Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
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Capitulo 4
El despacho de Aarón De Santis era tan inmenso como frío: paredes de madera oscura, ventanales inmensos que miraban hacia toda la ciudad, y un silencio tan pesado que parecía aplastar el pecho. Antonia cruzó la puerta con las manos entrelazadas con fuerza, el corazón golpeándole las costillas a mil por hora. Cuando el hombre que estaba de espaldas se giró lentamente hacia ella, sintió que la sangre se le helaba: eran esos ojos. La misma mirada gélida que la había recorrido entera aquella noche en el teatro.
—Señorita Valentini —dijo él, con una voz grave y calmada que no dejaba traslucir nada—. Gracias por venir.
—Usted… es el hombre que estaba en el palco el estreno —susurró ella, sin poder ocultar su asombro—. No sabía que se trataba de usted.
Aarón caminó despacio alrededor de su enorme escritorio y se sentó, apoyando los codos sobre la superficie de cuero negro.
—Claro que era yo. Fui quien vio lo que vales antes que nadie. Siéntese.
Antonia obedeció, ocupando el borde de la silla más cercana, sin quitarle la vista de encima.
—Mi asistente dijo que usted podía ayudarme con lo de mi madre… que tenía una propuesta.
—Así es —respondió él sin rodeos, entrelazando los dedos bajo su barbilla—. Pagaré la deuda completa de la clínica hoy mismo. Cubriré cada medicamento, cada consulta, todo lo que su madre necesite por el resto de su vida. También me encargaré de los estudios de su hermano hasta que termine su carrera. No volverán a preocuparse por dinero nunca más.
Antonia sintió que las lágrimas le llenaban los ojos de pura esperanza.
—¿De verdad? ¡Señor De Santis, no sé cómo agradecérselo! Le prometo que le devolveré cada centavo, trabajaré el doble, lo que sea…
Aarón levantó una mano cortándola en seco, y su expresión se volvió de una dureza que la hizo callar al instante.
—No me ha oído terminar. Yo no presto dinero. Yo compro lo que quiero. Y tú tienes un precio, Antonia.
La esperanza se desvaneció tan rápido como había llegado.
—¿Qué… qué significa eso?
—Que yo cubriré todas esas necesidades —repitió él, golpeando cada palabra con frialdad—. Pero a cambio, tú serás mía. Vendrás cuando yo te llame, te quedarás el tiempo que yo diga, te comportarás como yo ordene. No harás preguntas, no pondrás condiciones. Serás una pieza más en mi vida, sujeta a mis reglas y a mis deseos.
Antonia se puso de pie de un salto, pálida como el papel.
—¡¿Está loco?! ¡Eso es una indignidad! ¡Yo no soy un objeto que se puede comprar!
—¿No? —él también se levantó, caminando hacia ella hasta quedar a solo unos pasos de distancia, imponente y amenazante—. Hace cinco minutos estabas dispuesta a darlo todo por salvar a tu madre. ¿De repente te importa tu dignidad cuando sabes lo que cuesta?
—¡Yo trabajaré! ¡Buscaré la forma! —gritó ella, con la voz quebrada por la rabia y el miedo—. ¡Pero no me venderé a usted!
—No tienes otra opción —le soltó él, helado—. Tienes quince días. Si sales de esta puerta y rechazas mi oferta, tu madre dejará de recibir tratamiento. Morirá poco a poco, sin ayuda, y tu hermano tendrá que dejar los estudios para mendigar comida por las calles. Todo eso… por tu orgullo.
Antonia retrocedió hasta chocar contra la pared, sintiéndose acorralada.
—Es… es una trampa. Usted lo planeó todo desde el momento en que me vio actuar.
—Yo solo sé lo que quiero —respondió Aarón con total tranquilidad—. Y sé lo que tú necesitas. El trato está sobre la mesa: la vida de tu familia… a cambio de tu obediencia. ¿Lo aceptas… o te vas y te quedas con tus manos vacías?
Ella miró hacia la puerta, luego hacia el hombre que tenía enfrente, y por último cerró los ojos viendo el rostro enfermo de su madre. El silencio se extendió por toda la habitación, roto solo por el tic tac de un reloj antiguo.
—Te daré veinticuatro horas para pensarlo —dijo él finalmente, volviendo a su asiento—. Pero no tardes mucho, Antonia. El tiempo corre en mi contra… y en la tuya.
Antonia abrió los ojos lentamente, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones. Miró al hombre frente a ella como si tuviera enfrente a una bestia disfrazada de humano.
—¿Cómo puede decirme algo así? —susurró, con la voz temblorosa pero cargada de indignación—. ¿Cree que porque tenga dinero puede comprar a las personas como si fueran mercancía? ¿Cree que yo soy así?
Aarón soltó una risa baja, carente de cualquier rastro de calidez, y se apoyó contra el borde de su escritorio, cruzando los brazos sobre el pecho mientras la recorría con la mirada de arriba abajo.
—Yo no creo nada, Antonia. Yo sé. Conozco a la gente. Conozco sus debilidades. Y la tuya está ahí —señaló hacia ella con un dedo firme—, en ese corazón demasiado noble que te hace darlo todo por quienes amas. Es tu mayor virtud… y también tu condena.
—¡Mi condena es tener que venir a rogarle a un hombre sin alma! —estalló ella, sin poder contenerse más—. Usted habla de salvarlos, pero lo único que quiere es atarme. ¿Sabe quién soy yo realmente? ¿Sabe siquiera mi nombre completo antes de querer poseerme?
—Sé lo suficiente —cortó él secamente, dando un paso hacia ella—. Sé que eres dulce. Sé que eres pura. Y eso es exactamente lo que quiero corromper. Quiero ver esa mirada de orgullo desmoronarse hasta que solo quede obediencia. Quiero que aprendas a vivir para mí, y solo para mí.
Antonia sintió náuseas. Dio un paso atrás, aferrándose al respaldo de la silla.
—Usted está enfermo. Necesita ayuda, no a alguien a quien dominar.
—La ayuda no existe para quien ya se acostumbró a estar solo —respondió él, bajando la voz hasta que sonó casi suave, mucho más aterrador que si gritara—. Yo no pido amor, Antonia. El amor se desvanece. Yo pido pertenencia. Quiero que sepas que cada vez que respiras, es porque yo lo permito. Que cada plato que comes, cada medicamento que toma tu madre, depende de que tú te portes bien.
—¡Jamás! —gritó ella, con lágrimas brotando de sus ojos—. ¡Prefiero ver cómo todo se derrumba antes que entregarme a un monstruo como usted! ¡Me iré ahora mismo! ¡Encontraré otra forma!
Giró sobre sus talones dispuesta a huir de ese despacho asfixiante, pero la voz de Aarón la detuvo en seco, helándole la sangre en las venas:
—Inténtalo. Y verás qué rápido se quiebra tu mundo.
Ella se detuvo con la mano en el pomo de la puerta, sin atreverse a girarlo del todo.
—¿Qué quiere decir? —susurró sin darse la vuelta.
—Quiero decir —explicó él lentamente, disfrutando cada palabra—, que si cruzas esa puerta y rechazas mi oferta, llamaré al director de la clínica en este mismo instante. Y no solo dejarán el tratamiento a tu madre… ordenaré que la echen a la calle esta misma tarde. Y luego me aseguraré de que ningún teatro de la ciudad te contrate nunca más. De que ningún banco te preste ni un peso. De que tu hermano sea expulsado de su colegio por “motivos disciplinarios” que yo mismo inventaré. ¿Crees que puedes luchar contramigo? Yo soy Aarón De Santis. Y yo puedo borrarte de la faz de la tierra como si nunca hubieras existido.
Antonia se giró lentamente, con el rostro pálido y los ojos llenos de un terror absoluto. Vio que él no mentía. Vio en su mirada oscura que era capaz de cumplir cada una de esas amenazas sin el menor remordimiento.
—Usted… no tiene corazón —murmuró ella, sintiendo que las piernas le fallaban.
—Precisamente por eso consigo todo lo que quiero —respondió él, encogiéndose de hombros con total indiferencia—. Tienes veinticuatro horas, Antonia. Mañana a esta hora, mi secretaria esperará tu respuesta. Ven con la aceptación… o no vengas y asume las consecuencias. Tú decides.
Antonia salió del despacho como si flotara, sin sentir el suelo bajo sus pies. Cuando la pesada puerta se cerró tras de ella, apoyó la frente contra la madera fría y sollozó en silencio, comprendiendo con horror que acababa de pisar el primer peldaño de un abismo del que quizás nunca saliera.
Dentro, Aarón se quedó inmóvil en medio de la habitación, mirando el lugar donde ella había estado parada. Acarició la superficie del escritorio con la yema de los dedos, y una media sonrisa se dibujó en sus labios.
—Ya eres mía, Antonia —susurró al vacío—. Ya eres mía, aunque tú aún no lo sepas.