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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: Manipulación en acordes

El teléfono permaneció apagado todo el domingo. César sabía que al otro lado de la pantalla negra había un mundo furioso: Mauricio llamando a cada minuto, Esteban redactando amenazas legales, periodistas hambrientos de una declaración, fans confundidos preguntándose por qué su ídolo había abandonado el escenario. Pero en El Rincón, con el sol filtrándose por la ventana sin vidrio y el olor a café recién hecho, nada de eso parecía real.

Pasó el día ayudando a Laura a remendar ropa ajena. Se sentó en el suelo con la canasta de hilos y agujas, cosiendo botones y parchando agujeros, igual que hacía cuando era niño. Sus dedos, antes acostumbrados a las cuerdas de la guitarra, ahora recordaban la textura áspera de la tela barata. Milo lo observaba desde la puerta, con los brazos cruzados y la misma expresión de resentimiento de siempre.

"¿Ya te botaron?", preguntó Milo, con esa mezcla de sorna y preocupación que le caracterizaba.

"No me botaron. Me fui."

"¿A dónde?"

"De un concierto. En medio del concierto."

Milo soltó una risa corta. "Eres más idiota de lo que pensaba. La gente mata por tener lo que tú tienes, y tú lo botas porque sí."

César dejó la aguja sobre la tela y lo miró fijamente. "No fue 'porque sí'. No entiendes nada."

"Entiendo que mamá sigue cosiendo para comer. Entiendo que Sofía sigue durmiendo en el suelo porque no hay cama para todos. Entiendo que tú estás aquí, con tu fama y tu dinero, pero la ventana de la cocina sigue rota. Eso entiendo."

Laura intervino desde la cocina. "Milo, suficiente. Tu hermano está pasando por un mal momento."

"Todos pasamos por malos momentos, mamá. Solo que nosotros no tenemos un contrato millonario para llorar encima."

Milo salió de la casa dando un portazo. César se quedó mirando la puerta, sintiendo el peso de las palabras de su hermano. Tenía razón en una cosa: él tenía privilegios que su familia no compartía. Pero Milo no sabía que esos privilegios eran cadenas disfrazadas de oro.

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El lunes por la mañana, César decidió encender el teléfono. La pantalla explotó en notificaciones: cuarenta y siete mensajes, treinta y dos llamadas perdidas, catorce correos electrónicos. El primero era de Mauricio, enviado a las dos de la madrugada del sábado: "César, llama ya. Esto es grave".

El último era de Esteban, enviado hacía una hora: "Te esperamos en la oficina a las 10 am. Si no vienes, activamos la cláusula de incumplimiento. Vas a perder todo. Incluso la guitarra".

César sintió un escalofrío. La guitarra. Su primera guitarra, la del basurero, la que había rescatado con trapos y paciencia. La había dejado en el apartamento de la ciudad. Si Esteban decía que podía quitársela, no era una exageración. El contrato tenía una cláusula que decía que todo lo relacionado con su actividad artística era propiedad de la disquera. Y su guitarra, aunque vieja y astillada, estaba en ese apartamento que Melodía Records le había prestado.

No le quedaba otra. Tenía que volver.

Laura lo acompañó a la parada del autobús. No le preguntó qué iba a hacer. Solo le dijo: "Pase lo que pase, hijo, tú vales más que un contrato. No lo olvides".

César la abrazó y subió al autobús. El viaje de regreso fue el más largo de su vida. Cada kilómetro lo acercaba al enfrentamiento. Cada minuto lo hacía más consciente de que estaba a punto de entrar a la boca del lobo.

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Llegó a la oficina de Esteban a las diez en punto. No había nadie en la recepción. Las luces del pasillo estaban apagadas, como si el edificio estuviera en duelo. Caminó hasta el fondo, a la oficina sin ventanas, y golpeó la puerta.

“Adelante.”

Esteban estaba detrás del escritorio, como siempre. Pero esta vez no estaba solo. Mauricio estaba sentado en una silla contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión de decepción que casi parecía genuina. Sobre el escritorio, junto a la grabadora roja, había una copia del contrato y una hoja con membrete legal.

“Siéntate”, dijo Esteban.

César se sentó. No tenía miedo. No del que le corría por las venas como hielo. Tenía otro miedo, más profundo: el miedo a sí mismo, a lo que sería capaz de hacer para salvarse.

“Vamos a ser claros”, empezó Esteban. “Abandonaste un concierto. Eso es incumplimiento de contrato. La cláusula siete, párrafo tercero, dice que cualquier interrupción no autorizada de una presentación será considerada falta grave. Las consecuencias son: suspensión de pagos, extensión del contrato por seis meses, y una multa de cincuenta mil pesos.”

César sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Cincuenta mil pesos. Era más dinero del que había visto en toda su vida.

“Pero podemos negociar”, intervino Mauricio, con su voz de miel podrida. “No queremos arruinarte, César. Eres nuestro artista. Te queremos. Solo queremos que entiendas que esto es un negocio. No puedes hacer lo que te dé la gana.”

“No hice lo que me dio la gana”, respondió César, con la voz firme a pesar del temblor interior. “Hice lo que me dictó la conciencia.”

Esteban soltó una risa seca. “La conciencia no paga las cuentas. La conciencia no produce discos. La conciencia es un lujo que solo pueden permitirse los ricos. Y tú, César, no eres rico. Eres un empleado. Un empleado que se cree artista.”

La palabra le dio en el centro del pecho. Empleado. No artista. Empleado. Durante meses había luchado por mantener su identidad, por seguir creyendo que era un músico, un creador. Pero Esteban tenía razón: para ellos, él era solo un engranaje. Reemplazable. Desechable.

“¿Qué quieren que haga?”, preguntó, derrotado.

“Queremos que vuelvas al escenario”, dijo Mauricio. “Que des una entrevista explicando que lo del otro día fue un problema de salud. Que estabas deshidratado, que te dio un mareo, lo que sea. La gente lo va a creer. La gente cree cualquier cosa.”

“Y queremos que grabes un nuevo disco”, añadió Esteban. “Con las canciones que te den los compositores. Nada de letras tristes, nada de poesía barata. Queremos ritmo. Queremos ventas. Queremos que bailen, no que lloren.”

César apretó los puños bajo la mesa. “¿Y mis canciones? Las que he escrito en mi cuaderno.”

Esteban y Mauricio intercambiaron una mirada. Fue Mauricio quien habló. “Tus canciones son propiedad de la disquera. Ya lo sabes. Si quieres usarlas, tendremos que aprobarlas. Pero te adelanto que ninguna pasa. Son muy oscuras. Muy personales. El mercado no quiere eso. El mercado quiere felicidad.”

“El mercado no tiene alma”, murmuró César.

“El mercado no necesita alma”, respondió Esteban. “El mercado necesita producto. Y tú eres el producto. Así que produce.”

César se quedó en silencio un largo rato. En su cabeza daban vueltas las palabras de su madre: “Vuelas alto, hijo”. Pero ya no sabía si quería volar. Ya no sabía si el cielo al que lo empujaban era real o era una pantalla gigante pintada con luces de colores.

“Está bien”, dijo al fin. “Vuelvo al escenario. Grabo el disco. Pero quiero algo a cambio.”

Esteban levantó una ceja. “¿Negocias? Tú no estás en posición de negociar.”

“Entonces no hay trato.”

El silencio se hizo tenso. Mauricio carraspeó. “¿Qué quieres, César?”

“Quiero que la ventana de la casa de mi madre se arregle. Con vidrio de verdad. No con cartón. Quiero que le compren una cama nueva para mis hermanas. Quiero que mi madre no tenga que coser ropa ajena para comer. Eso quiero.”

Esteban lo miró como si hubiera pedido la luna. “¿Eso es todo? ¿Una ventana y una cama?”

“Y que Milo pueda ir a la escuela. Que no tenga que trabajar para ayudar en casa. Eso es todo.”

Mauricio sonrió. “Eso se puede arreglar. No es mucho dinero. Lo tomamos de tus regalías futuras.”

“No. Lo toman de su bolsillo. Ustedes me deben eso. Por todo lo que me han quitado.”

Esteban y Mauricio intercambiaron otra mirada. Hubo un largo silencio. Finalmente, Esteban asintió. “Trato hecho. Pero tú cumples tu parte. Sin desviaciones. Sin escapadas. Sin escándalos.”

“Trato hecho”, repitió César.

Salió de la oficina con el estómago revuelto. Había negociado, sí. Había conseguido algo para su familia. Pero a qué costo. Había aceptado seguir siendo el producto. Había aceptado cantar mentiras. Había aceptado enterrar sus canciones verdaderas en el fondo del armario, junto con su dignidad.

Esa noche, en el apartamento vacío, sacó el cuaderno y leyó sus canciones una por una. “Cielo falso”. “La ventana sin vidrio”. “Mil pesos”. “El espejo que devuelve lo que das”. Todas ellas eran pedazos de su alma escritos en papel rayado. Y todas ellas, por contrato, pertenecían a otros.

Cerró el cuaderno y lo guardó. Pero esta vez no en el armario. Lo guardó debajo de la cama, al alcance de la mano. Por si acaso. Por si algún día encontraba el valor para reclamar lo que era suyo.

Y mientras se dormía, una idea empezó a germinar en su mente. Una idea peligrosa. Una idea que podría costarle todo lo que le quedaba. Pero también podría devolverle algo que había perdido hace mucho: la libertad

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