Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13: Mi hermano de la vida
Llegué a la hacienda cuando el sol comenzaba a bajar detrás de las montañas de Antioquia. Había pasado casi todo el día revisando unos potreros y hablando con los trabajadores sobre unas cercas que necesitaban reparación. Durante el camino de regreso pensaba en todo lo que aún faltaba por hacer en la finca.
Al entrar al patio me pareció extraño que todo estuviera tan silencioso.
Normalmente, a esa hora mi mamá estaba organizando la cocina, Selene escuchaba música mientras hacía sus tareas y Malena siempre encontraba alguna excusa para salir un momento al corredor.
Pero aquel día no era así.
Abrí la puerta de la casa y lo primero que vi fue a mis dos hermanas y a mi mamá llorando.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasó? —pregunté preocupado.
Ninguna respondió de inmediato.
Cerré la puerta, caminé hasta el perchero de madera y, como hacía todos los días, me quité el sombrero. Después me agaché para quitarme las botas y las dejé en su lugar.
Volví a mirar a mi familia.
Las lágrimas seguían cayendo por sus rostros.
Mi mamá caminó lentamente hacia mí.
Nunca olvidaré la expresión de su cara.
Me abrazó con fuerza.
Sentí que sus manos temblaban.
—Hijo...
La abracé sin entender qué estaba ocurriendo.
—¿Qué pasó, mamá?
Ella respiró profundamente intentando reunir fuerzas.
—Murió Isaías.
Por un instante pensé que había escuchado mal.
Me aparté un poco para mirarla a los ojos.
—¿Qué dijo?
Mi mamá volvió a hablar entre lágrimas.
—Isaías... falleció.
Sentí que el mundo entero se me vino abajo.
No.
Eso no podía ser verdad.
Negué varias veces con la cabeza.
—No... no puede ser.
Mi mejor amigo.
El muchacho con el que crecí.
Con el que aprendí a montar caballo.
Con el que recorrí cada rincón de nuestras fincas.
No.
No podía aceptarlo.
Sentí que una rabia inmensa mezclada con tristeza me invadía el pecho.
Sin pensarlo, levanté el puño y golpeé la pared.
—¡No!
Volví a golpearla.
—¡Parce...!
Otro golpe.
—¿Por qué se fue?
Las lágrimas comenzaron a salir sin que pudiera detenerlas.
Apoyé la frente contra la pared.
—¿Por qué, parcero?
Mi voz se quebró.
Recordé cuando éramos apenas unos niños y corríamos por los potreros creyendo que algún día seríamos los mejores vaqueros de Antioquia.
Recordé las tardes pescando en el río, las carreras a caballo y las veces que nos metíamos en problemas por llegar llenos de barro a la casa.
Siempre estábamos juntos.
Cuando uno tenía un problema, el otro aparecía para ayudar.
No éramos hermanos de sangre.
Pero sí hermanos de la vida.
Mi mamá volvió a abrazarme.
Yo ya no podía contener el llanto.
—Hace unas semanas estuvimos hablando —dije con la voz entrecortada—. Me dijo que estaba feliz... que quería casarse con Malena.
Miré hacia mi hermana.
Ella permanecía sentada con la mirada perdida.
Su rostro estaba lleno de lágrimas.
Comprendí que su dolor era incluso mayor que el mío.
Ella acababa de perder al hombre que amaba.
Caminé hasta donde estaba.
Me arrodillé frente a ella.
Sin decir una palabra, la abracé.
Malena lloró apoyando la cabeza sobre mi hombro.
Yo solo podía repetir una y otra vez:
—Lo siento... lo siento mucho.
Ninguno de los dos encontraba palabras.
Selene también se acercó.
Los cuatro terminamos abrazados en medio de la sala.
El silencio de la casa era desgarrador.
Después de varios minutos me senté en una silla.
Miré el sombrero que había dejado sobre el perchero.
Recordé todas las veces que Isaías llegaba a buscarme silbando desde la entrada de la finca.
—¡Maximiliano! ¡Vamos a montar!
Y yo salía corriendo porque sabía que nos esperaba otro día de aventuras.
Ahora ese llamado nunca volvería a escucharse.
Bajé la cabeza.
Sentía un vacío enorme.
Pensé en los padres de Isaías y en Nicolás.
No podía imaginar el dolor que estarían viviendo en ese momento.
Respiré profundamente.
Sabía que debía ser fuerte por mi familia.
Mi mamá necesitaba apoyo.
Mis hermanas también.
Y, aunque el corazón me dolía como nunca antes, entendí que el mejor homenaje que podía hacerle a mi amigo era recordar siempre el hombre noble, trabajador y leal que había sido.
Levanté la mirada hacia la ventana.
El atardecer cubría de color naranja las montañas de Antioquia.
En silencio, hice una promesa.
Nunca permitiría que el recuerdo de mi mejor amigo desapareciera.
Mientras yo viviera, Isaías Montoya seguiría siendo mi hermano, mi parcero y el compañero de infancia que dejó una huella imposible de borrar en mi corazón.