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La Luna Humana del Alfa

La Luna Humana del Alfa

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura de una noche / Hombre lobo / Embarazo no planeado
Popularitas:18k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

# Capítulo 019: La primera señal

La primera mañana sin Damián, Aurora se despertó antes de que sonara la alarma.

El cuarto seguía igual: cortinas claras, sábanas suaves, una bandeja con agua en la mesa de noche y la tarjeta blanca de Damián apoyada contra la lámpara.

«Para que cuides a tu bisabuelo. Y para que sepas que alguien piensa en ti».

Aurora leyó la nota por quinta vez.

Tal vez por sexta.

Después abrió la aplicación del banco.

La noche anterior no se había atrevido. Le dio miedo ver una cifra ridícula, sentir que todo eso era demasiado y tener que llamar a Damián para discutir mientras él estaba a miles de kilómetros.

Pero Don Augusto no podía esperar a que ella se sintiera cómoda.

Escribió la clave que venía en el sobre.

La pantalla cargó.

Aurora se quedó sentada en la cama, con el cabello revuelto y la respiración cortada: cinco millones de pesos.

El celular se le resbaló entre las manos y cayó sobre la colcha.

—Está loco —susurró.

La garganta se le cerró.

Intentó enojarse. Era más fácil. Podía decir que Damián era arrogante, que la trataba como proyecto de rescate, que nadie regalaba una cantidad así sin esperar algo.

Pero la nota estaba ahí.

No decía «para que compres cosas bonitas».

No decía «para que me debas».

Decía «Don Augusto» sin escribir su nombre, como si Damián hubiera entendido que el centro de su vida no era una cuenta bancaria ni un apellido, sino un anciano dormido en una cama de hospital.

Aurora tocó la pantalla con un dedo tembloroso.

Doce años.

Doce años de recibos escondidos, llamadas de cobranza, enfermeras compasivas, Ricardo gritando que ese viejo ya no servía para nada.

Doce años desde que Don Augusto Luna dejó de abrir los ojos.

Ella todavía recordaba sus manos.

Grandes, manchadas por la edad, siempre oliendo a crema de rosas y a papel antiguo.

Cuando Aurora era niña, él la sentaba en una silla alta de su laboratorio casero y le daba frascos vacíos para jugar.

—Las rosas no se arrancan por bonitas, Aurorita —le decía—. Se cuidan porque saben sobrevivir con espinas.

Después murió Selene.

Después Don Augusto cayó.

Después Ricardo se quedó con la casa, cambió el nombre de la empresa y guardó al último Luna vivo en un cuarto donde nadie preguntara demasiado.

Aurora abrió el portal del centro de cuidados.

Pagó seis meses por adelantado.

Luego llamó a la administración.

—Centro San Gabriel, buenos días.

—Habla Aurora Rivas Soleil. Soy familiar directa del señor Augusto Patricio Luna Delacroix.

La recepcionista tardó en responder.

—Un momento, por favor.

Aurora respiró hondo.

—Quiero cambiar al primer contacto del expediente.

—Señorita, actualmente figura el señor Ricardo Rivas como responsable financiero.

—Ya no.

—Necesitamos autorización del titular actual.

Aurora miró la tarjeta negra sobre la cama.

—El pago ya está cubierto. Puedo enviar mi acta de nacimiento, la documentación de parentesco y una solicitud formal con un abogado si hace falta. Pero desde este momento quiero que cualquier decisión médica se me notifique a mí primero.

La mujer bajó la voz.

—¿Hay algún problema familiar?

Aurora sonrió sin alegría.

—Hay doce años de problemas familiares.

Esa tarde, Doña Lupe hizo chilaquiles verdes con pollo.

Aurora lloró encima del plato.

La mujer no preguntó al principio. Solo le puso una servilleta en la mano y acercó el vaso de agua.

—¿Está muy picoso?

Aurora negó con la cabeza.

—Pagué lo de mi bisabuelo.

Doña Lupe se quedó quieta.

—¿Con la tarjeta del señor?

Aurora asintió.

—Quise odiarlo por darme tanto dinero.

—¿Y pudo?

—No.

Doña Lupe le acarició el hombro.

—Entonces no lo odie. A veces la vida manda ayuda tarde, pero llega.

—Yo no sé recibir ayuda.

—Eso se aprende.

—¿A mi edad?

—Mija, yo aprendí a usar videollamadas a los sesenta y tres. Usted puede aprender a dejarse cuidar a los veinte.

Aurora soltó una risa llorosa.

Esa noche Damián llamó desde una habitación de hotel con vista a rascacielos que Aurora no reconoció.

—¿Comiste? —preguntó él.

—Hola a ti también.

—Hola. ¿Comiste?

—Chilaquiles.

—¿Picosos?

—Lo suficiente para recordar que sigo viva.

Damián aflojó la corbata frente a la cámara.

Aurora lo vio hacer el gesto y se le calentó la cara.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada.

—Estás roja.

—Porque Doña Lupe casi me asesina con salsa.

—Le diré que baje el picante.

—Ni se te ocurra. Es mi única emoción del día.

Damián apoyó el celular en algún lugar de la mesa y se sentó.

—¿Cómo va tu tobillo?

—Morado. Muy dramático. Se ve como si hubiera peleado contra una puerta y perdido.

—¿Dolor?

—Menos.

—¿Campus?

—Mañana regreso.

Damián se quedó serio.

—Natalia e Itzel van a estar cerca.

Aurora entrecerró los ojos.

—¿Quiénes son Natalia e Itzel?

—Seguridad.

—Damián.

—Discreta.

—Eso no mejora la frase.

—No van a molestarte.

—Me pusiste guardaespaldas.

—Te puse protección.

—¡Qué palabra tan bonita para decir guardaespaldas!

Damián sostuvo su mirada a través de la pantalla.

—Después de lo que pasó, no voy a pedir perdón por asegurarme de que vuelvas viva a casa.

Aurora se quedó callada porque Damián lo dijo como si el departamento también pudiera ser casa para ella.

—Está bien —murmuró.

Damián parpadeó, sorprendido de que no siguiera peleando.

—¿Está bien?

—Sí. Pero si una de ellas me sigue al baño, renuncio a tu protección.

—Lo aclararé.

—Y si usan lentes oscuros dentro de los edificios, las voy a juzgar.

—También lo aclararé.

Durante una semana, las noches tuvieron la misma forma.

Aurora cenaba con Doña Lupe.

Damián llamaba.

Él aparecía con la camisa arremangada, cansancio en los ojos y esa voz baja que hacía que el departamento pareciera menos grande.

Ella le contaba cosas pequeñas: que Camila había enviado un meme del «tío millonario», que Valeria quería saber si el buffet de pastor tenía piña ilimitada, que Sofía había conseguido apuntes de la clase de Mendoza porque el profesor seguía suspendido.

Damián escuchaba todo como si fueran informes de guerra.

—Camila es peligrosa —dijo una noche.

—Camila es justicia social con delineador.

—Valeria me preocupa más.

—A Valeria le preocupas tú. Dice que tienes cara de hombre que firma contratos durante funerales.

—No durante todos.

Aurora se rio tan fuerte que Doña Lupe gritó desde la cocina:

—¡Dígale al señor que no la haga reír mientras toma agua!

Damián sonrió.

Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.

Aurora la guardó en algún lugar del pecho.

El jueves regresó a la UAM.

Natalia e Itzel resultaron ser dos mujeres de ropa común, cabello recogido y ojos que veían todo. Una se quedó cerca de la entrada. La otra subió al Metrobús dos vagones atrás.

Aurora fingió que no lo notó.

El primer trayecto fue normal.

El segundo, no.

En la estación Etiopía, el olor a gasolina, perfume barato y fritanga de la calle se le metió por la nariz con una violencia absurda.

El estómago se le revolvió.

Se agarró del tubo.

—¿Estás bien? —preguntó una señora.

Aurora asintió.

El vehículo frenó.

La náusea subió.

Se tapó la boca con una mano y bajó en la siguiente estación casi corriendo.

Itzel apareció a tres pasos.

—Señorita Aurora.

—Estoy bien.

—Está pálida.

—Me mareé.

—Puedo llamar al señor Montero.

—Ni se te ocurra.

Itzel obedeció, pero no se alejó.

Aurora se apoyó contra una columna, respirando por la boca.

Tal vez fueron los chilaquiles.

Tal vez la salsa de Doña Lupe había decidido cobrar venganza con retraso.

Cuando llegó al campus, Camila la esperaba con un café helado.

—Traje tu medicina emocional.

Aurora miró el vaso y el olor dulce le revolvió otra vez el estómago.

—Hoy no.

Camila bajó el café.

—¿Quién eres y qué hiciste con Aurora?

Sofía se acercó con una bolsa de pan.

—Te ves diferente.

Aurora se limpió la frente.

—¿Diferente cómo?

Camila la estudió.

—Más... radiante.

Valeria soltó una carcajada.

—Eso suena a comercial de crema.

Aurora se tocó la cara.

—¿Será la crema que me dio Doña Lupe?

—Doña Lupe te dio crema, casa, sopa, guardaespaldas y un tío guapo —dijo Camila—. Esa señora trabaja rápido.

—No empieces.

Valeria se inclinó, mirándola con descaro.

—Aurora.

—¿Qué?

—Pregunta seria.

—Si empieza con «tío», te abandono.

Valeria señaló su pecho con el mentón.

—¿No te sientes más pesada ahí?

Aurora se puso roja de golpe.

—¡Valeria!

Camila abrió la boca.

Sofía se tapó la risa con la mano.

Valeria levantó ambas palmas.

—Yo solo observo. Es un talento.

—Pues observa para otro lado.

—Además, estás comiendo raro, te mareaste y ahora rechazas el café. Algo pasa.

Aurora empujó su hombro.

—Lo que pasa es que vivo con estrés, comí salsa como si no tuviera órganos y me subí al Metrobús en hora pico.

—Eso también suena razonable —admitió Sofía.

Camila no parecía convencida.

—¿Ya te bajó?

Aurora se quedó quieta.

El ruido del campus siguió alrededor: estudiantes, vendedores, risas, pasos.

Pero la pregunta cayó en un hueco.

—Creo que... —Aurora frunció el ceño—. No sé. Con todo lo que pasó, perdí la cuenta.

Camila cambió la expresión.

—Aurora.

—No pongas esa cara.

—¿Te estás cuidando?

El calor le subió al cuello.

—Camila.

—Te pregunto en serio.

Aurora bajó la voz.

—Solo fue una vez.

Valeria se llevó una mano a la frente.

—Ay, mi niña.

—Y estaba... confundida.

Sofía tomó su mano.

—Podemos comprar una prueba.

Aurora negó demasiado rápido.

—No. No estoy embarazada.

La palabra la atravesó de una forma extraña. Sonaba enorme, imposible, peligrosa y maravillosa de una manera que no se atrevía ni a mirar.

—Estoy cansada —dijo—. Eso es todo.

Camila no discutió.

—Está bien. Pero si te vuelves a marear, me dices.

—Sí, mamá.

—Exacto. Maternidad preventiva.

Aurora rió, pero durante el resto del día evitó el café, los tacos de canasta de la entrada y cualquier conversación que incluyera calendarios.

Esa noche, Damián llamó más tarde de lo normal.

Tenía el cabello húmedo y la camisa abierta en el cuello. Parecía recién salido de una ducha y de una guerra.

—Perdón —dijo—. La junta se alargó.

—¿Ganaste?

—Todavía no.

—Entonces muerde a alguien.

Damián se quedó inmóvil medio segundo.

Aurora bostezó y no notó la reacción.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí.

—Te ves pálida.

—Estoy bien. Solo me mareé un poco en el Metrobús.

Damián se enderezó.

Al otro lado de la pantalla, sus ojos cambiaron.

No de color.

No todavía.

Pero algo antiguo despertó detrás de su mirada.

—¿Te mareaste?

—Fue el olor. Había gasolina, sudor, perfume de vainilla y un señor comiendo algo con mucho ajo. Mi estómago hizo huelga.

Damián no respondió. Dentro de él, el lobo caminó en círculos, inquieto y atento, con la nariz levantada hacia una señal que Damián no podía oler a través de una pantalla.

—¿Damián?

Él volvió a enfocarla.

—Mañana va Rafael a verte.

—¿Quién es Rafael?

—Un médico.

—No necesito médico.

—Necesito quedarme tranquilo.

Aurora suspiró.

—Tu necesidad de tranquilidad es carísima.

—Yo pago.

—Ese no es el punto.

—Lo sé.

Ella lo miró con cansancio, pero también con una ternura que le dolió más que una pelea.

—Está bien. Si mañana sigo mareada, vemos lo del médico.

—Promételo.

—Lo prometo.

Damián sostuvo el celular con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Algo había cambiado.

No sabía qué.

Pero su lobo sí lo sabía.

Y por primera vez desde que se fue de la CDMX, Damián sintió verdadero miedo.

1
Josephine 💜
🥰🥰🥰🥰
Primi Mendez
esta por terminar sin pasar casi nada 😕
Eva Domínguez Cobos
estuvo súper espero el final pronto
Primi Mendez
Mariana está pisando arena movedizas. no le conoce al protector de Aurora 🤢
Primi Mendez
esta bueno TÚ novela me encanta está pareja
Primi Mendez
Que hermoso como Damián cuida a su mujer y a su cachorro que viene en camino
Ivana Bollici
m encanta...super atrapante!
JZulay
Aurora no cayó en cuenta , lo de los 400 años 🤔🤭
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/🤭...muy sensibles.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
JZulay
comparsa.../Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Joyful//Proud/ mucha gente 🤭
JZulay
comparsa 🤭🥹🥹🥹/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
por Dios......y se pela con las manos 🤭/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Doubt/...no solo fisgonear
JZulay
no fue mi lejos , no en distancia no en tiempo 🤭/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
Emily Morillo ♥️
pero que terca esa pendeja
JZulay
🐺❤️🥰/Kiss//Kiss//Kiss/
JZulay
ay tía Lupe..../Facepalm//Facepalm//Facepalm/
ud es querendona y alborotadora 🤭
JZulay
estás bien ñepra...🤭...hasta el tape /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
yupiiiiiii .....🥳...estamos avanzando 👏🏼👏🏼
JZulay
los golpes enseñan /Sweat/
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