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Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Cuando mi esposa mansa se volvió despiadada

Status: Terminada
Genre:Venganza / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:652
Nilai: 5
nombre de autor: Senja

Durante tres años, Renata fue la esposa perfecta: dulce, callada y obediente. Se casó con Adrián por la última voluntad de su abuelo y se aferró a la ilusión de que, algún día, ese matrimonio frío se llenaría de amor. Aguantó los desprecios de su suegra, las burlas de la amante que vivía bajo su mismo techo y la indiferencia de un marido que nunca la miró de verdad. Hasta que, la misma noche en que iba a darle la noticia más feliz de su vida, todo se derrumbó de la manera más cruel.

La Renata mansa murió esa noche. La que volvió del hospital es otra mujer: elegante, gélida e implacable. Ya no suplica. Ahora cobra.

Con una fortuna oculta, un aliado tan letal como devoto y una paciencia de hielo, Renata empieza a desmontar, pieza por pieza, el mundo de quienes la humillaron. Pero mientras la venganza avanza, un hombre que la ha protegido en silencio durante años comienza a derretir la coraza que ella juró no volver a bajar jamás.

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Capítulo 11. Tostadas quemadas

—Yolanda, ¿estás bien?

Sara se apresuró a acercarse a su empleada de confianza, que seguía derrumbada en el suelo. Con el rostro lleno de una preocupación mezclada con rabia, la tomó del brazo para levantarla.

—¿Pero qué te pasa? —refunfuñó Sara, molesta, dándole palmaditas en la manga empapada.

—¿Por qué te quedaste callada como una tonta mientras Renata te trataba con semejante desfachatez? ¡Normalmente eres la más valiente para enfrentarla! ¿Dónde quedó esa boca afilada tuya?

Sara de verdad no lo entendía. Durante años, Yolanda siempre había sido el peón más confiable para presionar a Renata en esa casa. Cualquier cosa que Sara ordenara, desde lanzar indirectas hasta sabotear el trabajo de Renata, la empleada la ejecutaba sin el menor titubeo. Pero esta mañana, Yolanda parecía en cambio una gallina que había perdido el coraje.

—Estoy bien, señora —respondió Yolanda por lo bajo. Sus manos temblorosas se afanaban en secarse las lágrimas y los restos de caldo agrio de la cara.

—¿Cómo que bien? ¡Mira tu cara! ¡Tienes toda la ropa sucia! —Sara seguía hirviendo, con el pecho subiendo y bajando de la emoción contenida.

—De verdad no doy abasto con la señora Renata de hoy, señora.

—¿No das abasto? ¿Con una mujer débil como ella?

Yolanda tragó saliva con dificultad.

—No sé por qué... desde que volvió del hospital, su aura es muy distinta. Sus ojos... sus ojos dan miedo, señora.

—¿Distinta cómo?

—Se me eriza la piel al recordar la mirada que tenía hace un rato. Es como si fuera capaz de cualquier cosa, incluso de matarme si me le opongo.

Aquellas palabras cargadas de miedo de Yolanda solo hicieron que Sara resoplara y pusiera los ojos en blanco.

—¡Bah! ¡Mira que creerte semejantes tonterías! ¡Eso es solo un truco de Renata para que le tengas miedo! —Sara se cruzó de brazos.

—Recuerda, Yolanda. En esta casa te pagan bien por obedecerme a mí, ¡no a esa mujer parásita!

Priscila, que hasta entonces solo había mirado en silencio desde detrás de una columna, al fin dio un paso al frente.

—Si ni siquiera puedes con Renata, ¿para qué te mantiene la tía Sara aquí? —intervino Priscila cruzándose de brazos, mirando a Yolanda con altivez.

Aunque, en lo más profundo de su corazón, la propia Priscila había contenido el aliento aterrada al ver el cambio drástico de Renata hacía un rato. Pero su orgullo era demasiado alto para admitirlo.

—Perdóneme, señorita Priscila. La próxima vez me atreveré a enfrentarla más —dijo Yolanda a toda prisa, inclinando la cabeza hasta muy abajo.

Aunque su boca dijera aquello, en su interior Yolanda no estaba nada segura. La mirada de Renata seguía muy clara en su mente. Una mirada tan fría como el hielo, capaz de arrancarle hasta el último resquicio de valentía sin dejar nada.

Antes de que la conversación pudiera continuar, se oyó el repiqueteo de unos zapatos desde la escalera. Adrián bajaba con paso cansino. Su camisa blanca se veía algo arrugada y su rostro aún reflejaba el agotamiento de una noche de mal dormir.

—¿Qué hacen todas reunidas aquí tan temprano? —preguntó con voz plana.

Al ver aparecer a Adrián, Priscila cambió de inmediato su expresión. Puso la sonrisa más dulce y la mirada más inocente que tenía. Con gracia, caminó hacia Adrián y se le colgó del brazo con suavidad.

—Es que, amor, aquí hubo un pequeño alboroto.

Adrián se frotó el puente de la nariz.

—¿Qué alboroto ahora?

—Renata, no sé por qué, amaneció de muy mal humor esta mañana. Sin querer le tiró comida en la cara a Yolanda.

Adrián lanzó una mirada fugaz a Yolanda, que aún se veía desaliñada y cabizbaja de miedo. Su expresión no cambió en absoluto. Siguió igual de plana e indiferente.

—Si está sucio, pues que lo limpie. Cuánto lío por nada.

Aquella respuesta breve e indiferente hizo que Sara y Priscila se miraran con gesto decepcionado. Esperaban con muchas ganas que Adrián se enfureciera, llamara a Renata y la insultara. Pero el hombre solo se veía cansado y sin ningún deseo de meterse en asuntos de cocina.

Adrián tiró de una silla y se dejó caer en ella.

—Priscila.

—¿Sí, Adrián?

—Hazme el desayuno, por favor. Quiero unas tostadas con mermelada de queso. Como siempre, que no queden muy quemadas. Y prepárame también una taza de café negro. Recuerda, sin nada de azúcar.

La dulce sonrisa de los labios de Priscila se esfumó al instante.

—¿Tu desayuno?

—Sí, mi desayuno. —Adrián alzó una ceja, extrañado por la reacción de su amada—. ¿Qué? ¿No quieres prepararlo para mí?

—No es eso, amor. —Priscila rio con incomodidad. Su corazón empezaba a inundarse de un pánico descomunal. Ni hablar de preparar unas tostadas con el punto exacto de tueste; ¡ni siquiera sabía cuál era el botón para encender la tostadora!

Todo este tiempo, cada vez que Adrián elogiaba las tostadas que ella supuestamente hacía, en realidad las compraba en una costosa cafetería de siempre antes de llegar a esa casa. Su única tarea era pasar las tostadas a un plato bonito y fingir que se secaba el sudor de la frente.

¿Y el café? Renata era la que siempre se lo preparaba a Adrián.

El cerebro de Priscila giraba a toda velocidad buscando una excusa. De repente, se llevó una mano al vientre y se encorvó.

—Ay... ¡ayy! —gimió Priscila con dramatismo.

—¿Qué te pasa, Priscila? ¿Qué te duele, dime! —Adrián al fin giró la cabeza, algo preocupado.

—De repente me duele muchísimo el estómago, amor. Como si me retorciera. Dios mío... —Hizo una mueca, aferrándose al borde de la mesa—. A lo mejor se me disparó la gastritis del susto por lo que pasó hace un rato.

Sara, que sabía muy bien que Priscila era incapaz de cocinar, intervino de inmediato para salvar la situación.

—Ya, ya, Adrián. No obligues a Priscila si está enferma. Deja que yo le diga a Yolanda que te lo prepare.

—No quiero, mamá. Quiero que lo haga Priscila —rechazó Adrián con firmeza—. Hace muchísimo que no como tostadas hechas por tus propias manos, Pris. Siempre te quedan en su punto y deliciosas. La comida de esta casa últimamente sabe a nada. Solo tus platos logran calmarme el estómago.

Sara y Priscila se miraron con los ojos desorbitados.

Priscila tragó saliva con dificultad. La garganta se le secó. Ahora estaba de verdad atrapada y sin ninguna salida para retroceder.

¡Estoy muerta! Pero por Adrián y por mi lugar en esta casa, tengo que hacerlo. Solo es tostar pan y colar café, ¿no? ¡Hasta un niño de primaria lo hace!, pensó, fastidiada.

—Está bien, amor. Si lo pides tú, puedo aguantar un rato el dolor —dijo Priscila forzando una sonrisa que se parecía más a una mueca de dolor, y luego se encaminó a la cocina.

Pasaron diez minutos y se desató el caos total. Un penetrante olor a quemado empezó a llenar el aire de la cocina.

Yolanda, que observaba la escena desde un rincón, solo podía llevarse la mano al pecho conteniendo el aliento.

—¡Señorita, se le está empezando a quemar el pan! —le advirtió Yolanda con pánico al ver salir un humo grisáceo de la tostadora.

—¡Dios santo! ¿Cuál es el botón de cancelar? —gritó Priscila, presa del pánico, apretando todos los botones al azar hasta que la tostadora sonó y expulsó dos rebanadas de pan negras como el carbón.

—Deje que le ayude a hacer unas nuevas, señorita —se ofreció Yolanda con lástima.

—¡No hace falta! ¡Después Adrián se da cuenta! —rechazó Priscila por orgullo. Tomó a toda prisa el pan caliente con los dedos y soltó un pequeño chillido por la quemadura.

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