Ahora que el destino los volvió a unir, Sebastián hará lo que sea para protegerla: reservar todos los locales de la ciudad para arruinar a sus enemigos, orquestar la caída de dinastías enteras, cocinarle la cena cada noche con un delantal rosa — y pelear con su propio perro por un lugar en la cama.
Porque Sebastián Montero, el hombre que hace temblar imperios con una mirada, se convierte en un desastre celoso y adorable cuando se trata de ella.
Pero los enemigos de Valentina no se rendirán fácilmente. Entre conspiraciones familiares, traiciones mortales y secretos que podrían destruirlo todo, Valentina y Sebastián tendrán que luchar juntos — no solo por su amor, sino por sus vidas.
Una historia de amor, venganza y redención donde el CEO más temido del país descubre que la única persona capaz de derretir su corazón de hielo es la mujer que no necesita que nadie la salve.
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Capítulo 16
Capítulo 16: Fuego en WhatsApp
No era gratitud simple.
Valentina lo entendió con la taza de café todavía tibia entre las manos, frente al ascensor privado del Grupo Cenit, mientras Diego Herrera fingía revisar mensajes para darle tiempo de respirar.
El comentario de él no sonó como chisme ni como advertencia ligera. Sonó como una puerta que alguien dejaba entornada para que ella viera lo que no quería mirar de frente.
Sebastián Montero no abría puertas por aburrimiento.
Y ella acababa de cruzar una.
—¿Vas a quedarte mirando el café hasta que se evapore? —preguntó Diego, sin levantar la vista del celular.
Valentina parpadeó y apretó la carpeta de Aura contra el pecho.
—Estoy pensando.
—Eso ya lo noté. Aquí todos piensan antes de hablar, por eso este edificio parece velorio caro.
La risa se le escapó bajita, casi sin permiso. Diego sonrió como si hubiera ganado una apuesta pequeña.
—Gracias por el café.
—No me agradezcas a mí. Yo solo obedezco cuando el jefe dice "que no salga sin comer algo".
Valentina se quedó quieta.
Diego ladeó la cabeza.
—Ups. ¿Eso tampoco debía decirlo?
El ascensor abrió sus puertas antes de que ella pudiera responder. Valentina entró, y el reflejo del acero le devolvió una cara demasiado seria para alguien que acababa de conseguir un piloto con el Grupo Cenit. Debería estar feliz. Debería llamar a Emiliano, gritarle a Lucía, mandar una foto de la carpeta a Renata.
En cambio, bajó mirando la etiqueta del café como si ahí estuviera escrita una respuesta.
Afuera, el aire de Puerto Almería estaba caliente y lleno de ruido. En cuanto encendió su celular, la pantalla se llenó de notificaciones.
No eran felicitaciones.
El chat de la familia Serrano tenía veintisiete mensajes nuevos. El primero era de Camila.
`Qué rápido se consiguen contratos cuando una aprende a sonreírle al hombre correcto.`
Debajo, una foto borrosa tomada desde el estacionamiento del Grupo Cenit mostraba a Valentina junto a Diego, con el café en la mano y el logo de la empresa detrás. El encuadre cortaba la carpeta de Aura y dejaba solo la imagen perfecta para el veneno: ella saliendo del edificio del hombre más codiciado de Puerto Almería con un gesto que, sacado de contexto, parecía íntimo.
Isabel había escrito:
`Camila, no empieces.`
Pero no la defendía. Solo pedía que el problema no manchara la mesa.
Ricardo respondió dos minutos después.
`Valentina, ven a la casa en cuanto termines. Hay cosas que no se manejan por chat.`
Valentina bloqueó la pantalla. La mano le quedó fría alrededor del celular.
No iba a permitir que Camila convirtiera su primer logro real en una historia sucia.
La residencia Serrano la recibió con esa calma de casa elegante donde los gritos se tragaban detrás de puertas gruesas. En la sala, Ricardo estaba de pie junto al ventanal, con el saco todavía puesto. Isabel se sentaba en el borde del sofá, pálida. Mateo revisaba su celular con el ceño fruncido. Camila, en cambio, llevaba un vestido color crema, el cabello suelto y una expresión de víctima practicada frente al espejo.
—Al fin —dijo Camila—. Pensé que el señor Montero te había retenido.
Valentina dejó la carpeta sobre la mesa de centro. El golpe fue seco.
—Cuidado con lo que insinúas.
Camila soltó una risita.
—Yo no insinué nada. La foto habla sola.
—La foto muestra que salí de una entrevista final con un café y una carpeta.
—La foto muestra que te recibió su gente, que ganaste una convocatoria modificada a última hora y que ahora tienes un piloto. ¿Qué quieres que piense la gente?
—Que trabajé.
Mateo levantó la vista. Por primera vez desde que ella llegó a esa casa, no parecía aburrido ni cómodo.
—Camila, ¿quién te mandó esa foto?
Camila se giró hacia él con los ojos muy abiertos.
—¿Ahora me vas a interrogar a mí?
—Pregunté quién te la mandó.
Ricardo levantó una mano.
—Basta. Valentina, lo importante es controlar el daño. Si la prensa local toma esto, el apellido Serrano queda expuesto.
Valentina lo miró de frente.
—El apellido Serrano no compitió. Aura compitió.
—No seas ingenua —dijo Ricardo—. Todo lo que haces nos toca.
—No cuando les conviene llamarme la hija de afuera.
Isabel bajó los ojos. Camila apretó los labios, pero su expresión cambió apenas: no era dolor, era cálculo.
—Papá solo quiere ayudarte —dijo con dulzura—. Si hubo un malentendido con el señor Montero, lo mejor es aclararlo. Yo puedo hablar con él. Lo conozco de eventos.
Valentina casi sonrió.
—¿Tú?
La pregunta fue suave, pero cortó más que una burla.
Camila se irguió.
—No lo digo por mí. Lo digo por la familia. A veces una mujer sabe arreglar cosas sin ponerse tan rígida.
Mateo soltó el aire por la nariz.
—Camila, no.
—¿Qué? —se quejó ella—. ¿También está mal ofrecer ayuda?
Ricardo no la detuvo. Ese silencio dijo más que cualquier orden.
El celular de Camila vibró sobre la mesa. La pantalla se encendió con un nombre guardado que Valentina alcanzó a leer: "Asistente Cenit".
Camila lo tomó demasiado rápido.
—¿Desde cuándo tienes contactos en Grupo Cenit? —preguntó Valentina.
—Desde que sé moverme en sociedad.
Contestó antes de salir al pasillo, pero no cerró bien la puerta.
—Buenas tardes. Sí, soy Camila Serrano. Quería confirmar si el señor Montero podría recibirme mañana unos minutos... Es un asunto familiar, delicado. Tiene que ver con Valentina.
Valentina no se movió. Mateo dejó el celular sobre su muslo.
La voz del otro lado no se escuchaba, pero el rostro de Camila empezó a tensarse.
—Entiendo, pero tal vez si le dice que soy Camila Serrano... Sí, Serrano... No, no represento a Aura, represento a mi familia... ¿Cómo que no hay espacio en agenda?
Mateo se puso de pie.
—Ya basta.
Camila le dio la espalda, roja hasta las orejas.
—Puede dejarle un mensaje personal. Dígale que me preocupa que Valentina esté siendo malinterpretada y que yo podría ayudarlo a entender el contexto familiar.
Hubo una pausa larga.
Camila tragó saliva.
—¿Perdón?
Valentina supo, antes de oír la respuesta repetida por Camila, que el rechazo había sido limpio.
—"El señor Montero no trata asuntos personales de la señorita Serrano con terceros" —repitió Camila, con la voz rota de rabia.
En la sala cayó un silencio duro.
Isabel se llevó una mano al pecho. Ricardo frunció el ceño. Mateo miró a Valentina como si hubiera entendido algo nuevo y no supiera todavía si pedir perdón por ello.
Camila volvió a entrar despacio.
—Qué considerado —dijo Valentina.
Camila la miró como si quisiera arrancarle la piel.
—No te emociones. Los hombres como Sebastián Montero no protegen gratis.
Valentina recogió su carpeta.
—Entonces deja de ofrecerte a pagar por mí.
La frase le pegó en la cara a Camila. Ricardo dio un paso.
—Valentina.
—No voy a quedarme a escuchar cómo ensucian mi trabajo para proteger una reputación que nunca me ofrecieron compartir.
Salió antes de que pudieran detenerla. En el pasillo, el celular le vibró con un mensaje nuevo.
`Sebastián Montero: Me informaron que hubo una llamada desde su casa. No respondí porque no era asunto de ellos.`
Valentina se detuvo junto a la escalera.
Otro mensaje apareció de inmediato.
`Sebastián Montero: Si alguien quiere hablar de Aura, que hable con usted.`
La garganta se le cerró un segundo. No era una declaración. No era ternura abierta. Pero era un límite trazado delante de todos, y por primera vez desde que llegó a Puerto Almería, alguien poderoso no estaba usando su nombre para moverla como pieza.
Respondió con los pulgares tensos.
`Gracias por no contestar por mí.`
La respuesta tardó menos de un minuto.
`Estoy aprendiendo.`
Valentina miró esa frase hasta que la pantalla se apagó.
En la sala, Camila levantaba la voz. Se oía el borde agudo de su humillación atravesando la madera.
—¡No pienso quedarme viendo cómo se lleva todo!
Valentina no volvió.
Pero Camila sí tenía razón en algo.
Aquello apenas empezaba a arder.