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La Mujer del Capo

La Mujer del Capo

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Intrigante / Mafia / Amor a primera vista / Completas
Popularitas:7.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Izuki

Renata Solís nunca imaginó que una cara del pasado volvería a destruirle la vida.

Profesora de idiomas en la Universidad Nacional de Miravalle, inteligente, independiente y con un futuro prometedor, Renata cree haber dejado atrás la noche más oscura de su existencia. Hasta que lo ve a *él* —Dante Montero, heredero del imperio más poderoso de la ciudad— y reconoce en su rostro al hombre que debería estar muerto.

Dante Montero no es quien dice ser. Detrás del traje a medida, la torre de cristal y el apellido que hace temblar a jueces y políticos, se esconde un secreto capaz de destruir a toda una dinastía. Y Renata es la única persona viva que puede demostrarlo.

Pero Dante tiene sus propias armas. Cuando la deuda de su padre cae en manos de los Montero, Renata se ve atrapada en un pacto imposible: acompañarlo, guardar silencio, fingir ser su mujer ante el mundo... o perderlo todo.

Lo que ninguno de los dos esperaba era esto: que la trampa se convirtiera en un juego, el juego en obsesión, y la obsesión en algo que ninguno sabe nombrar.

Ella busca la verdad. Él protege su mentira.
Ella planea huir. Él se asegura de que no pueda irse.
Ella jura que no va a caer. Él ya cayó hace mucho.

En un mundo de lealtades compradas, secretos de familia y balas que no perdonan, Renata tendrá que decidir: ¿revelar al monstruo que se esconde detrás de Dante Montero... o salvar al hombre que se esconde detrás del monstruo?

*Porque en esta historia, la jaula tiene dos prisioneros.*

NovelToon tiene autorización de Izuki para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16

Dos mundos

Una semana después, Renata ya tenía una rutina. No le gustaba, pero la tenía.

A las seis y media Conchita tocaba la puerta con el desayuno: café con leche, fruta picada, un pan dulce del día. La mujer era bajita, morena, de unos cincuenta y tantos años, con manos veloces y una sonrisa perpetua que no llegaba a los ojos. No hablaba más de lo necesario. Dejaba la charola en la barra de la cocina, preguntaba si la Señorita necesitaba algo, y se retiraba. Renata no sabía si era una empleada amable o un par de oídos con delantal. Así que le agradecía el desayuno, respondía "nada más, gracias" y esperaba a escuchar la puerta cerrarse para revisar que nada en el departamento estuviera fuera de lugar.

A las siete y cuarto salía hacia la Universidad Nacional. Joaquín le había dicho que una camioneta podía llevarla, pero Renata se negó: el camión urbano era su único espacio sin Montero. Treinta minutos de trayecto donde nadie la vigilaba, nadie le servía desayuno ni le elegía la ropa. Se bajaba en la parada de la avenida Universidad y caminaba los cien metros hasta la Facultad de Letras con la sensación de quitarse un disfraz.

En el aula era otra persona. O quizá era ella misma.

Su clase de Retórica Avanzada tenía treinta alumnos, la mayoría en sexto semestre. Ese martes analizaron un discurso de Gabriela Mistral sobre la educación en América Latina. Renata caminaba entre las filas con el texto proyectado en la pantalla, señalando las figuras retóricas, las pausas deliberadas, las trampas lógicas disfrazadas de poesía.

—La metáfora no es decoración —dijo, apuntando un párrafo—. Es un argumento que entra por la puerta de atrás. Si la leen con los ojos de un lingüista, ven belleza. Si la leen con los ojos de un analista, ven estrategia.

Los alumnos tomaban notas. A Renata le bastaba con eso: la atención, el silencio productivo, la ilusión de que el mundo tenía sentido si uno lo leía con suficiente cuidado.

Después de clase, Emilio la esperó junto a la puerta del aula.

—Profesora, ¿tiene un minuto?

Caminaron hacia su oficina. Emilio llevaba una carpeta de plástico con el avance de su tesis de maestría —algo sobre discurso político en la prensa regional— y quería comentar un problema de metodología. Renata lo escuchó, le sugirió cambiar la muestra de análisis, y ya estaban a punto de despedirse cuando Emilio dijo:

—Por cierto, ¿sabía que Grupo Montero donó los nuevos laboratorios de idiomas?

Renata detuvo la mano que estaba cerrando la carpeta.

—¿Cuándo?

—Hace dos meses. Pusieron una placa y todo. Está en el edificio nuevo, junto a la biblioteca. "Donación de Grupo Montero para el desarrollo académico de Miravalle." —Emilio se encogió de hombros—. Al menos ahora tenemos computadoras que no se traban.

Renata lo despidió con su mejor sonrisa profesional. Cuando la puerta se cerró, se quedó mirando la placa de su escritorio —"Profesora Renata Solís Herrera, Departamento de Letras y Lingüística"— y sintió que las paredes del aula, las únicas paredes donde se sentía libre, se habían encogido un poco.

---

A las seis de la tarde, Joaquín la recogió en la puerta de la Facultad. Esta vez no pudo negarse: la cita era en las oficinas de Grupo Montero, en los pisos bajos de Torre Montero, y Dante la necesitaba puntual.

La reunión era con un inversionista brasileño llamado Héctor Fonseca — cuarentón, traje impecable, español con acento cerrado de São Paulo— que quería cerrar un acuerdo de importación de maquinaria agrícola. Necesitaban a alguien que hablara portugués. Renata era ese alguien.

La sala de juntas olía a madera y a café recién hecho. Una mesa ovalada, seis sillas de cuero, una pantalla en la pared. Dante estaba sentado en la cabecera con un folder abierto, repasando cifras. Cuando Renata entró, levantó la vista y le señaló la silla a su derecha con un gesto que no admitía interpretación: siéntate aquí, a mi lado, donde Fonseca pueda verte.

La reunión duró noventa minutos. Renata tradujo contratos, condiciones de entrega, cláusulas de penalización. Dante negociaba con la precisión de un cirujano: cada pregunta tenía un objetivo, cada concesión era calculada, cada silencio era una herramienta. No alzaba la voz. No necesitaba.

Renata lo observó mientras traducía. En un momento, Dante firmó un documento con la mano derecha —la pluma se deslizó con la fluidez automática de alguien que lleva años firmando así—. Pero algo le hizo ruido. Hacía cinco años, en el juzgado, cuando los policías esposaron a Nico Bravo y lo metieron a la patrulla, Renata lo vio forcejear. Y la mano que golpeó primero el vidrio de la ventanilla fue la izquierda. No la derecha. La izquierda.

¿Era Nico zurdo? ¿Era posible que alguien cambiara de mano dominante en cinco años? ¿O el hombre sentado frente a ella simplemente no era Nico?

Archivó la observación en su cabeza. No la escribiría todavía. Primero necesitaba más datos.

Santos estaba en la esquina de la sala, de pie junto a la puerta, con la postura de estatua que tenían todos los guardias de Dante. Pero cuando Dante mencionó algo sobre "una restructuración de las cuentas internacionales", Renata vio algo: un cambio en los ojos de Santos. No fue un parpadeo ni un gesto. Fue un endurecimiento de la mirada, como si detrás de esos ojos alguien hubiera tomado nota. Duró menos de un segundo. Si Renata no hubiera estado mirándolo en ese preciso momento, no lo habría visto.

Santos no era como los demás. Los demás eran paredes. Santos era una pared con alguien detrás.

---

A las once de la noche, Renata estaba sentada en la cama del departamento del piso dieciocho, con el cuaderno abierto sobre las rodillas. En una página había dibujado dos columnas: a la izquierda, "Profesora Solís" — horarios de clase, avances de tesis, juntas de Facultad. A la derecha, "Señorita del Señor Montero" — eventos sociales, traducciones, cenas, apariciones. Dos vidas paralelas que compartían un solo cuerpo y un solo cerebro que empezaba a cansarse de mantenerlas separadas.

Debajo de las columnas escribió tres notas:

"Mano dominante: verificar. ¿Nico \= zurdo?"

"Santos: ¿quién es realmente?"

"Montero → laboratorios UANL. Territorio contaminado."

Cerró el cuaderno. Apagó la lámpara.

En la oscuridad, un sonido le llegó desde arriba. Tenue, amortiguado por doce pisos de concreto, pero inconfundible: una guitarra. Alguien tocaba una melodía lenta, con las notas espaciadas como pasos en la arena. Era una canción que Renata conocía sin saber de dónde —una de esas melodías viejas que los abuelos tararean y los nietos absorben sin darse cuenta, tristes y hermosas como las cosas que se pierden sin remedio—.

Se quedó inmóvil, escuchando.

El Penthouse de Dante estaba doce pisos más arriba. El sonido no debería llegar tan claro. Pero Torre Montero tenía un hueco de ventilación central, y en las noches silenciosas de Miravalle, la música se colaba por los ductos como un fantasma.

Renata recordó el expediente penal de Nico Bravo. Lo había leído tres veces en los archivos del juzgado. En la sección de "Datos personales del interno", en el renglón de "Habilidades/Pasatiempos", alguien había escrito una sola palabra con letra burocrática:

"Guitarra."

La música siguió sonando hasta que Renata se quedó dormida. En sus sueños, un hombre sin cara tocaba una guitarra en una celda, y las notas salían por los barrotes y subían y subían hasta llegar a un Penthouse donde otro hombre —o el mismo— miraba la ciudad con los ojos de alguien que ha cambiado de nombre pero no de canciones.

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Luz Mary Gomez Sierra
mucha adrenalina toda la novela gracias autora espero haya epílogo
Luz Mary Gomez Sierra
yo estoy nerviosa con un nudo en el estómago ya mismo le diría la verdad
Luz Mary Gomez Sierra
en la oficina de la u no vio en el techo la USB que escondió ahí?
Luz Mary Gomez Sierra
no me diga que Nico ya la encontró y mínimo Andrés ya tiene otro amor
Luz Mary Gomez Sierra
bueno Renata estás jugando a dos bandas al tiempo no has roto la relación con Andrés creo que eso traerá problemas no crees?
Luz Mary Gomez Sierra
párese que soy yo tengo miedo de llegar por favor mi corazón se va a salir de mi pecho
Luz Mary Gomez Sierra
ya está más enamorada de el acéptalo Renata entonces que pasa con el amor de Andrés
Graciela Saiz
hasta acá llegué me canso ..
Graciela Saiz
aburrida 🙄
Graciela Saiz
muy aburrida 🙄
Graciela Saiz
Andrés no se merece la mentira, 😡vos no lo mereces
Luz Mary Gomez Sierra
está niña se está metiendo en la boca del lobo ojalá no le suceda lo que a Tomás es muy arriesgada o valiente psrese que soy yo quien este sufriendo por Andrés
Luz Mary Gomez Sierra
muy arriesgada la profe debió confiar en Andrés el ha sido bueno con ella
Georgina Tejeda
Si le dice a Nico q está esperando un hijo pueda q el se entregue ya q el no tiene la culpa fue el viejo q ahora quiere casarlo con su amiga tiene q ser ahora no después
Nereida Hernández montes
pero no te imaginas que te mandé a vigilar y tenga cámaras en su despacho 😈👿😭 estás jugando con fuego y te puedes quemar 😭
Rosario Pelaez
un poco confusa había diálogos que no concordaban pero pues entretenida
Nereida Hernández montes
Por Dios vete lo más rápido posible
Nereida Hernández montes
Hay debe haber cámaras ocultas trata de no hablar cosas delicados solo escribir y borrar
Nereida Hernández montes
Cuídate mucho
Nereida Hernández montes
Pero yo me preguntó por qué no te disfrazas y escondes los papeles y borra esos mensajes 😈👿😭 estás trabajando para asesinos y con contacto ponte pilas
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