Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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17
El eco de la confesión de Alistair resonó en las paredes del salón del consejo mucho después de que los guardias se lo hubieran llevado. El aire, antes cargado de tensión y paranoia, ahora estaba impregnado de un vacío aturdido. Harrington y Thornton, dos pilares del poder establecido, yacían rotos. Alistair, la serpiente en el jardín, se había transformado en un dragón que había incendiado la estructura misma de la corte. Y Valeria, la arquitecta de su caída, se quedaba de pie en el epicentro del terremoto, sintiendo el suelo temblar bajo sus pies.
—Limpie esta sala—ordenó el príncipe Kaelan, su voz cortando el silencio aturdido como el filo de una espada. Su rostro era una máscara de control real, pero Valeria, ahora sintonizada con las corrientes ocultas de la sala, podía ver la furia helada y el miedo profundo que yacían debajo. —Lleven a estos traidores a las mazmorras. Quieren un juicio, tendrán un juicio. Pero será un juicio justo, no el espectáculo de circo que esto se ha convertido.
Los guardias, recuperando la compostura, se movieron con una renovada autoridad, sacando a un Harrington farfullante y a un Thornton lloroso de la sala. Los nobles restantes comenzaron a dispersarse, susurrando entre sí, sus rostros pálidos y sus miradas evitando tanto al príncipe como a Valeria. Se movían como barcos sin timón en una tormenta, buscando un puerto seguro en un imperio que de repente se sentía extraño y hostil.
—Lady Montrose—dijo el príncipe, volviéndose hacia ella una vez que la sala estuvo casi vacía, salvo por los guardias leales que flanqueaban las puertas—. Quisiera hablar con usted. En privado.
Valeria asintió, su cuerpo cansado pero su mente alerta. Lo siguió a través de una puerta oculta detrás de un pesado tapiz, la misma puerta por la que había escapado del palacio no hacía mucho tiempo. Parecía una vida pasada.
Se encontraron en los aposentos privados del príncipe, el mismo santuario de calma y elegancia donde su destino había tomado un nuevo rumbo. Pero esta vez, la atmósfera era diferente. La calma se había roto, reemplazada por una tensión eléctrica.
—¿Qué fue eso, Valeria?—preguntó el príncipe, abandonando toda formalidad al tiempo que se servía un vaso de un vino oscuro y espeso. Su espalda estaba hacia ella, mirando por la ventana los jardines que ahora parecían sombríos bajo la luz de la mañana—. ¿Qué juego estaba jugando Alistair?
—El suyo, Alteza. No el mío—respondió Valeria, su voz tranquila. Se acercó a la chimenea, extendiendo las manos hacia el calor que emanaba de las llamas danzantes. El Libro de los Destinos, aún oculto bajo su vestido, parecía pulsar con un ritmo sordo, como un corazón anciano—. No planeaba que se confesara. Planeaba usar su testimonio, un arma secreta para desacreditar a Harrington. Pero él... él lo convirtió en una confesión pública. Una declaración de guerra.
—Una guerra que ahora ha declarado abiertamente—dijo el príncipe, volviéndose hacia ella. Sus ojos azules, antes llenos de curiosidad, ahora estaban oscuros con una preocupación profunda—. Sus seguidores en la ciudad, los descontentos, los que anhelan un cambio radical... ahora tienen un mártir. Un líder dispuesto a morir por su causa. Y eso es mucho más peligroso que cualquier conspiración secreta.
—Él no morirá—dijo Valeria con una certeza que sorprendió incluso a sí misma. Las visiones que había tenido, las corrientes de tiempo que había navegado, le mostraban un futuro diferente para Alistair. No un cadalso, sino un trono de sangre y fuego.
—¿Y cómo puede estar tan segura?—preguntó el príncipe, su ceño fruncido.
—Porque Alistair no cree en la muerte. Cree en la destrucción y el renacimiento—respondió Valeria, volviéndose hacia él—. Este no era el final de su plan. Era el principio. Al arrestarlo, le has dado una plataforma. Al juzgarlo, le darás un escenario. Y al ejecutarlo... le darás el martirio que necesita para encender la revolución.
El príncipe guardó silencio por un momento, su mente trabajando, evaluando las implicaciones de sus palabras. —Entonces, ¿qué me sugieres? ¿Que lo libere? ¿Que lo deje ir? Eso sería visto como debilidad. Como una invitación a que otros se levanten contra mí.
—No—respondió Valeria, su voz firme—. Lo juzgas. Pero lo juzgas por lo que es: no un traidor al trono, sino un terrorista que busca la destrucción del imperio. No lo encierras en las mazmorras del palacio, donde sus seguidores pueden convertirlo en un símbolo. Lo encarcelas en la Fortaleza del Norte. Lejos de la capital. Lejos de su base de poder. Lo aislas.
La Fortaleza del Norte. Una prisión cortada en la roca helada, un lugar del que nadie escapaba jamás, un lugar diseñado para hacer olvidar a los hombres, no para convertirlos en mártires.
—Y mientras él está aislado, ¿qué hacemos?—preguntó el príncipe, su interés evidente—. ¿Cómo luchamos contra la revolución que él ha encendido?
—No luchamos contra ella—respondió Valeria, una idea tomando forma en su mente, una idea que el libro le había estado susurrando desde que Alistair confesó—. La abrazamos. Le damos a la gente lo que quiere: cambio. Pero un cambio controlado. Un cambio que fortalezca al imperio en lugar de destruirlo.
Se acercó al escritorio del príncipe, donde los mapas y los documentos estaban amontonados en un desorden ordenado. —Necesitas convocar una asamblea pública. No en este salón, lleno de nobles corruptos, sino en la plaza principal. Frente a toda la ciudad. Necesitas hablarles directamente, no a través de intermediarios.
—¿Y qué diría?—preguntó el príncipe, aunque Valeria podía ver que la idea estaba germinando en su mente.
—Dirás la verdad—respondió Valeria—. Les dirás que Harrington y Thornton conspiraron contra ti, pero que los has detenido. Les dirás que Alistair busca la destrucción, no el progreso. Y les dirás que tú, como su príncipe, estás comprometido con un nuevo orden. Un orden de justicia, de transparencia, de oportunidades para todos, no solo para los nacidos en el poder.
Mientras hablaba, Valeria sintió el libro vibrar de nuevo, mostrándole imágenes, fragmentos de futuros posibles. Vio al príncipe, de pie en un balcón, su voz resonando sobre una multitud enardecida. Vio la esperanza en los ojos del pueblo, una esperanza que reemplazaba al miedo y la paranoia. Vio un imperio unificado, no por la fuerza, sino por la fe en un futuro mejor.
—¿Y cómo puedo hacer eso?—preguntó el príncipe, su voz llena de una mezcla de escepticismo y esperanza—. ¿Cómo puedo convencerlos de que mi visión del futuro es mejor que la de Alistair?
—Mostrándoselos—respondió Valeria, ya abriendo el Libro de los Destinos sobre el escritorio—. No todo el libro, por supuesto. Eso sería demasiado. Pero partes de él. Pruebas de la corrupción de Harrington, de las traiciones de Thornton. Pruebas de que el sistema actual está roto.
Abrió el libro en una página específica, donde los símbolos se habían reorganizado para formar un mapa claro e innegable de las redes de corrupción que se extendían por el consejo. —Esto es tu arma, Alteza. No la espada, sino la verdad. Y con esta arma, puedes derrotar a Alistair no en el campo de batalla, sino en los corazones y las mentes de tu pueblo.
El príncipe observó el mapa, sus ojos abiertos con sorpresa y comprensión. —Es... brillante. Y aterrador. ¿Estás segura de que estás dispuesta a usar esto? A exponer tus secretos al mundo?
—Ya no son solo mis secretos—respondió Valeria, su voz suave pero firme—. Son los secretos del imperio. Y el imperio necesita saber la verdad si alguna vez va a sanar.
Mientras hablaban, escucharon un golpecito en la puerta. El príncipe se irguió, su mano yendo instintivamente a la empuñadura de su espada.
—¿Quién es?—preguntó, su voz alerta.
—Soy yo, Alteza—respondió una voz familiar—. Marcus. Tengo noticias. Urgentes.
El príncipe asintió, y Valeria abrió la puerta, encontrándose con Marcus, cuyo rostro estaba marcado por la urgencia y el agotamiento. Llevaba una capucha oscura, pero sus ojos brillaban con una intensidad que la inquietaba.
—¿Qué pasa?—preguntó Valeria, su corazón acelerándose—. ¿Eleanor? ¿Está bien?
—Eleanor está bien—respondió Marcus, entrando en la habitación y cerrando la puerta detrás de él—. Pero tenemos un problema. Un problema grande.
Se detuvo, su mirada fija en el príncipe con una deferencia que parecía fuera de lugar. —Alteza. Mis disculpas por interrumpir. Pero las noticias no pueden esperar.
—Hable, Marcus—dijo el príncipe, su voz grave—. ¿Qué ha pasado?
—Mientras yo y Eleanor estábamos en los muelles, sembrando los rumores que me pidió, Valeria... vimos algo—dijo Marcus, su voz baja y urgente—. Algo que no esperábamos. Cassian no está solo reuniendo mercenarios. Está reuniendo a los Guardias Renegados.
La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. Los Guardias Renegados. Soldados del imperio que habían sido desterrados por crímenes atroces, guerreros feroces que solo leían por lealtad al oro y a la violencia.
—¿Cómo es posible?—preguntó Valeria, su voz apenas un susurrro—. Los Guardias Renegados fueron exiliados hace años. Se dispersaron, se convirtieron en nada más que leyendas para asustar a los niños.
—Las leyendas a menudo se basan en la verdad—respondió Marcus, su voz amarga—. Y Cassian siempre ha tenido un talento para encontrar a los hombres más desesperados y más peligrosos y convencerlos de que sus batallas son también las suyas.
—¿Y qué quiere?—preguntó el príncipe, su expresión seria—. ¿Qué planea hacer con un ejército de mercenarios y renegados?
—No planea hacer nada—respondió Valeria, su mente racing, conectando los puntos que el libro le había mostrado—. Ya lo ha hecho. Mientras nosotros estábamos aquí, jugando nuestro juego de tronos y traiciones, Cassian ha estado moviendo sus piezas. Y ahora, tiene un ejército. Un ejército leal solo a él y a la causa de Alistair.
Mientras hablaban, escucharon el lejano sonido de una campana. No era el repicar alegre de las horas, sino el toque de alarma, el sonido que significaba peligro, ataque, guerra.
—¿Qué es eso?—preguntó el príncipe, su mano yendo a la empuñadura de su espada.
—Es el comienzo—respondió Valeria, su voz llena de una resignación aterradora—. Es el comienzo de la revolución que Alistair ha encendido. Y es el comienzo de la guerra que tendrá que decidir el futuro del imperio.
Mientras el sonido de las campanas crecía, mezclándose con los lejanos gritos de una ciudad que despertaba a la guerra, Valeria sintió el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Había ganado la batalla en el salón del consejo, pero la guerra por el imperio apenas estaba comenzando. Y esta vez, no se libraría con palabras y trampas, sino con sangre y acero.
—Necesitamos reunir a los leales—dijo el príncipe, su voz firme y clara, el miedo en sus ojos reemplazado por una determinación de acero—. Necesitamos fortificar el palacio. Necesitamos...
—Necesitamos algo más que eso—respondió Valeria, ya abriendo el libro de nuevo, buscando una respuesta, una solución, una forma de evitar la guerra que veía desplegarse ante ella como una pesadilla inevitable—. Necesitamos un milagro.
Y mientras buscaba en las páginas del libro, buscando un futuro que no terminara en sangre y fuego, Valeria sintió una punzada de un miedo que no había experimentado nunca antes. El miedo de que, esta vez, no hubiera un truco, no hubiera un plan, no hubiera una forma de ganar. Solo el final frío y brutal de un juego que se había vuelto demasiado real, demasiado peligroso, incluso para ella.