Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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4- El abuelo
La biblioteca de Octavio Ibarra olía a poder viejo. A cuero, a papel amarillento y a habanos apagados. No había una mota de polvo. Cada libro en su lugar, cada sillón orientado para que quien se sentara en el escritorio principal tuviera ventaja.
Él estaba ahí. Octavio. Setenta y ocho años y la espalda recta como un fusil. Traje oscuro, corbata de seda, gemelos de oro. No se levantó cuando entramos. Solo dejó la lapicera Montblanc sobre un contrato y nos midió por encima de sus anteojos de leer.
Tenía los ojos de Nahuel, pero vaciados. Sin tormenta. Sin fuego. Solo un lago oscuro, quieto y profundo donde se ahogaba la gente.
—Llegás tarde.
Le dijo a su nieto. A mí no me miró. Para él, yo todavía era aire.
— Silvina me llamó hace diez minutos. Histérica. Dijo que metiste a una cualquiera en mi casa.
Nahuel no se achicó. Al contrario. Dio dos pasos y me puso a mí delante, con una mano en mi espalda baja. La palma abierta, grande, caliente. No era un toque casual. Era una marca de propiedad.
—Silvina miente —su voz sonó calma, aburrida incluso—. No es una cualquiera. Es Elena. Mi novia. Y como estás tan apurado por casarme, pensé que te gustaría conocerla antes del sábado.
Recién entonces Octavio me miró. De arriba abajo. Lento. Como si me desarmara pieza por pieza y calculara cuánto valía cada una. Me sentí desnuda, aunque tenía ropa de mil dólares encima.
—Elena —pronunció mi nombre prestado, saboreándolo—. ¿Elena qué más?
El pánico me subió por la garganta. No teníamos apellido. Nahuel me apretó apenas la espalda. Un aviso. No hables.
—No usa su apellido —respondió Nahuel por mí—. Asunto personal. Lo hablará conmigo cuando estemos casados. Si te molesta, podés llamarla "señorita" hasta entonces.
Octavio enarcó una ceja. Era idéntico a Nahuel cuando hacía ese gesto. Un latigazo de familiaridad en medio del hielo.
—¿Desde cuándo mi nieto recoge perras de la calle y me las trae a la mesa? —se recostó en su sillón de cuero—. ¿O tengo que recordarte el acuerdo con los Montenegro? Ese acuerdo vale cincuenta millones de dólares, Nahuel. Y tu libertad.
—No me caso con Silvina —Nahuel no levantó la voz. Eso lo hacía más aterrador—. Y si me obligás, quemo esta empresa antes de firmar. ¿Querés probar?
La mano de Octavio voló hasta un botón dorado en su escritorio. La puerta se abrió al instante. Héctor apareció, con dos hombres de seguridad detrás. Trajeados, cuadrados, sin expresión.
—Mi nieto está alterado —dijo Octavio, sin mirarlos—. Acompáñenlo a su habitación a que se calme. La señorita... —hizo una pausa, disfrutando mi miedo— la señorita se queda. Quiero hablar con ella a solas.
No. No, no, no.
Di un paso atrás por instinto. La mano de Nahuel en mi espalda se volvió de acero. No me dejó retroceder.
—Ella no se queda en ningún lado sin mí —Nahuel se movió y quedó medio delante mío, tapándome—. Tocá a Elena y te juro por mi padre que te arrepentís, viejo.
Octavio sonrió. Fue peor que si hubiera gritado.
—Así que Elena —se relamió—. Mirá vos. En veintidos años no te vi defender a nadie así. Ni a tu madre. —Se levantó por fin. Era alto, casi como Nahuel—. Está bien. Que se quede. Pero vos te sentás. Y te callás. Quiero ver de qué está hecha tu... Elección.
Chasqueó los dedos. Los de seguridad se fueron, pero Héctor se quedó en la puerta, como una estatua.
Nahuel me guió hasta un sillón de dos cuerpos frente al escritorio. Me hizo sentar y se sentó tan pegado a mí que su muslo se apretó contra el mío. Era una locura. Su abuelo nos miraba como si fuéramos insectos en un frasco. Y él me estaba usando de escudo humano y de declaración de guerra a la vez.
Octavio rodeó el escritorio. No se sentó. Se quedó de pie, delante nuestro, obligándonos a mirarlo hacia arriba.
—Hablá, nena —me ordenó—. Contame. ¿Dónde conociste a mi nieto? Porque Silvina dice que lo chocaste con el auto. Y Héctor dice que llegaste con la ropa de Nahuel y botas de hombre. Una historia interesante.
Tenía la boca seca. Recordé la instrucción: no lo mires directo al principio. Miré sus zapatos lustrados.
—Lo... lo choqué —la voz me salió más chica de lo que quería—. Fue un accidente. En la ruta. Con la lluvia.
—¿Y él, tan caballero, te trajo a casa en vez de llevarte a un hospital? —Octavio se inclinó, apoyando los nudillos en el escritorio. Los anillos de oro brillaron—. Curioso. Mi nieto no es caballero. Es un perro de presa. ¿Qué viste en él para no salir corriendo?
Nahuel se tensó a mi lado. Sentí el músculo de su pierna ponerse duro contra la mía.
—La vi —intervino, antes de que yo pudiera abrir la boca—. La vi y supe que no la iba a dejar ir. ¿Contento?
—No —Octavio sonrió sin ganas—. Pero me estoy divirtiendo. —Volvió a mirarme—. ¿Y tu familia, nena? ¿Qué dice tu padre de que andes subiéndote al auto de desconocidos?
El golpe fue bajo. Directo a la herida que no sabía que tenía.
—No... No tengo —solté, y me arrepentí al instante.
La cara de Octavio se iluminó con triunfo.
—Ah —se irguió—. Huérfana. Sin apellido. Sin pasado. Qué conveniente, Nahuel. ¿La sacaste de un hogar? ¿De la calle? ¿Cuánto te costó?
Sentí la vergüenza subirme a la cara como una quemadura. No por mí. Por la Elena que estaba inventando. Ella no merecía eso.
Nahuel se levantó tan rápido que el sillón se movió. En dos zancadas estuvo encima de su abuelo. No lo tocó. No hizo falta. Le sacaba una cabeza y todo el cuerpo le vibraba de furia contenida.
—Volvé a hablar así de ella —su voz era un susurro letal— y te olvidas de que tenés un heredero. Renuncio a todo. Al apellido, a la empresa, a esta casa de mierda. Y me la llevo. A ver cómo le explicás a los Montenegro que tu nieto prefirió a una "huérfana" antes que a su hija.
Octavio no retrocedió. Peor: se rió. Una risa seca, como papel rompiéndose.
—Ahí está —aplaudió una vez, lento—. Ahí está el Ibarra que crié. Sabía que lo tenías adentro. —Se volvió hacia mí, y por primera vez su mirada no era de desprecio. Era de cálculo—. Pero yo no compro cerdos por la bolsa, nena. Si vas a ser la mujer de mi nieto, tengo que saber si servís para algo más que calentarle la cama.
Fue demasiado. El recuerdo de la cabaña, de la voz melosa diciendo "querida", de las pastillas en mi lengua. Me paré. Las piernas no me temblaron.
—Sirvo para saber cuándo un viejo miserable está intentando asustarme para ver si corro —le dije. Mi voz sonó clara, fría. No era yo. Era Elena naciendo—. No voy a correr, señor Ibarra. Y no me va a comprar. Su nieto no me puso precio. Me dio una opción. Cosa que usted parece que no sabe lo que es.
El silencio fue total. Héctor en la puerta contuvo el aliento. Nahuel se giró a mirarme, y por un segundo vi algo en sus ojos. Orgullo. Y algo más caliente, más peligroso.
Octavio me estudió un segundo eterno. Luego, asintió. Una sola vez.
—Sentate, Elena —dijo, y por primera vez usó mi nombre—. Héctor, traenos té. Y los papeles del fideicomiso.
Nahuel no se movió.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, desconfiado.
—Si va a ser tu esposa, tiene que saber dónde se mete —Octavio volvió a su sillón, derrotado y victorioso a la vez—. Si pasó mi prueba, puede con los Montenegro. La cena del sábado sigue en pie. Pero —levantó un dedo— con ella. Presentala como tu prometida. Si sobrevive a eso... —me miró— quizás me crea que esto no es un capricho.
Se hizo el silencio de nuevo. Hasta que la puerta se abrió sin que nadie golpeara.
Héctor entró, pálido.
—Señor —dijo, ignorando el protocolo—. La policía está en la entrada. Dicen que hay una denuncia por secuestro. Buscan a una mujer. Descripción: castaña, ojos color miel, cicatriz en la sien.
El mundo se detuvo. Me llevé la mano a la sien por instinto. Al corte.
Nahuel se puso delante mío en un movimiento.
—¿Quién denunció? —preguntó Octavio, sin inmutarse.
—Un hombre —Héctor tragó—. Dice que es su esposo. Que lleva dias buscándola. Se llama... Ramiro Varela.
Ramiro. El nombre me cayó en la cabeza como un balde de agua helada. No lo recordaba. Pero mi cuerpo sí. Empecé a temblar. No de miedo. De rabia. De asco.
Nahuel me miró por sobre su hombro. Su cara era de piedra.
—Elena —dijo, bajo, solo para mí—. ¿Ese nombre te dice algo?
Negué con la cabeza, pero las náuseas me subieron.
—No —mentí—. Pero quiero verle la cara al hijo de puta que cree que soy suya.
Octavio se rió otra vez. Esta vez, con ganas.
—Interesante —se acomodó en su sillón—. Hacelo pasar, Héctor. Veamos qué tan buena actriz es nuestra Elena.
Nahuel se giró completo hacia mí. Me agarró la cara con las dos manos. No fue suave. Fue desesperado. Sus pulgares me limpiaron una lágrima que no sabía que había caído.
—Escuchame —susurró, pegando su frente a la mía. Su aliento me calentó los labios—. Pase lo que pase, no sos de él. ¿Me oís? Ahora sos mía. En los papeles, en esta casa, delante de ese viejo y de la policía. Mía. Después arreglamos el resto.
No fue una pregunta. Fue una orden. Una promesa. Una condena.
—Tuya —repetí, y no supe si lo decía por la farsa o porque, por un segundo, quise que fuera verdad.
La puerta se abrió.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓