Rachell Takahashi Zhang nunca creyó en el amor, solo en el poder. Pero cuando su boda se derrumba y es obligada a casarse con un desconocido, no imagina que ese hombre perfecto es, en realidad, su peor enemigo. Damien Bloodworth no llegó para amarla... llegó para vengarse. Y mientras ella le entrega su confianza, él se acerca cada vez más al momento de destruirlo todo.
"Se casó con su enemigo...
y terminó entregándole el arma perfecta para destruirla: su corazón."
¿El amor puede vencer el odio?
NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sonrisas peligrosas
Rachell
Las fiestas como esta nunca son solo fiestas.
Son guerras elegantes.
Negocios disfrazados de brindis.
Amenazas escondidas detrás de sonrisas costosas.
Estoy recostada contra una de las columnas laterales del salón principal, sosteniendo una copa de champagne mientras observo cada movimiento a mi alrededor.
Todo aquí importa.
Cada conversación.
Cada mirada.
Cada alianza.
Las familias presentes han trabajado con nosotros durante años. Algunos desde antes de que yo naciera. Otros llegaron después, buscando protección, territorio o dinero.
Pero todos entienden algo:
La conexión con nuestra mafia no se rompe.
Nunca.
Y yo tampoco pienso permitirlo.
Mis ojos recorren lentamente el lugar.
Guardias.
Socios.
Políticos comprados.
Empresarios que lavan dinero bajo trajes italianos.
Nada nuevo.
Hasta que lo encuentro a él.
Damien.
Está hablando con mi padre y varios socios de la Yakuza cerca de una de las terrazas privadas.
Y como siempre...
Está demasiado cómodo.
Traje negro.
Espalda recta.
Mirada calculadora.
La copa en su mano apenas se mueve mientras habla con tranquilidad, como si hubiera nacido entre ese tipo de monstruos.
Lo observo en silencio.
Mi padre asiente ante algo que él dice.
Los demás también.
Maldita sea.
Empieza a agradarles.
Y eso no me gusta.
Porque Damien Bloodworth puede engañar al resto del mundo con esa fachada elegante y esa voz tranquila...
Pero no a mí.
Yo sé perfectamente lo que es.
Un hombre frío.
Controlador.
Manipulador.
Insufrible.
Y nunca voy a aceptarlo.
Nunca mientras esta alianza exista.
Bebo un poco de mi copa sin apartar la mirada.
Entonces alguien toma mi copa vacía antes de que pueda dejarla.
-Sigues tomando demasiado lento.
Reconozco la voz al instante.
Giro apenas el rostro.
Y sonrío por primera vez en toda la noche.
-Coll.
Él me entrega otra copa mientras se coloca a mi lado.
Más alto que yo. Cabello oscuro recogido hacia atrás. Traje gris oscuro. La cicatriz cerca de su mandíbula sigue ahí desde el entrenamiento en Osaka.
La Mano Negra.
Los hombres más cercanos a mi padre.
Los peores.
Y probablemente los únicos que realmente me conocen.
-Pensé que seguías en Bangkok -digo.
-Volví esta mañana.
-Mentiroso. Nadie vuelve de Bangkok tan limpio.
Él ríe.
-Y tú sigues insultando como forma de cariño.
-Porque funciona.
Coll levanta su copa hacia mí.
-Te ves peligrosa esta noche.
-Siempre lo estoy.
-Sí... pero hoy parece que quieres matar a alguien en específico.
Eso me hace mirar de nuevo hacia Damien.
Coll sigue mi mirada.
Y sonríe apenas.
-Ah... el esposo.
-Contrato.
-Claro.
-No empieces.
-¿Qué? Solo digo que hace buena decoración.
Suelto una pequeña risa nasal.
-Es insoportable.
-Pero por lo menos no es feo.
-Eso lo empeora.
Coll ríe otra vez.
Viejas costumbres.
Viejas conversaciones.
Con él no necesito fingir.
-¿Y qué tal la vida matrimonial? -pregunta.
-Prefiero una bala en la pierna.
-Eso sonó personal.
-Porque lo es.
Coll se acerca apenas más.
-Entonces todavía quieres arrancarle la cabeza.
-A veces.
-¿Solo a veces?
-Depende del día y que tan inservible este siendo.
Él sonríe divertido.
-Esa sí es la Rachell que conozco.
-Nunca desapareció.
-No... definitivamente no.
Estamos riendo apenas cuando siento una mano deslizarse sobre mi cintura desde atrás.
Firme.
Caliente.
Controlada.
Y el olor de Damien me golpea de inmediato.
Whisky.
Madera oscura.
Peligro.
Mis músculos se tensan automáticamente.
-Te estaba buscando -dice su voz cerca de mi oído.
Lento giro el rostro hacia él.
Demasiado cerca.
Como siempre.
Sus ojos se deslizan hacia Coll.
Analizándolo.
Midiéndolo.
-Damien -digo con calma calculada-. Él es Coll.
Los dos hombres se observan unos segundos.
Ninguno sonríe realmente.
-Bloodworth -dice Coll finalmente.
-No se quien eres.
Seco.
Directo.
Perfecto.
-Entrenamos juntos -añado antes de que el silencio se vuelva incómodo-. Hace años.
La mano de Damien sigue en mi cintura.
No se mueve.
-Ya veo.
Coll toma un pequeño sorbo de su copa.
-La señora Bloodworth casi me rompe la nariz en Japón.
-Solo casi porque se movió rápido -respondo.
Damien me mira de reojo.
-Qué sorpresa. La violencia siempre ha estado en ti.
-No todos solucionan las cosas hablando bonito como tú.
Coll intenta ocultar la sonrisa.
Fracasa.
-Escuché que ustedes dos hacen buena pareja -dice él.
-Entonces escuchaste mal -respondo al instante.
Damien aprieta apenas la mano en mi cintura.
Advertencia silenciosa.
La ignoro.
-Nos entendemos bien -dice él con tranquilidad impecable.
Lo miro.
-No exageres.
-No lo hago.
-Créeme, sí.
Coll nos observa claramente entretenido.
-Definitivamente están casados.
-¿Por las amenazas constantes? -pregunto.
-Por cómo se miran.
Eso me hace callar un segundo.
Damien también.
Pero solo uno.
-Debes tener mucho tiempo libre para analizar tonterías -dice Damien.
Coll sonríe apenas.
-Y tú demasiada necesidad de controlar el territorio.
Silencio.
Pequeño.
Peligroso.
Los ojos de Damien no abandonan los de él.
-Es una costumbre útil.
-Depende del territorio.
La tensión sube de inmediato.
Perfecto.
Porque ninguno de los dos retrocede.
-Coll -digo antes de que esto escale-, mi padre te estaba buscando hace un rato.
Él me sostiene la mirada unos segundos más antes de asentir.
-Claro.
Luego mira a Damien.
-Fue un gusto.
-Lo dudo.
Coll suelta una pequeña risa.
Después se va.
Y el silencio que deja atrás...
Es peor.
Lento me giro hacia Damien.
-Puedes soltarme.
-No parecía molestarte hace un minuto.
-No confundas tolerancia con comodidad.
Él se inclina apenas hacia mí.
-Y tú no confundas vigilancia con coqueteo hacia otros.
Mis ojos se afilan.
-¿Qué carajos dices?
-Lo estabas disfrutando demasiado.
Suelto una risa seca.
-No eres tan importante.
-Entonces deja de reaccionar como si lo fuera.
Silencio.
La música sigue sonando alrededor.
La gente continúa hablando.
Pero aquí...
Todo se siente más cerrado.
Más lento.
Más peligroso.
-Eres arrogante -murmuro.
-Y tú provocas demasiado.
-Tal vez porque funciona.
Sus ojos bajan apenas hacia mis labios un segundo.
Solo uno.
Pero lo noto.
Y él también sabe que lo noté.
Maldita sea.
-Deberías dejar de actuar como si te perteneciera -digo.
La mano en mi cintura no se mueve.
-Y tú deberías dejar de actuar como si quisieras escapar.
-No necesito escapar de ti.
-Todavía.