Darly Mosquera es una mujer colombiana de 32 años que aprendió desde muy joven que la vida rara vez regala caminos fáciles.
Estudió cosmetología y estética, y gracias a años de esfuerzo, sacrificio y largas jornadas de trabajo logró construir el sueño que parecía imposible: abrir su propio spa en su ciudad natal. Sin embargo, el éxito profesional nunca logró llenar por completo los vacíos que llevaba en el corazón.
Mientras lucha cada día por cuidar a su madre, quien padece una enfermedad congénita que se ha agravado con el paso de los años, Darly intenta mantenerse fuerte y seguir adelante. Soñadora, noble y creyente del amor a la antigua, siempre imaginó una historia de amor sincera, de esas que duran para toda la vida.
Pero el destino tenía otros planes.
Después de una dolorosa separación ocurrida hace apenas cuatro meses, decidió cerrar las puertas de su corazón. Cansada de las decepciones, prometió no volver a enamorarse y dedicarse únicamente a disfrutar la vida sin compromisos
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Capítulo 18: Bajo los Reflectores
El bus llegó por nosotros y todos subimos para dirigirnos al lugar donde sería la presentación. Ya era cerca de la una de la mañana y, mientras esperábamos el momento de salir al escenario, Santiago conversaba y bromeaba con los músicos. Yo también me llevaba muy bien con ellos; siempre me habían tratado con cariño y respeto.
Faltaba aproximadamente media hora para que comenzara el show cuando Santiago me pidió que fuera al frente de la tarima junto al manager.
—Nos vemos en un rato, princesa —me dijo.
Me acerqué para darle un beso corto de despedida, pero él me tomó suavemente de la cintura y me robó un beso mucho más largo, provocando las risas y silbidos de todos los presentes.
—Ahora sí, nos vemos —le dije entre risas.
—Juiciosa —respondió guiñándome un ojo.
Cuando bajé del bus, los músicos comenzaron a molestarlo.
—Te vemos muy enamorado, Santiago.
—Y no es para menos. Es hermosa y además una gran mujer.
Él intentó disimular.
—No digan tonterías.
Pero las sonrisas en su rostro lo delataban.
Yo fui ubicada muy cerca del escenario. Mientras esperaba, disfruté de la presentación de un cantante de vallenato que también formaba parte del evento. Cantaba cada canción y me dejaba llevar por la música.
Minutos después llegó el momento esperado.
—¡Con ustedes, Santiago Amaya!
La multitud estalló en aplausos y gritos.

Santiago apareció sobre la tarima interpretando una de sus canciones más conocidas. Apenas subió, buscó entre el público y nuestras miradas se encontraron. Me guiñó un ojo y continuó cantando.
No pude evitar sonreír.
Durante todo el concierto hubo una complicidad especial entre nosotros. Mientras cantaba, varias personas intentaron acercarse a bailar conmigo, pero siempre rechacé las invitaciones de manera amable.
En determinado momento, Santiago tomó el micrófono y dijo:
—Necesito una mujer hermosa que se atreva a subir a bailar conmigo.
Los gritos no tardaron en escucharse.
Yo me reí pensando que escogería a cualquiera del público, pero entonces me señaló directamente.
—Ya encontré a la indicada.
Mis mejillas se pusieron rojas mientras varias personas me ayudaban a subir al escenario.
La gente aplaudía mientras él y yo bailábamos al ritmo de la música. Todo parecía un juego para el público, pero ambos sabíamos que detrás de cada sonrisa había algo mucho más profundo.
—¿Por qué me invitas a bailar? —le pregunté en voz baja.
—Porque todos querían hacerlo antes que yo.
Negué con la cabeza, divertida por sus celos.
Continuamos compartiendo el escenario durante algunas canciones. Luego me ayudaron a bajar y él siguió con su presentación.
Yo permanecí cerca de la tarima, disfrutando del espectáculo hasta que finalmente terminó cerca de las dos y media de la mañana.
Cuando regresó al bus, me levanté de inmediato para abrazarlo.
—Felicitaciones, hermoso. Estuviste espectacular.
—Gracias, princesa.
Me besó la frente y me estrechó entre sus brazos.
Poco después, Carlos nos informó que el alcalde del pueblo había ofrecido una finca para que descansáramos antes de continuar el viaje al día siguiente.
Todos aceptamos encantados.
Al llegar, algunos músicos decidieron seguir celebrando la noche. Entre risas y bromas, comenzaron a molestar a Santiago y a mí.
—Claro, ustedes dos sí se van a dormir temprano.
Sentí cómo mis mejillas se calentaban de inmediato.
—Es que me tienen vigilada —respondí entre risas.
Las carcajadas no tardaron en llenar el lugar.
Santiago tomó mi mano.
—Yo sí quiero descansar.
Aunque en sus ojos podía ver que quería algo más que simplemente dormir.
Subimos a la habitación y, una vez a solas, nos quedamos conversando.
Mientras organizábamos nuestras cosas, observé por la ventana cómo los demás seguían disfrutando de la fiesta.
—¿Siempre hacen eso después de los conciertos? —pregunté.
Santiago se sentó junto a mí.
—Algunos sí. Si conocen a alguien que les llama la atención, intentan acercarse. Pero yo nunca he sido así.
Lo miré en silencio.
—¿De verdad?
—Claro que sí.
Tomó mis manos entre las suyas.
—Darly, desde que llegaste a mi vida muchas cosas cambiaron. Ya no me interesa buscar nada fuera de lo que tengo contigo.
Sus palabras lograron tocar mi corazón.
No porque necesitara escucharlas, sino porque podía ver la sinceridad en sus ojos.
Apoyé mi cabeza sobre su hombro y permanecimos un largo rato hablando de nuestros sueños, de nuestras metas y de todo lo que esperábamos para el futuro.
Aquella madrugada comprendí que lo que estaba sintiendo por Santiago era mucho más fuerte de lo que imaginaba.
A la mañana siguiente despertamos cerca de las diez.
Cuando bajamos a la piscina, los músicos y el manager ya estaban allí disfrutando del sol.
Me coloqué un vestido de baño que había llevado para el viaje y me acerqué al agua.

No pasó mucho tiempo antes de que Santiago se diera cuenta de que varios de sus músicos me observaban discretamente.
—¿Se puede saber qué tanto miran? —les dijo.
Todos desviaron la vista de inmediato.
Yo no pude contener la risa.
Me acerqué a él y rodeé su cuello con mis brazos.
—¿Por qué eres tan celoso?
Santiago suspiró mientras me observaba de arriba abajo.
—Porque eres demasiado hermosa y no me gusta compartir la vista.
—Relájate, Santiago.
—Lo intento, princesa, pero me lo pones difícil.
Sonreí mientras apoyaba mi frente contra la suya.
Y en ese instante entendí algo.
No importaba cuántas personas estuvieran alrededor, cuántos escenarios llenara o cuántos kilómetros recorriera por su carrera.
Cuando nuestras miradas se encontraban, parecía que el resto del mundo simplemente desaparecía.