En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.
NovelToon tiene autorización de Natalia Cubilla para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La carta que nunca llegó
"Hay palabras que jamás fueron pronunciadas, pero que el corazón escuchó durante toda una vida".
La lluvia había comenzado a caer con suavidad sobre los viejos ventanas de la casa.
El sonido de cada gota parecía mezclarse con el lento tic-tac del reloj que, después de doce años detenido, había vuelto a funcionar.
Táctil...
Táctil...
Táctil...
Akira no podía apartar la vista de las agujas.
Aquel reloj había permanecido inmóvil desde la noche en que Hana murió.
Sin embargo, ahora avanzaba lentamente.
Como si el tiempo hubiera decidido ponerse en marcha una vez más.
— ¿Qué significa esto? —preguntó en voz baja.
El Guardián del Umbral contempló el reloj con una expresión imposible de descifrar.
—El tiempo nunca se detiene realmente.
Solo espera.
Kuro bajó la mirada.
Parecía comprender algo que ninguno de los demás alcanzaba a entender.
Pero permanecen en silencio.
Hana seguía observando a su padre.
Haruto había vuelto a quedar inmóvil en medio de la habitación.
Sus ojos negros ya no mostraban violencia.
Solo un inmenso cansancio.
Como si hubiera librado una batalla contra sí mismo durante doce largos años.
—Papá... —susurró Hana.
El hombre intentó responder.
Sus labios se movieron apenas.
No salió ninguna palabra.
Solo una lágrima cayó lentamente por su rostro.
Entonces el Guardián habló.
—Su alma está fragmentada.
Akira lo miró confundido.
—¿Fragmentada?
—Cuando un ser humano muere dominado por una culpa insoportable, su espíritu puede dividirse.
Una parte conserva el amor.
La otra queda atrapada por el dolor.
Es esa oscuridad la que lo controla.
Hana sintió que las piernas le temblaban.
—Entonces... ¿todavía puedo salvarlo?
El Guardián no respondió enseguida.
Miró fijamente a Haruto.
Después cierra los ojos.
—Tal vez.
Pero primero deberá comprender aquello que ocurrió realmente aquella noche.
Mientras abandonaban la casa, la lluvia comenzó a intensificarse.
Ninguno habló.
El único sonido era el de sus pasos sobre la madera húmeda del viejo porche.
Akira caminaba junto a Hana.
Por primera vez desde que se habían reencontrado, ella parecía más frágil que nunca.
No era la muchacha serena que lo esperaba cada tarde en el puente.
Era simplemente una hija que acababa de descubrir que su padre seguía sufriendo.
Cuando llegaron al jardín, Hana se detuvo.
Un pequeño cerezo crecía torcido junto a la cerca.
Estaba seco.
Sin flores.
Sin hojas.
Ella sonrió con nostalgia.
—Lo plantamos juntos.
Akira la observó.
—¿Tú y tu padre?
Hana negó con la cabeza.
—Tú y yo.
El corazón de Akira dio un vuelco.
Ella se acercó lentamente al árbol y acarició el viejo tronco.
—Éramos muy pequeños.
No sabíamos plantar un árbol.
Lo hicimos tan mal que mi padre decía que nunca crecería.
Pero míralo...
Sobrevivió.
Aunque esté marchito.
Akira también apoyó la mano sobre el tronco.
Y entonces ocurrió.
El mundo desapareció.
El jardín dejó de existir.
Se encontró nuevamente siendo un niño.
El mismo cerezo acababa de ser plantado.
Hana reía mientras intentaba acomodar la tierra con unas manos completamente embarradas.
—¡Akira!
—¿Qué?
—Cuando este árbol sea enorme...
¿Vendrás a verlo conmigo?
—Claro.
—¿Aunque nos mudemos?
-Si.
—¿Aunque seamos viejitos?
—También.
Hana estiró su dedo meñique.
—Promesa.
Akira hizo lo mismo.
—Promesa.
La visión terminó.
Akira cayó de rodillas sobre el barro.
Respiraba agitadamente.
Las imágenes ya no eran simples recuerdos.
Las sentía.
Podía recordar el olor de la tierra mojada.
El calor del sol.
La risa de Hana.
Todo era demasiado real.
Ella se arrodillo junto a él.
—¿Qué viste?
Él levantó lentamente la mirada.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Plantamos este árbol juntos.
Hana se llevó ambas manos a la boca.
—Lo recordaste...
Por primera vez en doce años...
Alguien además de ella recordaba aquel día.
Kuro observaba la escena desde unos metros de distancia.
El Guardián se acercó a él.
—Los recuerdos están despertando antes de lo previsto.
-Perder.
—Eso significa que el tiempo también se está agotando.
Kuro lentamente.
Su rostro, normalmente impasible, mostraba una leve preocupación.
—Aún no está preparado.
—Nadie lo está.
El Guardián levantó la vista hacia el cielo gris.
—Pero el destino nunca espera.
Cuando cesó la lluvia, decidió explorar el resto de la casa.
Había una habitación que Hana no había querido visitar.
La antigua habitación de su madre.
La puerta permanecía cerrada.
Cubierta de polvo.
Hana respiró profundamente antes de girar el picaporte.
El cuarto conservaba un delicado aroma a flores secas.
Sobre una cómoda descansaba un espejo ovalado.
Las cortinas, desgastadas por el tiempo, se movían con el viento que entraba por una ventana entreabierta.
Todo parecía detenido en el instante en que aquella mujer había dejado de existir.
Akira recorrió el lugar con la mirada.
Hasta que algo llamó su atención.
Una pequeña caja de madera escondida debajo de la cama.
—¿Hana?
Ella se acercó lentamente.
Frunció el descubierto.
—Nunca había visto esto.
La caja estaba cerrada con un pequeño candado oxidado.
Kuro tomó el objeto entre sus manos.
Lo observó unos segundos.
Luego hizo una leve presión.
El metal, debilitado por los años, pasó con un chasquido.
Dentro había fotografías.
Una cinta roja cuidadosamente doblada.
Y un cuaderno de tapas azules.
El corazón de Hana comenzó a latir con fuerza.
Reconocía aquel cuaderno.
Lo había olvidado por completo.
Temblando, lo abrió.
En la primera página podía leerse una escritura infantil.
"Diario de Hana."
Una sonrisa nostálgica apareció en su rostro.
—Lo escribía cuando tenía seis años...
Pasó lentamente las páginas.
Había dibujos.
Flores.
Animales.
Pequeñas historias.
Hasta que llegó a las últimas hojas.
Allí la letra cambiaba.
Era más prolija.
Más triste.
Como si hubiera sido escrito poco antes del festival.
Entre las páginas cayó un sobre amarillento.
Nunca había sido abierto.
Sobre él podía leerse una sola frase.
"Para Akira."
El mundo pareció detenerse.
Akira sintió un nudo en la garganta.
—¿Es... para mí?
Hana permaneció inmóvil.
No recordaba haber escrito aquella carta.
Solo sabía que llevaba doce años esperando ser leída.
Con manos temblorosas, Akira tomó el sobre.
El papel estaba envejecido.
Las esquinas desgastadas.
Pero seguía intacto.
Respiró profundamente.
Miró a Hana.
Ella transparente en silencio.
Rompió cuidadosamente el sello.
Desdobló la hoja.
Y comenzó a leer.
Su expresión cambió de inmediato.
Primero sorpresa.
Después tristeza.
Luego un profundo dolor.
Las manos empezaron a temblarle.
Una lágrima cayó sobre el papel.
Hana sintió miedo.
—¿Qué dice...?
Akira levantó lentamente la vista.
No podía hablar.
Porque comprendía, por fin, que aquella carta no era una despedida.
Era una confesión.
Y las primeras palabras escritas por Hana hacían que todo cambiara.
"Si algún día lees esta carta... significa que mi mayor miedo se hizo realidad."