Valentina Rossi sacrificó sus piernas por salvar a Sebastián Montero. A cambio, recibió un anillo de bodas y cinco años de indiferencia.
Mientras ella aprendía a caminar de nuevo, él soñaba con otra mujer. Mientras ella doblaba flores de papel rezando por su abuela enferma, otra se llevó el crédito. Mientras ella construía en silencio su plan de escape, él ni siquiera notó que ella se iba.
Pero Valentina no es una víctima. Es una bailarina que perdió el escenario pero no el fuego. Cuando por fin se va —a las cuatro de la madrugada, con su abuela y una maleta—, no mira atrás. En Europa, reconstruye su vida paso a paso: un nuevo escenario, una nueva compañía de danza, un nombre que el mundo empieza a conocer.
Sebastián no la busca por amor. La busca porque el silencio de la casa vacía le resulta insoportable. Pero cuando descubre la verdad sobre las flores de papel —quién las dobló, quién mintió, y a quién amó durante cinco años por error—, su mundo se derrumba.
Él intentará redimirse. Ella ya no lo necesita.
Y cuando una extraña enfermedad del sueño la arrastra de vuelta al pasado, Valentina descubrirá que hay destinos que ni siquiera el tiempo puede cambiar... y amores que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde.
Una pulsera grabada con su nombre. Invisible para todos, excepto para una nieta que aún no ha nacido.
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Capítulo 10
Capítulo 10 — El libro
Camila encontró el libro de italiano un jueves por la tarde.
Valentina no estaba en casa. Había salido a la farmacia a comprar las vendas elásticas que usaba para los ejercicios de tobillo —una excusa tan mundana que nadie la cuestionó—, y cuando volvió, cuarenta minutos después, supo que algo había cambiado antes de abrir la puerta.
Lo supo por el olor. Perfume floral, dulce, caro. Camila había estado ahí.
Valentina recorrió el departamento. Living: normal. Cocina: una taza extra en la pileta. Baño de visitas: la toalla de mano torcida. Su habitación: puerta cerrada, como la dejó.
Vestidor.
Fue al vestidor. Abrió las puertas. Revisó la sección de atrás, detrás de los sacos. El Samsung estaba en su lugar. El cuaderno negro, en su lugar. La carpeta con los documentos, en su lugar.
Pero el libro de italiano —*Italiano per tutti*, el manual amarillo con el lomo gastado que usaba todas las tardes— no estaba donde lo había dejado. Lo había dejado en la mesita de luz de su habitación, debajo de una revista, con la lógica de que nadie en esa casa abría una revista y por lo tanto nadie vería lo que había debajo.
Ahora el libro estaba sobre la mesita de luz. Encima de la revista. A la vista.
Alguien lo había movido. Alguien lo había encontrado, lo había sacado de debajo de la revista, lo había mirado, y lo había dejado ahí arriba como quien deja un mensaje.
*Te vi.*
Valentina se sentó en la cama. El corazón le latía rápido pero la cabeza funcionaba con una claridad helada. Opciones. Piensa.
Opción A: fue Carmen. Carmen entraba a limpiar la habitación, pudo haber movido el libro al sacudir. Posible pero improbable: Carmen no movía las cosas de Valentina, tenían un acuerdo tácito de años.
Opción B: fue Sebastián. Sebastián no entraba en su habitación. En cinco años, podía contar con los dedos de una mano las veces que había cruzado esa puerta, y siempre para buscar algo específico, nunca para curiosear.
Opción C: fue Camila.
Camila, que una hora antes estaba en este departamento tomando café —la taza en la pileta lo confirmaba—. Camila, que tenía la curiosidad de una investigadora privada y la discreción de un gato. Camila, que en la reunión de San Isidro había archivado el dato del italiano con la precisión de un algoritmo.
Si fue Camila, significaba dos cosas. Primera: había entrado en su habitación, lo cual requería que Sebastián la dejara sola en el departamento o que ella encontrara la manera de alejarlo unos minutos. Segunda: había dejado el libro a la vista a propósito. No para exponerla —todavía no, eso sería demasiado directo para alguien como Camila—, sino para que Valentina supiera que ella sabía. Un aviso. Un movimiento de ajedrez.
*Sé que estás planeando algo. Ahora vos sabés que yo lo sé.*
Valentina agarró el libro de italiano. Lo miró como si fuera un objeto contaminado. Después lo guardó en el vestidor, detrás de los sacos, junto al Samsung y al cuaderno negro. A partir de ahora, nada se quedaba fuera de la zona segura.
Sacó el Samsung. Le escribió a Sofía.
**Vale**: *Camila estuvo en mi casa hoy. Encontró mi libro de italiano.*
**Sofía**: *¿Estás segura de que fue ella?*
**Vale**: *El libro estaba debajo de una revista. Ahora está encima. Nadie más lo mueve.*
**Sofía**: *Mierda. ¿Le dijo algo a Sebastián?*
**Vale**: *No creo. Si le hubiera dicho, él me habría preguntado. Y no preguntó nada. Ella guarda las cartas, no las muestra.*
**Sofía**: *Esa mina juega al ajedrez, Vale. Cuidate.*
**Vale**: *Lo sé. Voy a mover todo al vestidor. Y voy a dejar de estudiar italiano cuando haya alguien en la casa.*
**Sofía**: *¿Y el video? ¿Contestó Alejandro?*
**Vale**: *Todavía no. Hace cuatro días que no contesta.*
**Sofía**: *Paciencia. Los artistas son lentos para todo menos para juzgarte.*
Valentina cerró el chat. Se quedó sentada en la cama con el Samsung entre las manos, pensando. La sensación era nueva: no miedo exactamente, sino la conciencia de que ya no estaba sola en su propio tablero. Hasta ahora, el plan de fuga era un secreto compartido entre ella, Sofía, Carmen y Abuela Rosa. Cuatro personas de confianza absoluta. Ahora había una quinta que sabía algo —no todo, pero algo— y esa quinta persona era la peor posible.
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Sebastián llegó a las nueve. Valentina estaba en el living con un libro —uno real esta vez, una novela de García Márquez que había encontrado en la biblioteca del pasillo y que estaba leyendo más por camuflaje que por placer.
—Hola —dijo Sebastián, dejando el maletín en la entrada.
—Hola. ¿Cenaste?
—Sí. Cené con Diego. —Pausa—. Camila pasó hoy por acá, ¿no?
Valentina levantó la vista del libro. Calculó la respuesta en menos de un segundo.
—Sí. Carmen me dijo que vino a tomar un café. Yo no estaba.
—Ah, bien. —Sebastián se aflojó la corbata—. Me dijo que te dejó unas revistas de diseño en la mesa del comedor. Para que te entretengas.
*Para que te entretengas.* Como si Valentina fuera una mascota que necesitaba juguetes.
—Qué amable —dijo Valentina, y volvió al libro.
Sebastián la miró un momento. Uno de esos momentos en los que parecía que algo peleaba por salir de detrás de su expresión de directorio —una pregunta, una observación, algo humano—, pero que siempre perdía contra el hábito de no involucrarse.
—Buenas noches —dijo, y subió las escaleras.
Valentina esperó a que la puerta de la habitación principal se cerrara. Entonces fue al comedor. Efectivamente, sobre la mesa había tres revistas de diseño de interiores: *AD*, *Elle Decor* y una tercera en inglés que no reconoció. Las hojeó rápidamente. Nada raro. Ningún mensaje oculto. Solo revistas.
Pero Valentina sabía —con esa intuición que ya era un sexto sentido— que las revistas no eran un regalo. Eran otra pieza del tablero. Camila le estaba diciendo: "Yo entro y salgo de esta casa. Yo le dejo cosas a tu marido para vos. Yo tengo acceso."
Dejó las revistas en la mesa. Fue al vestidor. Sacó el cuaderno negro y revisó las cuentas. La columna de la derecha seguía creciendo, pero lentamente. Si Camila se metía en el medio y aceleraba las cosas —si le contaba a Sebastián del italiano, si sembraba dudas, si hacía preguntas incómodas—, el plan podía desmoronarse antes de llegar a la meta.
Necesitaba ir más rápido. Necesitaba el video. Necesitaba la respuesta de Alejandro.
Como si el universo la hubiera escuchado —o como si la vida tuviera la estructura de una novela mal escrita—, el Samsung vibró a las once de la noche.
Un correo nuevo. De *maestroalejandro.vidal@gmail.com*.
Valentina se sentó en el piso del vestidor, con la espalda contra la pared y las piernas estiradas entre perchas y cajas de zapatos, y abrió el mensaje con los dedos temblando por primera vez en semanas.
*Valentina:*
*Vi el video seis veces. No tengo palabras, así que voy a usar las que tengo: lo que hacés con ese cuerpo no es compensación, es invención. Nunca vi a nadie convertir una limitación en vocabulario propio.*
*La residencia empieza el 15 de febrero. Tres meses, alojamiento en un departamento compartido con otras dos artistas, acceso al estudio todos los días, y un espacio en la función de cierre.*
*Mandame la documentación cuando la tengas. Si necesitás carta de invitación para la visa, la tenés mañana.*
*Alejandro*
*PD: Piazzolla fue una buena elección.*
Valentina leyó el correo tres veces. Cada vez, las palabras se volvían más reales.
Se tapó la boca con la mano. No para contener un grito sino para contener algo más grande: la sensación de que después de cinco años de puertas cerradas, una se acababa de abrir de par en par.
15 de febrero. Faltaban tres meses.
Tres meses para juntar el dinero. Tres meses para tramitar la visa. Tres meses para sacar a Abuela Rosa de Chascomús. Tres meses para desaparecer de la vida de Sebastián Montero sin dejar más rastro que una taza de café limpia en la isla de mármol.
Y tres meses para esquivar a Camila Duarte, que ya había encontrado el libro de italiano y que, en algún lugar de Palermo Hollywood, probablemente estaba sentada frente a un espejo pensando en su próximo movimiento.
Valentina cerró el correo. Abrió el cuaderno negro. Tachó la línea que decía "Video para Alejandro" y escribió al lado, con letra firme:
*Aceptada. 15 de febrero. Madrid.*
Debajo, una nueva lista:
*— Carta de invitación (pedir mañana)
— Visa de artista (documentación)
— Pasaporte Abuela Rosa (en trámite)
— Pasajes (dos, ida)
— Transferir ventas restantes
— Libro de italiano: MOVER AL VESTIDOR ✓*
Cerró el cuaderno. Lo escondió detrás de los sacos. Se acostó en la cama con la luz apagada y los ojos abiertos.
Desde la habitación principal, silencio. Sebastián dormía.
Desde Palermo Hollywood, silencio. Camila esperaba.
Y desde Madrid, a diez mil kilómetros de distancia, un coreógrafo argentino que se acordaba de lo que había visto hacía ocho años acababa de abrirle una puerta que nadie —ni Sebastián, ni Camila, ni Diego, ni el accidente, ni los cinco años de silencio— iba a poder cerrar.