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La Doncella Y El Alfa

La Doncella Y El Alfa

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Luna Azul

En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.

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CAPÍTULO 16

​A kilómetros de distancia, en el espeso y ruidoso frente de la frontera sur, la batalla rugía con el estrépito del acero contra los escudos y las antorchas que quemaban la maleza húmeda. Caleb, en su colosal forma de lobo rojo oscuro, acababa de derribar a dos hombres del valle que portaban pesadas hachas de hierro, rompiendo sus armas con la sola fuerza de sus mandíbulas antes de lanzarlos contra los troncos congelados. La Manada Roja estaba ganando terreno con una facilidad aplastante; los aldeanos de Oakhaven eran torpes, lentos y se batían en retirada dominados por un pánico atroz ante las garras de los cambiapieles. El Alfa se erigió sobre una roca, con el pelaje erizado y las fauces goteando saliva, listo para lanzar el rugido final de la victoria y obligar al alcalde a suplicar misericordia.

​Sin embargo, el rugido jamás llegó a salir de su garganta.

​En un milisegundo, una punzada gélida, violenta y desgarradora atravesó el pecho de Caleb, golpeando directamente la marca del vínculo místico en su espíritu. No era su propio dolor; era un torbellino de adrenalina ajena, un miedo helado mezclado con una valentía desesperada que solo podía pertenecer a una persona en toda la creación. Alondra. A través del lazo de los mates, el Alfa sintió las risas burlonas de los cazadores, el frío metal de la plata acechando y el aroma a peligro que envolvía a su compañera en los senderos inferiores de la montaña.

​El impacto espiritual fue tan brutal que el inmenso lobo rojo se tambaleó sobre la roca, dejando escapar un aullido agónico y ensordecedor que heló la sangre de todos los combatientes en el claro. No era un grito de guerra; era el lamento enfurecido de una bestia a la que pretendían arrancarle el alma.

​En mitad del aire, antes de tocar el suelo, el cuerpo de Caleb sufrió una transformación forzada por la adrenalina pura. Regresó a su forma humana con una brusquedad salvaje, cayendo sobre una rodilla en la nieve. Sus ojos ya no eran dorados; se habían vuelto de un color rojo incandescente, líquido, poseídos por completo por la furia del lobo interno que exigía sangre. Los intrincados tatuajes tribales de sus brazos y espalda se tornaron de un negro tan profundo que parecía quemar su piel bronceada, y sus venas se marcaron con fuerza bajo la presión de su pulso desbocado.

​—¡Es una trampa! —rugió Caleb, con una voz rasposa que no parecía humana, poniéndose de pie de un salto mientras la nieve se derretía alrededor de sus pies descalzos por el calor febril que emanaba de su cuerpo—. ¡El ataque en la frontera era una puta distracción! ¡Tienen a Alondra en los senderos inferiores!

​Los guerreros principales de la manada, al ver el estado de su Alfa, se detuvieron al instante, abandonando a los humanos que huían hacia el valle. Anthony, el segundo al mando, corrió hacia él con el rostro pálido de consternación.

​—¡Alfa, los guardias de la fortaleza juraron que ella estaba a salvo en sus aposentos! —exclamó Anthony, desenvainando su espada.

​—¡No está ahí! ¡Puedo sentir el frío de los cazadores en su piel! ¡Puedo oler la plata desde aquí! —Caleb apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas, haciendo brotar gotas de sangre—. ¡Anthony, toma a la mitad de los hombres y asegura la fortaleza por si intentan entrar por los huertos! ¡El resto, sígame! ¡Si le tocan un solo cabello a mi Luna, juro por los dioses que no dejaré un solo hombre vivo en ese maldito valle!

​Sin esperar una respuesta, Caleb se arrojó hacia adelante. En mitad de la carrera, su cuerpo se expandió de nuevo, transformándose en el imponente lobo rojo gigante. El suelo de la montaña pareció temblar bajo el impacto de sus patas colosales mientras se lanzaba a través de la espesura del bosque, ignorando los senderos establecidos, destrozando arbustos y saltando sobre los riscos con una velocidad sobrenatural. Cada segundo contaba; el vínculo en su pecho ardía como una herida abierta, enviándole los latidos desbocados de Alondra, que luchaba por su vida en algún punto de la bruma gris.

​Mientras tanto, en el claro inferior de la montaña, la tensión había alcanzado su punto de quiebre. Alondra continuaba de pie, firme como una estatua de terciopelo azul, sosteniendo la pesada rama de roble entre sus manos temblorosas. El líder de los cazadores, el hombre de la cicatriz en el ojo, dio un paso más hacia ella, haciendo girar la daga de plata entre sus dedos con una confianza exasperante. Los otros dos mercenarios ya se habían colocado a sus costados, bloqueando cualquier ruta de escape hacia los árboles.

​—Eres valiente, muchacha, te lo concedo —dijo el mercenario de la cicatriz, deteniéndose a escasos dos metros de ella, saboreando el pánico que intentaba ocultar en sus ojos azules—. Pero esa rama no te servirá de nada contra el acero y la plata. El alcalde quiere que regreses al pueblo con vida para usar el pacto a nuestro favor, pero no dijo nada sobre devolverte intacta. Si cooperas, el lobo gris que está en la trampa vivirá un poco más. Si te resistes, le cortaré la garganta frente a ti antes de arrastrarte por la nieve.

​Alondra miró de reojo al centinela gris, que continuaba desangrándose en el suelo, debilitado por el metal corrosivo. Sabía que no tenía oportunidad de ganar un combate físico contra tres asesinos experimentados, pero también sabía que rendirse significaba entregarle al alcalde el arma perfecta para destruir a Caleb y a toda la Manada Roja. La marca en su cuello latía con una violencia inaudita; sentía el calor abrasador de su Alfa acercándose a una velocidad aterradora a través del bosque. Solo necesitaba ganar tiempo. Solo necesitaba ser la reina que Caleb creía que era.

​—El alcalde es un necio si cree que un trozo de plata los salvará de lo que viene —respondió Alondra, con una voz que recuperó la frialdad y la dignidad de una soberana, sosteniéndole la mirada al mercenario—. No soy un cebo, ni una moneda de cambio. Soy la Luna de esta montaña, y el hombre que viene a buscarme no conoce la piedad.

​—Ya he escuchado suficientes discursos de realeza —escupió el líder, perdiendo la paciencia. Con un movimiento rápido, extendió su mano libre para tomar a Alondra por el brazo y despojarla de la rama.

​Alondra no esperó. Utilizando toda la fuerza de su cuerpo, descargó la pesada rama de roble directamente contra la mano del cazador. El impacto fue seco y certero; el trozo de madera congelada golpeó los nudillos del hombre con suficiente fuerza como para hacerle soltar un grito de dolor y soltar la daga de plata, que cayó sobre la nieve.

​—¡Maldita perra! —rugió el mercenario, sujetándose la mano herida mientras su rostro se deformaba por la furia—. ¡Atrápenla! ¡Rómpanle las piernas si es necesario!

​Los dos cazadores laterales se abalanzaron sobre ella al unísono. Uno de ellos la tomó por los hombros, empujándola contra el suelo frío. Alondra cayó pesadamente sobre la nieve, perdiendo el agarre de su arma, mientras el vestido de terciopelo se manchaba de barro y escarcha. El segundo hombre se arrodilló sobre sus piernas, inmovilizándola, mientras sacaba una pesada cuerda de cáñamo para atar sus muñecas. Alondra luchó con todas sus fuerzas, golpeando y arañando la cara del mercenario, negándose a dejarse encadenar de nuevo como aquella noche en el altar.

​—¡Quédate quieta de una vez! —gritó el hombre que la sujetaba, alzando la mano para darle un bofetón que terminara con su resistencia.

​Sin embargo, la mano del cazador jamás llegó a descender.

​Un estallido ensordecedor, como el choque de un meteorito contra la tierra, sacudió el claro entero. El aire del bosque, un segundo antes congelado, se volvió sofocante, cargado de un calor febril y un denso olor a ozono que barrió la niebla en un abrir y cerrar de ojos. Las copas de los pinos se agitaron con violencia cuando una masa colosal de pelaje rojo oscuro y ojos de fuego líquido emergió de la espesura con un rugido ultrasónico que hizo que los pájaros congelados cayeran de las ramas.

​Era Caleb.

​El inmenso lobo gigante no se detuvo al llegar al claro. Con la velocidad de un rayo, embistió al cazador que estaba de pie, el líder de la cicatriz. El impacto fue tan brutal que el cuerpo del mercenario voló diez metros a través del aire, estrellándose contra el tronco de un abeto con un crujido espantoso de huesos rotos antes de caer inerte sobre la nieve.

​Sin perder un milisegundo, el Alfa cayó sobre los dos hombres que tenían a Alondra sujeta en el suelo. El pánico de los mercenarios fue absoluto; soltaron a la joven de inmediato, intentando alcanzar sus ballestas, pero ya era demasiado tarde. Con un movimiento rápido y posesivo de sus garras colosales, Caleb barrió al primer hombre, desgarrándole el pecho de un solo tajo, mientras que con sus fauces gigantescas atrapó la lanza de plata del segundo, partiéndola en mil pedazos antes de derribarlo contra la tierra húmeda con un gruñido que infundió el terror definitivo en su alma.

​El claro quedó sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por los jadeos pesados y humeantes del lobo gigante. Caleb se plantó sobre sus cuatro patas, rodeando el cuerpo de Alondra con su enorme anatomía, erigiéndose como un escudo peludo e impenetrable contra el resto del bosque. Sus ojos rojos fijos en el único cazador que aún respiraba en el suelo, enseñando unos colmillos blancos de los que goteaba una furia asesina lista para el exterminio total.

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Brenda Bravo
me encantó ❤️💕💕💖 muchas felicitaciones a la autora,,,,
Maribeth Minotta
ya me atrapo🥰🥰
Manu
Me ha gustado mucho los 20 capítulos qué he leído. Es algo diferente a lo que escribes pero sinceramente me ha gustado.
Jessica
almenos la va a cuidar
Jessica
hola muy interesante tu historia
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