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Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Muestra Equivocada : Destino Perfecto

Status: Terminada
Genre:Romance / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis Corta
Valeria Sterling lo tenía todo bajo estricto control: una fortuna corporativa en ascenso, una independencia feroz tras romper con un prometido que le costó cinco años de desilusión, y la certeza de que el amor es una pésima inversión de tiempo. Para fundar su familia sin intermediarios sentimentales, viajó en secreto a una prestigiosa clínica en Suiza buscando un donante anónimo que jamás se cruzaría en su camino. Seis años después, Valeria es la reina de las finanzas y la exhausta generala de tres torbellinos idénticos: Lucas, Mateo y Emma.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Inspección Inesperada

A las diez de la mañana del sábado, el ático de Valeria olía a café expreso doble, tensión prebélica y laca fijadora.

Valeria había convocado a Arthur Pendelton, el abogado de cabecera de la dinastía Sterling: un hombre de setenta años con cejas pobladas como ardillas grises, tres divorcios a sus espaldas y la reputación de haber reducido a cenizas a más de un tiburón financiero en los tribunales testamentarios de Manhattan. Pendelton estaba sentado en el sofá de terciopelo verde de la biblioteca, rodeado de códigos civiles del estado de Nueva York y precedentes judiciales sobre inseminación sin consentimiento en clínicas extranjeras.

—La jurisprudencia está de nuestra parte, Valeria —aseguraba el anciano letrado, golpeando con el nudillo una carpeta encuadernada en piel—. La clínica Saint-Luc cometió negligencia inexcusable. Tú eras una compradora de buena fe. Un donante anónimo no puede irrumpir seis años después exigiendo derechos de patria potestad sin someterse primero a una mediación confidencial que podemos dilatar en los juzgados durante, al menos, tres administraciones presidenciales.

—Bastian Thorne no se somete a mediaciones, Arthur. Bastian Thorne compra el edificio donde se celebra la mediación y despide al juez —replicó Valeria, paseándose frente a las ventanas con una taza de porcelana intacta en la mano.

Llevaba un jersey de cachemira negro de cuello alto y pantalones palazzo color crema; un atuendo deliberadamente sobrio, pulcro y blindado. No pensaba darle al magnate suizo el más mínimo indicio de vulnerabilidad.

El timbre del ascensor privado sonó con una vibración corta.

Valeria se detuvo en seco. Pendelton se acomodó las gafas sobre la nariz, adoptando su mejor cara de sabueso procesal.

Las puertas de madera maciza del vestíbulo se abrieron antes de que Frank, el conserje, terminara de anunciar la visita por el intercomunicador.

Bastian Thorne no venía a jugar en solitario.

Entró flanqueado por dos hombres con trajes impecables de lana fría gris, corbatas de seda a rayas y maletines de fibra de carbono: Heinrich Weber y Jean-Paul Duval, los dos litigantes más temidos de la banca privada de Ginebra y Zúrich. Detrás de ellos, Klaus Vane cerraba la retaguardia con un sobre manila sellado bajo el brazo.

Pero el centro de gravedad absoluto del espacio era Bastian.

Llevaba una camisa de seda italiana de un blanco puro, sin corbata, con el cuello desabrochado lo justo para dejar entrever la base de su clavícula, y una chaqueta de corte desestructurado que enfatizaba la anchura de sus hombros. Su cabello castaño oscuro, peinado hacia atrás con precisión europea, brillaba bajo la luz natural. Caminaba con la seguridad de quien no visita una casa ajena, sino una provincia recién anexionada.

—Buenos días, señorita Sterling —dijo Bastian, deteniéndose a dos metros de ella. Su mirada gris la recorrió con una lentitud insultantemente apreciativa antes de posarse en el anciano letrado—. Veo que decidió ahorrarnos el protocolo y trajo a su artillería pesada.

—Señor Thorne —intervino Pendelton, poniéndose de pie con la lentitud calculada de los veteranos de guerra—. Soy Arthur Pendelton, representante legal exclusivo de...

—Sé perfectamente quién es, Arthur —cortó Bastian con un movimiento despectivo de los dedos, indicándole a sus propios abogados que ocuparan la mesa de centro—. Su firma perdió el litigio contra el consorcio naviero de Amberes en 2018 por un tecnicismo en la cláusula de fuerza mayor. Una lástima. Esos veintiocho millones de dólares le habrían asegurado un retiro más digno.

Pendelton enrojeció hasta la raíz del pelo blanco, pero antes de que pudiera balbucear una objeción, Weber y Duval abrieron sus maletines sincronizadamente, extrayendo sendos legajos de cien páginas cada uno.

—Este es el borrador de estipulación preliminar de custodia compartida no contenciosa —anunció Weber con un acento suizo tan afilado como una sierra para hielo—. Reconocimiento inmediato de filiación paterna por parte del señor Thorne, custodia legal conjunta, residencia principal compartida entre el Penthouse A y el Penthouse B, y un fondo fiduciario irrevocable de doscientos millones de euros asignado a cada menor en el Credit Suisse.

—¿Custodia compartida? —Valeria dio un paso al frente, con los ojos ardiendo de rabia líquida—. ¿Dos milímetros de distancia entre puertas y ya redactaron un tratado de paz de Versalles? No voy a firmar nada. Mis hijos no son un fideicomiso ni una carga que puedan descargarse en mi muelle. Si quieren una guerra judicial, la tendrán, pero les advierto que...

—¡¡EMBOSCADAAA!! —bramó un chillido de combate que desgarró la solemnidad del salón.

La puerta de la sala de juegos se abrió de golpe con la violencia de un proyectil de mortero.

Mateo apareció en el vestíbulo vestido con pantalones de camuflaje, un casco de plástico verde con calcomanías de tiburones y la joya de la corona del pasillo de juguetes: un rifle de agua táctico Super-Soaker MegaBlast 5000, cuyo depósito de plástico transparente no contenía agua limpia.

Contenía una mezcla espesa, turbia y de un color púrpura fosforescente.

—¡Mateo, no! —gritó Valeria, reconociendo al instante el tinte alimentario concentrado que Emma había utilizado la tarde anterior para teñir la masa de galletas de remolacha.

Fue demasiado tarde.

Mateo no dudó. Como un soldado que identifica instantáneamente al comandante del ejército enemigo, apuntó con precisión milimétrica al hombre más alto, más imponente y mejor vestido de la habitación.

¡Fshhhk-splaaat!

Un chorro denso, violeta y helado impactó de lleno en el centro exacto del pecho de Bastian Thorne.

El líquido empapó la camisa de seda italiana de tres mil dólares, traspasó la tela con un chasquido húmedo y salpicó el cuello de su chaqueta desestructurada, creando una mancha grotesca en forma de ameba púrpura que bajaba lentamente hacia la hebilla de su cinturón.

El silencio que cayó sobre el ático fue absoluto, cósmico, aterrador.

Arthur Pendelton se atragantó con su propia saliva.

Heinrich Weber y Jean-Paul Duval se quedaron congelados con las plumas estilográficas suspendidas en el aire, con los ojos desorbitados por el horror diplomático. Klaus Vane dio medio paso al frente por puro instinto militar antes de detenerse, comprendiendo que el agresor pesaba dieciocho kilos y llevaba pantuflas con garras de dinosaurio.

Bastian Thorne no parpadeó.

Bajó la cabeza muy despacio. Contempló la catástrofe púrpura que acababa de arruinar su camisa de seda con una calma glacial. Levantó la mano derecha, deslizó la yema del pulgar por el borde de la mancha húmeda, se llevó el dedo a la nariz y aspiró con frialdad.

—Remolacha —dictaminó con voz grave y pausada—. Y un ligero toque de extracto de vainilla.

—¡Es sangre de alienígena venenosa! —anunció Mateo con orgullo triunfal, bombeando de nuevo la pistola de plástico con el pecho inflado—. ¡Estás muerto, gigante! ¡La nave nodriza de mamá es territorio restringido!

Valeria, que había pasado del terror absoluto al estupor, se tapó la boca con el dorso de la mano. Sentía un volcán de risa histérica luchando por salir de su garganta. Ver al hombre más arrogante de las finanzas transatlánticas, al magnate que acababa de humillar a su abogado con datos de 2018, bañado en almíbar de remolacha como un helado derretido, era la imagen más gloriosa y ridícula que sus ojos habían presenciado jamás.

—Mateo Sterling —dijo Valeria, forzando un tono severo que temblaba por la risa reprimida—. Entrega esa arma y ve a tu habitación ahora mismo.

—No —intervino Bastian.

La palabra cortó el aire como una orden en un barco de guerra.

Bastian no miró a Valeria. Se quitó la chaqueta manchada con movimientos lentos, calculados, casi coreografiados, y se la arrojó sin mirar a Duval, quien la atrapó en el aire como si fuera una bomba sin detonar. Luego, Bastian desabrochó los puños de su camisa empapada y comenzó a desabotonarla desde el cuello hacia abajo, revelando el torso ancho, firme y cruzado por músculos esculpidos de un hombre que no pasaba el tiempo encerrado tras un escritorio.

Pendelton desvió la mirada con incomodidad. Valeria, a su pesar, sintió un calor súbito encenderse en la boca del estómago ante la visión descarada de la piel bronceada de Bastian, la sombra de vello oscuro en su pecho y la pequeña medialuna grabada cerca de su hombro izquierdo.

Bastian se quitó la camisa arruinada, dejándola caer con desdén sobre la pulcrísima mesa de cristal, justo encima de los acuerdos de custodia de Weber. Quedó únicamente en pantalones de sastre, con el torso desnudo y una presencia física tan intimidante que el enorme salón pareció encogerse a su alrededor.

Avanzó tres pasos hacia Mateo.

El niño, por primera vez, pareció dudar de la eficacia de su armamento. Dio un pasito hacia atrás, sujetando el rifle de plástico con manos temblorosas.

Bastian se arrodilló frente a su hijo. La diferencia de tamaño era absurda, pero la mirada de ambos era exactamente la misma: dos pares de ojos grises midiendo la resistencia del oponente.

—La emboscada táctica fue excelente, soldado —dijo Bastian en un susurro bajo, ronco y carente de enojo—. El ángulo de tiro fue perfecto y la distracción del abogado me dejó sin cobertura.

Mateo parpadeó, desconcertado por el elogio.

—¿De verdad?

—De verdad —Bastian ladeó la cabeza, y una media sonrisa perversa y brillante apareció en sus labios—. Pero cometiste un error fundamental de principiante en la guerra moderna.

—¿Cuál?

—Que no aseguraste tu línea de suministros —en una fracción de segundo más rápida que el parpadeo de un ojo, Bastian estiró la mano, atrapó el cañón de la pistola de agua con dos dedos, giró la muñeca del niño con una suavidad técnica impecable y desarmó a Mateo antes de que el pequeño pudiera apretar el gatillo de nuevo—. Y que subestimaste la capacidad de respuesta del enemigo.

Bastian levantó la enorme pistola de agua de plástico fluorescente, la sopesó en su mano gigantesca con una familiaridad sorprendente y apuntó directamente a la punta de la nariz de Mateo.

—¡Mamá! —chilló Mateo, mitad aterrado y mitad fascinado por la audacia del gigante.

—Caballeros —dijo Bastian sin apartar los ojos de su hijo, dirigiéndose a sus estupefactos abogados suizos que aún sostenían sus plumas de oro—. La reunión ha concluido. Recojan sus papeles, salgan de este edificio y no vuelvan a presentar un solo contrato legal hasta que yo se los ordene.

Weber parpadeó.

—Pero señor Thorne... las cláusulas de jurisdicción...

—Fuera —rugió Bastian, y el tono no admitía réplicas.

Los abogados no esperaron una segunda advertencia. Guardaron sus carpetas atropelladamente, hicieron una reverencia torpe y salieron del ático casi corriendo, seguidos por un Arthur Pendelton que parecía haber envejecido diez años más en diez minutos. Klaus Vane cerró la puerta principal tras ellos, dejando una vez más el campo de batalla despejado.

Valeria se quedó sola frente a Bastian, quien seguía arrodillado frente a Mateo con el torso desnudo y la pistola de juguete en la mano.

—Mateo —ordenó Valeria con voz firme, cruzándose de brazos para disimular cómo le temblaban los dedos—. A la cocina. Miller te tiene listo el almuerzo. Y dile a Emma que si vuelvo a ver colorante de repostería fuera de la alacena, confiscaré todos sus vestidos con luces.

Mateo miró a su madre, luego miró el pecho desnudo de Bastian con una admiración no disimulada.

—Tu armadura es fuerte, gigante. La próxima vez usaré pegamento.

—Esperaré el desafío —respondió Bastian con un guiño cómplice.

El niño salió disparado hacia el pasillo entre risitas.

Valeria exhaló un largo suspiro, apoyó una mano en la cadera y clavó los ojos en Bastian mientras él se ponía de pie lentamente cuan largo era.

—Eres incorregible, Thorne. Destruiste una mediación formal de un millón de dólares en dos minutos.

Bastian dio dos pasos lentos hacia ella, acortando la distancia hasta que Valeria pudo sentir el calor radiante que emanaba de su piel desnuda, mezclado con el aroma a cedro de su colonia y el absurdo rastro dulce de la remolacha.

—Esa mediación era una farsa, Valeria. Los dos sabemos que ningún tribunal va a resolver lo que pasa entre nosotros —susurró Bastian, mirándole los labios con una intensidad tan descarada y ardiente que a Valeria se le cortó la respiración—. Y ahora... me debes una camisa de tres mil dólares. O en su defecto, un recorrido por el territorio que acabas de defender con tanta ferocidad.

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Inoelia Lantigua
Ósea que el ya lo sabe
Cliente anónimo
Muy hermosa y romántica esta historia 👏👏
Flor Perez
como me gustaría que ya viniera un bebito a bordo 🤭🤭🤭🤭
Flor Perez
simplemente maravillosa 🥰🥰🥰🥰
Keyla M Borrero
😂😂😂
Flor Perez
una enorme felicitación, por tan preciosa novela tan diferente a todas las que se leen y esperemos que sigan más novelas como esta 🥰🥰🥰🥰
Maria Laura Perez: Gracias 🥰
total 1 replies
Keyla M Borrero
🔥🔥
Cliente anónimo
Me encanta el trama🥰
Cliente anónimo
Que bien Valeria 💕
Cliente anónimo
Al fin Valeria estás cayendo en los brazos de Bastian
Cliente anónimo
Parece que Valeria va entrando en razón
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya Valeria con sus inseguridades se la embarró, ahora que no se queje
Cliente anónimo
🥰que hermoso capítulo lleno de pasión, ternura y amor 👏👏👏te sobraste escritora te felicito
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂😂😂😂
Cliente anónimo
Ya casi está lista para aceptar que está enamorada 🥰
Flor Perez
me encanta como se va desarrollando la novela , deseo que siga asi
Cliente anónimo
La trama se vuelve más interesante en cada capítulo, felicitaciones 👏👏
Cliente anónimo
Excelente novela escritora 👏👏👏
Cliente anónimo
Al fin Valeria perdió el control🤣
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