Luisa, una mujer con un ex marido y tratando de llevar esta situación lo mejor posible, fallece por una alergia.
Pero no fue un accidente. 5 años después, Gaya Santoro es la esposa de Sebastián Guillén, el ex marido de Luisa. Con un tráfico final e igual al de Luisa, falleció.
Sin embargo despertó Luisa Mendez, la primera esposa después de 5 años reencarna en otro cuerpo, joven y hermosa, es ahora que la venganza debe triunfar. Todos los que lastimaron pagarán.
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Capítulo 23 Negación.
No llevaba maquillaje. Era la primera vez que Sebastián la veía sin él en semanas, quizás meses, y por un instante vio a la niña que había sido.
La niña de nueve años que lloró en su entierro, que se aferró a su brazo mientras bajaban el ataúd, que dijo "no quiero que mamá se vaya" una y otra vez hasta quedarse dormida de puro agotamiento.
—Papá, ¿que haces aquí?—dijo Lauren, y su voz sonaba ronca, como si hubiera estado llorando mucho rato.
Sebastián cerró la puerta detrás de él y se acercó a la cama con pasos lentos.
No se sentó a su lado, no quería invadir su espacio. En cambio, se apoyó en el escritorio, a un par de metros de distancia, dándole la oportunidad de mirarlo o no, de hablar o callar.
—Supe que hubo un incidente en el colegio —dijo, eligiendo las palabras con cuidado, como quien camina sobre hielo fino—. Quería saber cómo estás.
No mencionó a Gaya. No dijo que ella le había contado. Quería que Lauren se lo dijera a él, que confiara en él, que entendiera que podía acudir a su padre sin que nadie actuara como intermediario.
El efecto fue inmediato, aunque no en la dirección que esperaba.
Lauren tensó los hombros, su capullo se cerró un poco más, y sus ojos—esos ojos que eran tan de Luisa—se desviaron hacia la ventana, evitando cualquier contacto.
—No pasó nada —dijo con voz plana—. Solo un chico que se pasó de confianza. Gaya lo arregló.
Sebastián sintió un golpe en el pecho. No por lo que Lauren decía, sino por lo que callaba. Él conocía esa voz.
Era la misma que Luisa usaba cuando algo la estaba destruyendo por dentro, pero no quería preocupar a nadie.
Era la voz de quien ha aprendido que sus problemas molestan, que sus emociones son una carga, que es mejor callar y fingir que todo está bien.
—Lauren —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—, no vine a interrogarte. Vine a preguntarte cómo estás. Y si no quieres contarme nada, está bien. Pero quiero que sepas que estoy aquí. Para lo que sea.
La adolescente no respondió. El silencio se alargó, denso, incómodo, lleno de cosas no dichas.
Sebastián podía ver cómo Lauren luchaba consigo misma: su mandíbula tensa, los dedos apretándose contra los brazos, la respiración contenida como si temiera que cualquier exhalación pudiera liberar algo que no quería liberar.
Quería contárselo. Él podía verlo. La necesidad de decirlo estaba ahí, en la forma en que sus ojos se humedecían a pesar de sus esfuerzos por controlarlos, en la manera en que sus labios se entreabrían como si las palabras estuvieran a punto de salir, solo para cerrarse de nuevo en el último momento.
Pero no lo decía. No podía. O no quería. O aún no confiaba lo suficiente en él para hacerlo.
Sebastián sintió que el suelo se hundía bajo sus pies. ¿Cuándo había pasado? ¿Cuándo su hija había dejado de confiar en él? ¿Cuándo se había convertido en un extraño en su propia casa, en la vida de sus propios hijos?
Recordó los primeros años con Luisa. Las noches en vela con Lauren recién nacida, él caminando por el pasillo con la niña en brazos mientras Luisa dormía agotada.
Las primeras palabras de Lauren, que fueron "papá" antes que "mamá", y la risa de Luisa diciendo "ya ves, siempre será tu niña".
Los partidos de fútbol los sábados por la mañana, Lauren sentada en sus hombros, riendo mientras él corría tras el balón.
Y luego, Vanesa.
No fue de repente. No fue un momento claro, un evento definido. Fue gradual, como una marea que sube sin que te des cuenta hasta que el agua te llega a la cintura.
Primero fue la amistad, la ayuda con Lauren cuando Luisa estaba ocupada con la empresa.
Luego fueron los consejos, las pequeñas críticas disfrazadas de preocupación.
Luego fueron las salidas, las tardes enteras que Lauren pasaba con Vanesa mientras él trabajaba, mientras Luisa trabajaba, mientras nadie se daba cuenta de que alguien estaba construyendo un muro entre ellos.
Él no lo vio. O no quiso verlo. Y cuando Luisa comenzó a quejarse, cuando dijo que Vanesa se estaba entrometiendo demasiado, él la minimizó. "No seas dramática", le dijo. "Solo es una amiga ayudándonos". Cuánto daño hicieron esas palabras. Cuánto daño.
Y luego Luisa murió, y él se quedó solo con dos niños que no sabía cómo criar, y Vanesa estaba ahí, siempre ahí, ofreciendo su ayuda, ocupando el espacio vacío que Luisa había dejado. Fue fácil.
Demasiado fácil. Dejarla entrar, dejar que ella se encargara de Lauren, dejar que ella tomara decisiones que a él le costaban.
Fue cómodo. Y ahora, cinco años después, estaba pagando el precio de esa comodidad.
—Está bien —dijo finalmente, rompiendo el silencio—. No tienes que contarme nada que no quieras.
Se incorporó, preparándose para salir, pero algo en el rostro de Lauren lo detuvo.
Había una expresión extraña en sus ojos, como si esperara algo más, como si quisiera que él insistiera, que le demostrara que realmente le importaba.
Sebastián se sentó en el borde de la cama.
No estaba seguro de si era lo correcto. Gaya le había dicho que hablara con Lauren, que la escuchara, que le demostrara que podía confiar en él.
Pero nadie le había dado un manual para esto.
Nadie le había dicho cómo hablar con una adolescente que había pasado los últimos años escuchando a otra mujer, que había sido moldeada por manos ajenas mientras él miraba hacia otro lado.
—¿Sabes? —dijo, y su voz sonó más suave de lo que pretendía—. Cuando yo era niño, una vez me pasó algo parecido.
Lauren levantó la cabeza, sorprendida.
—¿Qué te pasó?
—Había un chico mayor en el colegio. Se llamaba Rodrigo. Era más grande que yo, más fuerte, y le gustaba molestarme. Me escondía los libros, me empujaba en el recreo, me decía cosas feas. Y yo nunca se lo conté a nadie.
Me daba vergüenza. Pensaba que si se lo decía a mis padres, iban a pensar que era un cobarde. O que si se lo decía a mis amigos, se iban a burlar de mí.