Cassidy Boone ya murió dos veces. La primera, de una bala por la espalda en el Viejo Oeste. La segunda, de vieja y en paz, después de una vida que le costó sangre construir. Y justo cuando creía que por fin iba a descansar, un dios la agarra del cuello del alma y le encaja una tercera: *"Tengo una misión para ti."*
Despierta en el cuerpo de Aurora, princesa heredera e hija del ministro de guerra. Gorda, humillada y recién asesinada por su propio prometido y su hermanastra en una "caída del caballo" que de accidente no tuvo nada. Ahora carga con dos vidas de recuerdos, un cuerpo que odia, una madrastra que la quiere muerta y un castillo donde nadie se baña, todos apestan y el veneno se sirve con una sonrisa.
Aquí no hay revólveres ni abogados. Solo su cabeza, un libro de hierbas y unas ganas feroces de no morirse una tercera vez.
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CAPÍTULO 12: La despedida del único que la quería sin cobrarle.
El castillo se pasó la tarde entera haciendo ruido.
Cuando un ministro de guerra parte a un frente, no se va un hombre: se va una casa entera detrás de él. Cassidy lo vio desde la ventana del corredor, apoyada en la piedra fría, mientras abajo el patio se llenaba de mulas, de cajas, de sacos de grano, de armeros contando lanzas y de mozos peleándose por el orden de las cargas. Cuatro carretas. Veintitantos hombres. Un herrero. Un cocinero. Un cura viejo que iba a dar la extremaución a los que se murieran lejos de casa.
Todo aquello iba a ponerse en marcha al amanecer y a caminar hacia el sur durante semanas.
Y a ella la iban a dejar ahí.
Cuatro carretas para llevarse al único hombre de este mundo que no quiere nada de mí. Y me lo cambian por un carruaje que va a venir a buscarme para llevarme con el que quiere todo.
—Alteza. —Ismenia se acercó con una manta—. Va a coger frío.
—Estoy bien.
—Lleva ahí dos horas.
—Estoy bien, Ismenia.
La mujer no se movió. Se quedó a su lado, en silencio, mirando el patio con ella, y al rato le puso la manta sobre los hombros sin pedir permiso.
Cassidy no se la quitó.
La cena fue lo peor.
Se sentaron los dos solos en aquella mesa larga donde una semana antes se había armado el escándalo, y los criados sirvieron demasiada comida, como se hace siempre en las despedidas, como si llenando un plato se pudiera llenar otra cosa.
El duque comió poco. Habló menos.
Y Cassidy, que tenía en la punta de la lengua veinte frases prácticas —los nombres que había que vigilar, el dinero de la despensa, lo que pensaba hacer con las cuentas—, se descubrió incapaz de decir ninguna, porque todas sonaban a lo que eran: a llenar el silencio.
Fue él quien habló primero, cuando ya retiraban los platos.
—Ven conmigo. Trae una vela.
La llevó a su despacho, cerró la puerta con llave y le dio la vuelta a la mesa. Después, sin decir nada, se arrodilló junto a la chimenea y empezó a contar piedras del suelo con los dedos.
—Aurora. Fíjate bien, que esto lo vas a hacer sola después.
Metió la punta de su daga en una junta, hizo palanca, y una losa se levantó con un ruido seco. Debajo había un hueco negro, y dentro del hueco, tres bolsas de cuero.
—Aquí hay oro para tres años. —Sacó una y se la puso en las manos; pesaba como una piedra—. No es de la casa. La casa se la puede quedar quien sea. Esto es mío, de mis años de campaña, y es tuyo desde hoy.
—Padre…
—Escúchame. —La miró desde el suelo, y le brillaban los ojos a la luz de la vela—. El oro no sirve para comprar cosas. Eso lo cree la gente que nunca ha tenido miedo. El oro sirve para comprar puertas abiertas de madrugada, caballos que no preguntan y hombres que se olvidan de tu cara. Si un día tienes que salir corriendo, no salgas sin esto.
Cassidy pesó la bolsa en la mano.
Y mírate. El hombre de honor del reino, el que peleó una semana entera con la ley en la mano y la cara al frente, enseñándole a su hija dónde está escondido el dinero para huir. Eso es lo que hace un padre cuando ya entendió que perdió: guardar la ley en el cajón y sacar lo práctico.
—Hay más. —El duque volvió a colocar la losa y se levantó, gruñendo por las rodillas—. Siéntate.
Se sentó él también, se sirvió vino y sacó del cajón un papel doblado.
—Nombres. Léelos ahora y quémalos antes de dormir.
Cassidy los leyó. Eran nueve.
—Los cuatro primeros son míos de la guerra. Si les mandas razón de mi parte con la palabra que está ahí escrita al margen, esos hombres vienen, y vienen armados, y no preguntan por qué. —El duque bebió—. El quinto es un comerciante de granos de la capital que me debe la vida de su hijo. Ese te consigue lo que sea, y digo lo que sea. Los tres siguientes son de la cancillería: te van a decir siempre la verdad de lo que se está cociendo, aunque sea a medias.
—¿Y el noveno?
El duque tardó en contestar.
—El noveno es un cura. —Se pasó la mano por la barba—. No te va a servir para nada práctico. Pero si un día haces algo que no puedas contarle a nadie, y necesitas contárselo a alguien de todos modos, ve a verlo. Es sordo de un oído y ciego de los dos, y lleva cuarenta años oyendo cosas peores que la tuya.
Cassidy levantó la vista del papel.
Ay, viejo. Si tú supieras el tamaño de la cosa que ya hice y de las que pienso hacer, mandarías al cura a otro reino nada más para no ponerlo en peligro.
—Gracias, padre.
—No me des las gracias. —El duque dejó la copa con demasiada fuerza—. No me des las gracias, Aurora, porque yo estoy aquí sentado dándote nombres de gente que te va a ayudar cuando yo no esté, y eso no es lo que hace un padre. Eso es lo que hace un hombre que sabe que está fallando.
Y ahí, por fin, se abrió la puerta que llevaban toda la noche esquivando.
—Padre.
—Déjame hablar. —Se levantó y caminó hasta la ventana, de espaldas a ella, porque los hombres como él solo dicen ciertas cosas si no tienen que mirarte—. Yo he estado en el frente cuatro veces. He visto ciudades quemadas. He mandado a hombres a morir a sitios que yo elegí en un mapa, sabiendo que elegía mal, porque no había una elección buena. —Apoyó las manos en el alféizar—. Yo pensaba que ya sabía lo que era el miedo. Pensaba que era eso.
Silencio.
—Y no. Resulta que no era eso. —Bajó la cabeza—. El miedo es esto. El miedo es subirse a un caballo mañana sabiendo que dejo a mi hija sola en la misma habitación que un lobo, y que ese lobo me va a mandar cartas de felicitación mientras se la come.
A Cassidy se le cerró la garganta.
Y le pasó, otra vez, lo que le venía pasando desde que despertó en ese cuerpo: no supo cuánto de aquello era de Aurora y cuánto era suyo. La niña muerta amaba a ese hombre con un amor de perro fiel, y esa parte le lloraba por dentro. Pero la otra parte, la vieja, la que había sido pistolera y después empresaria y después una anciana feliz, tampoco estaba tranquila. Porque Cassidy Boone había tenido muchas cosas en tres vidas, pero un padre que se muriera de miedo por ella no había tenido nunca.
—Padre, mírame.
El duque no se movió.
—Mírame, por favor.
Se giró.
Y ahí estaba: el segundo hombre más poderoso del reino, con los ojos llenos de agua y la mandíbula apretada para que no se le notara.
—No me voy a dejar —dijo Cassidy.
—Hija, no es cuestión de…
—No. Escúchame tú a mí ahora. —Se levantó—. Tú crees que me vas a dejar sola y desarmada, y que en cuanto cruces la puerta ese hombre va a hacer conmigo lo que quiera, y que yo voy a estar llorando en un rincón esperando a que vuelvas a salvarme.
—Aurora…
—Pues no. —Cassidy dio un paso—. Yo no soy la que tú dejaste hace dos años. Esa niña se murió en la ladera con el caballo, padre, y yo no sé cómo explicarte eso sin que suene a locura. —Se le quebró un poco la voz, y no le importó—. Pero te juro por la memoria de mi madre que la que quedó sabe pelear. No como tú. De otra manera. Pero sabe.
El duque la miró.
Y por un momento larguísimo, Cassidy vio en la cara de su padre algo que la desarmó por completo: no la incredulidad que esperaba, sino una pregunta.
—¿Qué te pasó a ti? —dijo el duque, en voz muy baja.
—¿Cómo?
—Que qué te pasó. —Se acercó—. Yo te dejé encogida. Te dejé pidiendo perdón por respirar. Y he vuelto y me encuentro a una mujer que le da vuelta a una casa entera en un mes, que habla como un capitán, que sabe de leyes, de cuentas, de hierbas y de cosas que en esta casa no se enseñan. —Le buscó los ojos—. Y no me lo has explicado nunca. Y yo no te lo he preguntado nunca, porque me daba miedo la respuesta.
Y ahí Cassidy estuvo a punto.
Estuvo tan cerca que hasta abrió la boca.
Se le vino entero: me llamo Cassidy Boone, me mataron de un tiro por la espalda en un camino de tierra en un país que no existe todavía, después viví otra vida entera y me morí de vieja y feliz, y hay un dios tramposo que me sacó del descanso a patadas y me metió en el cuerpo de tu hija, que ya estaba muerta cuando yo llegué, padre, tu Aurora ya se había ido y yo no la maté, te lo juro, yo solo entré en la casa vacía.
Lo tuvo en la lengua. Todo.
Y lo tragó.
Porque lo pensó en un segundo, con esa parte fría que nunca se le apagaba, y las cuentas le salieron todas mal. Si se lo contaba, su padre tendría dos opciones: creerla o no creerla. Si no la creía, se iba al frente convencido de que su hija había perdido la razón, y ese hombre no sobreviviría a esa idea. Y si la creía —si la creía de verdad— entonces sería un hombre con el secreto más peligroso del mundo metido en el pecho, cabalgando hacia una guerra, rodeado de gente del rey, con la lengua suelta que da el vino y la soledad de los campamentos. En ese reino, a las mujeres las quemaban por mucho menos que eso. A ella la quemarían por bruja. Y a él lo colgarían por encubrirla.
Cállate, Boone. Cállate ya. Este hombre te dio lo único que te han dado gratis en tres vidas. No se lo pagues con una carga que lo mate.
—Me pasó que me caí de un caballo —dijo, y sonrió con los ojos húmedos—. Y que me di un golpe muy fuerte en la cabeza. Y que cuando desperté, me di cuenta de que llevaba dieciocho años esperando a que alguien viniera a defenderme, y que ese alguien nunca iba a venir.
El duque cerró los ojos.
—Y eso es culpa mía.
—Eso es culpa de ellas. Y de un mundo hecho así. —Cassidy le tomó las dos manos—. Pero, padre, escucha una cosa: lo mejor que me pasó en la vida fue entender eso. Porque el día que dejas de esperar a que te salven, empiezas a salvarte tú. Y eso ya no te lo quita nadie. Ni un rey.
El duque le apretó las manos hasta hacerle daño, y ninguno de los dos dijo nada durante un rato largo.
Después se pasó el dorso de la mano por la cara, carraspeó, y volvió a ser el ministro de guerra.
—Que suba el guardia.
Adriano entró al despacho y se quedó de pie, muy recto, con las manos a la espalda.
El duque lo miró un momento antes de hablar. Después fue hasta la mesa, sacó un papel sellado y se lo puso delante.
—Esto es una carta de servicio firmada por mí. Dice que estás bajo mis órdenes directas y no bajo las de nadie de esta casa ni de ninguna otra. —Golpeó el papel con dos dedos—. Ni el mayordomo, ni un noble, ni un capitán de la guardia del palacio pueden mandarte a hacer nada mientras tengas esto encima. Guárdala como si fuera tu piel.
—Sí, mi señor.
—Y ahora te voy a decir lo otro. —El duque rodeó la mesa y se le plantó delante—. Yo me voy mañana al sur, y no sé cuándo vuelvo. Puede que en un año. Puede que nunca; en la frontera de los pasos se muere gente todos los días y yo no soy joven. —Hizo una pausa—. Mi hija se va a casar con el rey. Y yo no voy a estar.
Adriano no dijo nada.
—Te voy a pedir una cosa que no tengo derecho a pedirle a un hombre al que conozco de diez días. —El duque bajó la voz—. Cuando yo cruce esa puerta mañana, tú vas a ser lo único que quede entre ella y todos los demás. No hay más. No hay nadie más. —Lo miró a los ojos—. Así que quiero oírtelo decir. Aquí, delante de ella y delante de mí. Que la vida de mi hija es tuya. Que si un día hay que elegir entre ella y tú, eliges a ella.
Cassidy sintió cómo se le paraba el corazón.
Porque estaba viendo a su padre —el hombre que la quería más que a nada en el mundo, el que la noche anterior le había enseñado dónde estaba el oro para huir— poner la vida de su única hija, con toda solemnidad y con lágrimas contenidas, en las manos del nieto del rey al que ese reino había destronado. Del hombre cuyo padre había sido asesinado por la corona a la que el duque le había servido treinta años. Del único hombre en toda la historia de ese mundo con más motivos que nadie para odiar el apellido que ella llevaba.
Y aquí estamos, dios tramposo. Aquí lo tienes. Espero que estés disfrutando, hijo de puta, porque yo no.
Adriano miró al duque. Después la miró a ella, un segundo, uno solo.
Y contestó.
—La vida de su hija es mía, mi señor. Si un día hay que elegir, elijo a ella.
Lo dijo sin pestañear, con una voz baja y firme que no sonó a fórmula de soldado. Sonó a otra cosa.
Y Cassidy, que llevaba tres vidas leyendo caras y voces, notó exactamente ese matiz y no supo qué hacer con él.
Ese "elijo a ella" te salió demasiado limpio, guapo. Demasiado. Un hombre que finge un juramento lo dice mirando al que se lo pide. Tú me miraste a mí.
El duque le puso una mano en el hombro y apretó.
—Bien. —Se le quebró apenas—. Bien.
Salieron los tres al corredor. El duque se adelantó a hablar con su capitán, y Cassidy y Adriano se quedaron atrás, solos, con la vela entre los dos.
—No tenías que jurar eso —dijo ella, en voz baja.
—Tu padre me lo pidió delante de testigos. No había manera de no hacerlo.
—Ya lo sé. —Cassidy miró el pasillo—. Pero un juramento hecho a la fuerza no vale nada, y los dos lo sabemos. Así que no me lo cobres nunca como si valiera. Tú estás aquí por el trato que hicimos. Punto.
Adriano tardó en responder.
—¿Eso es lo que crees?
—Eso es lo que necesito creer. —Cassidy se giró hacia él—. Porque si empiezo a creer otra cosa, me vuelvo idiota, y las idiotas se mueren.
Se hizo un silencio raro.
Y entonces Cassidy hizo algo que no tenía planeado, y que le costó más que cualquier plan.
—Ven —dijo, y lo llevó de vuelta al despacho de su padre.
Cerró la puerta. Se arrodilló junto a la chimenea, contó las piedras con los dedos como le habían enseñado dos horas antes, metió la daga en la junta e hizo palanca. La losa se levantó.
Adriano miró el hueco negro y las tres bolsas de cuero.
—¿Qué haces?
—Te estoy enseñando dónde está mi dinero. —Cassidy volvió a poner la losa en su sitio y se levantó, sacudiéndose las manos—. Todo el que tengo en el mundo. Si a mí me pasa algo, o si un día tienes que sacarme de aquí a la fuerza, esto es lo que hay. No hay más.
Adriano se quedó mirándola.
—¿Por qué me enseñas eso?
—Porque llevas cuatro días diciéndome que no confías en mí. —Cassidy se cruzó de brazos—. Y tienes razón, no tienes por qué. Yo tampoco confío en ti. Pero alguien tiene que empezar, y no vamos a durar ni un mes en ese palacio si seguimos midiéndonos. —Lo miró—. Así que empiezo yo. Ahora ya puedes robarme y desaparecer esta misma noche, y yo me quedo con lo puesto.
Adriano miró la chimenea. Después a ella. Y algo se le movió en la cara.
—Sabes que soy el enemigo de tu casa.
—Sé que eres el enemigo de la corona. —Cassidy se encogió de hombros—. Mi casa hace mucho que no es la corona. Mi casa se va mañana al amanecer camino del sur y a lo mejor no vuelve.
Se hizo un silencio largo.
—No te lo voy a robar —dijo él al fin.
—Ya lo sé. —Cassidy sopló la vela—. Si fueras de los que roban, no habrías jurado tan bien.
Salieron al amanecer.
Cassidy bajó al patio con el pelo suelto y un chal encima del camisón, porque le importó bien poco lo que dijera nadie. El cielo estaba de ese gris sucio que hay antes de que salga el sol, las mulas resoplaban, y los hombres se movían en silencio, todavía medio dormidos.
Su padre ya estaba montado.
Bajó del caballo cuando la vio.
Y se abrazaron ahí, en medio del patio, delante de veintitantos soldados, el duque con la coraza puesta y ella en camisón, sin decirse nada durante un rato bastante largo.
—Escríbeme —dijo Cassidy contra su hombro—. Aunque no tengas nada que contar. Escríbeme igual.
—Cada semana.
—Y no te hagas el héroe. —Se separó y le clavó un dedo en el peto—. Tú ya no tienes edad para ir adelante. Vas atrás, con los mapas, como los generales que llegan viejos.
El duque soltó una risa corta y se le rompió a la mitad.
—Aurora.
—Dime.
Le tomó la cara con las dos manos.
—Si ese hombre te toca antes de la boda, o te hace daño después, o si te hace desgraciada de la manera que sea… —bajó la voz hasta que no la oyó nadie más— …me mandas razón con las palabras "el trigo se perdió". Nada más. Esas cuatro palabras. Y yo dejo el frente, y me vuelvo con mis hombres, y me lo llevo por delante a él y a quien se ponga en medio.
—Padre, eso es traición.
—Ya lo sé. —Le sostuvo la cara—. Y lo haría igual.
Cassidy sintió que se le partía algo por dentro, y por primera vez en tres vidas no le molestó que se le notara.
—No te voy a mandar esa razón nunca —dijo—. Porque yo lo voy a resolver.
Su padre la besó en la frente, muy fuerte, y le habló al oído.
—Ya lo sé, hija. Eso es lo que más miedo me da.
Montó. No volvió a mirar atrás, porque los hombres como él no miran atrás; se les cae la cara si lo hacen.
Cassidy se quedó de pie en el patio con Ismenia a un lado y Adriano al otro, viendo cómo cuatro carretas, veintitantos hombres, un herrero, un cocinero y un cura viejo se hacían chiquitos en el camino del sur.
Cuando el último se perdió en la curva, seguía sin llorar.
Ya está. Se fue el único que me quería sin cobrarme nada. Ahora sí empieza el juego en serio, Boone.
Y esa misma tarde, cuando el polvo del camino ni siquiera se había asentado del todo, sonó el cuerno en las murallas.
Cassidy salió al corredor. Ismenia llegó corriendo, sin aliento, blanca.
—Alteza… alteza, es el palacio.
Bajó las escaleras y salió al patio, y ahí estaba.
Un carruaje enorme, negro y dorado, con el escudo del imperio en la portezuela, tirado por seis caballos idénticos. Detrás, dos carretas vacías para el equipaje. Y una escolta de doce hombres con las libreas del rey, alineados, esperando, con esa quietud de los que no vienen a preguntar.
Un chambelán bajó, hizo una reverencia perfecta y desenrolló un papel que ni siquiera necesitaba leer.
—Alteza. Su Majestad envía por su prometida. Ha dispuesto que la señorita resida en el palacio imperial hasta el día de la boda, bajo su protección personal. —Sonrió con toda la boca—. Su Majestad dice que no es correcto que una futura reina viva sola en una casa sin señor.
Sin señor. Qué rápido. El polvo del caballo de mi padre todavía está en el aire y este hombre ya está diciendo que esta casa no tiene señor.
—¿Y si necesito unos días para disponer mis cosas? —preguntó Cassidy, con su voz más dulce.
El chambelán amplió la sonrisa.
—Su Majestad ha previsto eso también, alteza. Ha mandado dos carretas y ocho criadas para que no tenga usted que ocuparse de nada. —Se apartó y señaló la portezuela abierta—. Partimos esta misma tarde.
Cassidy se quedó mirando aquel agujero negro y dorado.
Sintió, a su espalda, cómo Adriano daba medio paso hacia adelante.
Y por dentro, mientras componía una sonrisa de novia agradecida y bajaba el primer escalón hacia el carruaje, hizo el único cálculo que le quedaba por hacer.
Bueno, dios tramposo. Vamos a ver. Tú me dijiste que tenías una misión para mí y que si sobrevivía me ganaba el final. Pues fíjate cómo estamos: sin padre, sin casa, sin ejército y con un solo hombre que dice que me elige a mí, y que resulta ser el único del continente con derecho a odiarme.
Y me subo igual. Porque a la boca del lobo se entra caminando, con la cabeza alta y las manos vacías. Es la única forma de que el lobo te deje verle los dientes de cerca.