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Luna De Plata Y Sangre.

Luna De Plata Y Sangre.

Status: En proceso
Genre:Vampiro / Hombre lobo / Amor-odio
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Camila Rocha Mota

Hombres lobos y Vampiros se han odiado desde siempre. ¿Qué va a pasar luego de que el Alfa Andrew y la princesa de los vampiros Leonor compartan una noche de pasión?

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Enemigos bajo la luna.

...Capítulo 5....

...Parte 1....

...Enemigos bajo la luna....

...╭══════ .✧. ══════╮...

Andrew.

El viento sopla fuerte y frío en el puente de las Rocas Grises, aullando entre los arcos de piedracomo si fuera un aviso. El río, profundo y oscuro, corre debajo con fuerza, separando físicamente lo que la historia y la sangre ya separaron hace siglos. Este es el punto medio. Territorio neutral. El único lugar donde lobos y vampiros podemos encontrarnos sin desenvainar el acero al primer vistazo.

Llevo puesto mi uniforme de combate, cuero negro reforzado, botas altas y la espada al cinto, aunque por tratado, hoy debe permanecer enfundada. Sobre mi pecho, el emblema de la Luna de Sangre brilla con luz propia bajo el sol del mediodía. Vengo con mi guardia de honor: veinte de los mejores guerreros de la manada, firmes, silenciosos, con los sentidos al máximo, listos para saltar al menor movimiento en falso. Pero yo voy al frente. Solo yo cruzaré el centro. Solo yo hablaré con ellos.

Hoy estoy aquí para intentar parar la sangre que corre por nuestros campos, para proteger a los que no pueden protegerse solos. Aunque en el fondo, muy en el fondo, sé que esto es casi imposible. Sé lo que son ellos. Sé quién es Juls Anderson.

Pero también sé que tengo que intentarlo. Por mi honor. Por mi bisabuelo Joseph, que dejó escrita en piedra la ley de protección. Por todos los que han muerto.

Liam camina a mi derecha, serio, con la mano cerca de su arma, escaneando cada rincón de los bosques que rodean el puente.

—Ahí vienen —dice en voz baja, y sus ojos dorados brillan con advertencia.

Alzo la vista y los veo. Salen de la niebla del lado sur, elegantes, silenciosos, moviéndose con esa gracia letal que caracteriza a los de su estirpe. Visten de negro y rojo, colores de muerte y realeza, con capas largas que ondean al viento.

Al frente, está él. El Rey Vampiro. Inconfundible. Alto, imponente, hermoso de una forma que da miedo, con esa piel pálida que nunca cambia, esos ojos oscuros que han visto pasar siglos y siglos de historia y crueldad. Camina como si el suelo que pisa le perteneciera, y en su rostro hay una sonrisa tranquila, arrogante, la sonrisa de quien sabe que tiene todas las de ganar.

Y a su lado…

A su lado va ella.

El mundo entero se detiene. Deja de girar. El aire se me atasca en la garganta y siento que el suelo desaparece bajo mis pies.

Leonor.

La reconozco al instante. No hay dudas. No puede haberlas. Es ella. Es la chica de la fiesta. Es la mujer que he visto en mis sueños cada noche durante todo este maldito año. Es la que dejé en esa cama, la que se me grabó en la piel, en la sangre, en el alma.

Ahí está.

Vestida con un ajustado vestido de seda negra, de cuello alto pero abierto en la espalda, que marca cada una de esas curvas que conozco de memoria. Lleva el cabello oscuro suelto, cayendo en ondas pesadas sobre sus hombros, y en sus labios, ese color borgoña que he besado mil veces en mi imaginación. Pero lo que me mata, lo que me atraviesa como una lanza de hielo y fuego a la vez, son sus ojos. Esos ojos azules, profundos, brillantes, que ahora me miran fijamente, sin pestañear, con una mezcla de sorpresa absoluta, reconocimiento descarado y un miedo reprimido que solo yo puedo ver.

Se le nota. Y a mí se me nota. Por un segundo, eterno, nos quedamos ahí parados, frente a frente, el tiempo suspendido, y sé que ella lo sabe. Sé que me ha reconocido igual que yo a ella. Sé que en este preciso instante, su mente está gritando las mismas cosas que la mía:

“¿Tú? ¿Eres tú? ¿Cómo es posible?”

Pero somos fuertes. Hemos sido entrenados para esto. Para ocultar, para mentir, para sobrevivir.

Parpadeo, endurezco mi rostro, apago cualquier rastro de emoción que haya podido asomar, y doy un paso adelante, cruzando la línea invisible que divide los territorios. Ella hace lo mismo: en un parpadeo, esa expresión desaparece, se pone una máscara de hielo, de altivez, de desprecio, y camina al lado de su padre como si fuera la cosa más natural del mundo, como si nunca en su vida hubiera visto mi cara.

—¡Andrew Fortier! —la voz de Juls resuena, potente, burlona, rompiendo la tensión—. El nuevo cachorro líder. Qué honor que nos hayas invitado a charlar.

Se detiene a tres metros de mí. Su olor me llega de golpe: frío, almizclado, a riqueza vieja y muerte. Y detrás, el olor de ella. Dios, su olor. El mismo. Vainilla, dulce, mezclado con ese frío metálico… el mismo que me volvió loco aquella noche. Cierro mis sentidos con fuerza, luchando contra el instinto que me pide acercarme, tocarla, reclamarla.

—Juls Anderson —respondo, mi voz sale firme, grave, sin titubear—. Gracias por venir. Aunque sé que no lo haces por cortesía. Lo haces porque quieres ver hasta dónde soy capaz de llegar.

Él suelta una risa corta, seca.

—Eres listo, igual que tu bisabuelo. Pero no me digas que me has hecho venir hasta aquí para hablar del clima. Dime qué quieres. Y sé breve, que el sol me molesta y tengo cosas mejores que hacer.

Miro a Leonor de reojo. Ella está quieta, con la cabeza alta, mirándome como si fuera un insecto, como si le causara asco. Pero veo cómo sus dedos se aprietan levemente contra la tela de su vestido. Veo cómo su respiración, aunque controlada, es un poco más rápida de lo normal. Ella también está luchando. Ella también está sintiendo esto.

—Quiero que pares —digo, y clavo mis ojos en los de él, con toda la furia y autoridad del Alfa—. Quiero que pares de cazar en nuestros territorios. Quiero que pares de matar humanos en nuestros pueblos, en nuestras granjas, en los caminos. Ellos están bajo nuestra protección. Tú tienes tus dominios al sur. Quédate allí. Caza allí. Pero cruzas la línea, matas a los que nosotros defendemos… y eso significa guerra, y lo sabes.

El rey vampiro me mira, y poco a poco, su sonrisa se va ensanchando, hasta mostrar los dientes, afilados, blancos, peligrosos.

—¿Protección? —repite, escupiendo la palabra como si fuera basura—. Qué palabra tan bonita para ocultar la verdad, cachorro. Esos humanos… no son más que ganado. Alimento. Fueron puestos en esta tierra para que nosotros nos alimentemos de ellos. Ese es su único propósito. Y tú y tu manada de perros asquerosos os habéis creído dioses porque la Diosa Luna os dio un poco de fuerza. Os creéis con derecho a decirme qué puedo comer y qué no.

Da un paso hacia mí, desafiante, y puedo sentir el poder antiguo que emana de él.

—Escúchame bien, Fortier, porque solo lo diré una vez: Yo no voy a parar. Yo no voy a ceder ni un metro de tierra. Yo no voy a pedir permiso para tomar lo que es mío por derecho. Si quieres protegerlos… tendrás que matarme. Y tendrás que matar a todos los míos. Y sabes que no puedes. Porque somos antiguos. Somos fuertes. Y sobre todo… somos más listos que vosotros.

—Si eso es lo que quieres —respondo, apretando los puños a los costados, sintiendo cómo el lobo dentro de mí ruge, pidiendo salir y arrancarle la cabeza—, eso es lo que tendrás. Porque yo no soy mi padre, ni mi abuelo. No voy a mirar cómo matan a inocentes. Si tú lo quieres todo, tendrás que pelear por todo. Y recuerda: la Diosa Luna está de nuestro lado. Y ella no olvida. Nunca.

Al mencionar a la Diosa Luna, por primera vez veo un destello de algo en sus ojos. Ira. Odio.

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