Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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02
El amanecer se filtró tímidamente por entre las pesadas cortinas, despertando a Valeria de un sueño inquieto donde volvía a sentir el frío del acero en su cuello. Se incorporó de un salto, el corazón martilleando en su pecho, tardando varios segundos en recordar que estaba a salvo en su cama, diez años antes de su muerte.
—Señorita, ¿está bien?—preguntó Elena entrando con una bandeja de té. —Oí gritar.
—Pesadilla—murmuró Valeria, pasando una mano por su frente sudorosa. —Nada importante.
Mientras la doncella preparaba su baño, Valeria se acercó a la ventana. El jardín estaba en pleno florecimiento, las rosas blancas que tanto le gustaban abriéndose al sol matutino. Pero algo la hizo detenerse. Huellas recientes en el suelo blando junto al muro del jardín, demasiado grandes para pertenecer a un jardinero. Alguien había estado aquí durante la noche.
¿Aurelius?
La idea le provocó un escalofrío. ¿Qué querría el hombre que la ejecutó en su vida anterior? ¿Por qué la observaba con esa intensidad que parecía atravesar las barreras del tiempo?
—¿Se viste hoy para las clases de historia, señorita?—preguntó Elena, interrumpiendo sus pensamientos.
Valeria frunció el ceño. Las clases de historia. Había olvidado por completo que su madre la había inscrito en las lecciones particulares impartidas por eruditos de la corte, una forma de preparar a las jóvenes nobles para sus futuros roles en la sociedad.
—Sí, por supuesto. Trae algo simple—respondió, su mente ya trabajando. Las clases podrían ser una oportunidad. Una forma de entender mejor los mecanismos de poder del imperio, de identificar las conspiraciones que eventualmente llevarían a la guerra.
Mientras se vestía con un sencillo vestido de lana verde, Valeria reflexionaba sobre su estrategia. Necesitaba aliados, información, y sobre todo, evitar caer en los mismos patrones que la habían llevado a su perdición. El príncipe Kaelan era un peligro, una tentación que debía evitar a toda costa. Pero Eleanor Vance... quizás la heroína del reino pudiera convertirse en una aliada inesperada.
En el salón de estudio, otras tres jóvenes la esperaban. Reconoció a Isabella Thornton, hija del marqués de Westwood, una chica vanidosa que en su vida anterior se había convertido en una de sus principales rivales por la atención del príncipe. También estaba Victoria Lancaster, una noble de segundo orden cuyo único talento era el chisme, y finalmente, Marianne Clarke, una joven tímida que sería una de las primeras víctimas de la guerra.
—Valeria Montrose—dijo el tutor, un hombre delgado con gafas que recordaba vagamente. —Bienvenida. Soy el maestro Alaric, y seré su instructor en historia del imperio.
Valeria hizo una reverencia, sintiendo las miradas de las otras jóvenes sobre ella. En su vida anterior, habría intentado impresionarlas con su conocimiento y elegancia. Ahora, solo quería pasar desapercibida.
La clase transcurrió según lo previsto hasta que Alaric mencionó la Guerra de Sucesión, un conflicto que había ocurrido cincuenta años antes y que había establecido a la dinastía actual en el poder.
—Y aunque la guerra terminó formalmente con el Tratado de Riverwood, las tensiones entre las casas nobles nunca desaparecieron completamente—explicaba Alaric. —De hecho, muchos historiadores creen que la paz actual es frágil, sostenida solo por el carisma del emperador y la lealtad de sus comandantes militares.
Valeria levantó la mano antes de poder detenerse. Todas las miradas se giraron hacia ella.
—¿Señorita Montrose?—preguntó Alaric, sorprendido.
—¿Podría explicarnos más sobre las tensiones entre las casas nobles?—preguntó Valeria, tratando de mantener la voz firme. —Me interesa entender mejor las dinámicas de poder que mantienen unido al imperio.
Isabella lanzó una mirada de desprecio, como si cuestionar la estabilidad del imperio fuera de mala educación. Pero Alaric pareció genuinamente impresionado.
—Una excelente pregunta—dijo él, ajustándose las gafas. —Para entenderlo, debemos remontarnos a las alianzas formadas durante la guerra. La Casa Valerius, a la que pertenece nuestra familia imperial, se alió con las casas Blackwood y Thornton para derrocar a la dinastía anterior. Sin embargo, las casas Riverton y Vance, aunque inicialmente leales a la dinastía anterior, eventualmente se unieron a la causa imperial cuando vieron que la victoria era inminente.
Valeria sintió un escalofrío. Blackwood. La familia del comandante. ¿Eran ellos los verdaderos poderes detrás del trono?
—¿Y qué hay de la Casa Montrose?—preguntó Isabella con voz dulce pero venenosa. —¿En qué lado estuvieron durante la guerra?
Alaric pareció incómodo por un momento. —La Casa Montrose permaneció neutral durante la mayor parte del conflicto, uniendo sus fuerzas a la causa imperial solo en las etapas finales. Una decisión estratégica que les permitió mantener sus tierras y títulos.
Valeria sabía que había más que eso. En su vida anterior, había descubierto documentos que demostraban que su abuelo había mantenido correspondencia secreta con ambos bandos, jugando a dos bandas hasta que la victoria de uno pareció segura. Esa misma falta de lealtad había sido utilizada en su contra durante su juicio.
—¿Cree que esas antiguas tensiones podrían resurgir?—preguntó Valeria, dirigiéndose al tutor pero sintiendo los ojos de todos sobre ella. —¿Y qué papel jugarían las casas nobles en caso de conflicto?
Alaric la observó con interés. —Una pregunta muy perspicaz, señorita Montrose. Las casas militares como Blackwood tendrían un papel crucial, por supuesto. Pero las casas con influencia económica como Montrose también serían factores determinantes. El poder no solo reside en la espada, sino también en el oro que la financia.
La clase continuó, pero Valeria apenas escuchaba. Su mente trabajaba febrilmente, conectando fragmentos de información que había olvidado. La guerra que destruiría el imperio no sería solo por poder, sino por recursos. Y su familia, con sus extensas tierras y minas, sería un premio codiciado.
—Señorita Montrose—dijo Alaric al finalizar la clase. —Un momento, por favor.
Valeria esperó mientras las otras jóvenes se retiraban, murmurando entre ellas.
—Tiene una mente inusualmente aguda para alguien tan joven—comentó Alaric, guardando sus libros. —¿Le interesa la historia política?
—Solo intento entender cómo funciona el mundo—respondió Valeria con cautela. —Mi padre siempre decía que el conocimiento es la mejor defensa.
—Un hombre sabio—asintió Alaric. —Si le interesa, tengo algunos textos que podrían expandir sus horizontes. Documentos sobre la estructura militar del imperio, alianzas históricas, incluso algunas teorías sobre conspiraciones nobiliarias que nunca fueron probadas.
Valeria sintió un pulso de adrenalina. Esta podría ser su oportunidad. —Me encantaría, maestro. Agradezco su generosidad.
—No es generosidad, señorita. Es inversión—dijo Alaric con una sonrisa enigmática. —El imperio necesita mentes como la suya. Mentes que cuestionan en lugar de aceptar ciegamente.
Mientras se alejaba con los libros bajo el brazo, Valeria no podía evitar sentir que el tutor sabía más de lo que decía. ¿Era un aliado potencial o otra pieza en el tablero de conspiraciones que amenazaban al imperio?
De vuelta en la mansión, encontró a su madre esperándola en el salón principal.
—Tengo noticias, Valeria—dijo Lady Montrose, su voz inusualmente animada. —El príncipe Kaelan ha solicitado formalmente una audiencia contigo mañana por la tarde.
Valeria sintió cómo se le helaba la sangre. Esto no debía pasar. En su vida anterior, había sido ella quien había solicitado desesperadamente esa audiencia, usando todas las influencias de su familia. Ahora, el príncipe la buscaba por iniciativa propia.
—No estoy interesada—respondió antes de poder detenerse.
Lady Montrose la miró como si hubiera perdido la razón. —¿No estás interesada? ¿En el príncipe heredero? ¿En la oportunidad más importante de tu vida?
—No quiero esa clase de oportunidades, madre—replicó Valeria, su voz más firme de lo previsto. —No voy a perseguir a un hombre que no me ama.
—¿Cómo puedes saber si te ama o no? ¿Ni siquiera lo has conocido bien?—exigió su madre, frustrada.
—Conozco su tipo—mintió Valeria. —Hombres como él se aburren fácilmente. Una vez que consigan lo que quieren, buscarán el próximo desafío. Prefiero construir algo duradero, no una fantasía que se desvanecerá al primer viento.
Lady Montrose la observó con una mezcla de furia y confusión. —No entiendo qué te pasa, Valeria. Desde tu presentación, eres una persona diferente. Más fría, más distante. ¿Es esto por culpa de ese tutor? ¿Te ha llenado la cabeza de ideas peligrosas?
—No es culpa de nadie, madre. Solo he decidido vivir según mis propios términos—respondió Valeria, acercándose a la ventana y observando las huellas en el jardín. —Y si eso significa decepcionarte, así sea.
Esa noche, Valeria no pudo dormir. Los libros de Alaric estaban extendidos sobre su cama, sus páginas llenas de diagramas de alianzas nobiliarias, registros de batallas antiguas, y teorías sobre conspiraciones que resonaban con sus recuerdos fragmentados de la guerra.
Una sección en particular captó su atención: el papel de los Caballeros Imperiales en la política del reino. Según el texto, aunque oficialmente solo eran la guardia personal del emperador, en realidad operaban como una fuerza independiente con poder para investigar y castigar traiciones, incluso entre las casas nobles más poderosas.
Y al frente de esta organización estaba la Casa Blackwood.
Valeria sintió cómo se le erizaba la piel de los brazos. Aurelius no era solo el comandante de los caballeros; era el líder de una organización con poder para deponer nobles, incluso para investigar a la familia imperial. ¿Habría sido él quien ordenó su ejecución? ¿O solo seguía órdenes de alguien más poderoso?
Un ruido en el exterior la hizo levantar la cabeza. Se acercó sigilosamente a la ventana, apartando ligeramente la cortina. Una figura se movía en las sombras del jardín, alta y delgada. No era un jardinero.
Decidida, Valeria se vistió con un sencillo vestido oscuro y se deslizó por la puerta trasera que daba al jardín. El aire nocturno estaba frío, carrying el perfume de las rosas nocturnas. Se movió con sigilo entre los arbustos, su corazón martilleando contra sus costillas.
La figura estaba cerca del muro del jardín, examinando algo en el suelo. Cuando se giró, la luz de la luna reveló su rostro.
Era Aurelius.
—¿Qué estás haciendo aquí?—preguntó Valeria, su voz apenas un susurro.
Aurelius no pareció sorprendido. Se giró lentamente, sus ojos grises brillando en la oscuridad. —Podría preguntarte lo mismo, señorita Montrose.
—Esta es mi casa—replicó Valeria, manteniendo la distancia. —Tú no tienes derecho a estar aquí.
—Los caballeros imperiales tienen derecho a estar donde sea que la seguridad del imperio lo requiera—respondió él con voz calma pero autoritaria. —Y últimamente, han ocurrido eventos inusuales en la capital.
Valeria sintió un escalofrío. ¿Sabría él sobre su renacimiento? ¿Era posible que su regreso hubiera provocado alguna perturbación que los caballeros hubieran detectado?
—No sé a qué te refieres—mintió. —Solo he estado ocupada con mis estudios y mis presentaciones en sociedad.
Aurelius dio un paso hacia ella, y Valeria retrocedió instintivamente. —No juegues conmigo, señorita. Sé que hay algo diferente en ti. Lo vi en la presentación. Lo siento ahora. Eres... distinta.
—¿Distinta cómo?—preguntó Valeria, su garganta seca.
—Como si llevaras el peso de años que no has vivido—respondió él, sus ojos fijos en los suyos. —Como si supieras cosas que no deberías saber. Cosas sobre el futuro. Cosas sobre mí.
Valeria sintió cómo el pánico se apoderaba de ella. ¿Cómo podía saber? ¿Existía alguna conexión entre su renacimiento y él?
—No sé de qué hablas—replicó, pero su voz temblaba, traicionándola.
Aurelius levantó una mano, y por un momento Valeria temió que la fuera a arrestar. Pero en lugar de eso, suavemente apartó un mechón de pelo de su rostro. —¿Por qué rechazaste al príncipe?—preguntó con voz suave. —En la línea de tiempo original, debías haber aceptado su invitación con entusiasmo.
Valeria sintió cómo se le helaba la sangre. Línea de tiempo original. ¿Estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?
—¿Qué sabes tú sobre mi vida?—exigió, su voz ahora firme desafiante.
—Más de lo que imaginas—respondió Aurelius. —Y sé que no estás sola en este viaje. Hay otros como tú. Otros que han regresado con el propósito de cambiar lo que está por venir.
Valeria no podía creer lo que estaba escuchando. ¿Otros como ella? ¿Otros renacidos?
—¿Quiénes?—preguntó, su mente desorbitada. —¿Quiénes más han regresado?
Aurelius negó lentamente. —Esa es una conversación para otro lugar, otro momento. Pero te advierto, Valeria: cambiar el destino tiene consecuencias. A veces, peores que el destino original.
Se giró para marcharse, pero Valeria lo detuvo. —¿Por qué me ayudaste a regresar?—preguntó, la pregunta saliendo antes de que pudiera procesarla. —¿Fueron tú?
Aurelius se detuvo, su silueta inmóvil en la oscuridad. —No fui yo quien te trajo de vuelta, Valeria. Pero sí fui yo quien se aseguró de que tuvieras esta segunda oportunidad. Y lo hice porque en la línea de tiempo original, cometiste errores que costaron millones de vidas. Errores que quizás esta vez puedas evitar.
—¿Por qué?—preguntó Valeria, su voz apenas un susurro. —¿Por qué ayudarme si en el pasado fui tu enemiga?
Aurelius se giró parcialmente, sus ojos grises fijos en los suyos. —Porque en la línea de tiempo original, también fuiste la única persona que se atrevió a cuestionar las verdades establecidas. La única que intentó detener la guerra cuando todos ya habían aceptado como inevitable. Y porque, a pesar de todo, creo que mereces una segunda oportunidad.
Con esas palabras, se desvaneció en las sombras, dejando a Valeria sola en el jardín, con más preguntas que respuestas y la terrible certeza de que su segundo oportunidad no sería tan simple como había imaginado.
¿Cuántas personas más como ella existían en esta línea de tiempo? ¿Y cuáles eran sus verdaderas intenciones?