En un mundo salvaje donde las hembras son escasas, codiciadas y acumulan harenes de múltiples esposos para asegurar la supervivencia de la especie, Lin Mei (la antigua "hembra perezosa y fea") toca fondo tras intentar forzar al guerrero oso Boran a amarla. Al borde de la muerte tras un intento de suicidio, su cuerpo es ocupado por Mei, una brillante estudiante de agronomía y medicina alternativa del mundo moderno.
Decidida a no ser el juguete ni el parásito de nadie, Mei revoluciona la Tribu de la Roca con conocimientos de higiene, agricultura y costura. Su transformación física y mental la convierte en la hembra más hermosa y deseada del continente. Mientras rechaza los lamentos del arrepentido Boran, Mei desafía las leyes del mundo de las bestias al entregar su corazón a uno solo: Kaelen, el imponente y devoto líder de los leones, demostrando que en un mundo de poligamia, el verdadero poder radica en elegir a quién amar.
NovelToon tiene autorización de ska para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 21
La oscuridad de la ladera oeste de la montaña no era un vacío ciego; era una penumbra densa, fría y cargada de una quietud mineral que había permanecido inalterada durante generaciones. Las cuevas profundas, conocidas en los mitos más antiguos de los osos como las Fauces de la Tierra, eran un intrincado laberinto de túneles basálticos que la Tribu de la Roca había evitado debido a supersticiones primitivas sobre espíritus que robaban el aliento. Sin embargo, para la mente científica de Mei, el lugar no representaba más que una magnífica obra de ingeniería geológica natural.
Guiadas por la joven agrónoma, más de treinta hembras y sus crías avanzaban en una fila india perfecta y silenciosa. No llevaban antorchas de resina expuestas para no alertar a los centinelas de la plaza baja; en su lugar, Mei caminaba a la vanguardia sosteniendo un cuenco de arcilla con un par de brasas cubiertas por hojas secas de pino, lo suficiente para proyectar un tenue resplandor anaranjado sobre el suelo de piedra regular.
—Cuiden sus pasos y mantengan a las crías pegadas a la pared izquierda —instruyó Mei en un susurro que apenas alteró el aire estancado—. El suelo aquí es firme, pero hay grietas de ventilación que bajan directamente hacia los acuíferos subterráneos.
Nila, que cargaba al pequeño Ro envuelto con fuerza en la manta de tela de ortiga, miró hacia atrás con una mezcla de temor y asombro. Las paredes de la caverna principal mostraban vetas de cristales de cuarzo que reflejaban la luz de las brasas como un cielo estrellado oculto bajo la montaña.
—Lin Mei... el aire aquí no huele a nido viejo —comentó Sora, quien arrastraba una pesada cesta repleta de los tallos de ortiga que habían salvado de la vaguada—. Es extraño. Pensé que nos ahogaríamos con el humo de las profundidades, pero siento una corriente fría que viene de arriba.
—Son los pozos de ventilación natural, Sora —explicó Mei, deteniéndose en una bifurcación ensanchada que formaba una bóveda natural de casi diez metros de altura—. La montaña tiene chimeneas internas que conectan con las cumbres más altas. El aire caliente sube y el aire frío entra, creando un ciclo continuo. Es un diseño térmico perfecto. Nos estableceremos aquí. Las piedras de esta bóveda retendrán el calor de un fogón pequeño y la entrada trasera está tan oculta por los bloques de hielo exteriores que Boran pasaría tres lunas buscándonos sin éxito.
Las mujeres dejaron caer sus fardos con suspiros de alivio. En menos de media hora, el espacio de las Fauces de la Tierra comenzó a transformarse bajo las órdenes directas de la agrónoma. No había espacio para el caos. Se organizó un sector central para las madres y las crías, donde se extendieron los helechos secos y las capas de piel limpias. En el lateral derecho, Nila y Maya ordenaron las valiosas cestas de papas silvestres y los viales de medicina de sauce, protegiéndolos de la poca humedad que pudiera filtrarse.
Mei se arrodilló en el centro de la bóveda para iniciar la construcción de un nuevo fogón de retención térmica. Usando piedras de basalto sueltas que los niños recolectaban con entusiasmo, acomodó un anillo doble, dejando un pequeño canal inferior para la entrada de oxígeno. Cuando la primera chispa prendió en el nido de pelusa de cardo, un humo blanquecino y purificador comenzó a flotar hacia el techo, desapareciendo de inmediato por una de las chimeneas naturales hacia el exterior.
El calor residual comenzó a expandirse, abrazando los cuerpos entumecidos de las recolectoras. El contraste con las cuevas húmedas y enfermas de la plaza baja era total; aquí no había olor a carne podrida ni corrientes de aire congelado que trajeran la tos estacional. Era la fortaleza de la tecnología.
Mientras la Casa del Hilo subterránea se consolidaba en el vientre de la montaña, en la superficie, el destino de la Tribu de la Roca cruzaba el punto de no retorno.
Un grito de frustración salvaje rompió el silencio de las colinas altas. Boran, al mando de cincuenta guerreros armados con mazas de piedra y hachas ceremoniales, acababa de derribar la barrera de ramas que protegía la entrada de la antigua cueva de Mei. Detrás de él, Talia entró a grandes zancadas, con los ojos encendidos en una codicia que se transformó en pura incredulidad al instante.
El nido estaba vacío.
No había rollos de tela marfil, no había cestas de papas dulces, no había viales de medicina de sauce. En el centro del espacio limpio, lo único que permanecía eran las cenizas aún tibias del fogón térmico de Mei y un denso olor a menta fresca que parecía burlarse del orgullo de los invasores.
—¡¿Dónde están?! —aulló Boran, golpeando una de las repisas de piedra con su hacha, partiéndola en dos—. ¡¿Dónde escondió a las hembras la maldita paria?! No pudieron haber bajado al bosque sin que mis centinelas las vieran.
Talia se acercó al fogón vacío, tocando las cenizas con sus dedos pintados de rojo. Su rostro se volvió pálido de rabia.
—Se han escapado por los caminos del bosque alto, Boran. O peor aún... los leones del sur las ayudaron a evacuar. Te lo dije: Lin Mei ha estado entregando nuestro sustento a Kaelen. Si no recuperamos a las hembras ciervo, no habrá nadie que limpie la carne ni prepare las pieles para los cazadores de élite. La plaza baja se morirá de frío antes de que termine la Luna Blanca.
Karg, que venía rezagado en la retaguardia con el brazo derecho fuertemente vendado con tiras de cuero sucias y el rostro desfigurado por el dolor de la herida que Mei le había infligido, dio un paso al frente con dificultad.
—No fueron a los caminos altos, jefe —dijo el oso tuerto, su voz temblorosa por la fiebre—. Las hembras ciervo conocen los túneles abandonados de la ladera oeste. Pero ningún macho en su sano juicio entraría allí. Ese lugar pertenece a los espíritus de la escarcha. Si entramos, la montaña nos devorará.
Boran se giró hacia él, sus ojos marrones inyectados en sangre. Su orgullo como macho alfa dominante de la Roca había sido destrozado por completo: su mejor guerrero había sido lisiado por una mujer humana y su fuerza laboral se había desvanecido en el aire.
—¡No creo en los espíritus de la montaña, Karg! —rugió Boran, levantando su hacha manchada de la sangre vieja del mamut—. Pero el hambre de mis guerreros sí es real. No gastaremos energía buscando a un grupo de mujeres cobardes en la oscuridad de las piedras. Si Lin Mei quiere quedarse en las Fauces de la Tierra con las traidoras, que se alimente de piedras. Marcharemos ahora mismo al límite del sur.
Los guerreros osos se tensaron, murmurando entre ellos.
—¿Al sur, jefe? La tormenta está volviendo.
—¡Sí, al sur! —sentenció Boran, su barítono resonando en la cueva vacía con una demencia peligrosa—. Kaelen provocó esto. Sus patrullas hirieron a mis hombres y sus hilos debilitaron a mi tribu. Si destruimos el campamento de los leones y tomamos sus reservas de carne fresca del sur, las hembras de la ladera oeste tendrán que volver de rodillas a la plaza si no quieren que sus crías mueran congeladas. ¡Preparen las lanzas de guerra! ¡Hoy la Roca aplastará la melena del León!
La facción alta de los osos estalló en un coro de rugidos primitivos, un sonido salvaje que bajó por el valle nevado como un augurio de muerte. Talia sonrió con malicia, viendo en la guerra la única oportunidad de borrar el nombre de Lin Mei de la historia de las montañas.
A tres kilómetros de allí, en la linde del bosque bajo donde los sauces de cristal delimitaban el territorio, Kaelen permanecía de pie sobre una formación rocosa elevada. El líder de los leones observaba el horizonte con una calma imponente, mientras los copos de nieve comenzaban a caer con una densidad renovada, tiñendo el lienzo del valle de un blanco absoluto. No llevaba sus pinturas de guerra habituales, pero la lanza de bronce que sostenía en su mano derecha estaba clavada con firmeza en la tierra congelada.
Jarek, su segundo al mando, ascendió por la ladera con paso fluido, arrodillándose ante su rey.
—Señor... los tambores de la Roca han dejado de sonar. Los espías informan que Boran ha dejado la cueva alta y marcha con toda su vanguardia hacia la vaguada del sur. Vienen buscando sangre.
Kaelen dejó escapar un ronroneo bajo y divertido, una vibración profunda que pareció disipar el frío a su alrededor. Sus ojos ámbar, fijos en la dirección de las montañas altas, brillaron con una luz estratégica que denotaba que cada movimiento en el tablero del invierno había ocurrido tal como su mente lo había previsto.
—El oso ha picado el anzuelo más rápido de lo que esperaba, Jarek —comentó el líder de los leones, una sonrisa perezosa dibujándose en sus labios perfectos—. Pensé que su orgullo lo obligaría a buscar a la flor de plata en las piedras profundas, pero su estupidez lo ha empujado a buscar una muerte más rápida en mis llanuras. ¿Dónde está Lin Mei?
—Nuestras sombras informan que evacuó la Casa del Hilo con éxito, señor —respondió Jarek—. Se internó en las Fauces de la Tierra con todas las mujeres de los nidos bajos. Boran no encontró más que cenizas. Ella está a salvo en la oscuridad de la ladera oeste.
Kaelen cerró los ojos por un instante, saboreando el aroma del viento que traía el sutil rastro de menta silvestre mezclado con el olor inminente de la sangre de los osos.
—Es una mujer magnífica —susurró el león, su tono cargado de una admiración devota—. Ha desarmado a su propia tribu sin disparar una sola flecha, dejándolos hambrientos y ciegos antes de la batalla. Ahora es nuestro turno de terminar el tejido. Jarek, moviliza a la falange del sur. No buscaremos un combate directo en la nieve blanda; dejen que los osos gasten sus fuerzas rompiendo la primera línea de defensas de la vaguada. Cuando estén cansados por el frío y el hambre... cerraremos el abanico táctico.
El guerrero león se levantó, golpeando su pecho con el puño en señal de obediencia absoluta antes de desaparecer entre los pinos.
Kaelen tomó su lanza de bronce, sopesándola en el aire con una gracia letal. Miró una última vez hacia la ladera oeste de la montaña, donde sabía que la joven agrónoma moderna observaba el destino del valle desde la seguridad de sus túneles olvidados.
—El tablero está dispuesto, mi pequeña flor —murmuró el fiero líder, sus pupilas verticales contrayéndose con una fijeza letal—. Tu hilo ha guiado a las madres hacia la salvación, y mi lanza guiará a los osos hacia su tumba. Prepárate... porque cuando el sol de mañana quiebre este cielo plomizo, el imperio que tanto hemos planeado nacerá sobre las cenizas de la vieja Roca, y tú te sentarás a mi lado como la dueña absoluta de este nuevo mundo primitivo.
El líder del sur saltó de la roca, integrándose a las sombras de sus guerreros mientras el eco lejano de los rugidos de Boran comenzaba a mezclarse con el silbido constante de la tormenta de invierno. La primera gran guerra del continente había comenzado, y el hilo de la civilización estaba a punto de ser teñido con el color irreversible de la victoria.
zorra ? ¿ q animal ?