NovelToon NovelToon
Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Mi Esposo Exconvicto Es Multimillonario

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Juego de roles / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Isabel Coração

El día de su compromiso, Giselda lo pierde todo: su novio la deja por su amor de juventud y su familia adoptiva, que solo la ha usado como fuente de dinero, la golpea y la echa de casa. Con una maleta vieja y la mejilla hinchada, sube llorando a un auto que no es el suyo, sin saber que el hombre callado del asiento de al lado va a cambiarle la vida.

Oziel Bittencourt es, para toda la ciudad, el hijo desechado que salió de la cárcel sin un centavo. Lo que nadie sospecha es que su familia lo encerró con pruebas falsas y que, desde las sombras, él sigue siendo el verdadero dueño del imperio Bittencourt. Para callar a su madrastra y calmar a su abuela, necesita una esposa de papel; y Giselda, arquitecta sin dinero ni adónde ir, necesita desaparecer de su propia familia.

Un contrato, tres reglas y un matrimonio que nadie debía creerse. Pero entre mentiras piadosas, secretos de pasado y enemigos que acechan en cada esquina, lo que empezó como un trato empieza a sentirse demasiado real.

¿Hasta cuándo se puede fingir un amor que ya late de verdad? ¿Y qué pasará cuando ella descubra quién es en realidad el exconvicto con el que se casó?

NovelToon tiene autorización de Isabel Coração para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

POV de Giselda

Al día siguiente, a las diez de la mañana, firmamos.

El Registro Civil de Sorocaba es una sala pequeña con sillas de plástico y un ventilador de techo. La empleada, una señora simpática con los lentes en la punta de la nariz, selló los papeles riéndose.

—He casado a mucha gente en esta mesa, pero confieso que una pareja tan linda de ver como ustedes hacía tiempo que no venía. Firma aquí, querida. Y necesito a los dos testigos.

Jonas firmó como uno. El otro fue una compañera de la empleada, que nos hizo el favor. Dos firmas y listo.

Firmé. Oziel Bittencourt y Giselda Prado, ahora Giselda Bittencourt, en un papel de verdad, con sello y todo. Salió el acta de matrimonio y todo lo demás.

La empleada me devolvió los documentos después de registrarlo todo, junto con el acta de matrimonio nuevecita. Los guardé los dos en el bolso con cuidado. Un papel que me sacaba del apellido Prado, y otro que me ponía en un nombre que, esta vez, fue elección mía.

Un exconvicto, diría la ciudad. Yo lo sabía. Él me lo contó antes, mirándome a la cara, y aun sabiéndolo firmé. Porque un nombre con antecedentes, elegido por mí, todavía valía más que un nombre limpio que me vendieron toda la vida sin preguntarme nunca nada.

En la puerta del registro, Oziel me sujetó por el codo y me dio un beso leve en la comisura de la boca. Nada del otro mundo. Pero lo sentí hasta la punta del pie.

—Señora Bittencourt —dijo en voz baja—, el resto de mi vida es tuyo. Puedes contar conmigo.

—¿Eso estaba en el contrato? —bromeé, para disimular que la cara se me había puesto caliente.

—Ahora sí.

En el auto se puso serio de un modo distinto.

—Ya que estamos casados, déjame proponerte unas reglas. Tres.

—Dime.

—Uno. Nunca más te aguantas un agravio callada. Si pasó algo, si alguien te trató mal, me lo cuentas en el momento. No mañana. En el momento.

—De acuerdo. ¿Y la dos?

—Dos. Lo mío es tuyo. Lo tuyo sigue siendo solo tuyo. —Sacó una tarjeta del bolsillo y me la puso en la mano—. Toma. Es una cuenta con unos quinientos mil. Mi sueldo cae ahí cada mes, unos ocho mil. No es una fortuna, es lo de un programador que se defendió bien, pero alcanza para vivir sin aprietos. Es tuya para usarla como quieras.

Miré la tarjeta, esa cantidad de dinero junta que nunca había visto en mi vida.

—¿Ocho mil al mes? —Ya empecé a hacer cuentas en la cabeza, años de cuentas apretadas corriendo frente a mis ojos—. Caray. Si ahorro la mitad, en dos años yo…

Me detuve.

—¿Tú qué?

—Nada. Déjalo. —Guardé la tarjeta con cuidado—. Pero yo no voy a gastarme tu dinero, ¿eh? Esto queda guardado. Todavía tengo mi sueldo para arreglármelas.

—¿Por qué lo ibas a guardar en vez de usarlo?

—Porque el dinero que uno no guarda se vuelve dinero que desaparece cuando hace falta. —Lo dije mirando la tarjeta—. Lo aprendí viendo a los Prado. Entraba dinero, salía dinero, y en los apuros nunca había nada. Conmigo no va a ser así.

—Piensas en todo, ¿eh?

—Quien crece sin red aprende a tejer su propia red. —Metí la tarjeta en el bolso, hasta el fondo, lejos—. Y, mira, si un día deshacemos esto, esta tarjeta vuelve a ti completa. Yo no vine detrás del dinero, Oziel. Vine a salir de un cajón.

Me miró sorprendido, como quien no esperaba esa respuesta.

—Eres la primera persona que conozco que recibe una tarjeta así y ya piensa en devolverla.

—Haz con ella lo que quieras. Es tuya. —Lo dijo más bajo—. Guárdala, devuélvela, gástala. El problema es tuyo ahora.

—Gracias, querido.

La palabra salió antes de que pensara. Querido. Me trabé. Él también. Nos quedamos los dos callados, mirando al frente, y juré que le vi la oreja ponerse roja, pero debió de ser impresión.

—¿Y la tres? —pregunté rápido, para escapar de la incomodidad.

—La tres te la digo otro día.

Llegamos a casa y la abuela Aurora ya estaba allí, en el sillón de la sala, recién salida del hospital para descansar en casa. En cuanto oyó nuestras voces, abrió la sonrisa más grande.

—¡Entonces es verdad! ¡Se casaron! Ay, nieto mío, por fin me diste una alegría. —Estiró la mano hacia mí, me encontró por la voz y me apretó los dedos—. Tú. La muchacha de la música. Supe que había algo cuando me preguntó tu nombre en el hospital.

—Usted se ve bien, doña Aurora —dije, y era verdad.

—Bien me veo al tenerlos a los dos aquí. —Se rio, traviesa, y soltó de la nada—: Pero oye bien, ¿eh? Una pareja de verdad tiene que dormir junta. Nada de esa historia de cuartos separados que ya noté.

—¿Se siente bien para estar aquí ya? —pregunté—. ¿No debía descansar unos días más?

—Descansar descanso en casa, junto a ustedes. —Me apretó la mano—. Y mira, muchacha, bienvenida a esta familia medio chueca. Somos pocos, pero de verdad.

—Abuela —intentó Oziel—. Usted acaba de salir del hospital, debería descansar, no andar metiéndose en la cama ajena.

—Descanso me queda el resto de la vida. Nieto casado lo esperé años. —Le apuntó con el dedo en su dirección, certera aun sin ver—. Y no cambies de tema. Ustedes son jóvenes. En mis tiempos no existían esas mañas de cuartos separados.

—Usted es imposible —dije, riendo, y fui a darle un beso en la frente.

—Lo soy. Y todavía quiero ver un bisnieto antes de que se me vaya la vista del todo.

Sentí que la cara me ardía. Oziel carraspeó y fue a la cocina por agua, huyendo, y la anciana se quedó riendo sola en el sillón, feliz de la vida con el estrago que había causado.

Más tarde, en el pasillo, Oziel se detuvo al pasar a mi lado.

—No le hagas caso. Mi abuela cree que arregla la vida de los demás a gritos.

—Me cae bien —dije—. Hace tiempo que nadie me regaña con cariño.

Me miró callado, y siguió hacia el despacho sin responder.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play