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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

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Capítulo 14

Ayla subió antes de que el sol llegara a las cúpulas.

Sahra la había mirado raro cuando la vio lista tan temprano, pero no preguntó. En la cocina el médico todavía no había preparado la bandeja. Ayla esperó en silencio junto a la puerta hasta que se la entregaron. El caldo apenas humeaba. El pan estaba frío.

Los guardias de la cámara del sultán la dejaron pasar sin mirarla. Ya era costumbre. El eunuco abrió y ella entró.

Kael no estaba en la cama. Estaba en la silla de ruedas, junto a la ventana entreabierta. La manta le cubría las piernas. Tenía el rostro más pálido que de costumbre y una mano apretada contra el muslo, como si pudiera sujetar el dolor con los dedos.

—Más temprano —dijo. La voz le salió ronca—. Bien.

Ayla dejó la bandeja en la mesa. Sacó el carbón. Esta vez había traído un trozo de tela blanca, más limpia, para escribir. Kael señaló el tablero. Ella se arrodilló.

Él no preguntó por el decreto. Fue directo.

**¿Te amenazó?**

Ayla escribió:

**Me miró.**

Kael leyó. Apretó la mandíbula.

—Eso es peor.

Escribieron un rato. Frases cortas. Él quería saber qué más había oído en los pasillos. Ella le contó, con el carbón, que dos eunucos hablaban de un mensajero que saldría esa misma noche hacia la frontera norte. Que el visir Hamid ya tenía copias del sello. Que Zahir había ordenado que nadie más entrara a la cámara sin su permiso… excepto ella.

Kael dejó el carbón.

—Entonces estás en medio.

Ayla no contestó. Solo miró el papel.

Él se pasó una mano por la cara. El temblor de los dedos era más fuerte.

—Si te pasa algo, yo no puedo levantarme a hacer nada. —Lo dijo sin dramatismo. Solo como un hecho—. Y aun así te sigo llamando.

Ayla tomó el carbón otra vez. Escribió despacio:

**Yo tampoco puedo gritar.**

Kael la miró. Por un segundo pareció que iba a decir algo más. No lo dijo. Solo asintió.

Cuando ella se levantó para salir, él habló otra vez.

—Desde mañana entras por la puerta de atrás. La que da al pasillo de los médicos. Menos ojos.

Ayla inclinó la cabeza.

Bajó los pasillos conocidos. En el corredor largo se encontró con Nur. La otra esclava iba con un cesto de ropa. Al ver a Ayla se detuvo.

—La favorita muda —dijo en voz baja, solo para que ella oyera—. Ya todos hablan. Cuidado con lo que te piden a cambio de subir tanto.

Ayla la miró. No con rabia. Con esa calma que Nur no sabía aguantar. La otra mujer apartó la vista y siguió caminando.

En el patio de los naranjos Ayla se lavó las manos. El agua estaba fría. Los peces rojos no se acercaron esta vez. Se arrodilló y empezó a fregar las losas aunque no se lo hubieran ordenado. Necesitaba hacer algo con el cuerpo.

El sultán la había puesto en medio a propósito.

Zahir ya la había marcado.

Y ella seguía subiendo todas las mañanas.

No porque hubiera perdonado.

Sino porque, por primera vez, el hombre que le debía una muerte estaba empezando a deberle también la vida.

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