Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?
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No le pertenezco.
...Capítulo 10....
...Parte 2....
...No le pertenezco....
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Leonor.
El resto del día transcurre como una pesadilla lenta. Las felicitaciones de la corte, las miradas de admiración o envidia hacia mi nuevo collar, las palabras de mi padre llenas de orgullo por la gran alianza que hemos formado. Todo me da vueltas. Todo me repugna. Cuando por fin llego a mi habitación, cuando la puerta se cierra y quedo totalmente sola, la máscara se rompe en mil pedazos.
Me arranco el collar con una furia desesperada, tirándolo con fuerza contra la pared más lejana. El metal golpea la piedra y cae al suelo, rodando hasta quedarse en un rincón, brillando malévolamente en la penumbra. Me froto el cuello, aliviada, odiando la marca invisible que dejó en mi piel.
—¡Mía! —repito con amargura, con rabia, con deseo—. ¡No eres nada, Talius! ¡Nada!
Camino de un lado a otro, agitada, sintiendo cómo el tiempo se me escapa entre los dedos. La luna nueva. El matrimonio. El ritual de sangre. Si eso sucede, si me uno a él, ¿qué pasará con lo que siento? ¿Qué pasará con la marca que llevo? ¿Me convertiré en una reina de hielo, fría y vacía, destinada a destruir al único hombre que me hace sentir viva?
No. Eso no va a pasar.
Me acerco al escondite secreto en mi tocador, ese lugar donde guardo mi tesoro más preciado, lo único que vale algo para mí. Lo saco. La pequeña medalla de plata, con el lobo grabado en relieve. El símbolo de mi enemigo. El símbolo de mi alma gemela.
La sostengo entre mis dedos, la acaricio, sintiendo su vibración leve, como si respondiera a mi pulso. Recuerdo esa noche. Recuerdo su fuerza, su olor, la forma en que me empotró contra la pared, la forma en que me hizo suya, una y otra vez, hasta hacerme olvidar quién era y de dónde venía. Recuerdo cómo, incluso entonces, supe que estaba perdida.
Vuelvo a sentir ese deseo abrasador, esa necesidad que ni la sangre, ni el descanso, ni la razón pueden calmar. Mi cuerpo se estremece, mis entrañas arden, llamándolo, pidiéndolo. Ya no lucho contra ello. Ya no me digo "está mal". Ahora sé que es lo único verdadero que tengo.
Me acerco a la ventana grande, dejo que el aire frío de la noche me golpee el rostro, y miro hacia afuera, hacia la oscuridad infinita donde sé que él está, donde sé que me vigila, donde sé que me espera.
Aprieto la medalla contra mi pecho, contra mi corazón desbocado. Y hablo, en voz baja, pero con toda la fuerza de mi ser, segura de que el viento, o la Luna, o ese lazo invisible que nos une, le llevará mis palabras.
—Me han puesto cadenas, Andrew —susurro, y mis ojos brillan con determinación y deseo—. Me han prometido a la muerte. Me han dado por propiedad de otro. Pero tú lo viste... tú sentiste lo que yo sentí. Tú sabes que nada de esto es real.
Hago una pausa, recordando el dolor de verlo irse, el miedo de perderlo.
—Tú me marcaste primero. Me tuviste en tus brazos. Me hiciste tuya antes de que ellos decidieran mi destino. Si de verdad crees que soy tuya... si de verdad eres el Alfa que se atreve con todo... ven a buscarme antes de que sea demasiado tarde.
Sonrío, una sonrisa oscura, peligrosa, llena de esa traición que ahora llevo con orgullo.
—Porque yo ya no voy a correr. Yo ya no voy a esconderme. Y cuando vengas... cuando cruces esa frontera por mí... te prometo que no me importará ser una traidora. Te prometo que te entregaré todo lo que soy.
Dejo caer la mano, guardo la medalla de nuevo, y me quedo mirando la noche, esperando, deseando, sabiendo que ahora la guerra no es entre clanes.
Ahora la guerra es por mí.
Y yo... ya he elegido mi bando.
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