En una noche de tormenta, Valentina Reyes da a luz a una niña marcada por una luna creciente en la piel. Pero al despertar de un sueño premonitorio, descubre lo imposible: la bebé en sus brazos no es su hija.
Débil, sangrando y rodeada de enemigas, Valentina no grita. Observa, espera y recupera a su verdadera hija antes de que nadie pueda detenerla.
Años después, mientras protege a Sofía y construye desde cero su marca Flor de Luna, las mujeres que intentaron arrebatarle a su hija regresan con mentiras, envidia y una verdad capaz de destruirlo todo. Pero Valentina ya no es la joven indefensa de aquella noche.
Porque una madre puede callar durante años.
Pero cuando llega la hora de la justicia, ni la sangre, ni el poder, ni la luna mienten.
NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Capítulo 10
La conquista de Doña Carmen
Doña Carmen llegó un martes con dos maletas, un molcajete de Puebla y cero intención de irse.
Valentina abrió la puerta y se la encontró ahí parada, con el pelo recién peinado y una sonrisa que no aceptaba discusión.
—Mamá Carmen, ya hablamos de esto...
—¿Y los niños qué? —Doña Carmen entró sin esperar invitación, arrastrando la maleta más grande—. ¿Los va a cuidar el Espíritu Santo?
—Yo puedo...
—Tú puedes muchas cosas, mija. Pero no puedes partirte en cuatro. Santiago está todo el día en sus leyes. Tú andas de arriba pa' abajo con tu tianguis. Aquí me quedo, y punto.
Dejó el molcajete sobre la mesa de la cocina con un golpe seco.
Valentina supo que la batalla estaba perdida.
. . .
El jueves, Doña Carmen anunció que iba al mercado. Sola.
Se arregló como si fuera a misa de domingo. Blusa bordada, falda azul marino, zapatos buenos que todavía le sacaban ampollas pero le daban "porte". Labial rosa. Chongo apretado.
Sacó del brasier —donde guardaba todo lo importante: dinero, estampita de la Virgen, el número del departamento en un papelito— la lista de compras que había escrito la noche anterior.
*Pollo — 2 kilos (que no me vean la cara)*
*Jitomate — de los buenos, no los aguados*
*Chile ancho, mulato, pasilla — pa'l mole*
*Frijol — pinto, no bayo*
*Flores — pa' la Virgen del departamento*
Se colgó la bolsa del mandado al hombro y salió.
. . .
El mercado de Jardines del Sur la recibió con su escándalo de siempre. Gritos de los locatarios, música de radio, olor a fruta y a cilantro fresco.
Doña Carmen respiró hondo y sonrió.
*Esto sí es un mercado de verdad.*
Fue directo a la pollería. El carnicero tenía un letrero: POLLO FRESCO — $40/KG.
Doña Carmen lo miró como si la hubiera insultado.
—¡Cuarenta pesos el kilo! ¿Qué tiene, plumas de oro esa gallina?
El carnicero se rio.
—Es pollo de granja, señora, fresquecito...
—¿Fresquecito? —le dio un piquete al pollo con el dedo—. Mire nada más ese color. En mi pueblo, este pollo ya estaría en el caldo de ayer.
—Señora, le aseguro que...
—Mire, joven —lo interrumpió—, yo he comprado pollo en mercados desde antes de que usted naciera. Le doy veintiocho pesos el kilo y me llevo dos. Y si me regala un hueso pa'l caldo, le mando un plato de mole que va a querer cerrar el puesto.
Tres señoras del puesto de al lado se detuvieron a observar.
—Treinta y cinco —dijo el carnicero.
—Veintiocho.
—Treinta y dos, con hueso.
—Veintiocho, con hueso. O me voy al puesto de la esquina.
Se miraron. El carnicero suspiró.
—Veintiocho. Pero nada más porque es usted, señora.
—Doña Carmen —corrigió ella, tendiéndole la mano—. Carmen Ríos de Fuentes. Y voy a ser su mejor clienta.
Las tres señoras aplaudieron.
. . .
En cuarenta minutos, conquistó el mercado entero.
Le cambió recetas con la Señora Lupe en las verduras. Comparó mangos con Doña Concha en las frutas mientras intercambiaban historias de nietos. Discutió con Don Ramón sobre si el cempasúchil servía para la Virgen o nomás para los muertos.
—¡Pos la Virgen está en el cielo, que es donde van los muertos! —le dijo a Don Ramón—. ¿O me va a decir que la Virgencita no merece las mismas flores?
Don Ramón no tuvo respuesta.
Cuando salió del mercado, los vendedores ya la saludaban por nombre.
—¡Hasta luego, Doña Carmenita!
. . .
El camino de regreso fue donde todo se complicó.
Doña Carmen necesitaba comprar hilo para Valentina en el Centro. Se metió al Metro.
Se paró frente al mapa de la estación y lo miró como si fuera un manual de ingeniería nuclear.
—¿Pos cuántas rayitas tiene esta cosa?
Le preguntó a un muchacho con audífonos. El muchacho le dijo "Línea 8, dirección Garibaldi" y se puso el audífono de nuevo. Le preguntó a una enfermera. La enfermera señaló vagamente hacia la izquierda. Le preguntó a un policía que estaba comiendo un tamal.
—Véngase, doñita, la llevo al andén —dijo el policía.
Doña Carmen lo siguió, comentándole que el tamal se veía bueno, que si era de rajas, que en su pueblo los tamales se hacían con manteca de puerco, que no era lo mismo que la manteca vegetal...
El policía la dejó en el andén y se fue antes de que terminara la historia.
El vagón llegó lleno. La marea humana la empujó adentro. Quedó apretada entre un señor de traje y una señora de su edad con pelo teñido de rubio.
—¡Ave María Purísima! —exclamó cuando el vagón arrancó—. ¡Perdóneme, señora!
—No se preocupe. Así es esto todos los días.
—¿Todos los días? ¿Y la gente no se muere de asfixia?
Se rieron. Y en diez minutos, Doña Carmen ya sabía que la señora se llamaba Rosita, que vivía en Iztapalapa, que su nuera era una desgraciada, y que hacía tamales de elote.
—¡Tamales de elote! Mire, yo hago unos de mole que le van a cambiar la vida. ¿Me da su teléfono?
Rosita se lo dio. Doña Carmen se lo apuntó en la palma de la mano.
El problema fue que se distrajo tanto hablando que no vio las estaciones. Cuando levantó la vista, el letrero decía COYUYA.
*Eso no es San Lázaro.*
Llevaba cuatro estaciones de más. Dirección equivocada.
Se quedó parada en el andén con sus bolsas a los pies y se rascó la cabeza.
—Pos así conozco más estaciones.
Se subió al siguiente tren.
. . .
Llegó al departamento dos horas tarde.
Valentina estaba en la puerta con el Nokia en la mano y cara de susto.
—¡Mamá Carmen! ¿Dónde estaba? ¡Le marqué tres veces!
Doña Carmen entró cargada con bolsas del mandado, la bolsa de la mercería, un ramo de flores y pan dulce.
—¡Ya llegué! Me hice amiga de media ciudad.
—Pero ¿qué le pasó? ¿Por qué tardó tanto?
—Me subí al Metro al revés. Pero no te apures, ya le agarré la onda. Es como los camiones de Puebla, nada más que con más rayitas y más gente encimada. Ah, y conocí a Rosita. Hace tamales de elote. Le voy a llevar unos de mole el viernes.
—¿Le va a llevar tamales a una señora que conoció en el Metro?
—¿Y por qué no? La gente se conoce, se lleva tamales. Así funciona el mundo, mija.
Valentina abrió la boca. La cerró. No tenía argumentos contra esa lógica.
. . .
En una semana, Doña Carmen era leyenda del mercado.
Don Beto le apartaba el mejor pollo. La Señora Lupe le guardaba los jitomates más rojos. Don Ramón le tenía flores cada tercer día.
—¡Buenos días, Doña Carmenita! —la saludaban al entrar.
—¡Buenos días, pueblo! —contestaba ella.
Regresaba cargada de bolsas y de chismes. Le reportaba a Valentina las noticias del barrio: que la hija de Doña Concha se casaba en mayo, que el esposo de la Señora Lupe se lastimó la espalda, que estaban vendiendo telas baratas en la esquina.
—Usted es mejor que el periódico, Doña Carmen.
—El periódico nada más trae tragedias, mija. Yo traigo información útil.
. . .
Pero donde Doña Carmen brilló de verdad fue con los niños.
Con Emiliano fue la cocina. El niño se paraba junto a ella en un banquito y la veía preparar tamales con los ojos bien abiertos.
—Mira, mijo, la masa tiene que quedar suavecita. Ni muy gruesa ni muy delgada. El mole va en el centro. Una cucharada. Luego envuelves así, doblas, amarras. ¿Ves?
—Sí, abuelita.
—A ver, hazlo tú.
Emiliano tomó la hoja de maíz. Extendió la masa con cuidado. Puso el mole exacto en el centro. Envolvió. Dobló. Amarró. El tamal quedó perfecto. Simétrico.
—¡Válgame! —exclamó Doña Carmen—. ¡Este niño tiene manos de tamalero profesional!
Emiliano sonrió. Una sonrisa pequeña, pero le iluminó la cara.
Con Mateo fue el desastre.
Se sentaban en el sofá a ver caricaturas. Mateo imitaba las voces. Doña Carmen lo seguía. Terminaban gritando diálogos con voces ridículas, dándose de cojinazo.
—¡Abue, haz la voz del villano otra vez!
—¡YO SOY EL DOCTOR MALIGNO Y VOY A DOMINAR EL MUNDO!
Mateo se cayó del sofá de la risa.
—¡Otra vez, abue, otra vez!
Valentina los dejaba. La risa de Mateo era lo más bonito del mundo.
. . .
Con Sofía fue otra cosa.
Doña Carmen la cargaba por las tardes, cuando nada la calmaba. La mecía despacio y le cantaba canciones viejas que su madre le cantaba en Puebla.
*Duérmete, mi niña, duérmete, mi sol...*
*Duérmete, pedazo de mi corazón...*
Sofía se quedaba quieta al escucharla. La miraba con esos ojos enormes.
Esa tarde, mientras le cambiaba la ropita, Doña Carmen se detuvo.
Ahí, en el omóplato derecho, había una marca de nacimiento. Una luna creciente, café clarito, del tamaño de una moneda.
Le pasó el pulgar por encima.
—Esta marca... —murmuró—. Mi mamá decía que las lunas en la piel son señales de protección divina. Que los niños que nacen con luna son niños que Dios ya marcó como suyos. Pa' que nadie les haga daño.
Le besó la frente a Sofía.
Desde la puerta, Valentina escuchaba todo. Se había quedado inmóvil con un carrete de hilo en la mano.
*Si supiera. Si supiera la verdad.*
Se limpió los ojos con el dorso de la mano y se fue sin hacer ruido.
. . .
El viernes, Doña Carmen hizo mole.
No mole de frasco. Mole de verdad. Dos días de preparación. Chiles tostados en el comal de Puebla. Especias molidas en el molcajete. Chocolate de metate. Todo a fuego lento.
El olor cruzó la puerta del departamento y se metió por todo el edificio.
Santiago llegó del trabajo, abrió la puerta, cerró los ojos y respiró hondo.
—Mamá, te luciste.
—¡Con el favor de Dios y el comal de Puebla! Ándenle, siéntense.
Comieron en silencio al principio. Después con repeticiones de plato y Mateo pidiendo "otro poquito, abue, ándale, el último" por tercera vez.
Alguien tocó la puerta.
Era Lupita, con cara de éxtasis.
—Amiga. Llevo dos horas oliendo eso. ¿Es mole? Dime que es mole.
—Es mole de Doña Carmen.
Lupita asomó la cabeza y vio a Doña Carmen en la cocina.
—¿Me adopta? —dijo Lupita.
Todo el departamento se rio. Doña Carmen se rio con esa risa suya que le sacudía los hombros. Mateo se rio sin saber de qué. Emiliano sonrió desde la mesa.
—¡Pásele, mija! Aquí hay mole pa' todo el edificio.
Lupita se sentó. Doña Carmen le sirvió mole con arroz y tortillas. Lupita probó el primer bocado, cerró los ojos y dijo:
—Doña Carmen, esto es lo más rico que he probado en mi vida.
Doña Carmen se hinchó de orgullo.
. . .
Arriba, en el cuarto piso, una cortina se movió.
Alguien miraba hacia la ventana iluminada del departamento. La mesa. Las risas. La familia reunida.
No había calidez en esa mirada. Solo observaba.
La cortina volvió a cerrarse.
Abajo, nadie lo notó.
Doña Carmen le sirvió otro plato a Lupita. Valentina puso café. Santiago contó un chiste malo que todos celebraron porque era Santiago contando un chiste.
Mateo se quedó dormido en el sofá con migajas en la camiseta. Emiliano ayudó a su abuela a secar los platos.
Y la noche siguió, cálida y ruidosa y llena de mole.
* * *