Doña Matilde, una mujer de setenta años, pasa sus noches viendo novelas y criticando a las protagonistas ingenuas que confían en las personas equivocadas. Mientras mira una historia donde la dulce Sonia será traicionada y asesinada por su propia prima, Matilde no puede evitar enfurecerse por tanta ingenuidad. Pero un repentino paro cardíaco cambia su destino.
Al despertar, descubre algo imposible: ya no es Doña Matilde. Ahora es Sonia, la protagonista de la novela Amor cruel, cruel destino.
Con todos los recuerdos de la historia y sabiendo que su prima Paula planea destruirla, Matilde tiene una ventaj noa que nadie más posee: conoce el final.
Y esta vez no piensa permitir que ocurra. Porque si el destino cree que Sonia debe morir… tendrá que enfrentarse a una mujer que no tiene miedo de cambiar la historia
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Nuevos movimientos
El fin de semana llegó más rápido de lo que Sonia esperaba.
Durante toda la semana había estado ocupada en la empresa revisando documentos, balances y contratos. Cada día encontraba pequeñas inconsistencias que confirmaban sus sospechas: alguien estaba drenando el dinero de la compañía poco a poco, con movimientos aparentemente legales pero manipulados.
Sin embargo, todavía no tenía el nombre del culpable.
Pero eso no era lo único que tenía en mente.
El sábado por la mañana la mansión estaba llena de movimiento. Maletas, documentos de viaje, pasaportes y recomendaciones de último momento llenaban la sala principal.
El crucero estaba listo para partir.
Doña Margarita parecía emocionada y un poco nerviosa al mismo tiempo.
—Hace tanto que no hacemos algo así —dijo mientras acomodaba su bolso.
Don Sergio revisaba una pequeña carpeta con documentos de viaje.
—Será bueno desconectarse un tiempo —respondió.
Sonia los observaba con tranquilidad.
Había logrado sacarlos de la ciudad justo a tiempo.
Eso era lo importante.
Paula estaba sentada en uno de los sillones observando la escena con una sonrisa hipócrita de siempre.
Por dentro estaba furiosa.
Pero no podía mostrarlo.
No todavía.
El chofer entró a la casa.
—Señor, el auto está listo.
Don Sergio asintió.
—Perfecto.
Doña Margarita caminó hacia Sonia y la abrazó con cariño.
—Cuídate mucho, hija.
Sonia le devolvió el abrazo.
—Tu también Paula.
La mujer luego miró a ambas jóvenes.
—Cuídense mis niñas.
Sonrió con dulzura.
—Pórtense bien.
Paula respondió con su típica sonrisa fingida.
—Claro, tía.
Don Sergio se acercó entonces a su hija.
Su expresión se volvió seria, pero llena de orgullo.
—Hija mía…
Sonia lo miró con atención.
—Te dejo a cargo..
—Si tienes alguna duda o algún problema en la empresa, pide ayuda a mi secretario.
—Al señor Márquez.
Sonia asintió.
—Lo haré, papá.
Don Sergio le puso una mano en el hombro.
—Confío en ti, hija.
Sus ojos reflejaban orgullo.
—Sé que sabrás administrar bien la empresa.
—Gracias por confiar en mí papi.
Don Sergio la abrazó.
—Te amo, hija mía.
—Nos vemos pronto.
Sonia respondió al abrazo.
—Yo también te quiero.
Minutos después, las maletas fueron cargadas en el auto.
Doña Margarita agitaba la mano desde la puerta.
—¡Nos vemos pronto!
—¡Disfruten el viaje! —respondió Sonia.
El auto finalmente se alejó por el camino principal de la mansión.
El silencio se apoderó del lugar.
Sonia respiró profundo.
—Ahora empieza lo verdadero chido —pensó.
Paula caminó hacia ella con una sonrisa amable.
—Primita…
Sonia la miró.
—¿Sí?
Paula habló con tono dulce.
—Estaba pensando…
Hizo una pausa.
—¿Será que puedo ir contigo a la empresa?
Sonia levantó una ceja.
—¿A la empresa?
Paula asintió.
—Sí.
Miró alrededor de la gran mansión.
—No quiero quedarme solita aquí todo el día.
Su voz sonaba como una pequeña niña hasta pucheros hizo.
—Además… podría ayudarte.
Sonia la observó durante unos segundos.
Pensó en ello.
En realidad…
Podría ser útil tenerla cerca.
—Así puedo vigilarla —pensó.
Finalmente respondió.
—Está bien.
Paula sonrió internamente.
—Perfecto.
Pero Sonia continuó hablando.
—Aunque tendrás que trabajar.
La sonrisa de Paula se tensó ligeramente.
—¿Trabajar?
—Sí.
Sonia cruzó los brazos.
—Me servirás el té.
—O cualquier encargo que necesite.
Paula trató de mantener la calma.
—Entiendo…
Pero Sonia no había terminado.
—Ah, y otra cosa.
La miró directamente.
—Serás la secretaria de Martita.
Paula parpadeó sorprendida.
Martita era una mujer mayor que llevaba muchos años trabajando en el área administrativa.
Era estricta y bastante exigente.
El puesto no tenía absolutamente nada de prestigio.
Paula sintió que la sangre le hervía.
—¿Secretaria?
Pero sonrió forzadamente.
—Claro… primita.
Por dentro quería gritar.
—Maldita…
Sin embargo necesitaba estar dentro de la empresa.
Cerca de Sonia.
Cerca de todo.
—Además… —pensó.
Una sonrisa apareció en su mente.
—Ahí también está Rogelio.
Su amante.
La idea le devolvió el ánimo.
—Perfecto.
Sonia tomó sus llaves.
—Entonces vámonos.
Las dos salieron de la mansión.
Pero ninguna confiaba realmente en la otra.
Mientras tanto…
En otra parte de la ciudad.
Santiago Ibáñez estaba sentado en su oficina mirando por la ventana.
Su empresa era una de las más importantes en tecnología automotriz que había crecido en el mercado rápidamente.
Tenía reuniones importantes.
Contratos millonarios.
Proyectos internacionales.
Pero en ese momento…
Nada de eso estaba en su mente.
Pensaba solo en ella.
En Sonia.
Desde aquella noche en el hotel no había vuelto a verla.
Y eso lo tenía intrigado.
—Pequeña traviesa… —murmuró.
Se recostó en su silla.
—¿Dónde te metiste?
Durante las últimas semanas había hecho algo que jamás imaginó que haría.
Había vuelto varias veces al mismo antro donde la conoció.
La primera vez pensó que sería coincidencia.
La segunda vez empezó a sospechar de si mismo y se preguntaba que buscaba allí.
La tercera vez ya era claro.
La estaba buscando.
Pero Sonia no aparecía.
Ni una sola vez, la condenada.
Santiago tomó su celular.
Miró la pantalla.
—Ni siquiera tengo tu número.
Se levantó y caminó por la oficina.
—Ni tu apellido.
—Ni dónde trabajas.
Se rió levemente.
—Solo sé que eres muy pero muy traviesa.
Recordó la forma en que ella lo hizo suyo hace que se le pare todo, su cuerpo la extrañaba, solo faltó una noche para tenerlo asi...Recuerda y lo vuelve loco su sonrisa atrevida.
—Interesante mujer.
Santiago volvió a mirar la ciudad desde la ventana.
—Pero el mundo es pequeño.
Una sonrisa apareció en su rostro.
—Seguro nos volveremos a encontrar.
En ese mismo momento…
En el edificio de Vega LTDA…
Sonia y Paula entraban por la puerta principal.
Los empleados del área administrativa levantaron la mirada al verlas.
Martita fue la primera en acercarse.
—Buenos días, señorita Sonia.
Sonia sonrió.
—Buenos días, Martita.
Luego señaló a Paula.
—Ella trabajará con usted.
Martita miró a Paula de arriba abajo.
—¿En serio?
Sonia asintió.
—Será su secretaria.
Paula sintió que su orgullo era pisoteado.
Pero mantuvo la sonrisa.
—Mucho gusto.
Martita respondió.
—Aquí trabajamos de manera profesional, no se viene a exhibirse, mañana venga con ropa más formal.
Paula asintió.
—Lo entiendo.
Pero por dentro pensaba otra cosa.
—Disfruta mientras puedas, maldita Sonia..
Y cada una de ellas tenía sus propios planes.