En un reino donde las leyendas nunca mueren, una joven noble comienza a tener sueños con una vida que no recuerda y una tragedia que aún no ha ocurrido. Mientras la sombra de una antigua profecía vuelve a extenderse sobre el imperio, su destino se entrelaza con el del príncipe heredero, un hombre marcado para morir antes de reclamar el trono.
Cada recuerdo la acerca a una verdad capaz de cambiar el curso de la historia, pero también despierta a quienes han esperado siglos para impedir que el pasado se repita. En un mundo donde nadie es completamente inocente y cada decisión tiene un precio, proteger al príncipe podría significar condenarse a sí misma una vez más.
Porque algunas promesas sobreviven a la muerte... y hay destinos de los que ni siquiera una nueva vida puede escapar.
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Capitulo 13— El viaje se aproxima
Dormí muy poco aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos recordaba la inscripción que había aparecido en la llave.
"Llévala al Palacio Imperial."
Había intentado convencerme de que solo lo había imaginado. Incluso la escondí debajo de la almohada para dejar de pensar en ella, pero fue inútil. Sentía su presencia como si aquel pequeño objeto tuviera un corazón diminuto latiendo al mismo ritmo que el mío.
Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a colarse por la ventana, ya estaba completamente despierta, escuché tres suaves golpes en la puerta.
—¿Lady Seraphine? —preguntó la voz de Margaret—. ¿Puedo pasar?
—¡Sí!
La puerta se abrió despacio.
Margaret llevaba un vestido azul oscuro y el cabello perfectamente recogido, como todas las mañanas. Sin embargo, al verme sentada sobre la cama y completamente vestida, abrió los ojos con sorpresa.
—¿Se siente bien?
Asentí con tanta energía que casi me caigo del colchón.
—¡Muy bien!
—Eso me preocupa un poco.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Porque normalmente debo despertarla al menos tres veces.
Sonreí.
—Hoy no.
Margaret se acercó para acomodar una pequeña arruga en mi vestido.
—¿Está emocionada por el viaje?
—¡Muchísimo!
Era verdad. Bueno... En parte.
La otra mitad de mi emoción tenía forma de una pequeña llave plateada escondida dentro del bolsillo secreto que había cosido Margaret semanas atrás para que no perdiera mis piedritas favoritas.
Ahora guardaba algo mucho más importante o, al menos, eso sentía.
Mientras Margaret terminaba de peinar mi cabello, no pude evitar hacer la pregunta que llevaba toda la mañana rondando mi cabeza.
—¿Alguna vez has estado en el Palacio Imperial?
Ella sonrió.
—Una sola vez.
Giré tan deprisa para mirarla que casi deshizo el peinado que acababa de terminar.
—¿De verdad?
—Cuando era muy joven.
—¿Es tan bonito como dicen?
Margaret guardó silencio unos segundos.
—Es hermoso.
—¿Más hermoso que nuestra residencia?
Ella observó por la ventana los jardines de los Valmont.
—Son bellezas diferentes.
No era exactamente la respuesta que esperaba.
—¿Y el príncipe?
Margaret dejó de pasar el peine.
—¿Qué ocurre con él?
—¿Lo conociste?
Negó lentamente.
—No.
—¿Entonces viste al emperador?
Volvió a negar.
—Los sirvientes no solemos acercarnos a la familia imperial.
Sentí un poco de decepción, pensaba que Margaret tendría cientos de historias para contarme, ella pareció adivinar mis pensamientos.
—Pero escuché algunas cosas.
Mis ojos brillaron de inmediato.
—¡Cuéntamelas!
Sonrió divertida.
—Dicen que los jardines del palacio cambian de flores en cada estación sin que nadie tenga que plantarlas.
Abrí mucho la boca.
—¡Eso es magia!
—Tal vez.
—¿Y qué más?
—Que existe una biblioteca tan grande que una persona tardaría años en leer todos sus libros.
—Cassian nunca saldría de la cocina.
Margaret soltó una carcajada.
—Eso también puede ser cierto.
El desayuno fue mucho más ruidoso que el del día anterior, Cassian había recuperado por completo el buen humor, eso significaba que había vuelto a molestarme.
—Renacuaja.
Lo ignoré.
—Renacuaja.
Seguí untando mermelada sobre el pan.
—Renacuaja.
Suspiré exageradamente.
—¿Qué quieres?
Sonrió satisfecho.
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me llamas?
—Porque ahora sé que estabas ignorándome.
Tomé una servilleta y se la lancé, esta vez acerté, le golpeó justo en la frente.
—¡Victoria! —grité levantando ambos brazos.
Cassian fingió llevarse una mano al corazón.
—Padre...
El duque levantó la vista de los documentos que estaba revisando mientras desayunaba.
—¿Sí?
—Su hija acaba de atacarme.
Mi padre observó la servilleta que aún descansaba sobre la cabeza de Cassian, después me miró a mí y, para mi completa sorpresa... Sonrió.
—Creo que te lo merecías.
Abrí mucho los ojos.
—¡Padre me dio la razón!
Cassian hizo una mueca.
—Eso ha dolido más que la servilleta.
Beatrice apareció justo en ese momento con una bandeja de pan recién horneado.
—¿Qué ocurre ahora?
—Padre se puso del lado de Seraphine.
La cocinera dejó la bandeja sobre la mesa.
—Era cuestión de tiempo.
—Todos están en mi contra.
Albert, que servía el té con la elegancia de siempre, habló sin alterar el tono de voz.
—No todos, joven señor.
Cassian sonrió.
—Gracias, Albert.
—Yo también creo que se lo merecía.
No pude evitar reír tan fuerte que casi derramé la leche, incluso mi padre terminó riéndose. Durante unos minutos, el despacho, la carta imperial y todas las preocupaciones parecieron desaparecer. Y me di cuenta de algo.
Quizá por eso los adultos intentaban proteger tanto aquellos pequeños momentos, porque sabían que no durarían para siempre.
Después del desayuno, mi padre nos reunió nuevamente en el vestíbulo principal, esta vez no estaba solo, junto a él esperaba un hombre al que nunca había visto.
Era alto, de cabello completamente blanco a pesar de no parecer anciano. Vestía un largo abrigo gris adornado con discretos bordados plateados y llevaba unos elegantes guantes negros. Permanecía erguido, con las manos apoyadas sobre un bastón de madera oscura cuya empuñadura tenía la forma de un lobo.
No parecía un caballero, tampoco un noble, pero había algo en su presencia que imponía un respeto difícil de explicar.
Mi padre nos hizo un gesto para acercarnos.
—Seraphine. Cassian.
Obedecimos.
—Quiero presentarles a alguien muy importante.
El desconocido inclinó ligeramente la cabeza con una cortesía impecable, sus ojos grises se posaron primero sobre Cassian, después sobre mí. Y, durante una fracción de segundo... Su expresión cambió.
Fue apenas un parpadeo, una sorpresa tan pequeña que cualquier otra persona la habría pasado por alto, pero yo la vi, porque era exactamente la misma expresión que habían tenido Margaret... Mi padre... Y Cassian.
Como si, al mirarme... Hubieran recordado algo que jamás debieron olvidar.