Cuando la curiosidad te quita tu primera vida.. significa ¿que deberías cambiar? Vesta no lo cree.
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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He madurado
Los siguientes dos días, la Mansión Dupont fue testigo de un fenómeno extraordinario.
La señorita Vesta Dupont...
...trabajaba voluntariamente.
Las doncellas estaban confundidas.
El mayordomo estaba confundido.
El jardinero estaba confundido.
Incluso el conde Vance Dupont, después de pasar frente al salón por tercera vez y encontrar a su hija rodeada de papeles, seguía sin saber cómo reaccionar.
Vesta tenía el cabello sujeto descuidadamente con una cinta.
Varias hojas extendidas sobre la mesa.
Tinta en uno de sus dedos.
Y una expresión de absoluta concentración.
—No, no... si sólo hacemos una escuela en el pueblo principal, los niños de las aldeas lejanas seguirán sin poder asistir...
Tomó otra hoja.
—Necesitamos transporte o pequeñas escuelas cercanas a ellos..
Escribió rápidamente.
—Y materiales.
Otra nota.
—No basta con construir el edificio.
Más apuntes.
—Necesitamos profesores.
Más hojas.
—Y quizás comidas para los niños más pobres...
El mayordomo observó desde la puerta.
Y lentamente se retiró.
Necesitaba reevaluar toda su existencia.
Vesta caminaba de un lado a otro del salón.
Los recuerdos de su vida anterior le resultaban útiles por primera vez.
Pensaba en bibliotecas.
En cuadernos.
En pupitres.
En recreos.
En profesores que marcaron diferencias.
En otros que simplemente repetían contenidos.
Y también pensaba en aquellos dos niños compartiendo un cuaderno viejo.
No quería construir algo bonito.
Quería construir algo útil.
—La educación cambia vidas...
murmuró.
Se detuvo.
Y sonrió.
—Aunque suene muy serio para alguien cuyo mayor talento era escuchar chismes.
La doncella, que ya había dejado de intentar comprender a su señorita, respondió:
—Creo que la señorita tiene muchos talentos.
Vesta la miró.
—¿En serio?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Aunque el instinto para meterse en problemas sigue siendo uno de ellos.
Vesta fingió ofenderse.
—Eso fue una falta de respeto.
—Fue una observación objetiva.
Y ambas terminaron riéndose.
Cuando finalmente reunió todas sus ideas, se dirigió al despacho de su padre.
Llevaba varias carpetas organizadas.
Listas.
Presupuestos.
Necesidades.
Posibles ubicaciones.
Incluso había anotado preguntas que aún necesitaban respuesta.
Vance Dupont revisó los documentos.
Una hoja.
Luego otra.
Y otra más.
El silencio se prolongó.
Vesta comenzó a inquietarse.
—¿Padre?
El hombre siguió leyendo.
—¿Padre?
Finalmente levantó la vista.
Y la observó largamente.
—¿Hiciste todo esto tú?
Vesta sonrió nerviosamente.
—Sí.
El conde bajó nuevamente la mirada.
Continuó leyendo.
Luego suspiró.
Pero esta vez fue un suspiro lleno de orgullo.
—No es perfecto.
Vesta bajó un poco los hombros.
—Pero es un excelente comienzo.
Sus ojos verdes se abrieron.
—¿De verdad?
—Sí.
El hombre dejó los documentos sobre el escritorio.
—Y estoy orgulloso de ti.
El corazón de Vesta dio un pequeño salto.
Porque aquella frase...
No pertenecía a la antigua Vesta.
Era para ella.
—Te apoyaré con los recursos necesarios.
La joven se levantó tan rápido que estuvo a punto de abrazarlo otra vez.
—¡Gracias, padre!
Vance intentó mantener la compostura.
Fracasó cuando una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Asegúrate de que el entusiasmo no sustituya la planificación.
—¡Lo haré!
Ese mismo día recibió otra sorpresa.
Una carta.
Con una letra elegante y firme.
Vincent Dupont.
Su hermano mayor.
Vesta abrió el sobre con curiosidad.
Y comenzó a leer.
“Padre me escribió acerca de tus recientes actividades. Debo admitir que me sorprendió. No esperaba recibir noticias sobre mi hermana interesándose por escuelas y ayuda comunitaria. Aunque sigo creyendo que probablemente has golpeado tu cabeza en algún momento reciente”
Vesta hizo un puchero.
—¡Qué grosero!
Continuó leyendo.
“Aun así... Me alegra. Parece que finalmente has madurado. Estoy orgulloso de ti. No trabajes demasiado y no causes problemas innecesarios.
Vincent”
Vesta volvió a leer las últimas líneas.
Una vez.
Y otra más.
Luego sonrió suavemente.
[Entonces...]
[Tengo un padre orgulloso.]
[Un hermano orgulloso.]
Apretó la carta contra su pecho.
[Y una familia que me quiere.]
Su corazón se llenó de una felicidad tranquila.
Muy distinta a la emoción de los chismes.
Muy distinta al entusiasmo de las compras.
Pero igualmente preciosa.
Cuando terminó de organizar todos los documentos, Vesta se dejó caer sobre el sofá.
Miró el techo.
Y anunció solemnemente:
—Creo que merezco un premio.
La doncella levantó la vista.
—¿Un premio?
—He trabajado mucho.
—Sí.
—He sido responsable.
—Sí.
—He madurado.
—Según el joven amo, sí.
Vesta juntó las manos.
Y sonrió con inocencia.
—Entonces creo que debería invitar al duque Reed a tomar el té.
La doncella cerró los ojos.
Por supuesto.
Por supuesto que habían regresado a ese tema.
La invitación fue enviada esa misma tarde.
Vesta intentó aparentar tranquilidad.
Lo consiguió durante aproximadamente diez minutos.
Después comenzó a caminar en círculos.
—¿Y si rechaza?
Cinco minutos después.
—¿Y si acepta?
Otros cinco minutos.
—¿Y si piensa que soy demasiado insistente?
Diez minutos después.
—¿Y si cree que soy encantadora?
La doncella la observó.
—Señorita.
—¿Sí?
—Por favor siéntese.
—No puedo.
La respuesta llegó al día siguiente.
Vesta tomó la carta.
Respiró profundamente.
La abrió.
Y comenzó a leer.
Sus ojos recorrieron rápidamente el contenido.
Luego parpadearon.
Y volvió a leer.
Después levantó lentamente la cabeza.
La doncella tragó saliva.
—¿Qué dijo?
Vesta la miró.
—Aceptó.
—¿En serio?
—Sí.
La doncella sonrió.
—Eso es maravilloso.
—Pero...
—¿Pero?
Vesta bajó nuevamente la vista hacia la carta.
Y leyó en voz alta..
—"...Acepto con gusto su invitación. Sin embargo, debido a ciertas obligaciones, agradecería que la reunión tuviera lugar en la Mansión Reed..."
El silencio llenó la habitación.
La doncella abrió mucho los ojos.
Vesta también.
Y entonces...
Las mejillas de Vesta comenzaron a ponerse rojas.
Muy rojas.
Se llevó ambas manos al rostro.
Y soltó un chillido ahogado.
—¡¡VOY A LA MANSIÓN REED!!
Se levantó del sofá.
—¡¡VOY A LA MANSIÓN DEL DUQUE REED!!
Comenzó a caminar en círculos.
—¡No es una simple cita para tomar el té!
—Señorita...
—¡Es ir directamente a la casa del hombre atractivo!
—Señorita, compórtese...
Vesta se dejó caer dramáticamente sobre el sofá.
Y cubrió su rostro con un cojín.
Su voz salió amortiguada.
—Es como entrar en la cueva de un león guapo.
La doncella se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Vesta levantó la cabeza lentamente.
Con los ojos brillando de emoción.
—Un león elegante.
Juntó las manos.
—Alto.
Suspiró.
—Moreno.
Sonrió.
—Maduro.
Suspiró otra vez.
—Seguro de sí mismo.
Y finalmente llevó una mano al pecho.
—Y peligrosamente atractivo.
La doncella sintió deseos de llamar inmediatamente al conde.
Mientras tanto, Vesta miraba la carta del duque Reed con una felicidad imposible de ocultar.
Porque hacía apenas unos días había sido una mujer común que murió por culpa de un chisme ajeno.
Y ahora...
Tenía un proyecto para construir escuelas.
Un padre orgulloso de ella.
Un hermano que reconocía sus esfuerzos.
Una nueva meta para ayudar a otros.
Y una invitación para tomar el té en la mansión de un duque que parecía el protagonista misterioso de una novela romántica.
Abrazó la carta contra su pecho.
Y sonrió hacia el techo.
Definitivamente.
Su segunda vida estaba resultando muchísimo más interesante de lo que jamás se habría atrevido a imaginar.