Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 13
Emma
Después de salir del trabajo, decidí caminar un rato para despejar la mente de tanta tensión. Mis pasos me guiaron de vuelta a mi departamento; por fortuna, no quedaba tan lejos de la oficina. En el camino, para mi sorpresa, me encontré con Dilan. Por la dura reacción que había tenido en la planta, llegué a pensar que estaría furioso conmigo, pero no era así. Había venido a buscarme.
Ahora, ambos tomábamos el té en la sala de mi departamento. El silencio que nos rodeaba era denso, sepulcral. Él se limitaba a dar pequeños sorbos a su bebida caliente, absorto en su propio mundo.
Yo, por mi parte, no podía apartar los ojos de él. Tenía una expresión confusa, indescifrable. No lograba descifrar si seguía enfadado; mantenía las cejas sutilmente juntas y la frente se le arrugaba de vez en cuando. Era evidente que estaba sumergido en pensamientos profundos que le causaban una enorme angustia.
—Nuestros padres vendrán mañana —dije, rompiendo la quietud del lugar para forzarlo a volver a la realidad.
Dilan no despegó los labios. Se limitó a clavar sus ojos oscuros en los míos y asintió lentamente.
—¿Crees que debamos fingir ante ellos o actuamos normal? —insistí, buscando una directriz.
Sus ojos volvieron a escanearme con intensidad.
—Te dije que dejemos las apariencias atrás, Emma. Lo correcto sería que nos tratáramos como lo que somos —respondió, bajando la taza de porcelana para dejarla sobre la mesa de centro—. Me explico: no quiero que por mi culpa te veas obligada a fingir ser alguien que no eres.
—De acuerdo... —murmuré, procesando sus palabras—. Entonces, ¿qué somos? ¿Amigos con derecho? Por así decirlo.
En cuanto pronuncié esa frase, sus cejas se juntaron con brusquedad. Esta vez no hizo falta adivinar: se había molestado, y mucho.
—Soy tu esposo —declaró con voz firme y categórica—. Yo jamás te he visto como algo pasajero ni como un juego. Eres mi esposa, y punto.
—Bueno, en realidad no nos llevamos tan bien como para usar ese término con tanta soltura entre nosotros —reproché, desviando la mirada—. Creo que lo correcto sería...
—Esposos —me interrumpió, poniéndose de pie con determinación y recortando la distancia—. Somos esposos, Emma. Y dentro de poco tiempo vas a terminar aceptándolo.
—Dilan, creo que debemos conversar esto con madurez. No hemos llegado a ningún acuerdo definitivo. Yo no me voy a mudar contigo.
—Emma, somos marido y mujer. Lo normal y lo legal es que vivamos bajo el mismo techo.
—Pero en nuestro caso no es así. Te recuerdo que...
—Ya no hay más contrato, Emma —me cortó, y su tono de voz se volvió extrañamente suave pero implacable—. Desde el primer momento en que te vi, supe que me quedaría contigo hasta que la muerte nos separe. Creí con la idea de que darte tu espacio te ayudaría a procesar las cosas y a entender todo esto, pero veo que me equivoqué.
—Yo nunca quise casarme ni vivir contigo —solté, sosteniéndole la mirada con frialdad, aunque me quemaba por dentro—. Jamás pensé que diría esto en voz alta, pero el matrimonio nunca estuvo en mis planes de vida. Me negué de mil maneras, pero en cada una de ellas mi familia me tendió una trampa para obligarme. Dilan, para mí este matrimonio no es más que un pedazo de papel firmado que puedo tirar a la basura en cuanto me canse.
Pude ver el destello de una profunda decepción cruzar sus ojos, pero en este momento me obligué a ignorarlo. No iba a permitir que mi vida se arruinara solo porque sí.
—Emma... —murmuró con dolor.
—Es la verdad. Si no he pedido el divorcio todavía es simplemente porque no he sentido la necesidad de hacerlo. Estoy contigo porque me sirves de escapatoria de las garras de mi madre. Mis planes a futuro son complejos, Dilan, y tú no estás incluido en ellos.
—Puedo intentar entrar en ellos. Déjame intentarlo.
—No es necesario —sentencié, blindando mi corazón—. Entre nosotros solo existe una fuerte atracción física. Me gustas como hombre, sí, pero creo que nuestro vínculo no pasará de ahí. No me atrevo a cruzar esa línea, y nunca lo haré.
Dije aquello omitiendo deliberadamente el vuelco que me había dado el corazón al verlo sufrir. Podía notar con total claridad cómo mis palabras lo estaban destrozando por dentro. Probablemente, él estaba empezando a desarrollar sentimientos reales por mí, y yo no podía permitirme atarlo a mi destino. Mi familia tenía un plan oscuro y me estaban utilizando como una pieza de ajedrez para cumplirlo; si ser cruel era la única forma que tenía de protegerlo de ellos, entonces lo haría.
—De ahora en adelante, solo tendremos relaciones consensuadas, bajo los términos que yo estipule —añadí con voz monótona—. Así será mucho más sencillo sobrellevar esta convivencia...
Intenté pasar por su lado para retirarme a la habitación, pero Dilan fue más rápido. Me tomó del brazo y, antes de que pudiera protestar, me atrajo hacia su cuerpo y me besó. Sus labios cálidos moldearon los míos en un beso que comenzó siendo delicado, pero que rápidamente se tornó profundo. Tan dolorosamente profundo que sentí unas ganas inmensas de llorar. Cerré los ojos, rindiéndome por completo a la oleada de emociones que me provocaba. Estábamos jugando con fuego, y yo no quería quemarme, no cuando sabía perfectamente lo trágico que sería el final de esta historia.
Intenté alejarme sutilmente, recuperando el aliento.
—No importa lo que digas ni las reglas que inventes, Emma. No te voy a hacer caso —susurró sobre mi boca, antes de volver a besarme, esta vez con una intensidad arrolladora.
Su boca empezó a devorar la mía con un hambre atrasada; sus manos recorrieron mi espalda y mi cintura con un frenesí desesperado. Podía sentir su an,gustia en cada toque. Dilan dio un par de pasos hacia adelante, obligándome a retroceder hasta que caímos juntos sobre el sofá. Sus dientes mordieron con una delicadeza adictiva mi labio inferior, antes de separarse apenas unos milímetros para mirarme a los ojos.
El deseo ardía de forma explícita en su mirada fija. Me resultó imposible negarme, no cuando presencié la ansiedad y la vulnerabilidad en su rostro. Así que rompí la distancia, le devolví el beso con la misma intensidad y dejé que se apoderara por completo de mi ser.